lunes, julio 04, 2016

Lecciones del primer semestre del diplomado

En noviembre del 2015 vi la convocatoria para ingresar al Diplomado de la escuela de escritores Ricardo Garibay en Cuernavaca y se me dio la gana inscribirme. El proceso, más simple que en la SOGEM, consistió en mandar un texto de 2 cuartillas y esperar a que le gustara a quiénsabe qué comité dictaminador. En la segunda semana de febrero, cuando ya me preguntaba si no sería mejor ponerme una corbata y escribir casos de uso y escenarios de prueba, me llamaron diciendo que había sido aceptado.

A los pocos días de iniciado el semestre, me dieron mi hoja de aceptación oficial al diplomado. El dictamen contenía la siguiente frase críptica: "Tendrá que trabajar mucho para mejorar su proceso creativo."

- ¿Se habrán dado cuenta que soy un vulgar robatuits? - pensé.



El texto que entregué lo escribí para la ocasión. Trata sobre una palmera que se quiere comer a un niño. El niño logra escapar y cuando es adulto va con una motosierra a tumbar a la palmera. Al final, después de una gran tormenta, no queda ni protagonista ni palmera, sólo queda un diario: muy Poltergeist pues, aunque yo me inspiré en la sombra que proyecta una palmera vecina sobre la pared de mi cuarto. Nací sin pudor y no cierro las cortinas, entonces en las noches de viento y relámpagos veo las palmas, largas y flexibles, que se mueven como falanges dispuestas a atrapar al despistado más a la mano.

Este semestre que terminó en junio pasado, cursé junto con una veintena de alumnos las siguientes materias: Literatura infantil, Autobiografía, Novela, Filosofía de la literatura, Lectura comentada, Narrativa visual y Microficción. De esas la más instructiva fue Autobiografía, la que fue una total pérdida de tiempo fue Novela y las que más me gustaron fueron Microficción y Literatura infantil.

"Trabajar mucho para mejorar mi proceso creativo" se tradujo en varias tareas que hice sin gran pena, sin ninguna gloria, con cierto esfuerzo y que me enseñaron mucho. Menciono algunas de las más notables. Las 2+ cuartillas por clase de autobiografía aplicando los biografemas que les aprendíamos en sus respectivas autobiografías a los premios Nobel hispanos, más la retórica que nos enseñaba la maestra sudaca, fueron un buen ejercicio de resistencia. El libro álbum para la clase final de Literatura Infantil fue un reto de claridad y narrativa visual que debo corregir aún mucho (gracias libro de Narrativa Gráfica de Will Eisner comprado hace décadas en Comicastle). Añado que en esa clase me quedó claro que la literatura infantil no es subgénero ni es ejercicio literario menor. También fueron muy instructivas las discusiones para aprender a comentar textos usando análisis literario en la materia de lectura comentada. Los ejercicios hechos en casa y en clase del taller de microficción a partir de otros microrelatos fueron un desafío chido de concisión.

Este semestre hasta aprendí a reconciliarme con Platón en filosofía de la literatura. ¿Quihúbole?

Además, hubo varias actividades extracurriculares: conferencias e invitaciones para ir a leer nuestros textos. De las conferencias las más chidas fueron una con Juan Gregorio Regino, en la que oímos poesía en mazateco y español; otra con Zaira Espíritu, en la que aprendí a distinguir arte moderno y contemporáneo, y finalmente una con Ana Clavel, donde en 90 minutos aprendí más sobre escribir novelas que en las 10 sesiones de 3 horas de pura anécdota bleh de la clase de Novela.

De las invitaciones para ir a leer textos y a platicar sobre escribir, la que me gustó más fue la que me hicieron a la Biblioteca Vagabunda. La Vagabunda es un proyecto que lleva ochos años realizándose y consiste en llevar a todos los municipios de Morelos un remolque que se convierte en una sala de lectura muy cómoda para estar. A mí me tocó ir a Huitchila en Tepalcingo, en el ombligo del Estado, a platicar con niños de primara. Conocí a gente chida (aplausos muchos y sonoros al coordinador y a las talleristas que hacen funcionar la Vagabunda y a los anfitriones en la Feria Cultural de Huitchila). Fue genial ver a niños participar en un cadáver exquisito que incluía dinosaurios, perros y zombies. Participar en La Vagabunda es una experiencia que repetiría gustoso.

