miércoles, 1 de agosto de 2007

Coca Cola en mi cabeza

No gente. No me refiero a alguna campaña publicitaria.

Ayer a la hora de la comida caminaba frente a un puesto de tacos y se desencadenó la siguiente serie de eventos:

a) Me mareé.
b) Los objetos lejanos a mí se hicieron difusos y en pocos segundos nomás veía luces de colores.
c) Oscuridad.

Los acontecimientos inmediatos están perdidos y no los hallo por más intentos que hago. Lo siguiente que recuerdo es que estaba caminando otra vez. Iba yo muy desorientado pero no tanto como para que se me olvidara a dónde iba ni que tenía que fijarme al cruzar la calle para evitar que un energúmeno agarrado a un volante me atropellara.

Cuando llegué a mi destino ya estaba mejor pero aún mareado. Entré a un baño a echarme agua en la jeta y encontré varias pistas que me permiten reconstruir los hechos inmediatamente posteriores a mi desmayo.

El cabello lo tenía pegajoso (no uso gel ni otros productos para permanecer peinado). El cuello de la camisa estaba mojado. Mi cara estaba también pegajosa. Mis labios sabían a coca cola. Mi espalda estaba mugrosa. Tenía una herida en la mano. Me dolían hombros, ingles y tobillos.

De todo ello colijo que fui a dar al suelo frente al puesto de tacos y me puse a bailar watussi frente a los ojos horrorizados de los comensales. Entonces algún buen samaritano con fe en las propiedades curativas de la coca cola me empapó la cabeza y la cara con resultados pegajosos.

Y ya. Sigo, evidentemente, vivo y blogueando y no gracias al baño en coca cola.

pd1. ¿Tendré un tumor inoperable que me va a matar, o peor aún, a dejar más pendejo en algunos meses?

pd2. Al escribir la pd previa recordé que una de las afirmaciones magufas más cómunes es la que consiste en la advertencia de que no hay que pensar o expresar en voz alta posibles calamidades pues se hacen realidad. Eso no ocurre. Lo mismo va para los que alegan que pueden sanar por medio de rezos a amigos imaginarios.
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