jueves, septiembre 16, 2010

Regalo ibargüengoitiano de bicentenario

Una de las características más notables de la obra de Jorge Ibargüengoitia es que sirve para que uno aprecie a los personajes históricos despojados de solemnidades y pomposidades, ridiculas y oficialistas.

Antes de escribir Los Pasos de López que varios avezados lectores quizá conozcan, Ibargüengoitia escribió una obra de teatro "que nunca fue representada". En ella cuenta, en un tono entre fársico y de comedia de enredos, una cadena de acontecimientos que bien pudieron ser los que precipitaron el inicio de la guerra de independencia en septiembre y no para octubre, como estaba planeada.

De Sálvese quien pueda, disfruten La conspiración vendida.


I


Una mañana de septiembre de 1810, un tal Mariano Galván, se presentó ante su jefe, el señor Quintana, administrador de Correos de Querétaro y le hizo una revelación: en la ciudad había un grupo de personas que habían estado reuniéndose desde hacia varios meses con objeto de planear el derrocamiento del gobierno virreinal. Entre los asistentes a esas reuniones había unas personas muy importantes: el corregidor de Querétaro, un canónigo, un cura, varios jefes militares y dos o tres licenciados. La idea era iniciar una revolución que estallaría simultáneamente en Querétaro, San Miguel el Grande y Dolores, en la que participarían varias unidades del ejército y grupos de civiles armados. Los objetivos eran apoderarse primero del gobierno y después de los bienes de los españoles.

El señor Quintana sintió la urgencia de dar la voz de alarma, pero como no sabía quiénes estaban implicados en la conjura, no quiso correr el riesgo de llegar con la denuncia ante uno de ellos. Por eso escribió una carta directamente al virrey, y la mandó a México con tanto secreto que nunca se supo si alguien la recibió.

En recompensa por la delación, Mariano Galván recibió un empleo de tercianista en la fábrica de cigarros.

II


El sótano en casa de Epigmenio González, en Querétaro. Hay una escalera y una puerta que conduce a la planta principal; una mesa de trabajo con los útiles necesarios para hacer cartuchos, varias sillas, y apoyada contra el muro, una armazón de las que se usaban para colgar las guarniciones de los caballos. Benito (uno que sabe hacer cartuchos) trabaja en la mesa. Entra Epigmenio González, bajando por la escalera.

BENITO
Mire usted, patrón: son de primera. Le muestra un cartucho.

GONZÁLEZ
TIenen que serlo, Benito. Sería terrible descubrir de repente que hemos fabricado cuarenta mil cartuchos inservibles.

BENITO
No tenga cuidado, patrón. Busque usted los tiradores, que de los cartuchos me encargo yo.

GONZÁLEZ
Ya sé que conoce su oficio, Benito. Deja el cartucho sobre la mesa. Habrá que levantar los trastos, porque tendremos junta.

BENITO
Como usted mande, patrón.

Se dirigen a la armazón de las guarniciones y, tomándola uno de cada extremo, la corren sobre el muro, dejando al descubierto un aposento secreto en donde están almacenadas toda clase de armas. Luego, van a la mesa y, tomándola de la misma manera, la llevan al arsenal y allí la dejan, Toma Benito un pequeño pupitre que hay en el arsenal y González un cofrecillo, y los dejan en el cuarto principal, el cofre sobre el pupitre; por último, vuelven a poner la armazón en su lugar inicial, cubriendo la entrada secreta. Mientras Benito se pone el gabán, González abre el cofrecillo y saca útiles de escribir.

BENITO
Bueno, patrón, hasta mañana.

GONZÁLEZ
Hasta mañana.

Sale Benito. Entra el capitán Arias.

ARIAS
Buenas tardes, don Epigmenio.

GONZÁLEZ
Buenas tardes, capitán Arias.

ARIAS
¿Cómo va su comisión?

GONZÁLEZ
Necesitamos un herrero de confianza, ¿conoce usted alguno?

ARIAS
En Celaya,

GONZÁLEZ
Pero Celaya está lejos, capitán, no podemos arriesgarnos a traer un cargamento de machetes desde allá. Necesitamos un hombre aquí, en Querétaro.

