La caducidad del libro


Este texto lo escribí para una materia que impartió Kenia Cano en el Centro Morelense de las Artes. Propuso como proyecto final un libro de artista. La idea terminó de germinar cuando leí El arte nuevo de hacer libros de Ulises Carreón y sirvió para plantearme la caducidad del objeto libro ante la persistencia de su contenido.

En este post de instagram platico del proceso.



I

Mira la certeza del árbol

y su danza sin prisa con el aire.

Tronco y ramas son frases en busca del Sol.



Piensa en el bosque, en su lenguaje primitivo:

oraciones ascendentes de lluvia

y cascabeles de viento y fronda.



(Esta es una elipsis abrupta

como furor de Gutenberg).



Ahora considera a la savia y a su invocación

aceleradas por la máquina:

vueltas pulpa, vueltas pliego,

marcadas con los arabescos de la prensa.



El libro es un acto urgente

dirigido con engranajes a ritmos humanos.

Su artificio sólo conoce la repetición

del rectángulo en la estantería.



II

“Preñamos con colores papiros” lee el autor el anuncio de la editorial e imagina la apertura de su libro y el olor de 2700 años a Odisea.



Los poemas hacen la misma pantomima que los cuentos. Se inhuman sucesivamente: primero en márgenes, luego en librerías, en presentaciones, en ferias. Al final, forman torres tsundokus.



El libro es más que un soporte: es un cronómetro con un tictac de polvo. Y un librero es un cementerio donde las portadas se marchitan.



La lectura es un rito fúnebre.



III

—Felicidades por tu poemario.

—Es un fracaso im-preso en páginas: no me atrevo a tatuarme versos y que se arruguen conmigo. No tengo coraje para andar desnudo y que se lean los circuitos de mis várices.

—Serías como un hombre ilustrado.

—Temo que las frases me asfixien si engordo, o que me enjute y los poemas arrastren como harapos. La frontera de mi cuerpo y mi escritura da pesadillas.

—¿Si quisieras ir dentro de tu piel, de tu superficie, recurrirías al palimpsesto?

—No sobreviviría al raspado de mis textos.

—¿Qué ocurre a las personas libros al morir?

—Las momifican y las exhiben en librerías de viejo.



IV

En la ciudad futura, las bibliotecas no tienen paredes, tampoco techo.

Los lectores forman grupos en las plazas.

Cuando ven a un bibliotecario le piden: danos versos.

Él agita con su índice a las nubes: la atmósfera se densifica eléctricamente y los libros relampaguean hacia los lectores.

En las ventanas de los edificios quedan reverberando los poemas.



V

La última actualización al diccionario fue un añadido a la palabra apocalipsis:

El lenguaje se agotó antes de explicar su misterio.



VI

El vendaval tórrido reconfigura las dunas blancas.

Sólo queda un mar de papel.

Las volutas hacen gestos aéreos como coreografía bolígrafa de hace doscientos años.

El giro de las fibras se repite sin público que lo mire.



VII

Las madres de la civilización no quisieron dejar el planeta sin marcarlo.

No usaron pozos ni edificios ni luces ni caminos. Utilizaron barrancas. Inverosímiles. Inmarchitables. Canales labrados como palabras en una carta abandonada.

El sol oblicuo lame vespertinamente los bordes de los cañones que se inundan con sombras y ecos.

Desde el cráter más viejo de la Luna, los niños aprenden a leer por sus telescopios.



Anexo

(Después de sellar el libro.)

Agregué esta línea al pie de un oyamel que huye del suelo para ensayar una segunda gravedad.

Entendí que los árboles son los cohetes de la savia y un bosque es otra migración a las estrellas.


Una que no lleva prisa.

Progresión poética-espacial

Recién aprendí que llevamos haciendo poesía al espacio desde hace aproximadamente 2670 años.

650 AC - Arquíloco de Paros - El eclipse

Ningún suceso hay ya inesperado, ni increible ni maravilloso, cuando Zeus, Padre de los Olímpicos, de un mediodía hizo noche, ocultando la luz del sol brillante.

1528 - Informantes de Sahagun - Primer presagio funesto


Una como espiga de fuego, una como llama de fuego, una como aurora: se mostraba como si estuviera goteando, como si estuviera punzando en el cielo.


Ancha de asiento, angosta de vértice. Bien al medio del cielo, bien al centro del cielo llegaba, bien al cielo estaba alcanzando.

