Aquí está el texto de la revista Vuelta No. 100, Mujer pintando en cuarto azul de Jorge Ibargüengoitia en donde escribe de su relación con Joy Laville. Al final del texto hay una nota que dice que está hecho de "fragmentos de varios artículos publicados originalmente en catálogos de exposiciones y periódicos". Yo platico de la nota del pie, aquí al principio de la bosta, por la sencilla razón de que hago las cosas al revés (no todas, aclaro).Mujer Pintando en cuarto azul
Jorge Ibargüengoitia
El primer departamento que mi mujer y yo vimos cuando llegamos a Londres, en septiembre del año antepasado, estaba en un segundo piso, tenía dos pequeñas recámaras y una estancia agradable, iluminada por un ventanal que daba a un jardín ajeno. Hubiera podido convertirse en un magnífico estudio de pintor. Yo estaba dispuesto a alquilarlo, pero mi mujer se opuso porque los pisos estaban cubiertos con alfombra verde perico. En vez de eso, prefirió instalarse en el departamento en que vivimos cuatro meses, que era un semisótano. Mi mujer puso su caballete en la sala y yo mi máquina de escribir en la recámara, sobre una mesa de nogal antigua. En la sala había luz natural de once a dos -a las tres había que encender la luz o entrar a tientas- en la ventana, por la que se veían pasar piernas, había una cortina de seda azul que no se descorría por completo, lo que hacía que el cuarto, durante el día, tuviera un ambiente azulado levemente draculense.
El elemento más importante del departamento era un pasillo largo y oscuro, iluminado por un foco color de rosa, al fin del cual podía verse, como rayo de esperanza, la cocina. Este pasillo lo recorrimos muchas veces, en diferentes grados de "deshabillé", para abrirle la puerta al cartero, con la esperanza de que trajera uno de los cheques que se tardaron tanto tiempo en llegar.
Mi mujer encontró un papel barato, muy bueno, propio para la acuarela. Con una tabla y el caballete improvisó un restirador y empezó a hacer guaches. Pintaba un rato, cuando oscurecía se ponía el abrigo y los guantes, y se iba al centro de Londres a ver aparadores.
Entre los cuadros que hizo en esta época aparecen dos temas recurrentes; el pasillo que había en el departamento y la "mujer con capa", que es un desnudo de pie inspirado en el retrato de una cirquera, que mi mujer encontró en el libro de fotografías de Diane Arbus.
Al cabo de los cuatro meses mi mujer guardó los guaches en una caja de madera y los dejó encargados en el desván de unos amigos.
Durante tres meses anduvimos de la Ceca a la Meca. A principios de abril, agotados, alquilamos un departamento en el edificio Los Remos, Puerto de Roquetas de Mar, provincia de Armería, España. En él mi mujer tenía un cuarto especial para pintar.
Yo, que cargo mi máquina en la mano y encuentro papel en todos lados, la compadecía. Tuvo que mandar hacer el caballete y los bastidores con un carpintero viejo, compró los últimos cinco metros de manta de algodón que había en la provincia – las demás telas eran de fibras sintéticas-, y después de mucho buscar encontró gesso acrílico en una perfumería de la calle del Arco. Después restiró la tela y la preparó. Hecho esto, que en México lo soluciona con un telefonema a la Casa del Arte, se puso a pintar.
Mientras el viento de la Sierra Nevada hacía temblar las ventanas, ella pintó una serie de cuadros de los que el más notable es el que representa a cuatro turistas -desnudos y azulados- en el Valle de los Reyes. La manta española y el gesso acrílico comprado en la perfumería le dan a estos cuadros una textura más áspera que todo lo demás que mi mujer ha hecho.
Cuando llegó el momento de empacarlos, mi mujer desmontó las telas, las hizo rollo y las metió en una reja de madera que empezó a romperse antes de llegar a Londres.
Cuando regresamos a México, mi mujer pospuso durante semanas el momento de abrir la caja de los guaches y desenrollar las pinturas. Por fin, un día se hizo de ánimo, yo cogí un desarmador, subimos al estudio y abrimos la caja de madera.
No podíamos creer lo que veíamos: los colores oscuros, confusos, que habíamos visto en la luz invernal del semisótano londinense, eran vivos, definidos y alegres en el estudio de Coyoacán. Lo que ella había hecho en Londres había resultado un experimento exitoso. Con los cuadros de Roquetas pasó algo semejante: lo que parecía aspereza a secas de la tela le dio al color una profundidad que los pintores muchas veces buscan y rara vez obtienen.
