viernes, mayo 09, 2008

3 reflexiones de Ray Bradbury 3

Hace una semana releí Farenheit 451 en una edición que incluye un prefacio de Ray Bradbury, escrito en 1993; desconocido para mí pues yo leí hasta el despedazamiento esa novela en una edición más añeja (¡qué ruco me estoy poniendo, jo!).

Hay varios párrafos de ese prefacio que son una joya para todo aquél atolondrado -como su servilleta, avezados lectores- que considere la tarea de juntar palabras y contar una historia algo digno de sus mejores esfuerzos.

Joya 1: Los pasos de Bradbury para llegar a Farenheit 451


Cinco pequeños brincos y luego un gran salto.


Cinco petardos y luego una explosión.


Eso describe poco más o menos la génesis de Fahrenheit 451.


Cinco cuentos cortos, escritos durante un período de dos o tres años, hicieron que invirtiera nueve dólares y medio en monedas de diez centavos en alquilar una máquina de escribir en el sótano de una biblioteca, y acabara la novela corta en sólo nueve días.


¿Cómo es eso?


Primero, los saltitos, los petardos:


En un cuento corto, «Bonfire», que nunca vendí a ninguna revista, imaginé los pensamientos literarios de un hombre en la noche anterior al fin del mundo. Escribí unos cuantos relatos parecidos hace unos cuarenta y cinco años, no como una predicción, sino corno una advertencia, en ocasiones demasiado insistente. En «Bonfire», mi héroe enumera sus grandes pasiones. Algunas dicen así:


«Lo que más molestaba a William Peterson era Shakespeare y Platón y Aristóteles y Jonathan Swift y William. Faulkner, y los poemas de, bueno, Robert Frost, quizá,y John Donne y Robert Herrick. Todos arrojados a la Hoguera. Después imaginólas cenizas (porque en eso se convertirían). Pensó en las esculturas colosales deMichelangelo, y en el Greco y Renoir y en tantos otros. Mañana estarían todos muertos, Shakespeare y Frost junto con HuxIey, Picasso, Swift y Beethoven, toda aquella extraordinaria biblioteca y el bastante común propietario »


No mucho después de «Bonfire» escribí un cuento más imaginativo, pienso, sobre el futuro próximo, «Bright Phoenix»: el patriota fanático local amenaza al bibliotecario del pueblo a propósito de unos cuantos miles de libros condenados a la hoguera. Cuando los incendiarios llegan para rociar los volúmenes con kerosene, el bibliotecario los invita a entrar, y en lugar de defenderse, utiliza contra ellos armas bastante sutiles y absolutamente obvias. Mientras recorremos la biblioteca y encontramos a los lectores que la habitan, se hace evidente que
detrás de los ojos y entre las orejas de todos hay más de lo que podría imaginarse. Mientras quema los libros en el césped del jardín de la biblioteca, el Censor Jefe toma café con el bibliotecario del pueblo y habla con un camarero el bar de enfrente, que viene trayendo una jarra de humeante café.


-Hola, Keats -dije.


-Tiempo de brumas y frustración madura -dijo el camarero.


-¿Keats? -dijo el Censor jefe -. ¡No se llama Keats!


-Estúpido -dije -. Éste es un restaurante griego. ¿No es así, Platón


El camarero volvió a llenarme la taza. -El pueblo tiene siempre algún campeón, a quien enaltece por encima de todo... Ésta y no otra es la raíz de la que nace un tirano; al principio es un protector. Y más tarde, al salir del restaurante, Barnes tropezó con un anciano que casi cayó al suelo. Lo agarré del brazo.


-Profesor Einstein -dije yo.


-Señor Shakespeare -dijo él.


Y cuando la biblioteca cierra y un hombre alto sale de allí, digo: -Buenas noches,
señor Lincoln ... Y él contesta: -Cuatro docenas y siete años ...


El fanático incendiario de libros se da cuenta entonces de que todo el pueblo ha escondido los libros memorizándolos. ¡Hay libros por todas partes, escondidos en la cabeza de la gente! El hombre se vuelve loco, y la historia termina.


Para ser seguida por otras historias similares: «The Exiles», que trata de los personajes de los libros de Oz y Tarzán y Alicia, y de los personajes de los extraños cuentos escritos por Hawthorne y Poe, exiliados todos en Marte; uno por uno estos fantasmas se desvanecen y vuelan hacia una muerte definitiva cuando en la Tierra arden los últimos libros.