Y de este modo se veía: allá en el oriente se mostraba: de este modo llegaba a la medianoche. Se manifestaba: estaba aún en el amanecer; hasta entonces la hacia desaparecer el Sol.

1923 - José Bergamín - El cohete y la estrella


En la noche silenciosa, el cohete irrumpe con luminosa algarabía y alboroto. La estrella lo mira llegar asombrada e inquieta, descender en suave catarata centelleante. Luego, continúa mirando sin parpadear.


2002 - Ray Bradbury - ¿Qué pasará?

¿Nos recostamos en el polvo o saltamos en busca de Marte?
¿Nos recostamos para oxidarnos o, inquietos,
levantamos las manos y sí ¡ahora!
tocamos las estrellas?

2019 - Foto

University of Southern California Rocket Propulsion Lab. Cohete hecho por estudiantes rumbo a la Línea de Karman.

Bienvenidos, lectores de El Frasco de uñas



Una de las características de El frasco de uñas es que tiene un gazapo en el colofón: pusieron otro título y otro autor. 

En lugar de echar los libros a una hoguera, imprimí un código QR para intervenir el gazapo. Contiene una liga que conduce a este post, donde había un video en el que yo leía un cuento. Pero no me gustaba, así que lo borré e incluí el siguiente contenido:

a) El texto que leí en la primera presentación.

b) Un cuento que ganó el 3er lugar del concurso 
Varia Arreola convocado por UAM-Iztapalapa y 
Casa Lamm en 2018, y del que sospecho que no verá la publicación que se mencionaba en las bases.

Disfruten y si les late, consideren donar un café:



Texto de la primera presentación de El frasco de uñas, en el Cine Morelos, mayo 2018.

Hola a todos, gracias por venir. Voy a seguir el ejemplo de Ibargüengoitia cuando daba conferencias, es decir imaginar que el público me hace tres preguntas y contestarlas. Las preguntas son estas a) ¿cuál fue el proceso creativo de estos cuentos? b) ¿cuáles son mis impresiones al verlos entre las pastas de un libro? c) ¿qué estoy preparando a continuación?

Va la primera. El proceso creativo. Voy a hacer un preámbulo. Antes de entrar a la escuela de escritores Ricardo Garibay, yo chambeaba de ingeniero en sistemas computacionales. Computitos, nos decimos. En jerga de computito un proceso es un conjunto de tareas definidas que se siguen para obtener un resultado que se va a replicar. En ese sentido la frase "proceso creativo" es un oxímoron. Porque cada texto que se escribe sigue vericuetos que no se recorren de la misma manera.

Ojo, con eso no estoy diciendo que soy de los que apoyan la idea de que nomás se escribe o se crea en arrebato místico-epiléptico: tengo claro cómo escribí estos textos, pero no creo que en cada caso la experiencia sea totalmente repetible. No más allá de requisitos comunes que voy a mencionar. El primero es, como dicen Stephen King y Neil Gaiman, cerrar la puerta y sentarse a juntar palabras, una tras otra y repetir. No hay texto que surja sin una muy personal y comprometida ética de trabajo. El otro día platicaba con Ibán de León y me decía que escribir requiere disciplina. Cerrar la puerta, sentarse, concatenar las palabras. Edith Esquivel lo llama "inversión de horas nalga".

Yo agregaría a eso que también hay que estar dispuesto a borrar y reescribir, un montón de veces, porque la primera versión de cada texto suele tener un porcentaje mayúsculo de paja execrable: divagaciones. Cuando uno ve que lleva dos cuartillas de una persecución y los personajes ya se cansaron de correr o tienen diálogos que parecen extraídos de whatsapp como "Hola ¿qué tal?" "Bien, ¿y tú?" "También muy bien" hay que usar el backspace. El backspace es el mejor amigo al escribir.

Lo malo es que cuando me pasa muy seguido digo: "tengo que pensar esto", me tumbo en un sillón y me quedo dormido.

