lunes, enero 21, 2008

Se murió mi cuate el cerdo


Álvaro Bello Zamilpa. Así se llamaba mi cuate el cerdo. Era mi mejor amigo. Nos conocimos en prepa hace más de 20 años. No sería quien soy sin la impronta de Álvaro.

Álvaro era pésimo en ajedrez. Siempre que jugábamos era porque él insistía.

- Ahora sí te voy a ganar – prometía.

- Me vas a hacer perder el tiempo, siempre regalas las piezas y luego te ando correteando por todo el tablero – vaticinaba yo.

- No, ahora no voy a regalarte ni una pieza.

- Órale pues.

Cinco minutos después él ya había perdido 2 alfiles, 1 caballo, 1 torre y un chingo de peones a cambio de 1 caballo y 2 peones míos. Su reina estaba en una esquina acorralada. En este punto había que poner atención porque el muy cabrón buscaba que uno quedara tablas. Me obligó a aprender a hacer mates rápidos.

Así era con Álvaro: en cualquier ámbito que uno conviviera con él se aprendía algo.

Era un erudito. Coleccionaba diccionarios, enciclopedias y almanaques. Todos los días compraba 6 períodicos. Los sábados y domingos esa cuenta llegaba a 9 pues le interesaban los suplementos de fin de semana de otros períodicos. Los voceros del centro de Cuernavaca lo van a extrañar.

Cuando nació Constanza, Álvaro compró chingomil periódicos más.

- Dáselos a tu hija. Para que sepa qué pasó el día en que nació – me dijo entregándome 6 kilos de papel. Constanza conserva aún su primer regalo.

Álvaro fue mi testigo para mi trámite matrimonial y el de registrar que Constanza es mi hija. Fue el primero en enterarse de mi decisión de mandar el ITESM a la verga antes de terminar la carrera. También se enteró bien pronto cuando Constanza venía en camino y yo estaba cagado de susto.

En ninguna ocasión abrió la boca para decirme que estaba bien o que estaba mal. Sólo me escuchaba. Y me brindaba su apoyo fuera cual fuera la decisión que yo tomará.

Después de conocer a la lupe me dijo:

- Con esta si estás contento. Con las anteriores nomás lo parecías.

La casa de Álvaro fue donde nació Libre Pensar. No lo digo porque ahí entrara a abrir mi cuenta de blogger por primera vez. Lo digo por que ahí encontré el primer lugar donde podía yo decir lo que pensaba. Libremente. Sin ningún tipo de censura. Porque ahí estaba Álvaro.

Nos pitorreábamos de todo. De nosotros mismos para empezar. Con él aprendí que si no te puedes reir de tí mismo no importa cuánto sepas, siempre serás un pendejo execrable e irremediable.

Cada vez que yo me metía en un pedo enorme (hace unos 15 años eso pasaba seguido) mi pensamiento feliz para salir de la bronca era el siguiente: "cuando le cuente a Álvaro esto que me está pasando nos vamos a reir mucho." Creo que estoy vivo y completo por eso.

Cuando descubrió a Cioran, me lo presentó.

- Mira este títulazo: Aciago Demiurgo – me dijo.

- ¿No es eso un plenoasmo? - dije yo después de reflexionar un momento.

- Sí. Pero es uno muy bueno.

Álvaro podía venderle refrigeradores a los esquimales. Sin tener educación formal en periodismo o producción editorial (jo, qué risa nos daba a los dos esa frase: educación formal), un día se presentó en La Unión de Morelos y convenció a sus dueños que Cuernavaca era una ciudad muy cosmopolita y que el periódico necesitaba una sección en inglés. Se la dieron y durante los siguientes meses estuvo muy contento haciendo 8 páginas de un periódico en inglés. Cuando los dueños se dieron cuenta que Cuernavaca será muy cosmopolita pero que no había nadie que le interesara comprar ni un centímetro cuadrado de publicidad para la sección en inglés, no corrieron a Álvaro, sino que lo hicieron responsable de varias secciones. Le hubiera tumbado el trabajo al editor si no se aburre antes.

Cuando caminábamos por el centro de Cuernavaca a cada centenar de pasos se detenía para saludar a alguien. Si se hubiera lanzado a la alcaldía de Cuernavaca yo creo que aseguraba más votos que los que les dieron a los últimos alcaldes piteros.

En una de nuestras últimas pláticas -celebrando la salida de su enésima hospitalización con pronóstico reservado- le dije que si se moría no me iba a poner triste. Me iba a poner muy encabronado pues tolero mal el desperdicio. Álvaro me dijo que lo entendía y que él estaría en las mismas si los papeles se invirtieran.

Nos mandamos a la chingada dos veces en 20 años. La siguiente vez que nos veíamos se nos había olvidado. Pensábamos que uno iba a enterrar al otro pero ese evento lo visualizábamos para después de que yo cumpliera 100 y él 102. No yo 34 y él 36.

Su comida y bebida eran monotemáticas e indigestas. Por eso se puso cerdo y creo que por eso se quedó sin hígado, lo que en última instancia lo mató.

El contenido de sus sesos no era monotemático. En absoluto. Fuí muy afortunado por ser su amigo. Está en mi top 5 de mejores cosas que me han ocurrido.

No obstante, a partir de ahora, cada vez que esté en el centro de Cuernavaca la ciudad ya no me parecerá ni tan brillante ni tan alegre.

pd1. Va desde aquí mi cariño y mi solidaridad para la mamá de Álvaro y la tía Jovita. Las veré otra vez pronto.

pd2. Las lágrimas que derramé fueron a dar sobre el teclado mientras escribía esto. En el funeral no me salió ninguna pues comprendía que estaba yo ante un cascarón cuya única vida eran bacterias dándose un festín. Mi cuate nomás está en la cabeza de los que lo conocimos. Y en una medida muy, muy breve e insuficiente, en este post.

pd3. Durante la misa un sacerdote habló de regocijo porque el alma de Álvaro está ante diosito. Ni él ni yo creíamos que tales cosas como almas y diosito existieran. Pero si me equivoco, estaría dispuesto a regocijarme imaginándome a Álvaro sacándole canas verdes de coraje a diosito con base en pura mayeútica.