lunes, septiembre 29, 2008

Ahora sí. Ya salimos de jodidos.

Leyendo Dioses Muertos me enteré de la existencia de un señor turco que se llama Adnan Oktar.

Adnan Oktar es famoso por sus necedades creacionistas entre ellas las de escribir y regalar en escuelas un librote titulado El Atlas de la Creación -escrito con el nom de plum de Harun Yahya- y promover campañas para banear de Turquía sitios de internet que lo critican, como el de Richard Dawkins.

El último disparate de Adnan Oktar quizá pueda interesar a más de alguno:

Según esta nota del Telegraph, Adnan Oktar ofrece una cantidad obscena de dinero, 10 trillones de liras turcas a "quien sea capaz de ofrecerle un solo fósil de etapa-intermedia que demuestre la evolución".

Bueno. Yo con este arqueopterix, que viene en muchos libros básicos de biología, voy a cobrar mi premio.



Consideraciones extras.

1.Diez trillones de liras turcas (8.5 pesos mexicanos aprox por una lira turca) da una suma con la que se puedo hacer varias cosas a) comprar Pemex y regalárselo a los que abarrotan el zócalo cada vez que el peje los convoca, b) comprar a Felipe Calderón para vestirlo de torero enano y echarlo al ruedo y c) hacer una feria escéptica que dure hasta que me muera.

2.Uy, diez trillones de liras turcas ¿existirá tanto dinero para empezar? Creo que a la hora de cobrar voy mandar a la quiebra a más de un continente.

3.Mejor me apuro porque veo que los amigos de PZ Meyers pueden adelantárseme.

sábado, septiembre 27, 2008

Poniendo rasero al aburrimiento

Hay algunos que a la hora de mentarme la madre creen que me ofenden. Quien viva creyendo eso está en un error.

Cuando recibo una mentada sólo puede provocarme una de las dos siguientes reacciones:

1. La festejo (por ejemplo si la mentada pertenece al tipo de una que algún día le leí a luis y que iba así: "parate en un banquito y busca bien en tu alacena hasta que encuentres una latita de chingas a tu madre"), o

2. m
e aburre.

Como estoy en una etapa de tedio inaudito y vivo temiendo que me vaya yo a descoyuntar el hocico de tanto bostezo he decidido eliminar lo más posible los eventos que me aburren. He comenzado por los comentarios que consistan en mentadas que hasta un niño de kinder consideraría ejemplo de penajenismo por lo ardidas y mal elaboradas.

Así que hasta que se me pase este tedio de aristócrata en decadencia, en este blog se habilita la moderación de comentarios.

jueves, septiembre 25, 2008

Reflexión pitera sobre los granadazos morelianos

El ejercicio de hace 15 días en metatextos consistía en un texto elaborando alguna teoría de la conspiración.

Pocos días después ocurrieron los deplorables incidentes de Morelia (un fulano aventó una granada a unas personas que celebraban muy quitadas de la pena en la Plaza Melchor Ocampo) y a mí se me ocurrió que podía escribir un texto acerca de eso.

No lo hice pues estaba escribiendo un cuento para un concurso que se cerraba el viernes pasado y no tuve tiempo de hacer el metatexto. Pero sí elaboré la premisa: consistía en que un adorador polanquita de Felipe Calderón (estereotipos si los hay), espantado ante la falta de popularidad de la guerrita desorganizada del micromichoacano contra el crimen organizado, consigue un par de granadas, sube a un camión y viaja rumbo a Morelia mientras reflexiona en un tono neurótico sobre sus intenciones de provocar un incidente que generara "unidad nacional".

En estos 10 días que han transcurrido de los granadazos en Morelia me he encontrado con variantes a la idea que iba a escribir. Aquí dos:

1.El EPR que le echa la culpa al gobierno federal, y
2.Carlos Loret de Mola que no le echa la culpa a nadie pero que menciona otros posibles responsables.

¿Qué he aprendido de todo esto? Dos cosas. La primera es que si para dar con los responsables se usará la misma estrategia de resolución de casos que hemos visto con anterioridad (¿alguien se acuerda de Posadas Ocampo?) seguramente veremos un montón más de explicaciones sin evidencias.

La segunda y la que me parece más grave: no soy nada original.

pd. A ver cuántos comentarios de lectores que se hacen bolas con más de dos frases juntas consisten en mentarme la madre por no expresar sensibilidad a las víctimas de los granadazos. Nomás añado que si creyera que dos líneas mal escritas sirvieran para que crecieran los miembros de los amputados y se les cerraran las heridas lo haría.