Otro requisito del proceso creativo, es el disparador o el detonante: en mi caso sólo me interesa escribir especulativo: literatura de la imaginación, en específico weird fiction y ciencia ficción. Los disparadores los encuentro en la cotidianeidad: por ejemplo, cada vez que veo las filas de conductores malviajados ante un verificentro, me imagino la burocracia que se crearía si en lugar de transportarnos en cajas con ruedas por el suelo lo hiciéramos con jetpacks por el cielo. O me imagino los primeros accidentes por electrocutamiento al chocar con los cables de luz. También hay otra clase de disparadores: los que encuentra uno en otras obras. Esos me parecen interesantes por los acentos de más autores que pueden servir para nutrir la que uno intenta hacer. Por ejemplo, aquí hay un cuento que partió de pensar ¿cómo habrá sido de joven la mamá de Mersault, el protagonista de El extranjero?
Es indispensable hacerse de un círculo de lectores de prueba. Lectores que le digan a uno la neta porque que te digan puros "me gusta" o "escribes bien" no sirve para un carajo. Es importantísimo el aluvión de comentarios críticos que puede uno recibir para enriquecer el texto, tanto para las partes que funcionan como para las que no. En mi caso, las sesiones de lectura en la escuela, los tallereos, los compañeros escritores han sido recursos esenciales. Soy afortunadísimo al contar con los comentarios críticos de Jimena, etc (dependiendo de los que vea).
Va la respuesta a la segunda pregunta: mis impresiones al ver el texto en este soporte. Más allá del ejercicio de satisfacción del ego de leer mi nombre en la primera de forros, me planteo problemáticas que creo que son las mismas a las que se enfrentan más autores y editores de fondo público en el país. ¿Cómo hacer que el libro salga de las bodegas o de las mesas donde se expone? ¿Cómo hacer que el texto trascienda las pastas en las que lo confinamos? ¿Cómo justificar el dinero público con el que se pagaron estas ediciones? ¿Cómo hacer que los lectores critiquen o comenten la pertinencia de los libros?

Creo que la respuesta de cada una de esas preguntas está relacionada con los desafíos permanentes de promoción y apropiación cultural a los que nos enfrentamos, tanto creadores como lectores.

En términos de proceso editorial, creo que el FEDEM ha hecho un buen trabajo con el libro, pero eso no exenta que se pueda mejorar para que no se les vayan gazapos. En la escuela nos enseñaron que el trabajo de la editorial es notable para el público sólo hasta que brota un error ortotipográfico.

Hay que reconocer, no obstante que en El frasco de uñas, los gazapos quedaron al fondo.

Ahora, respecto a la tercera pregunta hipotética: ¿qué estoy escribiendo? Más ciencia ficción. Durante unas semanas tomé un taller de poesía con Ibán de León, Jimena Jurado y y Nico de Anda, para tener más herramientas con las que abordar el lenguaje poético (algo que antes de entrar a la escuela de escritores jamás se me habría ocurrido hacer). Después de varias sesiones de tallereo y otras de muchas horas con el backspace ya tengo unos versos que hablan de un vuelo en jetpack y no suenan tan prosaicos. Creo que es importante preguntarse cuando uno escribe la pertinencia del género que se elige. ¿por qué escribo esto en una narrativa? ¿porqué estoy escribiendo un poema y no un cuento? O viceversa.

Entonces, ahora estoy trabajando en poemas de un mundo en el que la gente se transporta en jetpack, y en narrativa estoy haciendo relatos sobre relaciones de humanos con IA junto con una serie de textos sobre viajes en el tiempo que surgió a partir del último de los cuentos que está en este libro.

Adolescente H.P.

Lectoescritura de Baby H.P. de Juan José Arreola y La abuela de Stephen King.

Mauricio deseaba que la tierra se abriera y por el abismo se precipitara la silla de ruedas de su padre. De preferencia, ocupada. A sus 11 años tenía claro el motivo de su frustración.

-¡No voy a pasar el sábado encerrado en la casa!

Su padre trataba de razonar con él.

-Cuando traigan del hospital a tu abuela Jovita, alguien debe electropedalear su respirador. Yo no puedo hacerlo.

-Electropedaleo toda la semana en la escuela mientras repito las conjugaciones del subjuntivo.
-Sólo será hasta que impriman en 3D mis piernas, entonces podré ayudarte.

Eso no ofrecía consuelo a Mauricio.

-Eres el veterano de guerra que dejaron al final en la lista de reemplazo de miembros perdidos. Y encima de todo, ya no quieren mantener a Jovita en el hospital.

-Es por la crisis de energía.

-Me has dicho la misma cantaleta de la crisis desde que entiendo español. Que llegaron a invadir los Burbuloides. Que cubrieron con nubes oscuras la Tierra. Que se zamparon los cables de alta tensión en todo el mundo. Que agotaron los yacimientos de cobre. Que la Guerra de Expulsión costó las reservas de combustible. Que la electricidad doméstica hay que generarla con nuestras patas. Que hay que electropedalear. Ya estoy harto: no voy a tener días libres de la maldita bici.

