sábado, septiembre 13, 2008

El reencuentro

El del título es el nombre de un texto que viene en la revista Vuelta No. 100 (Marzo, 1985) escrito por Manuel Felguerez y dedicado a Joy Laville. El mentado número de la revista lo ví en la exposición documental dedicada a Jorge Ibargüengoitia que pusieron hace unos meses en el patio de la Coordinación Nacional de Literatura y lo estuve rogando en la Hemeroteca Nacional y en la José Vasconcelos para fotocopiarlo.

Disfruten.

Jorge Ibargüengoitia era unos meses mayor que yo. Cuando empezamos a ser amigos tendríamos doce años. Ambos nos educamos con los hermanos maristas, asistimos al Colegio México en las calles de Mérida y más tarde a la preparatoria del Francés Morelos. Nunca fuimos compañeros de clase pues Jorge iba dos años más adelantado que yo.

En esa época él vivía con su madre, que era viuda, y con su tía Ema. Las dos lo llamaban Coco. Su departamento estaba en el segundo piso de una casa porfiriana de la Avenida Chapultepec, por la que circulaban los tranvías de dos carros. Yo vivía en otro departamento justo en la calle de atrás, Marsella, como a tres cuadras. Mi madre también era viuda. A los dos nuestro padre nos dejó como herencia un rancho, a él en Guanajuato, a mí en Zacatecas. No nos conocimos en la escuela, ni como vecinos, tampoco en el ferrocarril de Ciudad Juarez, que con mucha frecuencia tomábamos, sobre todo en la época de cosecha, para acompañar a nuestras respectivas madres a atender los negocios del campo.

En el colegio había un grupo de scouts, el tercero: fue allí donde empezamos a ser amigos. Él era de la patrulla jaguares, yo, de las zorras, los dos éramos guías de nuestras respectivas patrullas (jefe de un grupo de siete). Nuestra primera relación fue de competencia entre las patrullas, después personal.

La única vez que Jorge me menciona en su obra literaria es en un cuento titulado Falta de espíritu scout, en el que narra ciertas anécdotas que pasaron durante el viaje que hicimos a Europa el año de 1947, para asistir a un "jamboree" que se realizó cerca de París.

El contingente oficial de México viajaría en avión. Por no tener el dinero suficiente no pudimos inscribirnos. Decidimos hacer el viaje de todas maneras. Nos reuníamos después de clases a nadar en la alberca de la YMCA en Morelos y Balderas, ahí afinábamos nuestros planes. Descubrimos que podríamos ir hasta Nueva York en el autobús de la Grey Haund y de ahí tomar un barco llamado Marine Chark, que durante la guerra había sido utilizado para transporte de tropas. Una vez dueños de esa preciosa información decidimos armar otro contingente. Viajaríamos por nuestra cuenta y riesgo.

Para entonces tendríamos 19 años. Durante cuatro meses recorrimos Francia, Italia y Suiza. Finalmente, en Londres, el último día del viaje examinando los acontecimientos decidimos que viajar era una maravilla y que tendríamos que hacer algo de nuestras vidas que nos permitiera seguir haciéndolo.

Yo decidí ser pintor, él seguiría estudiando ingeniería; pero sólo lo haría durante cuatro meses al año tiempo que consideraba más que suficiente para aprobar los exámenes. Los siguientes cuatro meses se iría a trabajar el rancho con el objeto de reunir el dinero necesario para dedicarse a viajar el resto del año.

Al llegar a México supimos que nos habían expulsado del grupo tres. En cambio logramos que la Asociación Scout nos autorizara la creación de un nuevo grupo, el XVII, del que fuimos jefes. Nuestro grupo se caracterizó por ser lo menos ortodoxo posible, no por eso menos efectivo. Ganábamos todas las competencias sin importarnos mucho los medios usados para lograrlo. Era una especie de revancha que nos provocaba gran placer. A este grupo ingresaron entre otros los hermanos García Ponce. Juan resultó ser un buen scout con brillante imaginación para la trampa.

Como "habíamos viajado a Europa". ahora teníamos gran interés por la cultura, leíamos novelas, veíamos teatro escuchábamos música clásica y asistíamos a exposiciones al mismo tiempo que realizábamos las excursiones más sofisticadas: subíamos a los volcanes, descendíamos a los ríos subterráneos o realizábamos grandes caminatas. Recuerdo en especial la de San Cristóbal las Casas a Palenque, a Campeche, y otra de Tulum a Valladolid siguiendo los rastros de antiguos sacbés. La "juntas" las hacíamos en la cervecería La Palma y las grandes discusiones sobre problemas existenciales se resolvían hablando hasta altas horas de la noche caminando por las calles de la Juárez y la Roma.

Un día me fuí a París a estudiar escultura. Jorge, una vez fracasado su plan "tetramestral" como él lo llamaba, se decidió por el rancho. Entonces nuestra amistad continuó a través de una frecuente correspondencia. Mientras yo presumía de mis sensaciones y descubrimientos en los museos, él me alababa la "verdad" de la vida campirana. Me contaba cómo pasaba noches enteras, trabajando con el lodo hasta las rodillas, para salvar el jitomate. La aplicación de sus conocimientos de ingeniería para resolver problemas mecánicos de bombeo de agua o de lo bien que se entendía con los viejos peones de San Roque.