En «Usher H» mi héroe reúne en una casa de Marte a todos los incendiarios de libros, esas almas tristes que creen que la fantasía es perjudicial para la mente. Los hace bailar en el baile de disfraces de la Muerte Roja, y los ahoga a todos en una laguna negra, mientras la Segunda Casa Usher se hunde en un abismo insondable.


Ahora el quinto brinco antes del gran salto.


Hace unos cuarenta y dos años, año más o año menos, un escritor amigo mío y yo íbamos paseando y charlando por Wilshire, Los Angeles, cuando un coche de policía se detuvo y un agente salió y nos preguntó qué estábamos haciendo.


-Poniendo un pie delante del otro -le contesté, sabihondo.


Ésa no era la respuesta apropiada.


El policía repitió la pregunta.


Engreído, respondí: -Respirando el aire, hablando, conversando, paseando.


El oficial frunció el ceño. Me expliqué.


-Es ¡lógico que nos haya abordado. Si hubiéramos querido asaltar a alguien o robar en una tienda, habríamos conducido hasta aquí, habríamos asaltado o robado, y nos habríamos ido en coche. Como usted puede ver, no tenemos oche, sólo nuestros pies.


-¿Paseando, eh? -dijo el oficial -. ¿Sólo paseando?


Asentí y esperé a que la evidente verdad le entrara al fin en la cabeza.


-Bien -dijo el oficial -. Pero, ¡qué no se repita!


Y el coche patrulla se alejó.


Atrapado por este encuentro al estilo de Alicia en el País de las Maravillas, corrí a casa a escribir «El peatón» que hablaba de un tiempo futuro en el que estaba prohibido caminar, y los peatones eran tratados como criminales.
Joya 2: El extraordinario acto de ir enhebrando en frases una idea.

Era relativamente pobre en 1950 y no podía permitirme una oficina. Un mediodía, vagabundeando por el campus de la UCLA, me llegó el sonido de un tecleo desde las profundidades y fui a investigar. Con un grito de alegría descubrí que, en efecto, había una sala de mecanografía con máquinas de escribir de alquiler donde por diez centavos la media hora uno podía sentarse y crear sin necesidad de tener una oficina decente.


Me senté y tres horas después advertí que me había atrapado una idea, pequeña al principio pero de proporciones gigantescas hacia el final. El concepto era tan absorbente que esa tarde me fue difícil salir del sótano de la biblioteca y tomar el autobús de vuelta a la realidad: mi casa, mi mujer y nuestra pequeña hija.


No puedo explicarles qué excitante aventura fue, un día tras otro, atacar la máquina de alquiler, meterle monedas de diez centavos, aporrearla como un loco, correr escaleras arriba para ir a buscar más monedas, meterse entre los estantes y volver a salir a toda prisa, sacar libros, escudriñar páginas, respirar el mejor polen del mundo, el polvo de los libros, que desencadena alergias literarias. Luego correr de vuelta abajo con el sonrojo del enamorado, habiendo encontrado una cita aquí, otra allá, que metería o embutiría en mi mito en gestación. Yo estaba, como el héroe de Melville, enloquecido por la locura. No podía detenerme. Yo no escribí Fahrenheit 451, él me escribió a mí. Había una circulación continua de energía que salía de la página y me entraba por los ojos y recorría mi sistema nervioso antes de salirme por las manos. La máquina de escribir y yo éramos hermanos siameses, unidos por las puntas de los dedos.
Joya 3: Otra vez, lo mejor al último: porque las bibliotecas rulean (el énfasis es mío).

Sólo resta mencionar una predicción que mi Bombero jefe, Beatty, hizo en 1953, en medio de mi libro. Se refería a la posibilidad de quemar libros sin cerillas ni fuego. Porque no hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe. Si el baloncesto y el fútbol inundan el mundo a través de la MTV, no se necesitan Beattys que prendan fuego al kerosene o persigan al lector. Si la enseñanza primaria se disuelve y desaparece a través de las grietas y de la ventilación de la clase, ¿quién, después de un tiempo, lo sabrá, o a quién le importará?