Actualizacion: Pues ya agarraron a los responsables de los granadazos. Según esta nota fue gracias a una denuncia anónima y no al trabajo de investigación de las autoridades.

lunes, septiembre 22, 2008

Joy

Aquí está el texto de la revista Vuelta No. 100, Mujer pintando en cuarto azul de Jorge Ibargüengoitia en donde escribe de su relación con Joy Laville. Al final del texto hay una nota que dice que está hecho de "fragmentos de varios artículos publicados originalmente en catálogos de exposiciones y periódicos". Yo platico de la nota del pie, aquí al principio de la bosta, por la sencilla razón de que hago las cosas al revés (no todas, aclaro).
Mujer Pintando en cuarto azul

Jorge Ibargüengoitia

El primer departamento que mi mujer y yo vimos cuando llegamos a Londres, en septiembre del año antepasado, estaba en un segundo piso, tenía dos pequeñas recámaras y una estancia agradable, iluminada por un ventanal que daba a un jardín ajeno. Hubiera podido convertirse en un magnífico estudio de pintor. Yo estaba dispuesto a alquilarlo, pero mi mujer se opuso porque los pisos estaban cubiertos con alfombra verde perico. En vez de eso, prefirió instalarse en el departamento en que vivimos cuatro meses, que era un semisótano. Mi mujer puso su caballete en la sala y yo mi máquina de escribir en la recámara, sobre una mesa de nogal antigua. En la sala había luz natural de once a dos -a las tres había que encender la luz o entrar a tientas- en la ventana, por la que se veían pasar piernas, había una cortina de seda azul que no se descorría por completo, lo que hacía que el cuarto, durante el día, tuviera un ambiente azulado levemente draculense.

El elemento más importante del departamento era un pasillo largo y oscuro, iluminado por un foco color de rosa, al fin del cual podía verse, como rayo de esperanza, la cocina. Este pasillo lo recorrimos muchas veces, en diferentes grados de "deshabillé", para abrirle la puerta al cartero, con la esperanza de que trajera uno de los cheques que se tardaron tanto tiempo en llegar.

Mi mujer encontró un papel barato, muy bueno, propio para la acuarela. Con una tabla y el caballete improvisó un restirador y empezó a hacer guaches. Pintaba un rato, cuando oscurecía se ponía el abrigo y los guantes, y se iba al centro de Londres a ver aparadores.

Entre los cuadros que hizo en esta época aparecen dos temas recurrentes; el pasillo que había en el departamento y la "mujer con capa", que es un desnudo de pie inspirado en el retrato de una cirquera, que mi mujer encontró en el libro de fotografías de Diane Arbus.

Al cabo de los cuatro meses mi mujer guardó los guaches en una caja de madera y los dejó encargados en el desván de unos amigos.

Durante tres meses anduvimos de la Ceca a la Meca. A principios de abril, agotados, alquilamos un departamento en el edificio Los Remos, Puerto de Roquetas de Mar, provincia de Armería, España. En él mi mujer tenía un cuarto especial para pintar.

Yo, que cargo mi máquina en la mano y encuentro papel en todos lados, la compadecía. Tuvo que mandar hacer el caballete y los bastidores con un carpintero viejo, compró los últimos cinco metros de manta de algodón que había en la provincia – las demás telas eran de fibras sintéticas-, y después de mucho buscar encontró gesso acrílico en una perfumería de la calle del Arco. Después restiró la tela y la preparó. Hecho esto, que en México lo soluciona con un telefonema a la Casa del Arte, se puso a pintar.

Mientras el viento de la Sierra Nevada hacía temblar las ventanas, ella pintó una serie de cuadros de los que el más notable es el que representa a cuatro turistas -desnudos y azulados- en el Valle de los Reyes. La manta española y el gesso acrílico comprado en la perfumería le dan a estos cuadros una textura más áspera que todo lo demás que mi mujer ha hecho.

Cuando llegó el momento de empacarlos, mi mujer desmontó las telas, las hizo rollo y las metió en una reja de madera que empezó a romperse antes de llegar a Londres.

Cuando regresamos a México, mi mujer pospuso durante semanas el momento de abrir la caja de los guaches y desenrollar las pinturas. Por fin, un día se hizo de ánimo, yo cogí un desarmador, subimos al estudio y abrimos la caja de madera.

