lunes, septiembre 22, 2008

Joy

Aquí está el texto de la revista Vuelta No. 100, Mujer pintando en cuarto azul de Jorge Ibargüengoitia en donde escribe de su relación con Joy Laville. Al final del texto hay una nota que dice que está hecho de "fragmentos de varios artículos publicados originalmente en catálogos de exposiciones y periódicos". Yo platico de la nota del pie, aquí al principio de la bosta, por la sencilla razón de que hago las cosas al revés (no todas, aclaro).
Mujer Pintando en cuarto azul

Jorge Ibargüengoitia

El primer departamento que mi mujer y yo vimos cuando llegamos a Londres, en septiembre del año antepasado, estaba en un segundo piso, tenía dos pequeñas recámaras y una estancia agradable, iluminada por un ventanal que daba a un jardín ajeno. Hubiera podido convertirse en un magnífico estudio de pintor. Yo estaba dispuesto a alquilarlo, pero mi mujer se opuso porque los pisos estaban cubiertos con alfombra verde perico. En vez de eso, prefirió instalarse en el departamento en que vivimos cuatro meses, que era un semisótano. Mi mujer puso su caballete en la sala y yo mi máquina de escribir en la recámara, sobre una mesa de nogal antigua. En la sala había luz natural de once a dos -a las tres había que encender la luz o entrar a tientas- en la ventana, por la que se veían pasar piernas, había una cortina de seda azul que no se descorría por completo, lo que hacía que el cuarto, durante el día, tuviera un ambiente azulado levemente draculense.

El elemento más importante del departamento era un pasillo largo y oscuro, iluminado por un foco color de rosa, al fin del cual podía verse, como rayo de esperanza, la cocina. Este pasillo lo recorrimos muchas veces, en diferentes grados de "deshabillé", para abrirle la puerta al cartero, con la esperanza de que trajera uno de los cheques que se tardaron tanto tiempo en llegar.

Mi mujer encontró un papel barato, muy bueno, propio para la acuarela. Con una tabla y el caballete improvisó un restirador y empezó a hacer guaches. Pintaba un rato, cuando oscurecía se ponía el abrigo y los guantes, y se iba al centro de Londres a ver aparadores.

Entre los cuadros que hizo en esta época aparecen dos temas recurrentes; el pasillo que había en el departamento y la "mujer con capa", que es un desnudo de pie inspirado en el retrato de una cirquera, que mi mujer encontró en el libro de fotografías de Diane Arbus.

Al cabo de los cuatro meses mi mujer guardó los guaches en una caja de madera y los dejó encargados en el desván de unos amigos.

Durante tres meses anduvimos de la Ceca a la Meca. A principios de abril, agotados, alquilamos un departamento en el edificio Los Remos, Puerto de Roquetas de Mar, provincia de Armería, España. En él mi mujer tenía un cuarto especial para pintar.

Yo, que cargo mi máquina en la mano y encuentro papel en todos lados, la compadecía. Tuvo que mandar hacer el caballete y los bastidores con un carpintero viejo, compró los últimos cinco metros de manta de algodón que había en la provincia – las demás telas eran de fibras sintéticas-, y después de mucho buscar encontró gesso acrílico en una perfumería de la calle del Arco. Después restiró la tela y la preparó. Hecho esto, que en México lo soluciona con un telefonema a la Casa del Arte, se puso a pintar.

Mientras el viento de la Sierra Nevada hacía temblar las ventanas, ella pintó una serie de cuadros de los que el más notable es el que representa a cuatro turistas -desnudos y azulados- en el Valle de los Reyes. La manta española y el gesso acrílico comprado en la perfumería le dan a estos cuadros una textura más áspera que todo lo demás que mi mujer ha hecho.

Cuando llegó el momento de empacarlos, mi mujer desmontó las telas, las hizo rollo y las metió en una reja de madera que empezó a romperse antes de llegar a Londres.

Cuando regresamos a México, mi mujer pospuso durante semanas el momento de abrir la caja de los guaches y desenrollar las pinturas. Por fin, un día se hizo de ánimo, yo cogí un desarmador, subimos al estudio y abrimos la caja de madera.