El último día de clases del semestre hicimos un simposium de pisco, cerveza, palomitas y tacos. Platiqué con una alumna lista y otro compañero y discutimos sobre lo que nos parecieron las materias. Coincido con alumna lista en que en un extremo estuvo Autobiografía y en el otro Novela. Si tuviera que hacer un simil diría que la diferencia es la misma que hay entre una manguera para extinguir incendios en rascacielos y un gotero sin agujero. En ese simposium también expuse mi hipótesis de que los dictámenes que nos entregaron este semestre a los de nuevo ingreso, los sacó el "comité dictaminador" de una tómbola.

En conclusión, el diplomado de la Escuela de escritores Ricardo Garibay ha de ser la única experiencia curricular de toda mi chingada vida que sí quiero concluir. Faltan otros tres semestres.

pd. "Trabajar mucho en el proceso creativo" no fue la frase más críptica que recibí este semestre: esa distinción la tiene la frase "Sálganse del cuadrito". Hasta la fecha, los que la oímos ignoramos si es consejo sobre pintura, decoración, arquitectura, coloreado, autoayuda, control de plagas, todas las anteriores o qué.

jueves, mayo 19, 2016

Hombre atrapado en un vagón

En 2009, participé con un texto en Diarios del Fin del Mundo y no volví a ponerle más atención, excepto las ocasiones que regalaba un ejemplar del libro.

En las últimas semanas, en una clase del diplomado de creación literaria de la escuela Ricardo Garibay en Cuernavaca, oí un texto de una compañera que me recordó al mío. Releí mi diario del fin del mundo, y me dieron ganas de reescribirlo como ejercicio. En lo que decido, dejo el que se publicó aquí.

Hombre atrapado en vagón
Héctor Julián Coronado Cervantes

El día en el que se cumplía el plazo de la entrega de mi obra de teatro amaneció frío y lluvioso. Imprimí la versión más acabada del texto, me puse mis pantalones buenos y la única camisa limpia que me quedaba, gasté el dinero del desayuno en engargolar cinco copias de la obra (malditos jurados de concurso literario que no pueden sacar sus propias copias), rescaté del fondo de la cartera un par de boletos de metro y emprendí el viaje hacia el sur de la ciudad. Llamar a una mensajería para que entregara mi obra quedaba descartado pues me iba a cobrar como si lo que transportara fuera un cargamento de diamantes y no unas cuartillas mál pergeñadas. Gracias a mi desempleo de varios meses, había olvidado cómo enfrentar las saturaciones de gente en el metro antes de las nueve de la mañana.

Las hileras de comensales desayunando en los puestos de afuera de la estación estorbaban a burócratas de medio pelo que caminaban con prisa para evitar sus arribos tardíos a sus chambas. Me sumé al río de recién bañados y perfumados que se apretujaban por un lugar en uno de los vagones naranjas que tanto caracterizan a la ciudad de México.

Después de un trayecto de media hora, estaba por llegar a la estación en la que bajaría.

Antes de que el convoy entrara al andén entre silbidos y remolinos, las primeras anormalidades del día se hicieron evidentes. Se apagaron las luces del vagón, lo mismo que los ventiladores y el tren perdió velocidad hasta frenar por completo a la mitad del tunel. Hubo quejas y aspavientos. Al igual que el resto de los pasajeros, supuse que se trataba de algún corte temporal de energía, frecuentes en esta ciudad cuando llueve.

La oscuridad era completa. Las luces de emergencia no encendían. Saqué de la bolsa de mi pantalón el celular. No iba a hablar a nadie, no tenía crédito desde hacía días, pero quería ver la hora. Creí que lo llevaba apagado pero al presionar el botón de encendido no prendió. Por el movimiento a mi alrdedor me dí cuenta que no era el único.

- ¿Alguien me puede prestar su celular? El mío no funciona - dijo una voz femenina.

Más lejos se oyó una voz contestando lo que ya sabíamos. Ningún celular funcionaba.