No podíamos creer lo que veíamos: los colores oscuros, confusos, que habíamos visto en la luz invernal del semisótano londinense, eran vivos, definidos y alegres en el estudio de Coyoacán. Lo que ella había hecho en Londres había resultado un experimento exitoso. Con los cuadros de Roquetas pasó algo semejante: lo que parecía aspereza a secas de la tela le dio al color una profundidad que los pintores muchas veces buscan y rara vez obtienen.

Me quedé pensando: el pintor, lo mismo que el escritor, no sabe lo que hizo hasta que es demasiado tarde.

Lo primero que vi de Joy Laville fue un cuadro que compraron los Ezcurdia cuando yo estaba en Guanajuato. Era un gato echado en una silla -el retrato de Stanley, supe después; Stanley era un gato que tenía tics nerviosos, que era de Joy, que desapareció un día y que, años después, vimos pasar caminando por una barda vecina, más nervioso que nunca, una tarde que estábamos sentados en la azotea tomando tequila-. Bueno, pues en el momento en que vi el retrato de Stanley supe que algo no terrible, pero sí irremediable me iba a ocurrir.

- Este cuadro -me explicó Manuel Ezcurdia cuando notó que yo estaba absorto contemplándolo- lo hizo Joy Laville, una pintora inglesa que vive en San Miguel de Allende.

Pocos meses después nos conocimos. Nuestro primer encuentro fue por causa de un pleito. Joy trabajaba en una librería y yo estaba encargado de formar una biblioteca. Nos mandaban los libros, pero no las facturas, por lo que un día hice el viaje a San Miguel para hacer una reclamación en serio. La dueña de la librería nos presentó a Joy y a mí; nos dejó solos en un cuarto. Estuvimos varias horas cotejando listas y cuando salimos no puedo decir que estuviéramos enamorados, pero sí amarrados. Nos despedimos con la tranquilidad de quien se ha enfrentado a su destino.

Si se entiende que las parejas deben ser complemento, la nuestra es un desastre. En vez de que lo que le falta a uno lo tenga el otro, hemos logrado una composición de deficiencias: ninguno de los dos sabe manejar, a los dos nos da horror hablar por teléfono, hace unos días descubrimos que no sólo ninguno de los dos sabe poner inyecciones, sino que ninguno de los dos se había fijado cómo se rompen las ampolletas, etc.

Ella pasa entre cinco y siete horas diarias frente a un cuadro haciéndolo, y otras dos o tres contemplándolo y haciendo gestos de esos que dicen que hacen los pintores, que consisten en cerrar un ojo y hacer ángulos con los dedos para transportar las distancias y estudiar la composición.

Una de las cosas que más me gustan de mi mujer, como pintora, es que no dice frases célebres. Nunca la he oído exclamar, por ejemplo, "yo lo que quiero expresar son las fuerzas telúricas", o peor: "Pinto porque me duele la vida", etc. En el fondo, creo que otro de los defectos que tenemos en común es lo inarticulado, ella tiene tan poco que comentar de su pintura como yo de mi matrimonio.

Es una pintora sin trucos, sin moda, sin doctrina. Ni protesta ni acepta. Hace lo suyo, con gran talento. Su dedicación y su preocupación por sus obras me llenan de envidia. Cuando viene el camión de mudanzas y se lleva los cuadros a la galería para que se monte la exposición, me doy cuenta de que mi mujer siente que la casa se ha quedado sola y que ella está desamparada.

Aparte de ella pintar y yo escribir, jugamos ajedrez. Cuando ella gana, que es con frecuencia, a mi me entran depresiones melancólicas. En estos casos, ella tiene la tendencia a entrar en la cocina a freír hamburguesas y yo tengo la tendencia a preparar cocteles que a ella no le gustan.

Joy tiene una bolsa que se cuelga en el hombro, que pesa dos kilos y medio. Cada vez que no tengo dinero suelto y le pido cambio, ella mete la mano a la bolsa y y primero saca el telegrama que le mandé en 1966, que dice: "Llego jueves siete y media besos", después el tapón de una botella de champaña que nos tomamos en el Año Nuevo de 1969, una cuenta de supermercado, una media corona, un botón y por fin un peso.

Tiene un sistema para bautizar que es tan efectivo que podría dar al traste con la nomenclatura real de las cosas. Por ejemplo, un primero de mayo, hace algunos años vimos que un señor que vivía en un departamento vecino colocaba una campanita junto a la entrada de su casa. Ese día Joy bautizó al señor Mister Bell. Con el tiempo, toda la familia que vivía en el departamento de la campana se llamó, la señora Bell, los niños Bell, el gordo Bell, y una muchacha que se parecía a una amiga nuestra llamada Enriqueta, se llamó Enriqueta Bell. Pasó más tiempo y Joy se hizo relativamente amiga de Enriqueta Bell, al grado que decidió mandarle una invitación a una exposición. A la hora de roturarla descubrimos que no teníamos la más remota idea de cómo se llamaba Enriqueta Bell.

