domingo, agosto 19, 2007

La terrorífica visita en ayunas al changarro de análisis clínicos y de cómo fue que no bañé a meados a unas clientas de farmacia homeópata.

El jueves en la noche en lugar de conseguirme algo sustancioso de cenar hice el siguiente plan:

- Hoy no ceno. Mañana me levanto a horas que ya no sé si existan y antes de ir a la chamba me meto a un laboratorio a que me saquen sangre. Estaría chido que me atendiera una enfermera como la guera superfuerte de Heroes. Si me atiende una sra. que parezca verruga con licencia para inyectar me tendré que consolar con un desayuno que tumbe a un luchador de sumo.

Me tiré en la cama a leer algo aburrídisimo que me durmiera (mi blog). Cuando volví a despertar faltaba media hora para que entrara a chambear.

- Chale- pensé, pero inmediatamente recurrí al argumento de todo buen procrastinador: pocas cosas hay que no puedan esperar para mañana y esta no es una de esas.

Al otro día, después de pasar otra noche con la panza de farol, me apersoné en un changarro de laboratorios Chopo que están cerca de la casa.

- Hola. Vengo a que me hagan todo esto - dije tendiendo el papelito que me dio el dr neurólogo a una recepecionista. Huelga decir que ya había yo revisado que los análisis no incluyeran "doblegarme ante el imperialismo yanqui" como dice Jorge Ibargüengoitia que le pasó cuando le hicieron su chequeo médico para lo de su beca (ver La ley de Herodes).

Después de vaciarme la cartera, la recepcionista me indicó que entrara a un cubículo. Ahí dentro no estaba la guera superfuerte de heroes. Estaba un señor viejísimo con olor a naftalina vestido con bata.

Le tendí el recibo de los doscientosveinticuatro exámenes y el sacó otros tantos tubitos de vidrio. Como si fuera un mago preparando un truco de ilusionismo me los mostró para que yo viera que los acababa de sacar de sus pristinos y asépticos envoltorios. Lo mismo hizo con una aguja.

- ¿Qué te pasó? - me preguntó mientras ajustaba un cincho en mi brazo y me hacía señas para que abriera y cerrara mi mano.

- Tuve un ataque epiléptico.

Aqui me contó la historia de una prima y una sobrina que "sufrieron muchos años de epilepsia" pero que se curaron "cuando se casaron y se fueron de la casa".

Pensé en revirar que a lo mejor lo que tenían sus parientas no era epilepsia sino sanos berrinches por no disponer de tiempo y lugar para cogerse a sus novios, pero no me atreví a decirlo pues el viejito estaba insertándome una gigantesca aguja en el brazo.

Miré como mi sangre salía en un chisguete que iba a dar a los tubos que el técnico iba intercambiando a medida que se llenaban. Por andar de mirón me ví recompensado con los resultados funestos de todas las ocasiones que he contemplado mi sangre correr. Casi me desmayo.

- ¿Estás bien? - me preguntó.

- No. ¿Ya mero acabamos?

- Este es el último.

Para no dar hasta el suelo me calculé las probabilidades de ganar el melate cuando los gueyes de pronósticos aumenten el número de cifras a escoger de 51 a 57. Al cabo de un rato me recompuse y salí del cubículo.

- Espera. Falta tu muestra de orina.

Me dí media vuelta y me entregó un vasito y una jeringa.

- Llena la jeringa y traela más tarde – me dijo.

Mareadísimo llegué a casa y me tumbé en la cama. Miré el vasito y la jeringa y después de un rato ya estaba en condiciones de recolectar una meada.

Minutos después iba yo por la calle de regreso al laboratorio cargando una jeringa llena de mi orina de color a tequila reposado.

Antes de llegar al laboratorio me detuve frente a una farmacia homeopática, a tomar la siguiente foto para mi archivo de promesas magufas.



En eso estaba cuando me percaté que me miraban unas con cuerpos de tinaco que esperaban a que les abrieran en la farmacia homeopática. Nos contemplamos con mutuo asco. Yo a ellas, por sus intentos paranormales de bajar de peso y ellas a mí, o por la meada que llevaba yo cargando en la mano o porque creían que me iba a hacer una puñeta con la foto que tomé.

Contuve el impulso de vaciarles el contenido de mi jeringa en las caras para exponerlas, a diferencia del homeópata que les ve la cara en cada consulta, a una sustancia tóxica que no estuviera diluida hasta la inutilidad.

Mi meada no las hubiera adelgazado pero seguro si habría conseguido que se movieran; actividad que les convendría más que cualquier menjunge homeópata que se zamparan.

pd. Reanudé mi camino preguntándome ¿cómo adelgazan a sus pacientes los homeópatas? ¿también los diluyen?

5 comentarios :

Lupe dijo...

El secreto del baje de peso homeópata es que les mandan dieta, soooo lo que hace que bajen de peso es la dieta y no su "medicina" jejeje, obviamente cuando dejan de hacer la dieta van p'arriba, recuperando y hasta ganando más peso del que bajaron.

AndreaLP dijo...

Ah, qué promesas de los homeopatas! Ahora resulta que aparte de (dizque) adelgazarte hasta te ponen en forma.

Y ojalá esta visita mañanera a los laboratorios del Chopo arroje luz sobre tu reciente problema.

¡Animo! Y buen inicio de semana.

Kix dijo...

Me recordó a un cuate que tengo que fue con una nutrióloga y resultó que estaba cerdísima... ¿cómo estará el homéopata?

Nebe Gebhardt dijo...

"Intentos paranormales" para bajar de peso je je je...lo que si cambia de peso es la cartera del homeópata y no a la baja.

Anónimo dijo...

Cito: "Hoy no ceno. Mañana me levanto a horas que ya no sé si existan y antes de ir a la chamba me meto a un laboratorio a que me saquen sangre. Estaría chido que me atendiera una enfermera como la guera superfuerte de Heroes. Si me atiende una sra. que parezca verruga con licencia para inyectar me tendré que consolar con un desayuno que tumbe a un luchador de sumo"

jajaja como si tu estuvieras muy gupao buey!!!!..jajajaja