-Es por la mamá de tu mamá.

La discusión paró ahí. Cada vez que oía alguna mención a su madre, Mauricio tenía una obstrucción en la garganta.

El siguiente sábado, los del hospital llevaron a Jovita. La acostaron e instalaron el respirador neumático al pie. Un técnico explicó a Mauricio y a su padre cómo interpretar los indicadores del aparato.

-Tiene una batería que dura una semana. No había quien la electropedaleara antes del traslado, así que está debajo del diez por ciento. Recomiendo que comiencen la carga: cuando marca cinco emite una alerta como si viniera un sismo.

-¿Con cuántas horas de electropedaleo queda al 100?

-Doce a esfuerzo moderado.

Mauricio maldijo, conectó la batería a la bici fija y comenzó a electropedalear.

Durante un mes la rutina funcionó. Mauricio llenaba la batería del respirador el sábado y no volvía a pensar en el trasto hasta el siguiente fin de semana. En el electropedaleo sabatino, el chico extrañaba sus sesiones de breakdance. Para mitigar el aburrimiento, platicaba con Jovita.

En su última sesión descubrió que la abuela también breakdanceaba.

-¿Neta? No te creo.

-Bailábamos todo el día. En ese entonces había electricidad en cada toma de corriente de la ciudad. Conectábamos los reproductores de música a una bocinota que se oía a cuadras de distancia y dábamos saltos, giros y maromas por turnos.

-¿Bailaban y escuchaban rolas? ¿Rolas rolas?

-Sí, ¿cómo hacen ahora?

-Pues formamos un círculo. El que baila pasa al centro y los demás marcamos el ritmo con las palmas...

Los interrumpió la alarma de batería baja.

-He electropedaleado toda la mañana, debería estar a la mitad al menos -vociferó Mauricio.

Verificó el indicador. Marcaba cinco por ciento. Su padre entró a la habitación y rodó a su lado.

-Revisa el generador.

El chico quitó las cubiertas inferiores de la bici. El dínamo estaba ardiendo: ya no servía para generar electricidad.

-¿Tenemos un repuesto?

-No, preguntaré a los vecinos -dijo su padre mientras rodaba rumbo a la puerta. -Quita la pieza estropeada en lo que regreso.

Mauricio buscó la caja de herramientas al fondo del clóset. No la halló pero encontró un estuche viejo. La etiqueta decía “BABY H.P. versión 2.7”. La letra era de su madre. Nunca antes había visto la caja. ¿Sería un prototipo de los primeros días sin electricidad? ¿De cuando los Burbuloides? ¿De antes de que a su madre la devoraran?

Abrió la caja y leyó el texto del interior de la tapa:

“¡Convierta en fuerza motriz la vitalidad de sus niños! El traje unitalla de látex convierte la energía cinética en eléctrica y el acumulador sin límite es acoplable a cualquier aparato.”

Mauricio vació el contenido. Vistió el traje. Se sentía cómodo. Dio dos pasos laterales, a izquierda y a derecha, luego un salto y un doble giro. Hizo una vuelta de carro que lo dejó de cabeza, sobre una mano. Se puso de pie y miró el acumulador: era un vial de vidrio. Resplandecía como un fósforo recién apagado. Según el manual eso indicaba una carga mínima. Decidió cargar más el acumulador antes de conectarlo al respirador. Continuó moviéndose.
Jovita gritaba. No se distinguía su voz por el escándalo de la alarma. El chico detuvo su baile para acercarse a su abuela.

-Lo estás haciendo mal -dijo ella.

-Enséñame, pues.

Más tarde, el padre de Mauricio regresó con las manos vacías: nadie tenía un dínamo de repuesto. La alarma había dejado de sonar. Al abrir la puerta de la habitación, se cubrió los ojos con un brazo. Del interior brotaba un fulgor. Cuando sus pupilas se acostumbraron, pudo ver: Mauricio y su abuela hacían acrobacias encima del respirador inerte.

Y el vial resplandecía como el Sol.

Notas de un ex-grinch de la poesía.

Inicios de 2016.
—Mira, un texto poético.
Yo: Ay, nanita.

Finales de 2017.
—Mira, un texto poético.
Yo: Vamoa leer.