ARIAS
¿Y qué hará con esos machetes, amigo mío?

GONZÁLEZ
Entregarlos al pueblo.

ARIAS
¿Sabe usted qué harán con ellos? Irán corriendo a degollar a su compadre.

GONZÁLEZ
¿Qué remedio? Es un riesgo que tenemos que correr. Necesitamos gente.

ARIAS
Sí, pero disciplinada. Mire usted mi compañía, por ejemplo, es de absoluta confianza; son hombres que me quieren, porque les he tratado bien, y me admiran poque saben que conozco el arte de la guerra. He leído las obras completas del marqués de Santa Cruz, que son diez libracos enormes, que le enseñan a uno todo lo que hay que saber. Lo que es una formación cerrada, lo que es una formación abierta, cómo se hace un ataque central, lateral, o de retaguardia... todo. Yo lo sé.

GONZÁLEZ
Es una fortuna contarlo entre nosotros, capitán Arias.

ARIAS
Pues, francamente, sí. Además, conozco Querétaro como la palma de mi mano. Le aseguro Don Epigmenio, que no hay punto estratégico que no me sepa. Llegado el momento, en media hora, con mis cien hombres, perfectamente disciplinados y llenos de entusiasmo, me habré adueñado de la ciudad; mientras tanto, usted apenas estará saliendo a la calle con el populacho que va a armar.

GONZÁLEZ
Cada quien hace lo que puede, capitán.

ARIAS
Es verdad, es verdad. Da pasos como león enjaulado. González afila unas plumas. ¿Qué ha sabido usted del canónigo Iturriaga? ¿Sigue tan enfermo?

GONZÁLEZ
No pasará la noche, dicen.

ARIAS
¿Delira?

GONZÁLEZ
No lo sé.

ARIAS
El canónigo está enterado de buena parte de esta conspiración. Cuerdo es de confianza, pero delirante... ¡ay, amigo mío! ¡Si alguien nos delatase! A veces despierto en la noches lleno de sobresalto pensando en eso: "¡Si alguien nos delatase!"

Entran Allende, Hidalgo y Aldama.

ALLENDE
Señores, muy buenas tardes.

GONZÁLEZ
Yendo a su encuentro. Buenas tardes, capitán.

ALLENDE
A Hidalgo.
Padre, quiero presentarle al señor Epigmenio González. A González. Ya habrá usted oído hablar del padre Hidalgo.

González estrecha la mano de Hidalgo.

ALLENDE
És el capitán Arias, padre; él será quien comande la revolución en Querétaro.

Arias besa la mano de Hidalgo.

ALLENDE
Quiero presentarles al capitán Aldama, del Regimiento de la Reina.

Todos se dan la mano.

GONZÁLEZ
Si quiere usted alojarse esta noche en mi casa, padre, será para mi un honor.

HIDALGO
Gracias, pero hemos de regresar hoy mismo, tengo algunos pendientes.

GONZÁLEZ
Como usted diga.

Entra el corregidor. González va a su encuentro. Siguen presentaciones.

GONZÁLEZ
Señor corregidor, perdone usted la recepción en un sótano, pero es más seguro. Señores, háganme favor de sentarse. Señor corregidor, mucho le agradecería que dirigiera usted nuestras discusiones.

CORREGIDOR
Muy bien. A los demás. Señores, esta junta será las más importante de todas las que hemos tenido y por eso estamos aquí sólo los principales. Nuestro objetivo será fijar la fecha definitiva en que ha de estallar la revolución y, después, discutir la estrategia que seguiremos el día fijado. Capitán Allende, le suplico que nos instruya con las ideas que tenga usted acerca de todo esto.

ALLENDE
El objetivo principal de la primera fase de las operaciones será la captura de la ciudad de Querétaro. Conviene obrar simultáneamente aquí, en San Miguel y en Dolores de manera que, terminada la toma de estas dos últimas ciudades, el capitán Aldama y yo, con nuestros escuadrones, estemos en condición de venir a Querétaro y apoyar al capitán Arias.

