lunes, octubre 24, 2005

Impresiones de la Ciudad de ayer y hoy

Desde hace un par de años mi trajín diario de caminante incluye las siguientes aventuras. Al salir de casa, hay que caminar 5 cuadras que entresemana se llenan de padres que arrastran a sus mocosos -o viceversa- a alguna de las 3 escuelas cercanas. Después de eso, gracias a la invasión de microbuseros en las esquinas, hay que arriesgar la vida en el cruce de Mariano Escobedo-Cuitlahuac y México-Tacuba. Luego, de vuelta a la acera y rumbo a la entrada del metro , hay que sortear comensales y puestos, que ya de ambulantes no tienen nada pues todo el tiempo están en el mismo sitio.

En el andén de la estación de metro a veces me toca treparme a uno de los trenes nuevos. Estos ofrecen la ventaja de que permiten estudiar los efectos de la inercia en carne propia, independientemente de lo corto que sea el trayecto de uno. No es raro ver que alguien haga carambola con algún otro pasajero cuando frena el convoy. Sobre todo los que van sentados.

Cuando llego a la estación donde me bajo hay que dejarse llevar por la corriente que formamos varios cientos que buscamos pasar por un puñado de torniquetes. De vuelta en la calle, en las cercanías de la estación, hay que volver a jugar a la carrera de obstáculos con más puestos y más gente. Al mismo tiempo hay que torear al transporte formado por micros, combis, taxis y un chingo de energúmenos al volante con jeta de que ya se les hizo tarde para llegar a su destino.

Después de pocas semanas, consistentes en recorridos de estos, el pensamiento de que en esta ciudad no se puede ya vivir se vuelve recurrente. Es entonces cuando recuerdo que alguien más elocuente e irónico que yo también pensaba de forma similar. Hace varios años.

Escribía el mencionado que estaba avecindado en Coyoacán:

"... a principios de los sesenta. la manera de ir al centro consistía en llegar a la esquina, dar vuelta a la izquierda caminar dos cuadras y tomar un camión de la línea "Colonia del valle-Coyoacán", que pasaba vacío porque la terminal estaba a unos 200 metros. En media hora llegaba uno al cine Insurgentes y en cincuenta minutos a la Palma. Cuando recuerdo el momento de abordar uno de los camiones modestos aunque puntuales y limpios me quedo helado: ¡estaba yo viviendo en la Edad de Oro del transporte urbano de la Ciudad de México! Lo que sigue es decadencia: los camiones empezaron a circular repletos a todas horas, los tiempos de recorrido se volvieron incalculables, cambiaron las rutas y había que caminar cinco cuadras para tomarlos. En 1971 comencé a tomar peseros. En 1973 dije que el trabajo que me costaba escribir los dos artículos que publicaba en Excelsior cada semana era menor que el que me costaba llevarlos a Bucareli y regresar a Coyoacán, la gente creía que era broma pero era verdad. En 1979 salir de la casa era una complicación: había que hacer cita con el taxista."

Más adelante menciona una esquina famosa de Coyoacán (creo que se refiere a la que hoy es Francisco Sosa y Tres Cruces).

"Antiguamente era una esquina común y corriente, con una taquería y un puesto de periódicos. Pasó el tiempo y arreglaron la calle, recortaron la banqueta y los árboles quedaron en el asfalto. Éste era tan plano que cuando lavaban el cochambre de la taquería y echaban el agua a la calle, se quedaba estancada. Se hizo un charco que duraba de marzo hasta diciembre.Algún tiempo más tarde abrieron la avenida Cuauhtemoc y la circulación aumentó considerablemente. Si quería uno cruzar sin peligro había que esperar a que hubiera congestión en Taxqueña, si se hacía el cruce corriendo había riesgo de no poder subir a la banqueta porque chocaba uno contra el muro de gente que estaba esperando el camión. Un día le dije a mi esposa:

- Ya sé cómo va a ser mi muerte. Voy a morir en la esquina de Centenario con una bolsa de pan en la mano, atropellado por un Volkswagen.

Sobre una caminata que hizo con unos amigos en Coyoacán comenta:

"Salimos a la calle y fuímos caminando. Al cabo de unas cuadras nos detuvimos en la entrada del 'Centro Cultural de Coyoacán'. En una jaula pequeña de concreto había dos coyotes dando vueltas. Además de enjaulados estaban amarrados. Eran las mascotas de Coyoacán. La carne que les habían dado estaba pudriéndose.

Cuando regresé a la casa le dije a mi esposa:

-Yo creo que ya acabé de estar aquí. No quiero seguir viviendo en la ciudad de México. ¿Porqué no vendemos la casa y nos vamos de viaje cinco años?"
Corolario para documentar el optimismo chilango:

a) Parece que en estas épocas ya no hay coyotes vivos -me refiero a los de 4 patas- en el Centro Cultural de Coyoacán. Eso o ya los metieron en un rincón lejos de la entrada.

b) Los coyotes son carroñeros -nuevamente aclaro que hablo de los de 4 patas-por lo que no hay que escandalizarse si uno ve que les dan de comer carne "pudriéndose". (Pensándolo bien tampoco veo motivos para encandalizarse si uno ve coyotes de dos patas comiendo carne putrefacta.)


c) Aún hay momentos en los que yo creo (junto con algunos más) que la ciudad de México no se ha ido del todo a la chingada y aún se puede vivir en ella. Con mucha paciencia y mucho cuidado, eso sí.

d) El autor que cito se murió en Madrid, España en el avión en el que iba y no atropellado en Coyoacán como él temía. Añado que escribía tan chido que se le extraña. Atendía al nombre de Jorge Ibargüengoitia y las líneas citadas fueron publicadas en la revista Vuelta en 1983. Están disponibles en un libro que se llama "La Casa de usted y Otros Viajes".

e) Ahora los habitantes de la ciudad de México y zonas colindantes quizá corremos más riesgo de morir, si no atropellados, sí asaltados. Me pregunto qué diría Jorge Ibargüengoitia al respecto.

3 comentarios :

Anónimo dijo...

El buen Jorge estuviera viviendo en Cuernavaca con la casa convertida en un bunker tipo Trotsky con chaleco antibalas y anti ataque-con-objeto-punzocortante-de-secretarios-slash-espia-disfrazado-de-sicofante y con casco, preguntándose porqué oh porqué decidió en un primer lugar emigrar de su tan amado slash odiado Plan de Abajo.

Punto y aparte, él era un gran escritor con un gran sentido del humor y de la prosa, seguro se le extraña. Así que, just kidding! maybe...
CLau

Is dijo...

Si se le extraña, no he tenido la oportunidad de leer más de dos libros de su autoría, pero en verdad me divirtieron y gustaron mucho.
Se le extraña.
Sam

Huevo dijo...

Ibargüengoitia...snif.