Joy Laville salió de Inglaterra en 1946 y tardó diez años en llegar a México. El primer contratiempo lo tuvo en Irlanda: había vientos contrarios y el avión necesitaba llevar, en previsión, una cantidad extra de gasolina. Fue necesario dejar en tierra a los tres pasajeros menos importantes, que fueron: un estudiante argentino, un exdiplomático francés que había formado parte del gabinete del Mariscal Petain y Joy Laville.

Vivió mucho tiempo en la costa occidental del Canadá.

- El paisaje es imponente, pero los habitantes te invitan a cenar y para agasajarte ponen en el tocadiscos un concierto de gaitas escocesas.

Llegó a México sin conocer a nadie, ni hablar una sola palabra de español. Alguien le había dicho que aquí el agua era venenosa y se lavaba los dientes con ginger ale. El paisaje mexicano la cautivó desde el primer momento.

- En cualquier parte que estés, hacia donde quiera que mires, siempre hay un elemento dramático.

Se adaptó a tal grado, que piensa que no le sería posible vivir en otro país. Sin embargo, aunque sabe que el agua no es venenosa prefiere tomarla hervida y habla español con gran timidez. Entra en un estanquillo, por ejemplo, y dice:

- Me da, por favor, unos Raleigh con boquillo.

Vive en San Miguel de Allende, en una casa blanca, con geranios y una vista estupenda; pinta seis horas diarias, siete días a la semana; a veces, en las noches, toca el cello y la flauta dulce con un grupo de aficionados a la música de cámara.

- Hago un ruido espantoso -confiesa, refiriéndose a la manera de tocar el cello.

Recibe una correspondencia abundante y extrañísima. Un día vi, sobre su mesa, una tarjeta postal que decía: "Estamos en Chudra Putra, mañana salimos para los Himalaya. Wish you were here."

Todas las mañanas se sienta frente a un caballete y pasa el día manchando papel con gises de colores. A veces, el cuadro queda listo en unas cuantas horas; otras, se va transformando, y lo que era un florero al principio pasa a ser un sillón y después mujer desnuda; lo que era rojos se vuelve púrpura y lo que era amarillo, verde; el mar se encoge, el cielo se nubla, la mujer desaparece. A veces el papel se satura de color antes de que cuadro esté terminado y hay que echarlo en la basura; otras, un momento de indecisión provoca un error irreparable y un buen cuadro se arruina.

Las relaciones con la pintura de Joy Laville con la realidad son bastante extrañas. Un solemne sillón rojo, con orejeras, que está en uno de los salones más respetables de San Miguel Allende, aparece en uno de los cuadros. Ahora bien, la última vez que vi este sillón estaba ocupado por una mujer, vestida de rojo, que había releído esa tarde Stendhal para practicar su francés y poder conversar brillantemente con Natalie Sarruate. La reunión fue muy apacible y tomamos té con galletas hechas en casa. En el cuadro, el mismo sillón está ocupado por una joven desnuda, probablemente mulata, que hubiera hecho mucho más divertida, aunque más breve, la reunión con Natalie Sarruate.

Los cuadros de Joy Laville no son simbólicos, ni alegóricos, ni realistas. Son como una ventana a un mundo misteriosamente familiar; son enigmas que no es necesario resolver, pero que es interesante percibir. El mundo que representan no es angustiado, ni angustioso, sino alegre, sensual, ligeramente melancólico, un poco cómico. Es el mundo interior de un artista que está en buenas relaciones con la naturaleza.
Joy Laville y Jorge Ibargüengoitia en su boda. Cuautla 1973.

pd. Cada vez que leo el último párrafo de este texto me acuerdo de la ocasión en que una maestra (¿o ya era doctora? irrelevante) en historia del arte (¿o era en barroquismos inexpugnables? también irrelevante) nos arrastró a la lupe y a mí al Museo de Arte Moderno a mirar una exposición de Remedios Varo y a explicarnos lo qué estábamos viendo. Yo ya daba esa visita al MAM por arruinada cuando me di cuenta que en otra sala del museo estaban exponiendo cuadros de Joy Laville. Entramos y contemplamos los cuadros de Joy con un resultado notable: el tedio que me provocaron Remedios Varo y su explicadora se esfumó.