Me quedé pensando: el pintor, lo mismo que el escritor, no sabe lo que hizo hasta que es demasiado tarde.
Lo primero que vi de Joy Laville fue un cuadro que compraron los Ezcurdia cuando yo estaba en Guanajuato. Era un gato echado en una silla -el retrato de Stanley, supe después; Stanley era un gato que tenía tics nerviosos, que era de Joy, que desapareció un día y que, años después, vimos pasar caminando por una barda vecina, más nervioso que nunca, una tarde que estábamos sentados en la azotea tomando tequila-. Bueno, pues en el momento en que vi el retrato de Stanley supe que algo no terrible, pero sí irremediable me iba a ocurrir.
- Este cuadro -me explicó Manuel Ezcurdia cuando notó que yo estaba absorto contemplándolo- lo hizo Joy Laville, una pintora inglesa que vive en San Miguel de Allende.
Pocos meses después nos conocimos. Nuestro primer encuentro fue por causa de un pleito. Joy trabajaba en una librería y yo estaba encargado de formar una biblioteca. Nos mandaban los libros, pero no las facturas, por lo que un día hice el viaje a San Miguel para hacer una reclamación en serio. La dueña de la librería nos presentó a Joy y a mí; nos dejó solos en un cuarto. Estuvimos varias horas cotejando listas y cuando salimos no puedo decir que estuviéramos enamorados, pero sí amarrados. Nos despedimos con la tranquilidad de quien se ha enfrentado a su destino.
Si se entiende que las parejas deben ser complemento, la nuestra es un desastre. En vez de que lo que le falta a uno lo tenga el otro, hemos logrado una composición de deficiencias: ninguno de los dos sabe manejar, a los dos nos da horror hablar por teléfono, hace unos días descubrimos que no sólo ninguno de los dos sabe poner inyecciones, sino que ninguno de los dos se había fijado cómo se rompen las ampolletas, etc.
Ella pasa entre cinco y siete horas diarias frente a un cuadro haciéndolo, y otras dos o tres contemplándolo y haciendo gestos de esos que dicen que hacen los pintores, que consisten en cerrar un ojo y hacer ángulos con los dedos para transportar las distancias y estudiar la composición.
Una de las cosas que más me gustan de mi mujer, como pintora, es que no dice frases célebres. Nunca la he oído exclamar, por ejemplo, "yo lo que quiero expresar son las fuerzas telúricas", o peor: "Pinto porque me duele la vida", etc. En el fondo, creo que otro de los defectos que tenemos en común es lo inarticulado, ella tiene tan poco que comentar de su pintura como yo de mi matrimonio.
Es una pintora sin trucos, sin moda, sin doctrina. Ni protesta ni acepta. Hace lo suyo, con gran talento. Su dedicación y su preocupación por sus obras me llenan de envidia. Cuando viene el camión de mudanzas y se lleva los cuadros a la galería para que se monte la exposición, me doy cuenta de que mi mujer siente que la casa se ha quedado sola y que ella está desamparada.
Aparte de ella pintar y yo escribir, jugamos ajedrez. Cuando ella gana, que es con frecuencia, a mi me entran depresiones melancólicas. En estos casos, ella tiene la tendencia a entrar en la cocina a freír hamburguesas y yo tengo la tendencia a preparar cocteles que a ella no le gustan.
Joy tiene una bolsa que se cuelga en el hombro, que pesa dos kilos y medio. Cada vez que no tengo dinero suelto y le pido cambio, ella mete la mano a la bolsa y y primero saca el telegrama que le mandé en 1966, que dice: "Llego jueves siete y media besos", después el tapón de una botella de champaña que nos tomamos en el Año Nuevo de 1969, una cuenta de supermercado, una media corona, un botón y por fin un peso.
Tiene un sistema para bautizar que es tan efectivo que podría dar al traste con la nomenclatura real de las cosas. Por ejemplo, un primero de mayo, hace algunos años vimos que un señor que vivía en un departamento vecino colocaba una campanita junto a la entrada de su casa. Ese día Joy bautizó al señor Mister Bell. Con el tiempo, toda la familia que vivía en el departamento de la campana se llamó, la señora Bell, los niños Bell, el gordo Bell, y una muchacha que se parecía a una amiga nuestra llamada Enriqueta, se llamó Enriqueta Bell. Pasó más tiempo y Joy se hizo relativamente amiga de Enriqueta Bell, al grado que decidió mandarle una invitación a una exposición. A la hora de roturarla descubrimos que no teníamos la más remota idea de cómo se llamaba Enriqueta Bell.