CORREGIDOR
¿Están de acuerdo?

TODOS
De acuerdo.

CORREGIDOR
Quisiera ahora que alguno de ustedes propusiera la fecha.

HIDALGO
Propongo el primero de octubre.

ALLENDE
Me parece bien.

GONZÁLEZ
También a mí.

ARIAS
No veo por qué tanta precipitación.

HIDALGO
Debe recordar, capitán, que la mayoría de las conspiraciones mueren antes de nacer. Siempre hay alguna indiscreción. Por eso hay que obrar rápidamente.

CORREGIDOR
Estoy de acuerdo con el padre; todos estamos en peligro. No podemos seguir así más tiempo.

GONZÁLEZ
Piense, capitán, lo que sucedería si alguien nos denunciara... como usted decía hace rato.

ARIAS
Mi caso es muy distinto al del capitán Allende o al del capitán Aldama, porque ellos cuentan con dos escuadrones de los tres que hay en San Miguel; yo, en cambio, cuento con una compañía, con la que tendré que enfrentarme a dos batallones que hay aquí de guarnición; es decir, que mientras ellos están en proporción de dos contra uno, yo estoy en la de uno contra seis.

ALLENDE
Pero ya dijimos que vendremos a apoyarlo, capitán. De hecho usted no tiene que apoderarse de la ciudad, sino solamente tomar posiciones y mantenerse a la defensiva hasta nuestra llegada.

GONZÁLEZ
Hace un momento, capitán, me dijo que en media hora se apoderaría usted de la ciudad.

ARIAS
Y lo haré. Sólo quise hacer notar que mi comisión es mucho más difícil y peligrosa que la de mis colegas de San Miguel.

ALLENDE
Eso todos lo reconocemos, capitán.

CORREGIDOR
Entonces, todos estamos de acuerdo. ¿Hay algo más que tenga usted que objetar, capitán Arias?

ARIAS
Las armas no son suficientes.

HIDALGO
Ni lo serán nunca, capitán. Tenga usted en cuenta que una vez iniciado el pronunciamiento, la situación cambiará radicalmente. Hasta ahora nos hemos limitado a una serie de discusiones razonadas, pero disparado el primer tiro, tendremos que habérnosla con una turba que tiene necesidad de rebelión. Nuestra labor, consistirá en encauzar esa fuerza hacia el logro de nuestros ideales. Pero las armas, en resumidas cuentas, nunca serán suficientes.

ARIAS
¿Y usted cree, padre, que esa turba podrá enfrentarse ventajosamente a un ejército disciplinado?

HIDALGO
Está por verse. Lo más probable es que no, Cortés conquistó México, no tanto por la destreza de sus soldados, como porque los indios creían que los españoles eran sobrenaturales. La Colonia ha hecho lo posible porque ese sentimiento no se borre. Por consiguiente la situación no se ha modificado esencialmente.

ARIAS
¿Quiere decir, padre, que usted piensa que nuestras probabilidades de éxito son menores que las de fracaso?

HIDALGO
Después de una pausa.
Si, capitán.

ARIAS
¿Y que acabaremos en el cadalso?

HIDALGO
Es muy probable.

ARIAS
¿Entonces, para qué levantarse?

HIDALGO
Para enseñarle al indio que el español no es sobrenatural.

ARIAS
¿A costa de nuestras vidas?

HIDALGO
Si es necesario, sí.

ARIAS
Entonces, es muy triste nuestra situación.

HIDALGO
A nadie le es dado escoger su momento. Pocos de los que han iniciado conspiraciones han disfrutado del provecho de éstas. Por supuesto que es preferible ser el último rebelde que el primero, pero a nosotros no nos queda más que ser los iniciadores.

CORREGIDOR
Capitán Arias, usted es el ejecutor de nuestro plan en Querétaro y su defección nos sería penosísima, sin embargo, si desea reconsiderar su actitud, está en libertad de hacerlo.

ALLENDE
Le aseguro, capitán, que tanto el señor Aldama como yo nos hacemos cargo de la situación difícil en que se encontrará usted al estallar el movimiento, y le prometo que vendremos a reforzarlo tan pronto como sea posible.