Joy le hace honor a su nombre en sus pinturas.

sábado, septiembre 13, 2008

El reencuentro

El del título es el nombre de un texto que viene en la revista Vuelta No. 100 (Marzo, 1985) escrito por Manuel Felguerez y dedicado a Joy Laville. El mentado número de la revista lo ví en la exposición documental dedicada a Jorge Ibargüengoitia que pusieron hace unos meses en el patio de la Coordinación Nacional de Literatura y lo estuve rogando en la Hemeroteca Nacional y en la José Vasconcelos para fotocopiarlo.

Disfruten.

Jorge Ibargüengoitia era unos meses mayor que yo. Cuando empezamos a ser amigos tendríamos doce años. Ambos nos educamos con los hermanos maristas, asistimos al Colegio México en las calles de Mérida y más tarde a la preparatoria del Francés Morelos. Nunca fuimos compañeros de clase pues Jorge iba dos años más adelantado que yo.

En esa época él vivía con su madre, que era viuda, y con su tía Ema. Las dos lo llamaban Coco. Su departamento estaba en el segundo piso de una casa porfiriana de la Avenida Chapultepec, por la que circulaban los tranvías de dos carros. Yo vivía en otro departamento justo en la calle de atrás, Marsella, como a tres cuadras. Mi madre también era viuda. A los dos nuestro padre nos dejó como herencia un rancho, a él en Guanajuato, a mí en Zacatecas. No nos conocimos en la escuela, ni como vecinos, tampoco en el ferrocarril de Ciudad Juarez, que con mucha frecuencia tomábamos, sobre todo en la época de cosecha, para acompañar a nuestras respectivas madres a atender los negocios del campo.

En el colegio había un grupo de scouts, el tercero: fue allí donde empezamos a ser amigos. Él era de la patrulla jaguares, yo, de las zorras, los dos éramos guías de nuestras respectivas patrullas (jefe de un grupo de siete). Nuestra primera relación fue de competencia entre las patrullas, después personal.

La única vez que Jorge me menciona en su obra literaria es en un cuento titulado Falta de espíritu scout, en el que narra ciertas anécdotas que pasaron durante el viaje que hicimos a Europa el año de 1947, para asistir a un "jamboree" que se realizó cerca de París.

El contingente oficial de México viajaría en avión. Por no tener el dinero suficiente no pudimos inscribirnos. Decidimos hacer el viaje de todas maneras. Nos reuníamos después de clases a nadar en la alberca de la YMCA en Morelos y Balderas, ahí afinábamos nuestros planes. Descubrimos que podríamos ir hasta Nueva York en el autobús de la Grey Haund y de ahí tomar un barco llamado Marine Chark, que durante la guerra había sido utilizado para transporte de tropas. Una vez dueños de esa preciosa información decidimos armar otro contingente. Viajaríamos por nuestra cuenta y riesgo.

Para entonces tendríamos 19 años. Durante cuatro meses recorrimos Francia, Italia y Suiza. Finalmente, en Londres, el último día del viaje examinando los acontecimientos decidimos que viajar era una maravilla y que tendríamos que hacer algo de nuestras vidas que nos permitiera seguir haciéndolo.

Yo decidí ser pintor, él seguiría estudiando ingeniería; pero sólo lo haría durante cuatro meses al año tiempo que consideraba más que suficiente para aprobar los exámenes. Los siguientes cuatro meses se iría a trabajar el rancho con el objeto de reunir el dinero necesario para dedicarse a viajar el resto del año.

Al llegar a México supimos que nos habían expulsado del grupo tres. En cambio logramos que la Asociación Scout nos autorizara la creación de un nuevo grupo, el XVII, del que fuimos jefes. Nuestro grupo se caracterizó por ser lo menos ortodoxo posible, no por eso menos efectivo. Ganábamos todas las competencias sin importarnos mucho los medios usados para lograrlo. Era una especie de revancha que nos provocaba gran placer. A este grupo ingresaron entre otros los hermanos García Ponce. Juan resultó ser un buen scout con brillante imaginación para la trampa.

Como "habíamos viajado a Europa". ahora teníamos gran interés por la cultura, leíamos novelas, veíamos teatro escuchábamos música clásica y asistíamos a exposiciones al mismo tiempo que realizábamos las excursiones más sofisticadas: subíamos a los volcanes, descendíamos a los ríos subterráneos o realizábamos grandes caminatas. Recuerdo en especial la de San Cristóbal las Casas a Palenque, a Campeche, y otra de Tulum a Valladolid siguiendo los rastros de antiguos sacbés. La "juntas" las hacíamos en la cervecería La Palma y las grandes discusiones sobre problemas existenciales se resolvían hablando hasta altas horas de la noche caminando por las calles de la Juárez y la Roma.