Dos años después yo regresé a México justo en el momento en que Jorge había decidido vender su rancho, y "gracias a esa operación podría autofinanciarse una nueva carrera". Dudó entre la pintura y la literatura, finalmente se inscribió en Mascarones para estudiar teatro.

De ahí en adelante, habiendo dejado de ser scouts, nos veíamos menos. Jorge fue padrino de mi primera hija, Patricia. Algunos sábados lo visitaba en su nueva casa de Coyoacán. Ese día era casa abierta para los amigos y sentados bajo las jacarandas de su jardín lo oíamos contar "lo que le había pasado", anécdotas que siempre acababan siendo obras de teatro, cuentos o artículos periodísticos. Jorge era un gran conversador que gozaba de platicar sus investigaciones en archivos de juzgados, donde recopilaba datos de lenguaje y acciones de la madre Conchita o de las Poquianchis.

Un día hicimos una apuesta. Quién ganaría más dinero durante el año. ¿Él como escritor o yo como pintor? Yo gané. De ahí el mencionado Falta de espíritu scout.

Nuevos amigos, novias, esposas, viajes, actividad profesional acabaron por hacer cada vez más lejana nuestra amistad. Coincidíamos a veces en algún acto social y nuestra plática era cercana pero superficial.

El sábado 12 de noviembre de 1983, después de no vernos durante muchos años, coincidimos en una cena que ofreció Mercedes Iturbe en su departamente de París. Éramos Juan Soriano y Marek; Marta Traba y Angel Rama; Jorge y Joy Laville; Meche y yo. Pasamos un rato agradable.

Jorge nos habló al día siguiente para invitarnos a cenar el sábado a las ocho de la noche. Nos dio su dirección y nos explicó que teníamos que bajarnos del metro en la parada Victor Hugo, caminar una cuadra y media para encontrar el edificio. Marcar una clave para abrir la puerta y tomar el elevador al quinto piso. Sólo seríamos los cuatro. El sábado antes de salir discutí con Meche qué regalo llevar. Pusimos en una bolsa una lata de frijoles, una de mole adobado y tres chiles, además de una botella de champagne que reservábamos para una buena ocasión. A las ocho en punto tocamos el timbre, Jorge abrió la puerta, al recibir la botella comentó que qué bueno pues esa noche tomaríamos solamente champagne. Ya con Joy empezaron por enseñarnos el departamento que era extremadamente agradable, de típica arquitectura de fin de siglo, altos techos y amplias puertas que comunican los espacios, molduras de yeso sobre plafones y paredes. Estaba recién pintado de un gris casi blanco y alfombrado en su totalidad también de un casi blanco, grandes ventanas seguramente con una bella vista sobre mansardas. El estudio de Joy con un cuadro a medio hacer sobre el caballete y bastidores recargados sobre el muro, desordenado y limpio. La recámara, una amplia estancia y al lado un cuarto con el escritorio y la biblioteca de Jorge. Los muebles en su mayoría de diseño moderno y maderas claras, otros de época que daban al conjunto un ambiente acogedor. Las paredes aún vacías con la excepción de un paisaje de Joy colgando a la entrada pero que se veía desde la sala.

Joy y Jorge comentaron que después de haber vendido la casa de Coyoacán, habían pasado una temporada en una universidad cercana a Nueva York donde Jorge daba clases; el lugar en que vivieron no les gustó, después se fueron a Londres. Sin embargo chocaron con el carácter de los ingleses y entonces se decidieron por París. Al llegar alquilaron un departamento amueblado y finalmente habían tenido la suerte de conseguir ese departamento que hacía muy poco tiempo habían acabado de poner. Se encontraban muy a gusto. Pensaban seguir viviendo en París, pero pasar temporadas en México, pues a Jorge le era indispensable no perder contacto con el lenguaje. Decían que no volverían a vivir en la Ciudad de México. Hablamos de algunas ciudades de la república, nosotros sugerimos Puerto Vallarta. Les interesó esa posibilidad y quedamos en hacer un viaje ahí, la próxima vez que coincidiéramos en México para ver si se animaban a comprar algo.