ARIAS
¿Y quién me asegura que esos refuerzos serán suficientes para dominar la situación?

ALLENDE
Esta es una empresa arriesgada. Nadie puede asegurar nada.

HIDALGO
Recuerde usted que las armas que tiene el señor González permitirán armar a quinientos civiles, que lo apoyarán a usted.

CORREGIDOR
Reflexione, capitán: si le parece que la revolución será una aventura imposible, es el momento de decírnoslo. Me comprometo, en nombre de los presentes, a no tomar represalias en su contra en caso de que nos abandone ahora y la revolución triunfe.

ALLENDE
Pero díganos cuál es su posición.

Hay una pausa.

ARIAS
Estoy con ustedes.

ALLENDE
De pie.
Capitán, déme un abrazo.

Allende y Arias se abrazan en medio de la habitación, mientras todos los demás expresan alivio.

III


Lecho de muerte del canónigo Iturriaga, en Querétaro. Un Cristo cuelga de la pared. Hay tres monjas clarisas hincadas y un médico cerca de la cama.

CANÓNIGO
Dígame, doctor, ¿me muero?

MÉDICO
Está usted muy enfermo.

CANÓNIGO
Le pregunto: ¿moriré pronto?

MÉDICO
No sé a ciencia cierta.

CANÓNIGO
Soy viejo, doctor, no temo a la muerte, pero necesito saber si ocurrirá pronto.

MÉDICO
No amanecerá usted.

CANÓNIGO
Es lo que quería saber. Llame entonces al padre Gil.

Sale el médico.

MONJA 1
Día de ira, día terrible aquel en que se reducirá a pavesas el mundo según el testimonio profético de David y la Sibila.

MONJA 2
Cuán grande será el temor, cuando al venir el Juez tome estrecha cuenta de todo.

MONJA 3
Al sonido misterioso de la trompeta, reunirá ante su trono a todos los que yacen en los sepulcros.

MONJA 1
La muerte y la naturaleza estarán estupefactas al levantarse la criatura para responder al Juez.

MONJA 2
Se manifestará un libro escrito en que se cuenta todo cuanto concierne al juicio del mundo.

MONJA 3
Al sentarse el Juez se descubrirá lo oculto, nada quedará sin castigo.

Entra el padre Gil y va al lado del enfermo.

MONJA 1
¿Qué diré entonces, desdichado de mí? ¿A qué patrono rogaré...?

CANÓNIGO
Padre, haga salir a estas mujeres, que me tienen harto.

El padre Gil mira a las monjas, que se miran entre sí, y luego salen, heridas en lo más íntimo. Cuando están a solas.

P. GIL
¿Quiere usted confesarse, padre?

CANÓNIGO
No será confesión, padre, sino denuncia. Necesito dos testigos.

P. GIL
Perplejo.
¿Dos testigos?

CANÓNIGO
Es un asunto de la seguridad del Reino. Preferiría declarar ante testigos, ¿puede conseguirlos?

P. GIL
Hay algunas personas que han venido a preguntar por su salud.

CANÓNIGO
Haga entrar a dos.

Sale el padre Gil. El canónigo Iturriaga se incorpora en el lecho, y arregla sus ropas. Entra el padre Gil seguido del capitán Arias y de un señor desconocido.

CANÓNIGO
El capitán Arias, ¡qué ironía!

ARIAS
Estoy para servirlo, padre.

CANÓNIGO
Seré discreto, por este favor que usted me hace.

Los testigos se quedan a dos pasos del lecho, el padre Gil se sienta junto al moribundo y empieza a rezar el Yo Pecador en latín.

CANÓNIGO
No me moleste con oraciones, padre, que éste es asunto civil.

El padre Gil deja de rezar.

CANÓNIGO
Padre, quiero que notifique usted al Jefe de Armas lo siguiente; durante el presente año participé en una conjura contra Su Majestad; se trata de levantarse en armas, de apoderarse de los españoles residentes en el país, de incautar sus bienes y los de los eclesiásticos. En esta conjuración han tomado parte varias personas poderosas. Uno de los conjurados es el corregidor, don Miguel Domínguez...