Un día me fuí a París a estudiar escultura. Jorge, una vez fracasado su plan "tetramestral" como él lo llamaba, se decidió por el rancho. Entonces nuestra amistad continuó a través de una frecuente correspondencia. Mientras yo presumía de mis sensaciones y descubrimientos en los museos, él me alababa la "verdad" de la vida campirana. Me contaba cómo pasaba noches enteras, trabajando con el lodo hasta las rodillas, para salvar el jitomate. La aplicación de sus conocimientos de ingeniería para resolver problemas mecánicos de bombeo de agua o de lo bien que se entendía con los viejos peones de San Roque.

Dos años después yo regresé a México justo en el momento en que Jorge había decidido vender su rancho, y "gracias a esa operación podría autofinanciarse una nueva carrera". Dudó entre la pintura y la literatura, finalmente se inscribió en Mascarones para estudiar teatro.

De ahí en adelante, habiendo dejado de ser scouts, nos veíamos menos. Jorge fue padrino de mi primera hija, Patricia. Algunos sábados lo visitaba en su nueva casa de Coyoacán. Ese día era casa abierta para los amigos y sentados bajo las jacarandas de su jardín lo oíamos contar "lo que le había pasado", anécdotas que siempre acababan siendo obras de teatro, cuentos o artículos periodísticos. Jorge era un gran conversador que gozaba de platicar sus investigaciones en archivos de juzgados, donde recopilaba datos de lenguaje y acciones de la madre Conchita o de las Poquianchis.

Un día hicimos una apuesta. Quién ganaría más dinero durante el año. ¿Él como escritor o yo como pintor? Yo gané. De ahí el mencionado Falta de espíritu scout.

Nuevos amigos, novias, esposas, viajes, actividad profesional acabaron por hacer cada vez más lejana nuestra amistad. Coincidíamos a veces en algún acto social y nuestra plática era cercana pero superficial.

El sábado 12 de noviembre de 1983, después de no vernos durante muchos años, coincidimos en una cena que ofreció Mercedes Iturbe en su departamente de París. Éramos Juan Soriano y Marek; Marta Traba y Angel Rama; Jorge y Joy Laville; Meche y yo. Pasamos un rato agradable.

Jorge nos habló al día siguiente para invitarnos a cenar el sábado a las ocho de la noche. Nos dio su dirección y nos explicó que teníamos que bajarnos del metro en la parada Victor Hugo, caminar una cuadra y media para encontrar el edificio. Marcar una clave para abrir la puerta y tomar el elevador al quinto piso. Sólo seríamos los cuatro. El sábado antes de salir discutí con Meche qué regalo llevar. Pusimos en una bolsa una lata de frijoles, una de mole adobado y tres chiles, además de una botella de champagne que reservábamos para una buena ocasión. A las ocho en punto tocamos el timbre, Jorge abrió la puerta, al recibir la botella comentó que qué bueno pues esa noche tomaríamos solamente champagne. Ya con Joy empezaron por enseñarnos el departamento que era extremadamente agradable, de típica arquitectura de fin de siglo, altos techos y amplias puertas que comunican los espacios, molduras de yeso sobre plafones y paredes. Estaba recién pintado de un gris casi blanco y alfombrado en su totalidad también de un casi blanco, grandes ventanas seguramente con una bella vista sobre mansardas. El estudio de Joy con un cuadro a medio hacer sobre el caballete y bastidores recargados sobre el muro, desordenado y limpio. La recámara, una amplia estancia y al lado un cuarto con el escritorio y la biblioteca de Jorge. Los muebles en su mayoría de diseño moderno y maderas claras, otros de época que daban al conjunto un ambiente acogedor. Las paredes aún vacías con la excepción de un paisaje de Joy colgando a la entrada pero que se veía desde la sala.