Joy Laville salió de Inglaterra en 1946 y tardó diez años en llegar a México. El primer contratiempo lo tuvo en Irlanda: había vientos contrarios y el avión necesitaba llevar, en previsión, una cantidad extra de gasolina. Fue necesario dejar en tierra a los tres pasajeros menos importantes, que fueron: un estudiante argentino, un exdiplomático francés que había formado parte del gabinete del Mariscal Petain y Joy Laville.
Vivió mucho tiempo en la costa occidental del Canadá.
- El paisaje es imponente, pero los habitantes te invitan a cenar y para agasajarte ponen en el tocadiscos un concierto de gaitas escocesas.
Llegó a México sin conocer a nadie, ni hablar una sola palabra de español. Alguien le había dicho que aquí el agua era venenosa y se lavaba los dientes con ginger ale. El paisaje mexicano la cautivó desde el primer momento.
- En cualquier parte que estés, hacia donde quiera que mires, siempre hay un elemento dramático.
Se adaptó a tal grado, que piensa que no le sería posible vivir en otro país. Sin embargo, aunque sabe que el agua no es venenosa prefiere tomarla hervida y habla español con gran timidez. Entra en un estanquillo, por ejemplo, y dice:
- Me da, por favor, unos Raleigh con boquillo.
Vive en San Miguel de Allende, en una casa blanca, con geranios y una vista estupenda; pinta seis horas diarias, siete días a la semana; a veces, en las noches, toca el cello y la flauta dulce con un grupo de aficionados a la música de cámara.
- Hago un ruido espantoso -confiesa, refiriéndose a la manera de tocar el cello.
Recibe una correspondencia abundante y extrañísima. Un día vi, sobre su mesa, una tarjeta postal que decía: "Estamos en Chudra Putra, mañana salimos para los Himalaya. Wish you were here."
Todas las mañanas se sienta frente a un caballete y pasa el día manchando papel con gises de colores. A veces, el cuadro queda listo en unas cuantas horas; otras, se va transformando, y lo que era un florero al principio pasa a ser un sillón y después mujer desnuda; lo que era rojos se vuelve púrpura y lo que era amarillo, verde; el mar se encoge, el cielo se nubla, la mujer desaparece. A veces el papel se satura de color antes de que cuadro esté terminado y hay que echarlo en la basura; otras, un momento de indecisión provoca un error irreparable y un buen cuadro se arruina.
Las relaciones con la pintura de Joy Laville con la realidad son bastante extrañas. Un solemne sillón rojo, con orejeras, que está en uno de los salones más respetables de San Miguel Allende, aparece en uno de los cuadros. Ahora bien, la última vez que vi este sillón estaba ocupado por una mujer, vestida de rojo, que había releído esa tarde Stendhal para practicar su francés y poder conversar brillantemente con Natalie Sarruate. La reunión fue muy apacible y tomamos té con galletas hechas en casa. En el cuadro, el mismo sillón está ocupado por una joven desnuda, probablemente mulata, que hubiera hecho mucho más divertida, aunque más breve, la reunión con Natalie Sarruate.
Los cuadros de Joy Laville no son simbólicos, ni alegóricos, ni realistas. Son como una ventana a un mundo misteriosamente familiar; son enigmas que no es necesario resolver, pero que es interesante percibir. El mundo que representan no es angustiado, ni angustioso, sino alegre, sensual, ligeramente melancólico, un poco cómico. Es el mundo interior de un artista que está en buenas relaciones con la naturaleza.

Joy Laville y Jorge Ibargüengoitia en su boda. Cuautla 1973.
pd. Cada vez que leo el último párrafo de este texto me acuerdo de la ocasión en que una maestra (¿o ya era doctora? irrelevante) en historia del arte (¿o era en barroquismos inexpugnables? también irrelevante) nos arrastró a la lupe y a mí al Museo de Arte Moderno a mirar una exposición de Remedios Varo y a explicarnos lo qué estábamos viendo. Yo ya daba esa visita al MAM por arruinada cuando me di cuenta que en otra sala del museo estaban exponiendo cuadros de Joy Laville. Entramos y contemplamos los cuadros de Joy con un resultado notable: el tedio que me provocaron Remedios Varo y su explicadora se esfumó.
Joy le hace honor a su nombre en sus pinturas.