Brindamos por el gusto de estar reunidos de nuevo. Las copas eran de esas muy delgadas y altas, el champagne helado. La cena estaba servida sobre una mesa redonda, dos grandes platones con hielo contenían ostras y almejas, en otro plato paté. Festejamos cada bocado y fuimos acabando lentamente con todo, menos con la bebida, pues quién sabe de dónde Jorge regresaba siempre con otra botella. La conversación saltaba de los proyectos a los recuerdos con gran facilidad. "Qué pasó con aquella foto que nos tomaron haciendo guardia al soldado desconocido bajo el Arco del Triunfo en 47? Sería fantástico publicarla." Para Jorge y para mí el tono era inevitablemente nostálgico, pero lo mismo pasaba con Meche. Ella también había sido amiga de Ibargüen, como le decía, desde la época de Mascarones. Recordamos que fue Jorge quien me presentó a Meche a la salida de Bellas Artes, después de la sinfónica, el año de 1951. Joy, que no conocía muchas de las anécdotas que rememorábamos, resultaba una persona ideal para "contarle" y en realidad un pretexto para hablar de nosotros sin parar. Ella escuchaba a ratos y a ratos desaparecía. "Sabes Meche", dijo Jorge señalándome con el dedo, "que este tipo, aunque no lo puedas creer, me influyó muchísimo en mis primeras lecturas" y se moría de risa. Tocamos el tema de Colombia, puesto que por una verdadera casualidad ambos acabábamos de ser invitados en ese país. Yo con un grupo de escultores para hacer un obra pública en Medellín; él para asistir al Primer Encuentro de Cultura Hispanoamericana. Yo tenía boletos para el siguiente martes. A él se los habían prometido para el jueves. Frente a un atlas situado para sacar lugares en Colombia, hicimos cita para vernos a los pocos días en Bogotá. Eran ya las cuatro de la mañana cuando decidimos terminar la cena. "Habría que hacer otra muy pronto", yo dije, "otra sí. Pero como ésta no se repetirá jamás".

Jorge nos acompañaría al taxi. Al llegar al elevador Joy dijo algo que yo interpreté como que sólo podían bajar dos por lo que decidí usar la escalera y jugar carreras con el elevador, uno de esos que van dentro de una especie de jaula y que por tanto permiten ver siempre para afuera. Entre la velocidad y el alcohol me tropecé, caí al suelo, levantándome rápidamente recorrí los tramos que faltaban logrando llegar abajo justo a tiempo para abrir la puerta y decir "gané". Meche y Jorge salieron del elevador en total euforia "sí, te vimos como venías rodando". En la esquina tomamos el taxi al tiempo que nos despedíamos de Jorge.

Viajé a Medellín el martes, el domingo temprano bajé a desayunar a la cafetería del hotel. Ahí me encontré con otros escultores. Uno de ellos me djjo "voy a hacer de ángel de la muerte: ayer se mataron Marta Traba y Angel Rama; se estrelló el avión en el que venían". Supe de inmediato que Jorge había muerto. Me es imposible describir lo que sentí. La conversación giraba alrededor de Marta, lo único que alcancé a decir fue que en el avión también venía un amigo mío que era escritor y que se llamaba Ibargüengoitia. Ajeno, sordo a la conversación que me rodeaba, me vino a la memoria una imagen. Jorge y yo bajábamos del Iztacihuatl, caminábamos con grandes mochilas sobre los hombros, nos acercábamos a Amecameca por un camino de esos que de tanto andarlos se han hundido en la tierra. De repente a unos cuantos metros, sobre una pequeña loma aparece un toro, muge, rasca la tierra, baja los pitones y nos embiste. Yo me tiro al piso sobre el lado derecho y salgo ileso. Jorge da un pequeño paso y apenas libra los cuernos, da un gran pase a cuerpo libre, el sudor del animal embarra su camisola. Por un instante parece que se ha salvado pero en el último momento, el toro con la pezuña de su pata trasera le propina un fuertísimo golpe en la espinilla.

Jorge Ibargüengoitia murió el sábado 26 de noviembre de 1983 en un accidente aéreo cerca de Madrid.

Nunca pudimos imaginar que nuestra gran fiesta de la semana anterior había sido no sólo un reencuentro sino también una despedida.

Manuel Felguerez, persona no identificada y Jorge Ibargüengoitia apodado "Tecolote de guadaña", en un campamento.

pd. En próximas bostas otro texto de la Vuelta No 100 que no había yo leído de Jorge Ibargüengoitia. Mujer pintando en cuarto azul. Es sobre él y Joy.

6 comentarios :

Eduardo dijo...

Ahh, no mamar. Gracias por el texto.

Ribozyme dijo...

¡Excelente! Y me encanta cómo pinta Felguérez (sus esculturas no tanto). Si algún día te animas a venir a Zacatecas (su pintoresquez es muy atrayente para venir de turista), te llevaré al maravilloso Museo de Arte Abstracto Manuel Felguérez. Es impresionante encontrar un museo de esa escala (contiene una enorme cantidad de cuadros de la colección privada de su homónimo, de su propia mano y de otros pintores; y en un edificio magnífico, un ex-convento, ex-penitenciaría, con toques modernos) en un lugar tan provinciano.

Rox dijo...

bonito y triste texto. Ha de haber sido bien feo enterarse asi, ni pedo.

Por cierto, tambien juan garcía ponce? ja. chiquito el mundo es.

Lupe dijo...

El último párrafo me hizo recordar tu amistad con Alvaro.

Lord Maese Darth Chelerious dijo...

excelente texto. se me puso la piel chinita.

Lilián dijo...

Híjole. No sé si sea la madrugada o el simple hecho de que es EL buen Ibargüengotia, pero los últimos párrafos me hicieron llorar.

Guau. Gracias por publicar ésto en tu bló.