Joy y Jorge comentaron que después de haber vendido la casa de Coyoacán, habían pasado una temporada en una universidad cercana a Nueva York donde Jorge daba clases; el lugar en que vivieron no les gustó, después se fueron a Londres. Sin embargo chocaron con el carácter de los ingleses y entonces se decidieron por París. Al llegar alquilaron un departamento amueblado y finalmente habían tenido la suerte de conseguir ese departamento que hacía muy poco tiempo habían acabado de poner. Se encontraban muy a gusto. Pensaban seguir viviendo en París, pero pasar temporadas en México, pues a Jorge le era indispensable no perder contacto con el lenguaje. Decían que no volverían a vivir en la Ciudad de México. Hablamos de algunas ciudades de la república, nosotros sugerimos Puerto Vallarta. Les interesó esa posibilidad y quedamos en hacer un viaje ahí, la próxima vez que coincidiéramos en México para ver si se animaban a comprar algo.

Brindamos por el gusto de estar reunidos de nuevo. Las copas eran de esas muy delgadas y altas, el champagne helado. La cena estaba servida sobre una mesa redonda, dos grandes platones con hielo contenían ostras y almejas, en otro plato paté. Festejamos cada bocado y fuimos acabando lentamente con todo, menos con la bebida, pues quién sabe de dónde Jorge regresaba siempre con otra botella. La conversación saltaba de los proyectos a los recuerdos con gran facilidad. "Qué pasó con aquella foto que nos tomaron haciendo guardia al soldado desconocido bajo el Arco del Triunfo en 47? Sería fantástico publicarla." Para Jorge y para mí el tono era inevitablemente nostálgico, pero lo mismo pasaba con Meche. Ella también había sido amiga de Ibargüen, como le decía, desde la época de Mascarones. Recordamos que fue Jorge quien me presentó a Meche a la salida de Bellas Artes, después de la sinfónica, el año de 1951. Joy, que no conocía muchas de las anécdotas que rememorábamos, resultaba una persona ideal para "contarle" y en realidad un pretexto para hablar de nosotros sin parar. Ella escuchaba a ratos y a ratos desaparecía. "Sabes Meche", dijo Jorge señalándome con el dedo, "que este tipo, aunque no lo puedas creer, me influyó muchísimo en mis primeras lecturas" y se moría de risa. Tocamos el tema de Colombia, puesto que por una verdadera casualidad ambos acabábamos de ser invitados en ese país. Yo con un grupo de escultores para hacer un obra pública en Medellín; él para asistir al Primer Encuentro de Cultura Hispanoamericana. Yo tenía boletos para el siguiente martes. A él se los habían prometido para el jueves. Frente a un atlas situado para sacar lugares en Colombia, hicimos cita para vernos a los pocos días en Bogotá. Eran ya las cuatro de la mañana cuando decidimos terminar la cena. "Habría que hacer otra muy pronto", yo dije, "otra sí. Pero como ésta no se repetirá jamás".

Jorge nos acompañaría al taxi. Al llegar al elevador Joy dijo algo que yo interpreté como que sólo podían bajar dos por lo que decidí usar la escalera y jugar carreras con el elevador, uno de esos que van dentro de una especie de jaula y que por tanto permiten ver siempre para afuera. Entre la velocidad y el alcohol me tropecé, caí al suelo, levantándome rápidamente recorrí los tramos que faltaban logrando llegar abajo justo a tiempo para abrir la puerta y decir "gané". Meche y Jorge salieron del elevador en total euforia "sí, te vimos como venías rodando". En la esquina tomamos el taxi al tiempo que nos despedíamos de Jorge.

Viajé a Medellín el martes, el domingo temprano bajé a desayunar a la cafetería del hotel. Ahí me encontré con otros escultores. Uno de ellos me djjo "voy a hacer de ángel de la muerte: ayer se mataron Marta Traba y Angel Rama; se estrelló el avión en el que venían". Supe de inmediato que Jorge había muerto. Me es imposible describir lo que sentí. La conversación giraba alrededor de Marta, lo único que alcancé a decir fue que en el avión también venía un amigo mío que era escritor y que se llamaba Ibargüengoitia. Ajeno, sordo a la conversación que me rodeaba, me vino a la memoria una imagen. Jorge y yo bajábamos del Iztacihuatl, caminábamos con grandes mochilas sobre los hombros, nos acercábamos a Amecameca por un camino de esos que de tanto andarlos se han hundido en la tierra. De repente a unos cuantos metros, sobre una pequeña loma aparece un toro, muge, rasca la tierra, baja los pitones y nos embiste. Yo me tiro al piso sobre el lado derecho y salgo ileso. Jorge da un pequeño paso y apenas libra los cuernos, da un gran pase a cuerpo libre, el sudor del animal embarra su camisola. Por un instante parece que se ha salvado pero en el último momento, el toro con la pezuña de su pata trasera le propina un fuertísimo golpe en la espinilla.