Algunos llevaban encendedor. El resplandor naranja de las llamas iluminó los rostros de resignación y fastidio. Aún no había caras de alarma. Un señor a mi lado acercó su encendedor para ver su reloj.

- Mi reloj tampoco funciona - lo oí decir.

Transcurrieron varios minutos. Todavía esperábamos que se reanudara la energía cuando escuchamos el estruendo.

Estando en un túnel de una de las líneas de metro más profundas del mundo (ese dato viene a la entrada de cada estación de la línea, para que sus usuarios nos sintamos orgullosos de los ingenieros que la construyeron y no nos quejemos cuando aumentan la tarifa), el estruendo sonó como si la tierra se quejara. Algunos dijeron que estaba temblando pero yo no percibía nada más allá del vaivén de los amortiguadores del convoy que soportaban nuestro peso.

Transcurrieron otros minutos después del estruendo. Entonces, reconocí el olor a butano que le ponen al gas para advertir a la gente de una fuga.

- Apaguen los encendedores - gritamos alarmados los primeros en sentir el olor. Los que se iluminaban con encendedores los apagaron. El olor a gas era evidente.

La resignación e incomodidad que sentíamos pronto cedió paso al miedo. La gente se agitó. Escuché algunos rezos duchos por voces devotas y espantadas. Unos pocos, optimistas, llamaron a la calma. Yo me preguntaba si el escaso oxígeno que se colaba por el sistema de ventilación, apagado, sería suficiente para no sofocarnos con el gas.

Fue en ese momento cuando las preocupaciones respiratorioas dejaron de importar.

La explosión la sentí antes de oirla. Por un instante ví el interior del vagón como si estuviera en el exterior bajo la luz del sol de mediodía. Luego, sentí mucho calor. Me arrojé al suelo, un poco por instinto y un mucho por que la multitud se replegó a los lados del convoy al ver la inmensa bola de fuego que avanzaba por el interior del tren.

Alguien cayó sobre mí. Y luego otro y después otro. Me axfixiaban. Intenté respirar pero nada entraba en mis pulmones. El fuego se consumió tan rápido como vino y se llevó el precioso oxígeno consigo. Antes de aterrorizarme, me desmayé.

Cuando volví a abrir los ojos, noté una claridad que antes no estaba. Podía ver las siluetas de mis compañeros de viaje en el convoy. Desperté boca abajo y a mis espaldas aún yacían las tres personas que me habían caído encima. No obstante, podía respirar. Me deslicé como pude de debajo de los que me habían caído y examiné a la escasa luz lo que quedaba del vagón en el que viajaba.

La luz provenía de un boquete que se había abierto en el techo del tunel. La explosión abrió una grieta inmensa al nivel de la calle por la que entraban luz y aire fresco. También había tumbado toneladas de escombros sobre el extremo contrario del vagón que se había convertido en charamusca junto con todos los que viajaban de ese lado. Sentí pena por ellos.

En el extremo en el que yo estaba había muchos calcinados. El olor a carne quemada no era desagradable. Lo que sí me estaba provocando naúseas era el olor a cabello chamuscado. Muchos yacían inmóviles en el suelo. Los pocos que se movían eran los que habían resultado ilesos a la explosión y al derrumbe como yo.

Consulté de nuevo mi celular para llamar a un número de emergencias. Comprobé que continuaba sin encender.

El derrumbe había provocado que el vagón quedara deformado. Una de las puertas más próximas había quedado entreabierta. Asomé la cabeza y recibí una bocanada de aire fresco.

Miré hacía arriba y ví que con relativa dificultad se podía trepar por los escombros y alcanzar la calle. sólo había que hacerlo con cuidado para no resbalar y matarse.

Otro de los sobrevivientes me ayudó a abrir más la puerta y salimos. Todos los pasajeros a esa hora eran trabajadores y burócratas. Si había ancianos y niños, no los ví.

El foso de escombros no tenía paredes regulares. Algunos de los trepadores, por las prisas, no se fijaban a donde ponían los pies y manos y cáian. En pocos casos, eran resbalones que sólo les provocaban raspones. En muchos, eran caídas de varios metros que los dejaban exánimes. No había nada que pudiéramos hacer por ellos excepto lamentar su suerte.