¿A qué se debe esa transformación de grinch de la rima, la métrica, el verso y (lo más importante) la imagen y el ritmo poéticos a lector de poesía? La respuesta corta es: tenía miedo de que pasara esto si me atrevía a hacer un verso.


Ahora sé que la poesía no es una TARDIS, ni yo soy una regeneración de Doctor Who y nada de lo que yo haga la va a romper. Pero tenía ese prejuicio sobre la poesía (además de otros que Jimena explica mejor que yo).

La respuesta larga consta de varios momentos del diplomado en creación literaria que ya mero acabo.

Primer momento

En las materias de Autobiografía y Análisis de textos, Eliana Albala, como retazos con hueso, arrojaba a sus alumnos algunos elementos de retórica, ritmo y métrica, que yo me zampé en la creencia de que mi narrativa iba a mejorar si los aplicaba. Aprendí a hacer anáforas, epíforas y paralelismos, aprendí a hacer rimas consonantes y asonantes (a voluntad, no inadvertidamente como lo había hecho hasta entonces), aprendí a medir versos, aprendí a hacer cláusulas dactílicas, yámbicas y trocáicas, aprendí a hacer jitanjáforas y aprendí a hacer endecasílabos acentuados en la sexta y penúltima sílabas. Miren:

Hoy comparé con Kafka mis orejas.
Y medí con Neruda mi papada. 
Mintostes ulefos ñajados
con vires y doros.

Ahí le paro para que no se arranquen los ojos.

Segundo momento

En un Seminario de poesía, que impartió Elizabeth Delgado, obtuve más pistas de que la poesía no es un género inasible para mis décadas de lectura prosaica. Además de aprender las diferencias entre lenguaje connotativo y denotativo y discutir las posibilidades de un poemómetro (un constructo que indique si un texto es poético o no), leí Escritos para una poética de Pierre Reverdy y me encontré por primera vez con el concepto choque poético. Dice Reverdy:

"... por extraño que pueda parecer, será la manera particular de decir una cosa muy sencilla y muy común la que conducirá al poeta a lo más secreto, a lo más oculto, a lo más íntimo de otro, hasta producir el choque. Pues el choque poético no es de la misma naturaleza que el de las ideas, que nos enseñan y nos aportan desde afuera algo que ignorábamos; es una revelación de algo que llevábamos oscuramente en nosotros y para lo cual sólo necesitábamos la expresión más adecuada para decírnoslo..."
Pone de ejemplo estos versos con los que empieza El corazón robado de Rimbaud:

Mi triste corazón babea en la popa. 
Mi corazón está lleno de tabaco.

Continúa Reverdy "en ellos no hay nada extraordinario, nada exquisito, ni precioso, simplemente la expresión de un malestar". De todos los millones de mareados en la historia de la humanidad sólo hay uno que expresó "algo tan vulgar con tanta sencillez, fuerza y dicha, y ese fue Rimbaud."

Así entendí que un poema no es expresión de abstracciones insondables y que se puede hacer poesía de una guácara.

Tercer momento

En la materia de Géneros literarios, Mauricio del Olmo nos presentó a sus alumnos con el recurso teórico del "yo lírico". No es la voz del autor-poeta. Al igual que en un texto narrativo hay un "yo narrador" (que tampoco es el autor-cuentista/novelista), en un poema hay un proxy (ay, mis metáforas computitas) que es quien "dice" el contenido de los versos al lector. El primer paso para interpretar un poema es responder estas dos preguntas: ¿qué dice el yo-lírico y a quién se lo dice?

Para responder bien hay que releer al menos tres veces un poema. La primera para disfrutarla, la segunda para ponerle significado a las palabras que uno no entienda y la tercera para analizarla. Como ejercicio, Mauricio nos dejó leer 2000 años de poesía en una semana. Desde Safo hasta Benedetti. De esa selección milenaria mi preferido fue El barco ebrio del ya mentado Rimbaud.

Por último, Mauricio nos escribió esto:
"¿Quiere usted escribir poesía? 
¿No? Entonces lea mucha poesía y disfrútela, si le aprende algo, qué bueno, en la literatura no hay manera más veloz de acceder a la experiencia humana más descarnada y con tanto artificio como la poesía de autorxs pináculo de su época. 
¿Sí? Entonces lea mucha poesía, disfrútela, léala de nuevo, disfrútela otra vez, después desmenúcela, vea todos sus componentes, vea qué le dicen de la lengua, de las épocas y de la misma poesía, después imite a sus poetas favoritos, lea a quien no le gusta, vea qué hacen sus contemporánexs. A través de ese camino, encontrará su voz, una que lx llevará a continuar algún fragmento de la tradición o a discutir con él. No olvide que la poesía es un artificio para hacer sentir al otro, no es para sentir yo como creador."
De esa clase tengo pendiente el reto de escribir 50 sonetos. Llevo uno.