P. GIL
Padre, es un cargo terrible el que hace usted.

CANÓNIGO
Lo hago por el bienestar de mi alma. Las juntas se llevan a cabo en la casa de un hombre llamado Epigmenio González.

P. GIL
¿Que más quiere usted declarar?

CANÓNIGO
Eso es todo, ahora estoy dispuesto a entregar mi alma al Señor.

El capitán Arias sale despavorido de la habitación.

IV


Sala en casa del alcalde Ochoa, en Querétaro. Una mesa pequeña, un tablero de ajedrez, y dos sillones en los que están sentados el escribano Domínguez y el alcalde Ochoa, jugando una partida. Domínguez mueve una pieza.

Entra un mozo.

MOZO
Señor alcalde, el capitán Arias quiere hablar con usted.

OCHOA
¿El capitán Arias? ¿Qué querrá? Hágale pasar.

Vase el mozo

DOMÍNGUEZ
¿Me retiro?

OCHOA
Espere, que todavía no termina la partida.

Entra el capitán Arias

ARIAS
Muy buenas noches.

DOMÍNGUEZ
¿Quiere que me retire, capitán?

ARIAS
Al contrario. Preferiría que oyera usted también lo que voy a decir. A Ochoa. Es un asunto de mucha gravedad. Nadie más debe escucharnos.

OCHOA
Se asegura de que la puerta esté bien cerrada.
Diga usted.

ARIAS
Lo que voy a decir puede traerme complicaciones. Mi honor quedará en entredicho y algunos amigos míos resultarán perjudicados; sin embargo, por ser mi primer deber la lealtad a la Corona, haré esta declaración tan penosa. Con todo, quiero antes que me prometan que nadie sabrá quién dio la información que voy a proporcionarles.

OCHOA
No tiene usted por qué preocuparse. Si su información es valiosa, el señor Domínguez y yo sabremos corresponder al honor que usted nos hace con la discreción necesaria.

ARIAS
Bien, el asunto es éste: hay una serie de personas, algunas de ellas muy poderosas, que me han pedido lo siguiente: el día primero de octubre, a las siete de la mañana, con la compañía a mi mando, he de apoderarme de la Plaza Mayor y de la de San Francisco; mientras tanto, en otras partes de la ciudad, otras personas sacarán armas que tienen escondidas y las entregarán al pueblo, que se encargará de saquear las propiedades de españoles y de pasar a cuchillo a sus dueños.

DOMÍNGUEZ
Dígame, capitán. ¿Estas personas poderosas que mencionó, puede nombrarlas?

ARIAS
Sí, señor.

DOMÍNGUEZ
¿Y puede indicarnos la manera de conseguir pruebas irrefutables de su culpabillidad?

ARIAS
Sí, puedo.

DOMÍNGUEZ
Nómbreme una de ellas. La más importante.

ARIAS
El corregidor.

DOMÍNGUEZ
Señor alcalde, me parece que esta información es muy importante. Piense usted lo que significaría para su carrera política quitar de en medio al corregidor. Habrá que proceder con cauteta. A Arias. ¿Tiene usted alguna prueba contra el corregidor?

ARIAS
Tengo una carta en la que se le menciona como asistente a una de las reuniones.

DOMÍNGUEZ
¿Puede usted dárnosla?

ARIAS
Quedamos en que mi nombre iba a quedar a salvo.

DOMÍNGUEZ
¿Por qué tanta reserva?

ARIAS
Si ustedes no pueden detener la revolución a tiempo, y el día primero de octubre sale el pueblo a la calle y los conjurados saben que yo los denuncié, seré el primer decapitado.

DOMÍNGUEZ
Tiene usted razón. Pero debe haber más pruebas. ¿Dónde están?

ARIAS
En la casa del señor Epigmenio González hay un sótano, y en el sótano hay un mueble para guarniciones que cubre la entrada a un cuarto donde se esconden las armas. En ese cuarto hay un cofre en el que están las actas de las juntas y la correspondencia.