Al cabo de lo que me parecieron horas, alcancé el nivel de la calle. Exahusto, me di cuenta que durante la ascención, cuando gritábamos por auxilio, habíamos cometido una tontería. Nadie nos hubiera oido.

En la calle no había nadie. Los camiones y vehículos que circulaban a todas horas por la avenida que tenía en frente estaban detenidos. Muchos, incrustados contra otros en impactos horribles. Todos los edificios de más de tres pisos se hallaban desparramados sobre los solares que habían ocupado. Miré hacia el centro de la ciudad. Las arquiitecturas que antes formaban parte del paisaje habían desaparecido. En donde habían estado las más grandes, el WTC en Insurgentes y las moles lejanas de la Torre Mayor en Reforma y la Torre de Pemex en Marina Nacional, estaban ahora puras volutas de humo.

Recordé las fotos del sismo de 1985, los testimonios y las crónicas. Nada de lo que había ocurrido aquel septiembre se le acercaba a lo que ahora estaba yo contemplando. En aquellos días un reportero histérico había salido a las calles y había podido transmitir por radio lo que veía. Ahora, si lo que empezaba a sospechar por los celulares y relojes apagados era cierto, no habría más que silencio. No había comunicaciones y no había electricidad.

El olor acre del concreto pulverizado flotaba en el aire. Me senté y saqué de la mochila, que aún cargaba a mis espaldas, una de las copias de mi obra que ahora no tenía a quien entregar, y comencé a escribir por el anverso de las horas estas líneas. A medida que avanzaba, una ceniza muy pálida cayó a mi alrededor. Tardé un tiempo en darme cuenta que era lo que quedaba de los habitantes de la ciudad.

jueves, mayo 12, 2016

La historia de las medallas

En el 2005 recibí mi primera medalla por participar en una carrera de 10K. La dejé colgada en un Bárbol parlante donde quedó ochos años solitaria.

En el 2013 y 2014 participé en más carreras y Bárbol quedó sepultado bajo una decena de medallas: siete por Spartan Races, una por la carrera de la Fac. de Química de la UNAM y una San Silvestre.

Poco después, me enteré que los tendones de mi rodilla culeca habían hecho todo lo que tenían que hacer en el ámbito de subir y bajar cerros a brincos y correr kilómetros en calles y avenidas. Desde entonces paré de acumular medallas corriendo y me dispuse a acumular metros nadando en albercas y callos colgándome en aros.

Hace dos mudanzas, a la hora de decidir qué metía en cajas para llevarme y qué le daba al señor de la basura para que se lo llevara, descolgué de Bárbol, entre tintineos, las medallas. Más que provocarme orgullo por cruzar metas o nostalgia por capacidades perdidas, me parecieron una carga y un estorbo que no estaba yo dispuesto a llevar. Metí las medallas en la bolsa de la basura. Ahora imagino al basurero de aquél rumbo enmedallado como campeón.

En mis raros momentos de convivencia, cuando contaba del destino de las medallas, mis interlocutores se sorprendían como si lo que hubiera yo tirado a la basura fueran las joyas de la corona. No entendían que las medallas por correr dejaron de importarme. Tanto desconcierto, me desconcertaba a su vez.

Después reflexioné que lo mismo que pasó con las mentadas medallas pasa con un montón de cosas y un montón de personas. Dejan de importarle a uno.

Y ni modo de vivir lamentando la caducidad de los afectos y las relaciones. Que en mi caso, y para acabarla de chingar, son tan perennes como el yoghurt.

jueves, febrero 18, 2016

La Universidad

Este post está dedicado a la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM), una institución en la que no estudié, pero con la que he tenido experiencias puntuales y significativas a lo largo de las décadas, algunas de las cuales voy a describir aquí.