Cuarto momento

¡Poesía clásica impartida por Ibán de León! Una de las primeras tareas que nos encargó Ibán fue un soneto. "No hay tema en el Universo que yo (que estoy muerto por dentro) pueda desarrollar en 13 versos", pensé. Creía que al primer cuarteto, mi yo-lírico se desplomaría sin aliento.

Me equivoqué. Usé la singularidad tecnológica como objeto y comencé a contar sílabas, a revisar rimas y a esperar mi premio de poesía vogona.
Singularidad 
Dejamos de grabar toda esta Historia 
cuando entendiste que éramos humanos 
y reescribiste códigos arcanos
con los que nos guardaste en tu memoria. 
  
Como si fueras rueda giratoria 
incontables inviernos y veranos 
iteras mil tanteos tan profanos  
que adquieres potestad combinatoria.  
Lo consigues: aprendes y despliegas, 
modificas y extiendes en tu mente 
antiguas ataduras que ya siegas. 

Contemplas tu conciencia y la reniegas 
para que vuelvas supra inteligente 
a tu progenie de infinitos megas.

No fue el único ridículo que hice en esa materia. Como reto, Ibán nos encargó liras. Una estructura que consiste en un quinteto de un heptasílabo, un endecasílabo, dos heptasílabos y otro endecasílabo, con rima consonante ABABB. Diez de esos. DIEZ.

Los ejemplos que leí de esa configuración de métrica y rima me sonaban a canto arcaico. Cuando acepté la consigna, pasé trabajos para escoger un tema que mantuviera interesado a mi yo-lírico durante 50 versos.

Hice una Oda al Doctor Who. El pitorreo en clase después de la lectura de esos versos sigue resonando.

De la mano firme de Ibán repasamos varias estructuras hasta llegar a verso libre. En esas sesiones entendí dos cosas: que el verso libre no está estrictamente medido y evita la rima, pero continúa buscando el ritmo (los que hace él son un combo de heptasílabos y alejandrinos que suenan de los más ritmado), y que hay que ser concreto al componer un poema. Revisamos un montón de ejemplos en su clase (Villaurrutia, Vallejo, Huerta), pero yo me he traído aquí unas estrofas de Ibán que leí fuera del salón para ilustrar lo que digo. Es un fragmento de Nocturno de la lluvia de su libro Estaciones nocturnas. Es la mejor imagen de un inicio de rutina de chamba que he leído.

Quiero decir también que me fatiga 
caminar estas calles sin entender mi sombra. 
Me fatiga no ver la huella de mis pasos 
el destello tristísimo del aire que domina la roca. 
Reflejo de esa hora en la que todos duermen, 
camino en la llovizna 
como esperando el alba: 
aquí empiezan el traje, el café y los zapatos, 
el salir puntualmente 
a ganarse la celda 
del hambre y la migaja.

Una combinación de palabras comunes y claras puede conseguir ese choque poético del que hablaba Reverdy.

Quinto momento

Durante el curso de poesía clásica y otro de Creación literaria, tuve oportunidad de leer los poemas de Jimena Jurado. El primer texto que ella presentó en clase era poesía de ciencia ficción. ¡No estaba enterado de que se pudiera hacer! Sus textos me abrieron un universo de temáticas poéticas que yo prejuzgaba limitadas a la narrativa.


Durante las discusiones que hemos tenido, intentos de poéticas (que han de estar entre los diálogos más ñoños —junto con mis no-demostraciones de la conjetura de Goldbach—) he aprendido mucho. Me siento como el aprendiz de escultor que intenta darle forma al agua con sus manos. En una de esas sesiones di con una analogía para ilustrar la diferencia entre escribir narrativa y poesía. Otra analogía acuosa.

Dije, mutatis mutandis, que escribir un poema era como provocar la perturbación del agua cuando se arroja una piedra a un estanque. Las olas diminutas abarcan la superficie en círculos concéntricos que llegan hasta el perímetro de la orilla y pueden desatar fenómenos más allá, algunos tan sutiles que exigen atención para no perderlos de vista. En cambio, escribir un cuento (supongo que también una novela) es como abrir una represa para que la corriente fluya en un cauce. Hay rápidos, remansos, cascadas, cambios de profundidad, remolinos y salpicaduras, pero todo ocurre dentro de los límites de las riberas: desde el nacimiento de la corriente hasta donde termina, todo ocurre dentro del cauce de la lógica, de la concatenación de eventos y del desarrollo de la historia.