No todo está perdido, por supuesto. Todavía estamos a tiempo si evaluamos adecuadamente y por igual a profesores, alumnos y padres, si hacemos de la calidad una responsabilidad compartida, si nos aseguramos de que al cumplir los seis años cualquier niño en cualquier país puede disponer de una biblioteca y aprender casi por osmosis; entonces las cifras de drogados, bandas callejeras, violaciones y asesinatos se reducirán casi a cero. Pero el Bombero jefe en la mitad de la novela lo explica todo, y predice los anuncios televisivos de un minuto, con tres imágenes por segundo, un bombardeo sin tregua. Escúchenlo, comprendan lo que quiere decir, y entonces vayan a sentarse con su hijo, abran un libro y vuelvan la página.
Pd1. Nomás añado que considero que este mundo sería uno mejor con más bibliotecas y menos iglesias.

Pd2. ¿Porqué Bradbury le habrá puesto al antagonista de Montag nombre de niña?

10 comentarios :

Kix dijo...

Tal vez el mundo sería mejor con más bibliotecas y CERO iglesias.

Buen fin!

El Nahual dijo...

Vasconcelos de una u otra manera tenia una idea similar, la cual desde mi punto de vista es muy romántica e ingenua. Antes que las bibliotecas hace falta que las personas aprendan a leer y a comprender lo que leen. Después a inculcar el gusto por leer, de otra manera todo resultaría fútil, pues tendríamos analfabetas funcionales. La existencia de una biblioteca por si misma no garantiza nada. Supongo que a esto se refiere Bradbury cuando habla de calidad, aun así no me parece claro y me parece algo ingenuo pensar que los niños aprenderían casi por osmosis.

Jorge Luis dijo...

Te engañaron gacho con esa traducción de Bradbury. Entre muchas otras cosas, Lincoln no dijo "cuatro docenas y siete".

Me gusta la frase "más bibliotecas y menos iglesias", pero se me hace tan utópica como la de "más escuelas y menos cantinas".

Saludos

Rox dijo...

que bonito post!

es increíble como van surgiendo las ideas. eso de los peatones me encantó.

Lupe dijo...

"no hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee" En nuestro país desgraciadamente hay mucha gente que no lee y muchas veces no es por gusto...

Ribozyme dijo...

En efecto, score significa veintena. Lincoln comienza el discurso de Gettysburg diciendo "four score and seven years ago" (una forma rimbombante de decir "hace ochenta y siete años").

Y "Beatty" es un apellido (el nombre de mujer es "Betty", como Betty Crocker, la de las harinas para pastel). Un ejemplo: el actor Warren Beatty.

Ese Bradbury es un fregón. Mis favoritas son las "Crónicas Marcianas" y "el Hombre Ilustrado".

Coincido con ControlZape, se necesitan más bibliotecas para promover la lectura. Si las personas (níños o la edad que sea) no tienen libros atrayentes y de bajo costo (o disponibles de forma gratuita, como en las bibliotecas públicas), por más que les enseñemos en la escuela a leer, nunca le agarrarán el gusto. Curiosa coincidencia, este fin de semana leía unos posts en un blog de una chava australiana en los que recomienda libros de escepticismo para niños y se extiende sobre la manera de inculcar el gusto por la lectura y el pensamiento crítico. El post se divide en 4 partes, que pueden encontrar en los siguientes links: 1a, 2a, 3a y 4a.

Anónimo dijo...

Hola tu blog está muy padre... Espero que sigas agregando muchas mñas cosas.
Así mismo te invito a cheques las nuevas páginas hechas para ti, donde encontrarás cosas muy divertidas y muchos más blogs.

Checa los nuevos portales
www.x7.com.mx
www.empleoentoluca.com
Donde podrás publicar y buscar toda la oferta de trabajo en el Valle de TOLUCA gratuitamente.

PASA LA VOZ...

controlzape dijo...

PASA LA VOZ...

Anónimo, ¿qué te parece si mejor te paso una mentada de madre por el spam?

David Cuen dijo...

Héctor,
Esta semana en mi blog también le dediqué el espacio a Bradbury, aunque debo confesarte que mi libro favorito es Crónicas Marcianas:
http://www.bbc.co.uk/blogs/spanish/2008/05/la_culpa_es_de_ray_bradbury.html

jose cambar dijo...

Este cabrón es una fuente inagotable de estupideces.