- No pude dormir anoche. Oí ruidos – me dice mi hermana.
- Ya bájale a las tortas de frijoles nocturnas – sugiero.
- No. De esos ruidos no. Creo que tenemos un ratón.
- Si no fueras tan remilgosa con mi idea de tener un ejército de tarántulas en casa no tendrías que preocuparte por ratones.
- Voy a poner una trampa – anuncia.
Esa tarde que llego a casa me encuentro con que la trampa que puso mi hermana efectivamente funciona. Mi hermana metió la patota en ella y no puede despegarse. (Es de esas trampas consistentes en una charola embadurnada de un material super pegajoso).
Propongo entonces que ponga la trampa en el lugar más interesante para un ratón. En la cocina.
Horas más tarde mi hermana me dice con una mezcla muy rara de asco y de orgullo:
- Ya cayó el ratón.
Voy a la cocina y descubro que ya tenemos mascota nueva. Mi hermana se opone a que la adoptemos. Yo me opongo a que la matemos. Me sugiere entonces que la aviente a casa de los vecinos de enfrente.
- Son unos ancianos que ni siquiera pueden cuidarse a sí mismos – espeto.
- Los del otro lado.
- ¿El carnicero? El ratón va a terminar en un taco de carne.
- Pues no sé... pero ya deshazte de él – se impacienta mi hermana.
- Si me dejaras tener mi ejército de tarántulas podríamos incorporarlo al ciclo de la vida – me vuelvo a quejar.
- ¿No que no querías matarlo?
- Me regugna la violencia innecesaria. Pero no tengo problema en dárselo de alimento a otro animal que se lo quiera zampar.
- Pues cómetelo tú.
- No tengo hambre ahora... -respondo. No obstante, tengo una idea que en ese momento me parece buena.
-Ya sé a quien se lo podemos dar de regalo. De hecho, va a estar entre los suyos – digo.
Meto al ratón en una bolsa muy mona de regalo. Salgo de la casa. A cada paso que doy el ratón llora de terror histérico. La gente con la me cruzo en la calle se saca de onda. Me arrepiento de no traer una cámara para retratarles las jetas.
Camino varias cuadras. Llego a la avenida México-Tacuba. La cruzo y luego me interno a un parque. Finalmente llego a una calle pintoresca y a una casa tristemente célebre.
Me pego al timbre. Nadie sale a abrir. Traigo pluma y papel y escribo el siguiente recado.
En reconocimiento a su labor le dejo esta mascota de regalo. Cuídela bien, por favor.
Atte. Héctor Coronado
Dejo al ratón en su bolsa bien cerrada con el recado en la entrada de esa casa. Me doy media vuelta y emprendo el regreso.
pd. Ahora que estoy escribiendo estas líneas opino que me extralimité. No tanto por que se ofenda con razón el recipientario del regalo (aunque a el le guste atosigar con su basura a más gente con la bendición y complicidad de los medios) sino por otro tipo de consideraciones (¿más moralinas?).
Ya no vuelvo a hacer este mal chiste disfrazado de reclamo... a menos que me encuentre con un cocodrilo gigante en el drenaje.
una ocasión también tuve que poner una trampa pegajosa. pobre ratón, el sufriendo todo pegado y retorciendose. tuve que ahogarlo. fue espantoso.
Debido a que las ratas o ratones lo confunden con azucar.
Saludos
Sam
Muy buena puntada.
Saludos
Saludos :-)
saludos..
caminante: teniendo en cuenta el despiste continuo en que vivimos mi carnala y yo en materias domésticas lo más seguro es que confundamos esa trampa con mermelada
is: útale eso no se me había ocurrido
juan carlos: está buena esa idea. Aademás del dueño de la casa se iban a quedar atrapados un buen de chavos y chavitas que les encanta visitarlo.
mugrali: saludos
humanware: coincido, pobre ratón.
david: ahora que lo dices igual lo usa para tema de su proximo libro (Cañitas: El ratón de ultratumba)
kika: ¿le hubiera dejado un crucifijo y una estaca?
Saludos.
¿Porqué te bendice? ¿Qué tal si te evaporas al instante?
Por cierto, hace poco me entere que el wey jura que ya sabe quien es Jack el Destripador, que le dijo una de las victimas...
He dicho.