La UAEM en los 60. Foto compartida en la página de fb El viejo Cuernavaca

La Venada

Un señor que creyó que yo corría como el viento en mis mocedades, fue a tocar a mi casa un viernes en la noche para invitarme a ser parte de su equipo de atletismo consistente en 2 corredores y participar en una competencia que se iba a celebrar al día siguiente, sábado en la mañana. En ese momento la invitación no me pareció insensata, y al otro día fui al estadio Centenario, hice mi calentamiento, corrí y después de ser descartado en la primera ronda de eliminatorias de carreras de 100 mts me fui a sentar a las gradas a mirar el resto de las competencias. Me acuerdo que la mayoría las ganó gente que portaba el uniforme azul de la UAEM. La chica que ganó más competencias sí corría como el viento. Además de ser guapísima, era de la UAEM. Entre otras cosas, por ella me enteré que el animal totémico del alumnado de la UAEM era el venado.

A veces sueño con esa chica y sus piernas de zancadas prodigiosas.

Primeras visitas al campus Chamilpa

Una vecina me gustaba y como estudiaba en la UAEM la iba yo a stalkear a la universidad. Ella estudiaba biología así que había que subir un montón de escalones porque el campus está trepado en un cerro al norte de Cuernavaca. Era como ir de peregrino a Teotihuacán. Después de hacer ese trayecto varias veces, descubrí que transportarse de Jiutepec a la UAEM y trepar un cerro era un esfuerzo que rebasaba al de mi ganas de coger.

La pasión por la vecina se acabó, pero lo que sí perdura hasta la fecha es la idea de que el campus universitario es buen lugar para ir de visita a mirar desde ahí la ciudad. Recientemente le leí por twitter a mi conductora favorita de la radio de la UAEM que Cuernavaca se ve susceptible desde ahí. Estoy de acuerdo.

La conferencia

Hace menos años, cuando participaba echando posts en los afanes divulgatorios de Cafe Conciencia fuí a dar dos pláticas, primero a un auditorio de la Facultad de Ciencias de la UAEM, y luego a una secundaria en el pueblo vecino de Chamilpa. Antes de suicidarme con remedios para dormir homeopáticos para el gran aburrimiento de las audiencias (si no hubiera yo nacido con la glándula de las vergüenzas muerta, me daría pena haber hecho bostezar al Doctor Mochán), fui convocado por la locutora de Despertar Con Ciencia -programa de Radio UAEM que se sigue emitiendo- quien también participaba en ese proyecto de divulgación científica. La radio estaba en uno de los pisos de la Rectoría y es la única vez que he estado en una radio universitaria. Estaba yo como niño en parque de diversiones porque soy fan.

La radio

Ya que mencioné la radio universitaria y que dije que soy fan voy a echar más líneas al respecto. El cuadrante radial de Cuernavaca apesta. Apestaba cuando vivía aquí en mi adolescencia y sigue apestando ahora. Sólo hay dos estaciones que hacen que no tire yo la radio a la basura y una de ellas es Radio UAEM.

Radio UAEM no es la primera radio pública y universitaria que había yo oído. Hace diez años, cuando se blogueaba más de lo que se tuiteaba, vía su blog, descubrí el programa que tenía un cuate bloguero en la radio de la Universidad de Yucatán. Esa experiencia de radioescucha de un programa hecho con inteligencia y pasión me volvió exigente a lo que meto a mis oidos cuando prendo la radio. Si no oigo música chida y si no platican con voz crítica y divertida sobre lo que está pasando donde viven y más allá, lo más probable es que diga yo "pinche locución chafa" y le cambie a la Hora Nacional.

Cuando me mudé a Cuernavaca hace unos meses, llegué un sábado y mientras sacaba libros y sartenes de cajas, lo primero que hice fue sintonizar Radio UAEM. Las rolas que oí estaban bien pero me hacía falta oir a alguien que platicara de lo que estaba pasando en la ciudad, de preferencia con más enjundia que la repetición llanera de noticias, así que apagué la radio y puse mi playlist de mudanza. Pasaron los días y agradezco al dios de la radio bien hecha que haya yo apretado el botoncito de On de la radio un martes a las 17 hrs, pues así descubrí Ecos y a su locutora y me reconcilié con la humanidad y con Cuernavaca.

Háganse un favor y oigan Ecos (17-18 hrs de Lu-Vi). Gracias a internet no tienen que estar por estas zonas postales para componer lo que oyen.