No podíamos creer lo que veíamos: los colores oscuros, confusos, que habíamos visto en la luz invernal del semisótano londinense, eran vivos, definidos y alegres en el estudio de Coyoacán. Lo que ella había hecho en Londres había resultado un experimento exitoso. Con los cuadros de Roquetas pasó algo semejante: lo que parecía aspereza a secas de la tela le dio al color una profundidad que los pintores muchas veces buscan y rara vez obtienen.

Me quedé pensando: el pintor, lo mismo que el escritor, no sabe lo que hizo hasta que es demasiado tarde.

Lo primero que vi de Joy Laville fue un cuadro que compraron los Ezcurdia cuando yo estaba en Guanajuato. Era un gato echado en una silla -el retrato de Stanley, supe después; Stanley era un gato que tenía tics nerviosos, que era de Joy, que desapareció un día y que, años después, vimos pasar caminando por una barda vecina, más nervioso que nunca, una tarde que estábamos sentados en la azotea tomando tequila-. Bueno, pues en el momento en que vi el retrato de Stanley supe que algo no terrible, pero sí irremediable me iba a ocurrir.

- Este cuadro -me explicó Manuel Ezcurdia cuando notó que yo estaba absorto contemplándolo- lo hizo Joy Laville, una pintora inglesa que vive en San Miguel de Allende.

Pocos meses después nos conocimos. Nuestro primer encuentro fue por causa de un pleito. Joy trabajaba en una librería y yo estaba encargado de formar una biblioteca. Nos mandaban los libros, pero no las facturas, por lo que un día hice el viaje a San Miguel para hacer una reclamación en serio. La dueña de la librería nos presentó a Joy y a mí; nos dejó solos en un cuarto. Estuvimos varias horas cotejando listas y cuando salimos no puedo decir que estuviéramos enamorados, pero sí amarrados. Nos despedimos con la tranquilidad de quien se ha enfrentado a su destino.

Si se entiende que las parejas deben ser complemento, la nuestra es un desastre. En vez de que lo que le falta a uno lo tenga el otro, hemos logrado una composición de deficiencias: ninguno de los dos sabe manejar, a los dos nos da horror hablar por teléfono, hace unos días descubrimos que no sólo ninguno de los dos sabe poner inyecciones, sino que ninguno de los dos se había fijado cómo se rompen las ampolletas, etc.

Ella pasa entre cinco y siete horas diarias frente a un cuadro haciéndolo, y otras dos o tres contemplándolo y haciendo gestos de esos que dicen que hacen los pintores, que consisten en cerrar un ojo y hacer ángulos con los dedos para transportar las distancias y estudiar la composición.

Una de las cosas que más me gustan de mi mujer, como pintora, es que no dice frases célebres. Nunca la he oído exclamar, por ejemplo, "yo lo que quiero expresar son las fuerzas telúricas", o peor: "Pinto porque me duele la vida", etc. En el fondo, creo que otro de los defectos que tenemos en común es lo inarticulado, ella tiene tan poco que comentar de su pintura como yo de mi matrimonio.

Es una pintora sin trucos, sin moda, sin doctrina. Ni protesta ni acepta. Hace lo suyo, con gran talento. Su dedicación y su preocupación por sus obras me llenan de envidia. Cuando viene el camión de mudanzas y se lleva los cuadros a la galería para que se monte la exposición, me doy cuenta de que mi mujer siente que la casa se ha quedado sola y que ella está desamparada.

Aparte de ella pintar y yo escribir, jugamos ajedrez. Cuando ella gana, que es con frecuencia, a mi me entran depresiones melancólicas. En estos casos, ella tiene la tendencia a entrar en la cocina a freír hamburguesas y yo tengo la tendencia a preparar cocteles que a ella no le gustan.

Joy tiene una bolsa que se cuelga en el hombro, que pesa dos kilos y medio. Cada vez que no tengo dinero suelto y le pido cambio, ella mete la mano a la bolsa y y primero saca el telegrama que le mandé en 1966, que dice: "Llego jueves siete y media besos", después el tapón de una botella de champaña que nos tomamos en el Año Nuevo de 1969, una cuenta de supermercado, una media corona, un botón y por fin un peso.