OCHOA
De cualquier manera la situación es delicada: no puedo proceder en contra de los conjurados sin autorización del corregidor. Es decir, no puedo aprehender al corregidor sin su permiso.

V


Sala en el Palacio del corregidor, en Querétaro. Es de noche. El padre Gil con capote puesto, en actitud de quien espera. Entra el corregidor.

CORREGIDOR
Yendo hasta el otro con la mano extendida.
Padre, muy buenas noches.

P. GIL
Disculpe la hora impertinente, pero es un asunto muy urgente. Vengo de casa del padre Iturriaga. El corregidor lo mira alerta. Acaba de morir.

CORREGIDOR
¡Cuánto lo siento!

P. GIL
Me hizo el honor de llamarme para que lo auxiliara en sus últimos momentos. Antes de confesarse y de recibir los sacramentos, sabiendo perfectamente que su hora se acercaba, el padre hizo una denuncia gravísima ante testigos.

CORREGIDOR
Imperturbable.
¿De qué se trata?

P. GIL
Observándolo intensamente.
De una conspiración que, según parece, ha estado llevándose a cabo aquí en Querétaro.

CORREGIDOR
Sin alterarse.
¿Y usted viene a pedirme que ordene una investigación?

Después de una pausa.

P. GIL
Sí. A eso vengo.

El corregidor va a la mesa, se sienta y se dispone a escribir. El padre Gil lo sigue sin dejar de mirarlo.

CORREGIDOR
Sin levantar la vista, imperturbable.
¿Sabe usted el nombre de alguno de los complicados?

P. GIL
El señor canónigo mencionó dos.

CORREGIDOR
Escribe.
¿Quiere hacerme el favor de decírmelos?

P. GIL
Epigmenio González. El corregidor escribe sin levantar la cabeza. En cuya casa se hacían las juntas y en donde indudablemente se encontrarán pruebas comprometedoras.

CORREGIDOR
Escribiendo.
La haré registrar. Mirando al padre Gil directamente. ¿El otro nombre?

P. GIL
El otro nombre es el de usted.

El corregidor finge sorpresa incŕedula. Sonrie.

CORREGIDOR
¿Es una broma?

P. GIL
Desgraciadamente, no.

CORREGIDOR
Pues entonces, padre, francamente estoy asombrado.

P. GIL
Yo también.

Hay una pausa molesta.

CORREGIDOR
Haciendo acopio de valor.
¿Qué opina usted de esta acusación?

P. GIL
Después de titubear.
Que es una infamia.

CORREGIDOR
Se lo agradezco, padre.

P. GIL
O mejor dicho, una confusión que tuvo el señor canónigo.

CORREGIDOR
Es cierto. Era un hombre incapaz de mala fe.

P. GIL
En paz descanse. Desgraciadamente la cosa no para aquí, porque yo, en conciencia, estoy obligado a dar aviso al Jefe de Armas, puesto que el señor canónigo me lo encargó expresamente.

CORREGIDOR
Comprendo su situación, padre, está usted en libertad de hacerlo.

P. GIL
¿Se da cuenta de que esto le acarreará grave perjuicio?

CORREGIDOR
Muy claramente, pero no pienso oponerme a que usted cumpla con su deber.

P. GIL
Vendrá una investigación; probablemente un juicio; habrá que informar a México, quizá a España, habrá murmuraciones, su fama quedará en entredicho. Hay una pausa. Doy por descontado que usted está en condiciones de probar que no ha participado en esa conspiración.

CORREGIDOR
Espero poder hacerlo.

P. GIL
¿Me da usted su palabra de honor de que es inocente?

CORREGIDOR
Le doy mi palabra de honor.

P. GIL
¿Me lo jura usted por Dios?

CORREGIDOR
Se lo juro por Dios.

P. GIL
¿Me lo jura usted bajo la pena de incurrir en pecado mortal si es falso lo que usted me dice?

CORREGIDOR
Se lo juro, padre.

P. GIL
Bien. No puedo hacerme cómplice de una difamación.

CORREGIDOR
Gracias, padre.