La hortaliza fina

Tengo una tía que cultiva orquídeas y que le gusta comer rico. No le sé más virtudes, pero gracias a la segunda conocí una hortaliza que está dentro de la UAEM y que pone a la venta a precio justo lo que produce. Además de que puede uno encontrar ahí las verduras y yerbas de las más ricas en la ciudad (*pausa para limpiar el teclado de la baba al acordarme de las manzanas y los ejotes que compré ahí*), se puede uno sentar a mirar los huertos, la carretera a lo lejos, los cerros más lejos y comerse una pizza o un pan relleno al horno muy sabroso. Sus combos de aguas calman cualquier sed.

Me falta probar el pollo al horno que preparan pero ya lo he olido cuando lo... chale, no estoy seguro de que este teclado sea a prueba de babeo por comida deliciosa.

Eventos variopintos

La UAEM organiza conciertos, simposia (¿simposiums? ¿simposiumses?), coloquios, conversatorios y un montón de cosas más. La mayoría de los que me he enterado son de entrada libre y para todo público. Los que no son de entrada libre cuestan pocos pesos y no por ello desmerecen en calidad. Desde mi última mudanza hasta la fecha he asistido a varios; primero a un Congreso Internacional de Cómputo en Optimización y Software en donde le bebí las palabras a unos del Barcelona Supercomputing Center y así pude conocer sus esfuerzos para que computitos de todo el mundo accedan a sus herramientas de supercomputación paralela. Me interesó mucho su pyCOMPSs -sí en python, ¿quihubo?-.

En otra ocasión me enteré que la UAEM organizaba una serie de pláticas con los personajes del quehacer artístico y cultural del estado. Las pláticas estaban organizadas por disciplina y consistían en poner a un académico de la universidad, un alumno y a uno o varios artistas con trayectoria. Durante la inauguración de Espacio Congreso de Arte y Cultura en Morelos (así le pusieron) alguien mencionó que esos dos días de "intercambio de propuestas entre especialistas de disciplinas artísticas" pudiera servir como primer paso para un festival de las artes en Morelos. Las pláticas a las que asistí se merecen un post aparte.

En el rubro de eventos denominados "chale debí haber ido", la UAEM organizó el Primer Festival Cuexcomate. No fui por andar acá, pero me enteré de cómo estuvo gracias a los programas especiales que estuvieron pasando por RadioUAEM y sólo puedo decir ¡qué chingonas rolas! y qué bueno que lo repetirán este año.

Y finalmente, en el rubro de "eventos a los que quiero asistir", el siguiente jueves habrá en la UAEM una Noche Estelar para que la gente se congregue en miles en guateque astronómico.

La resistencia y el compromiso social

Hay simplones que piensan que el modelo de una institución de educación superior consiste en edificios de aulas, de cubículos para profesores y de baños para que todos caguen, y ya (jo, acabo de describir el lugar del que me negué a graduarme).

La UAEM como ya lo he intentado expresar en estas líneas es una institución que influye bien en el tejido social del estado. Es de esos lugares donde se hacen muchas y buenas cosas con lo que se tiene. En la reciente Marcha por la Dignidad y posterior Planton de la Dignidad que se puso en el Zócalo de Cuernavaca, la comunidad de la UAEM demostró esa influencia, su capacidad de convocatoria y de solidaridad por una causa (en este caso que el Gobierno del Estado cumpliera con varios compromisos atrasados con la Universidad). Además, ha servido para inclinar la balanza en el Congreso del Estado para que se discuta y concrete la Ley de Participación Ciudadana que lleva años en el tintero y que ya urge que sea una realidad. Esa urgencia es porque Morelos más que una eterna primavera, parece ruina tropical.

pd1. Denle click al último link que puse, es una revista digital de dos talentos morelenses cuyos textos dejan claro esa capacidad de resiliencia de la comunidad ante los dislates de la autoridades que han arruinado la ciudad y el estado.

pd2. ¿Por qué está tan sucio mi teclado? Ah, es mi piel muerta que se cae por participar en la marcha de la universidad sin usar bloqueador. Una amiga me preguntaba si había ido por convivir pues sabe que no soy Venado universitario. Le contesté que no porque no conocía a nadie, pero la causa me parecía justa y además me gusta caminar por las calles de Cuernavaca. Para la próxima uso sombrero zapatista.