Tiene un sistema para bautizar que es tan efectivo que podría dar al traste con la nomenclatura real de las cosas. Por ejemplo, un primero de mayo, hace algunos años vimos que un señor que vivía en un departamento vecino colocaba una campanita junto a la entrada de su casa. Ese día Joy bautizó al señor Mister Bell. Con el tiempo, toda la familia que vivía en el departamento de la campana se llamó, la señora Bell, los niños Bell, el gordo Bell, y una muchacha que se parecía a una amiga nuestra llamada Enriqueta, se llamó Enriqueta Bell. Pasó más tiempo y Joy se hizo relativamente amiga de Enriqueta Bell, al grado que decidió mandarle una invitación a una exposición. A la hora de roturarla descubrimos que no teníamos la más remota idea de cómo se llamaba Enriqueta Bell.

Joy Laville salió de Inglaterra en 1946 y tardó diez años en llegar a México. El primer contratiempo lo tuvo en Irlanda: había vientos contrarios y el avión necesitaba llevar, en previsión, una cantidad extra de gasolina. Fue necesario dejar en tierra a los tres pasajeros menos importantes, que fueron: un estudiante argentino, un exdiplomático francés que había formado parte del gabinete del Mariscal Petain y Joy Laville.

Vivió mucho tiempo en la costa occidental del Canadá.

- El paisaje es imponente, pero los habitantes te invitan a cenar y para agasajarte ponen en el tocadiscos un concierto de gaitas escocesas.

Llegó a México sin conocer a nadie, ni hablar una sola palabra de español. Alguien le había dicho que aquí el agua era venenosa y se lavaba los dientes con ginger ale. El paisaje mexicano la cautivó desde el primer momento.

- En cualquier parte que estés, hacia donde quiera que mires, siempre hay un elemento dramático.

Se adaptó a tal grado, que piensa que no le sería posible vivir en otro país. Sin embargo, aunque sabe que el agua no es venenosa prefiere tomarla hervida y habla español con gran timidez. Entra en un estanquillo, por ejemplo, y dice:

- Me da, por favor, unos Raleigh con boquillo.

Vive en San Miguel de Allende, en una casa blanca, con geranios y una vista estupenda; pinta seis horas diarias, siete días a la semana; a veces, en las noches, toca el cello y la flauta dulce con un grupo de aficionados a la música de cámara.

- Hago un ruido espantoso -confiesa, refiriéndose a la manera de tocar el cello.

Recibe una correspondencia abundante y extrañísima. Un día vi, sobre su mesa, una tarjeta postal que decía: "Estamos en Chudra Putra, mañana salimos para los Himalaya. Wish you were here."

Todas las mañanas se sienta frente a un caballete y pasa el día manchando papel con gises de colores. A veces, el cuadro queda listo en unas cuantas horas; otras, se va transformando, y lo que era un florero al principio pasa a ser un sillón y después mujer desnuda; lo que era rojos se vuelve púrpura y lo que era amarillo, verde; el mar se encoge, el cielo se nubla, la mujer desaparece. A veces el papel se satura de color antes de que cuadro esté terminado y hay que echarlo en la basura; otras, un momento de indecisión provoca un error irreparable y un buen cuadro se arruina.

Las relaciones con la pintura de Joy Laville con la realidad son bastante extrañas. Un solemne sillón rojo, con orejeras, que está en uno de los salones más respetables de San Miguel Allende, aparece en uno de los cuadros. Ahora bien, la última vez que vi este sillón estaba ocupado por una mujer, vestida de rojo, que había releído esa tarde Stendhal para practicar su francés y poder conversar brillantemente con Natalie Sarruate. La reunión fue muy apacible y tomamos té con galletas hechas en casa. En el cuadro, el mismo sillón está ocupado por una joven desnuda, probablemente mulata, que hubiera hecho mucho más divertida, aunque más breve, la reunión con Natalie Sarruate.