Jorge Ibargüengoitia murió el sábado 26 de noviembre de 1983 en un accidente aéreo cerca de Madrid.

Nunca pudimos imaginar que nuestra gran fiesta de la semana anterior había sido no sólo un reencuentro sino también una despedida.

Manuel Felguerez, persona no identificada y Jorge Ibargüengoitia apodado "Tecolote de guadaña", en un campamento.

pd. En próximas bostas otro texto de la Vuelta No 100 que no había yo leído de Jorge Ibargüengoitia. Mujer pintando en cuarto azul. Es sobre él y Joy.

viernes, septiembre 05, 2008

El Rapto me da risa

Ya hemos platicado, amigos y vecinos, del disparate religioso de muchos cristianos llamado El Rapto. Es decir, cuando diosito convoque al cielo a todos sus fans a mirarle la jeta por toda la eternidad, mientras los que no somos cristianos nos quedamos a contemplar el espectáculo de pirotecnia del Apocalipsis y etcétera.

El último ejercicio de Metatextos propone como tema El Rapto y a mí se me antojó hacer a dios a Mi imagen y semejanza.

miércoles, septiembre 03, 2008

¿Una sociedad religiosa es más hijadeputa que una sociedad atea?

La del título fue mutatis mutandis una pregunta que alguien a quien sigo en twitter hizo hace algunas semanas.

Me recordó que en discusiones con creyentes que andan por la vida pensando que son el pináculo de la ética esa cuestión suele abordarse. Por lo tanto le dediqué algunos clicks a buscar material que arrojara alguna luz sobre dónde puede hallar uno a más hijosdeputa: en una sociedad religiosa o en una netamente secular.

Encontré lo siguiente:

En 2005 en una publicación que se llama Journal of Religion & Society se publicó un estudio de Gregory S. Paul (paleontólogo) con el titulazo: Correlaciones de Salud Societal Cuatificable con Religiosidad y Secularismo en Democracias Prósperas: Una primera mirada. (Aquí el PDF).

En resumen, Gregory S. Paul dice que en los paises donde la gente a) acepta a la evolución como algo que ocurre y b) que diosito tiene tanta relevancia en la vida cotidiana como cualquier otro personaje ficticio, no hay tantos problemas societales (homicidios, infecciones de enfermedades de transmisión sexual, embarazos juveniles) como en los países donde creen que la evolución es invento del diablo y que diosito bimbo rulea el universo.

Por supuesto, que como buen escéptico uno tiene que preguntarse si lo que tiene frente a sí es cierto o no. Busqué entonces críticas a ese estudio.

Hallé dos, también publicadas en el mentado journal. La primera crítica es de Hugo, Paco y Luis , es decir de unos Moreno-Riaño, Smith, y Mach que trabajan en un lugar que se llama Cedarville University y señalan varias ambigüedades del estudio de Gregory S. Paul. Lo malo es que la Cedarville University es una universidad cristiana que, de acuerdo a la wikipedia, hace firmar a los que publican una Declaración de Doctrina que no es otra cosa que un compromiso que limita lo que alguien de esa universidad pueda concluir sobre las tendencias religiosas de la misma. Es decir que la libertad de expresión está censurada por acuerdo y pues así lo que pueda decir cualquiera de la Universidad Cedarville respecto a la religión va a seguir más un guión que ciencia y no sirve más que pitorrearse.

La otra crítica es más sustanciosa. Es de un Gary F. Jensen de la Universidad de Vanderbilt y dice:
"Hay obvias limitaciones en este tipo de análisis y tal como los sociólogos no deben generalizar sobre los efectos positivos de la religión en la sociedad, tampoco las consecuencias negativas se pueden establecer de forma concluyente [...] No obstante, este análisis es el primer paso para especificar significativamente las ligas complejas entre religiosidad y tasas de homicidio usando como unidades de análisis a naciones. Algunos de los resultados son notablemente consistentes con hipótesis previas sobre religión y homicidios y son contrarios a la sobregeneralización de la religión como barrera de crimen. Por otro lado, naciones relativamente seculares no tienen menores tasas de homicidio que las naciones donde la gente cree en a Dios y el Cielo, pero no cree en sus contrapartes, el Diablo y el Infierno [...] Estos patrones se obtuvieron usando naciones como unidades de análisis y no deberían ser usados para concluir sobre las características de individuos y su relación con comportamiento violento."
En otras palabras: nadie sabe si la hijoputez tenga que ver con qué fuerza abraces la biblia o con cuántos metros la avientes lejos de tí.