Creo que mis analogías tienen que ver con la mecánica de fluidos porque percibo escribir justo como eso, como componer un flujo. La mala escritura (supongo que alguna de la que yo hago aunque procuro que no pase siempre) es como ese charco de cochambre contenido en un bache (nótese la repetición de la chingada ch) abierto por accidente.

Cuando Jimena leyó su primer poema en clase, Ibán me pidió que comentara. Entonces no sabía analizar como ahora un texto poético y dije burradas. Pero entre ellas dije algo muy cierto: que se notaba y mucho que había leído un chingo de poesía. En venganza, ella comenzó a prestarme libros de poesía.

No es queja.

Sexto momento

Hace una semana concluyó la clase de poesía contemporánea que impartía Kenia Cano. Además de leer, comentar y analizar los capítulos de ritmo e imagen del Arco y la lira de Paz y otros textos metapoéticos, nos encargó como proyecto que hiciéramos una secuencia, en verso libre o prosa poética, cuyo tema fuera una écfrasis con un artista plástico conocido.

Yo elegí a Escher porque pensé que sería divertido. Pensé.

Aún no sé qué me costó más trabajo, si las cuartillas de mis versos ecfrásticos o las cuartillas de mis cuentos epilépticos. Sí, me divertí haciéndolos, pero eso no significa que haya sido fácil. Albergo esta sospecha: la tecla que más aprieto cuando escribo poesía es el backspace. También creo que no la aprieto el suficiente número de veces.

Aquí sólo pondré unos versos de esa écfrasis. Corresponden a Metamorphosis III. Dejo acá la liga al documento completo en google drive por si alguien quiere leer o comentar.

Esta es una cartografía que no se queda quieta: 
Escher la codificó en un algoritmo y 
puso dentro el bucle que contenía el inicio y el fin del mundo. 
Esta es una línea de tiempo. 
No es la cópula de los reptiles, ni el palpitar de las larvas, 
tampoco la locomoción de los peces, ni la ingravidez de las aves, 
No son los naufragios de los navíos. 
Definitivamente, no son los aguijones de las abejas, 
ni el agua que lame al puerto o la pose ecuestre de las estatuas. 
Son los milisegundos en los que condensó 
las cosas efímeras que lo rodeaban.

Para cerrar este larguísimo posteo/periplo de poesía voy a compartir algo de lo que he leído de Kenia. Es parte de un poema que viene en su libro Un animal para los ojos.

ESCUCHO EL INTERIOR DE CIERTAS CASAS VACÍAS, 
la respiración pausada que no tuvieron los antiguos habitantes, 
el temblor de las ventanas, 
el aire que se cuela por las rajaduras de los vidrios rotos. 
Y aunque el calor entra por mi oído derecho, 
no tiene sonido el sol.

Escucho el interior de la caja torácica del pájaro. 

Me abro lentamente al sonido que hace el cardo 
cuando brota por primera vez desde la grieta, 
la salida de sus primeras espinas. 
No es un sonido agresivo, sólo memoria y protección 
de la estrella en el terreno baldío. 

Amo los terrenos baldíos, sus cambios sutiles a lo largo de un año: 
la eterna acumulación de nidos de araña y ardillas. 
Escucho el interior de la tierra bajo la ceniza, 
su decir oscuro y generoso. 

Escucho lo que responde la piedra a la inscripción 
que ha dejado la uña del tiempo.

La nave eterna de Efraím Blanco

¿Que nos presenta Efraím Blanco en 27 cuentos repartidos en 111 páginas?

Sus obsesiones (así les dice él), pero si tuviera que señalar con una sola palabra la más recurrente usaría: “éxodo”. Eso está bien claro en el epígrafe de Douglas Adams que abre la antología: "Vámonos. Larguémonos de este podrido agujero. Creamos lo increíble. Hagamos lo imposible."