pd3. Si aún quedan lectores de este blog ¿qué impresiones tienen de la universidad estatal de sus correspondientes terruños?

lunes, enero 25, 2016

La Tallera

En primero de secundaria asistía yo a una escuela que estaba a unas pocas cuadras de donde Siqueiros había puesto su taller en Cuernavaca. Durante ese año lectivo (creo que nadie usa ya esas expresiones antediluvianas), en la escuela organizaron excursiones a Anenecuilco y a Chinameca, en pos de los pasos de Zapata; y a Xochicalco, a que viéramos ruinas tlahuicas y a que yo me cayera de cabezota desde una jardinera. No obstante la cercanía y los afanes de educarnos extramuros, a nadie en esa escuela pretenciosa se le ocurrió que se podía visitar el taller de Siqueiros. Lo tuve que conocer por mi cuenta años más tarde, y hasta hace poco que lo visité, me gustó tanto que lo puse en mi lista de lugares favoritos en Cuernavaca (hay que actualizar esa lista).


Por 14 pesos, lo dejan a uno entrar a ver la exposición en turno y a mirar un espacio que intervino Siqueiros con trazos de composición espacial, puntos de fugas, espirales y etcéteras geométricos donde a los visitantes les gusta sacarse foto. La Tallera cuenta ya con librería y próximamente abrirá cafetería.

La exposición que ahora está montada se llama Después del Edén. Su curadora, Andrea Torreblanca, dice de la exposición:

Después del Eden, Arte en Cuernavaca, 1974-2014 
Después del Edén presenta un panorama del arte en Cuernavaca de las últimas 4 décadas. El inicio de esta exposición es 1974, año de la muerte del artista David Alfaro Siqueiros en Cuernavaca; una fecha que se podría entender como el fin de la modernidad artística en México que supone una época de transformación para la capital morelense. Los artístas que se establecieron en esta ciudad desde entonces, han habitado un lugar distinto a la época dorada de los años cuarenta, cuando los viajeros lo percibían como un paraíso turístico "bajo el volcán" y algunos artistas e intelectuales lo seleccionaron como lugar para el exilio y centro de actividades políticas y sociales. 
Desde finales de los años sesenta, Cuernavaca se extendió territorialmente para convertirse en un motor industrial del país. Las nuevas fábricas aumentaron la población, que a su vez originó modernas zonas residenciales y el surgimiento de colonias populares, así como la apertura de comercios y servicios para la nueva metrópoli. Después del terremoto en la ciudad de México de 1985, diversas familias se mudaron a Cuernavaca para habitar permanentemente sus casas vacacionales. En consecuencia, la ciudad se ha convertido en un doble escenario: el que se mantiene como lugar de recreo con jardines y centros turísticos y otro con sectores mercantiles e industriales que tienen una fuerte repercusión en la vida cotidiana de sus habitantes. 
Después del Edén pretende ser un relato de impacto que ha tenido la transformación de la ciudad en la producción de algunos de los artistas visuales que viven o han vivido en Cuernavaca. Sus obras están reunidas en grupos temáticos que son fundamentales para comprender la relación del arte local con su contexto, como son el jardín y su paisaje, la vida en la ciudad y la iconografía popular. Por lo tanto, estos escenarios nos dan una visión de un lugar que a pesar de su desarrollo y su historia brusca y agitada, aún mantiene la esencia descrita por el poeta Alfonso Reyes como una "ciudad tibia y de discreto aire tropical".


De lo expuesto, me gustó más ésto:

Interconexiones neuronales de Cisco Jimenez (al fondo), y los tanquecitos de concreto de Tonatiuh Pellizi (al frente)

Carta de mi padre, de Diana Tamez


Que traduciéndola, dice:


Respecto a tu pregunta mamita quiero
decirte que si algun dia
no tuvieras exitoen alguna empresa
en primer lugar me sorprenderiaporque siempre consigueslo que te propones
pero si asi fuera me alegraría
porque entenderia que aprendiste algo
que no sabias pues debes saber mamitaque todos aprendemos de nuestros errores
te quiere tu papá

Y estos dos cuadros de Joy

Vayan, La Tallera es un lugar chido para estar.