Los cuadros de Joy Laville no son simbólicos, ni alegóricos, ni realistas. Son como una ventana a un mundo misteriosamente familiar; son enigmas que no es necesario resolver, pero que es interesante percibir. El mundo que representan no es angustiado, ni angustioso, sino alegre, sensual, ligeramente melancólico, un poco cómico. Es el mundo interior de un artista que está en buenas relaciones con la naturaleza.
Joy Laville y Jorge Ibargüengoitia en su boda. Cuautla 1973.

pd. Cada vez que leo el último párrafo de este texto me acuerdo de la ocasión en que una maestra (¿o ya era doctora? irrelevante) en historia del arte (¿o era en barroquismos inexpugnables? también irrelevante) nos arrastró a la lupe y a mí al Museo de Arte Moderno a mirar una exposición de Remedios Varo y a explicarnos lo qué estábamos viendo. Yo ya daba esa visita al MAM por arruinada cuando me di cuenta que en otra sala del museo estaban exponiendo cuadros de Joy Laville. Entramos y contemplamos los cuadros de Joy con un resultado notable: el tedio que me provocaron Remedios Varo y su explicadora se esfumó.

Joy le hace honor a su nombre en sus pinturas.

17 comentarios :

Rox dijo...

"Nos despedimos con la tranquilidad de quien se ha enfrentado a su destino."

no se si me va a bajar o es demasiado bueno, pero estoy chillando poquito, snif.

Si sabes que va a haber cosas de ibargüengoitia en el cervantino?

Lupe dijo...

"Joy le hace honor a su nombre en sus pinturas."
Completamente de acuerdo ;) Me encantaron sus cuadros.

controlzape dijo...

"Si sabes que va a haber cosas de ibargüengoitia en el cervantino?"

Yeap. Según una nota que leí en el Universal, el 8 de octubre montan una exposición, "¡Sálvese quien pueda, Jorge Ibargüengoitia, un atentado a la solemnidad! en la casa de la cultura de Guanajuato (hablé y nomás va a estar montada durante el cervantino).

También va a haber un coloquio en la Sala Principal del Teatro Juarez con Hugo Hiriart, Brenda Lozano, Ignacio Padilla, Martín Solares, Guillermo Sheridan y Jorge Volp el 19 de octubre a las 12 hrs, según la página del cervantino.

Ribozyme dijo...

Me pasó lo que a Rox, me conmovió la manera tan sencilla en que Ibargüengoitia manifiesta lo mucho que ama a Joy, sin tener que entrar en descripciones rebuscadas y cursis. ¡Yo quiero algo así! Una relación de pareja que es MUY profunda pero sin entrar en constantes conflictos y dramas de novela romántica decimonónica (la idea que tienen algunos de una relación interesante, "apasionada"). Para ella debe haber sido algo horriblmente duro perderlo...

Nation84 dijo...

En mi opinion MUUUUUUUUUY personal y de mis propios gustos no me parece buena idea la preferenia de esto:

http://images.artnet.com/artwork_images_424676833_308986_joy-laville.jpg

Por encima de esto:

http://www.zonalibre.org/blog/marino/cienciainutil_Rvaro.jpg

Ambas artistas son magnificas en su contexto pero Hay niveles chavo.

controlzape dijo...

No he dicho que una tenga preferencia a la otra. Lo que dije es que las pinturas de una me dan tedio y las de la otra me dan gusto.

Ribozyme dijo...

Existe la creencia entre ciertos admiradores de las artes plásticas que los estilos "más realistas" son superiores a los "menos realistas". Si eso fuera cierto, la fotografía sería la reina de las artes plásticas (cosa que sí se llegó a pensar cuando se inventó, aunque luego llegaron los pintores impresionistas, fauvistas, cubistas, abstraccionistas, etc, para demostrar lo equivocado de esa idea). Lo verdaderamente importante de una pintura no es qué tanto refleja una cierta realidad, sino qué tanto le agrega (esto es cierto hasta para los buenos fotógrafos), o incluso cuando la obra ya no refleja realidad alguna, sino que se convierte en sólo lo agregado, la obra de creación pura (y sin embargo el arte abstracto sigue siendo el más incomprendido).