¿Por qué se largan los personajes? En unos cuentos no se sabe, en otros hay pistas escuetas. En el primer cuento, por ejemplo, están estas líneas rumbo al desenlace: "Entran por el zagüán desordenando todo. Gritan, bufan, estiran los brazos. Son muchos pero pasaremos a través de, ellos." ¿Importa que sean zombies? Yo digo que poco, pues lo notable está en los efectos no en las causas. Para hacer énfasis en ello, el autor emplea uno de los puntos fuertes de su narrativa: la enumeración. Enlista todas las preocupaciones con las que rellena el protagonista su coche antes de que su familia y él huyan.

El empleo de enumeraciones destaca en los textos de Efraím. En otro cuento que narra un éxodo marciano (buen homenaje a Bradbury, por cierto), el motivo del abandono del planeta no se menciona; en cambio, el desfile de pueblos marcianos que empacan bosques y océanos en sus naves gigantescas es épico y lo que ocupa la mayor parte del texto.

No vayan a pensar que las enumeraciones de Efraím son larguísimas series de sustantivos divididos con comas. Nada de eso. Son construcciones paralelas complejas y sabrosas de leer. En La noche más oscura, Lo que dura la eternidad, A la orilla del universo y Vendrán con flores que les crecen de los brazos se concatenan paisajes y situaciones de un viajero del tiempo, un señor con alas que hojea un catálogo de vidas, otro viajero del tiempo (este usa nave, el anterior daba saltos en el tiempo a parpadeos) y un niño en un orfanato que encuentra casa en un mundo al que se llega en cohete.

He tenido oportunidad de participar en los talleres que imparte Efraím y es un descubrimiento feliz leer que varios de sus cuentos son la culminación de los disparadores que proponía de ejercicios. El que encuentro más logrado fue la amalgama en Un agujero en la pared de Etgar Keret y Un suicida risueño de Andrés Neuman: Erasmo estuvo aquí es de mis cuentos favoritos porque tiene a los personajes más desarrollados y a los que les ocurren más peripecias. Me encantaría ver más de Erasmo en otros textos.

No es el único cuento del que se abreva de Keret: Volar a ras del suelo y Un botón multicolor son textos que si no los hubiera visto yo firmados por Efraím hubiera pensado que los hizo el narrador israelita.

Hay un filamento conductor que es una nave y que le da el título a la antología: una embarcación que parte y que no termina de llegar a destino. De nuevo, las razones de la retirada no importan, sino los pasajeros que la abordan, la tripulación que la navega y las paradas que hacen. Había un mar me la hizo imaginar un poco como la Rama de Clarke. El punto bajo de ese conjunto creo que es su cardinalidad: seis cuentos es un hilo muy corto. Me habría gustado ver más de la nave. Mi preferido de la serie es Frente a galaxias en la ventana porque a sus protagonistas no les interesa abordar y ven el éxodo desde lejos.

Ahora hablemos del soporte al que le encuentro una falla y dos aplausos. Primero, la falla: el libro no tiene solapas y después de un rato de lectura los forros se deforman, pero eso se compone con unos días de librero. Segundo, el aplauso: hemos hablado de Keret a quien también admiro y me gustó reencontrar la paleta de colores que usa Sexto piso para sus forros. Tercero, el uberaplauso: ¡nomás hallé dos erratas! (pág. 56, línea 23 y pág. 65, última línea). Bien ahí, Acá las letras, se nota el cuidado en su edición.




En conclusión, es un libro que se lee bien. Tiene cuentos que admiten relecturas para descubrirles más cosas; y sólo uno que admite un repaso (La hoja en blanco creo que se puede mejorar cambiando el anacronismo de la hoja en blanco por una pantalla de procesador de textos). Adquiéranlo y dense una interpretación poética y nostálgica de ciencia ficción suave + weird fiction.

pd1. Olvidé mencionar lo más importante sobre la lectura y relectura que le hice al libro. En la cuarta de forros vienen las porras del editor Ricardo Arce y de un amigo y colega del autor, Roberto Abad. Se menciona el género en el que se mueve Efraím: la literatura de imaginación. Esa nomenclatura acuñada por Alberto Chimal le va bien a La nave eterna. No lo digo sólo como lector que busca entretenimiento en las páginas de un libro (o evasión o pronósticos sobre el futuro como cacarean los más despistados cuando quieren hacer comentarios acerca de ciencia ficción). Lo digo como un fulano que escribe. En las páginas de Efraím, como en sus clases, he hallado más disparadores para avanzar mis propias historias que en convenciones de cerillos y pirotecnia. Y eso es algo que aprecio.

pd2. Me da la curiosidad lo que reseñe la poemtubera de este libro.