Ah, por cierto, disfruto tanto de una como de otra pintora. Yo más bien hubiera pensado que lo que hizo pesado el disfrute de las pinturas de Varo fuera la pedantería de la amiga explicadora (aunque ControlZape parece manifestar lo contrario en su último comentario). Y es que, es cierto, ciertos tipos de pintura se disfrutan más cuando se llegan a conocer ciertos detalles que no son muy evidentes, pero el problema es que hay personas que para encontrar la belleza esperan explicaciones simplistas, casi casi cuantitativas cuando lo más importante de la experiencia artística es inefable, y a pesar de eso, como en el caso de la amiga explicadora, la explicación de la obra se convierte en el objetivo en sí y se deja de lado el disfrute de la belleza. Es como tratar de explicarle el buen gusto a alguien que no lo conoce...

nerd dijo...

No mames eres un pendejazo de primera.

Tulio dijo...

el lame culos ataca de nuevo con sus aburridísimas lecciones googleadas y poco interesantes. El blog de Héctor estaría mejor sin el sopla pollas de Ribozyme.

Ribozyme dijo...

Tulio: te hablaré en un idioma que entiendas: ¡CHINGAS A TU MADRE! Si ControlZape no quiere que yo opine, ya me lo dirá o simplemente eliminará mis comentarios durante la moderación. Mientras tanto, tus opiniones de mierda sobre mí resérvatelas para ti y mejor dedícate a componer tu propia vida que debe ser bastante pobre si para hacerla interesante te tienes que entretener jodiendo a otros con pendejadas.

Anónimo dijo...

Para cada individuo, siempre habrá unas pinturas mejores que otras, incluso pintadas por el mismo artista. En mi caso el valor de cada pintura depende de lo que me "hagan sentir" como dice Zape.

Pero claro, los pintores si pueden ser clasificados, sobre todo por la fama que les da el publico que observa sus obras.

Nation84 dijo...

No me refiero al realismo. (Remedios Varo Realista!!!??? no mamar)

Me refiero a la capacidad imaginativa del artista, a tal grado que una buena pintura no deberia necesitar tener de fondo alguna biografia sobre su creador para sobresalir sino que la pintura tenga la capacidad de atraer por si misma.

Me remito a una cita del brillante Rene Magritte: "No busque nada detras de mis pinturas, detras esta la pared."

De todos modos escribi un poco sobre Remedios Varo hace un tiempo:
http://blacksun-nation84.blogspot.com/2008/05/remedios-varo.html

Ribozyme dijo...

A ver si no me atacan otra vez por comentar... Yo soy de la opinión de que la pintura de la Varo tiene temas MUY fantasiosos, pero para ello utiliza un enfoque semejante a los de Dalí, Magritte y Escher (por ejemplo), el de utilizar imágenes muy realistas (con ello me refiero al manejo de los volúmenes, de los detalles, de las sombras, tanto en la figura humana como en los ambientes) pero en un contexto evidentemente no realista, y es ese contraste el que las hace tan impactantes. El hecho de utilizar técnicas casi fotográficas (o en otros casos muy semejantes a las de imágenes generadas por computadora, que asombran por lo convincentes) es lo que las hace atrayentes para muchas personas que, por ejemplo, no encuentran atrayente a un Kandinski o a un Pollock. Joy Laville ni siquiera intenta jugar con los volúmenes o la luz, sus figuras son planas y homogéneas, pero en mi opinión eso no demerita nada de su arte, pues independientemente de la técnica, al menos en mí genera emoción, la característica esencial del buen arte (por ejemplo Mondrian me deja frío a pesar de que me confieso amante del arte abstracto).

Tulio dijo...
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controlzape dijo...

Basta. Ahora.

Deino dijo...

Ya me enamore de Joy Laville.

Anónimo dijo...

Hola, recién conocí la obra de Joy Laville porque me regalaron una pintura de una paloma azul y recién encontré otra pequeñita que se llama miguel angel o algo así. Me declaro completamente desconocedora de la pintura de la Sra. Laville, pero... me encanta, me transmite paz, ternura,ingenuidad, en fin, comenzaré a investigar todo lo referente a esta pintora. Saludos.