P. GIL
Sin embargo, he contraído un compromiso que no puedo ignorar, haremos lo siguiente...

CORREGIDOR
Dígame usted.

P. GIL
Delegaré en usted mi responsabilidad. Haga usted lo que su conciencia le dicte; puede usted dar aviso al Jefe de Armas; puede no darlo, puede investigar por su cuenta la casa de Epigmenio González; en fin, puede hacer lo que considere más acertado.

CORREGIDOR
Gracias, padre.

P. GIL
En la inteligencia de que usted es el único responsable ante Dios y ante la autoridad civil... ¿Me comprende?

CORREGIDOR
Perfectamente.

AMBOS
Buenas noches.

El padre se dispone a salir.

P. GIL

Ah. olvidaba decirle, hubo dos testigos que escucharon la denuncia, espero que sean discretos. Salen. La escena queda desierta unos momentos. Entra el corregidor y un mozo.

CORREGIDOR
¿Sabes dónde es la casa del escribano Domínguez?

MOZO
Sí, señor.

CORREGIDOR
Le llevarás un recado. Va a la mesa y escribe. Mientras sella el recado. Oye bien: si el escribano se ha acostado, obliga a sus sirvientes a que lo despierten y le entreguen este papel, es muy urgente. Si no está en su casa, que te digan dónde puede encontrársele y lo buscas, o lo esperas. El caso es que quiero que regreses con él. ¿Entiendes?

MOZO
Sí, señor.

Sale el mozo.

Entra la corregidora

CORREGIDORA
¿Que sucede?

CORREGIDOR
Me han hecho jurar en falso.

CORREGIDORA
¿Por qué?

CORREGIDOR
Le advertí al capitán Allende, con toda claridad, que el canónigo Iturriaga no era de confianza. Pero el se empeñó en invitarlo a participar en nuestras juntas. Desgraciadamente yo estaba en lo cierto, pues el viejo murió esta noche, en olor a santidad, pero no sin antes denunciarnos a mí y a Epigmenio González... ¡ante testigos!

CORREGIDORA
Habrá que apresurarlo todo.

CORREGIDOR
Al contrario, ¡habrá que detenerlo todo!

CORREGIDORA
Pero, Miguel, seremos descubiertos irremesiblemente.

CORREGIDOR
Nada de eso. La Autoridad máxima en Querétaro soy yo. El asunto está a mi discreción. Para actuar, necesito antes averiguar qué tanto saben los españoles de este asunto. Lo sabré dentro de un momento; por eso hice llamar a Domínguez.

CORREGIDORA
¿Por qué a Domínguez?

CORREGIDOR
Porque es el más enterado de todos los españoles que hay en Querétaro; si algo se sabe, lo sabrá él.

CORREGIDORA
¿Y tú crees que va a decírtelo?

CORREGIDOR
Soy un corregidor que ha recibido una denuncia; tengo muchas maneras de extraer información. Si nada saben, se hace un expediente, y se archiva.

CORREGIDORA
¿Y si están enterados?

CORREGIDOR
Abriré una investigación, que conduciré personalmente y que no descubrirá nada.

CORREGIDORA
¿Pero qué sucede si saben que tú eres uno de los complicados?

CORREGIDOR
Mientras no haya pruebas, nada. Yo soy el corregidor.

CORREGIDORA
Me parece que estás equivocado.

CORREGIDOR
Herido.
¿Cómo es eso?

CORREGIDORA
Si hay una denuncia, el secreto está perdido. Con tus ardides, si es que puedes ponerlos en práctica, retrasarás el golpe dos o tres días, pero nunca quince.

CORREGIDOR
¿Qué quieres decir con eso de si puedo ponerlos en práctica?

CORREGIDORA
Que si las circunstancias te obligan a una investigación, hay riesgos de comprometer a muchos de nuestros amigos...

CORREGIDOR
¡El principal comprometido en este momento soy yo!

CORREGIDORA
Y por salvarte... los pierdes.

CORREGIDOR
¿Y qué otra cosa puedo hacer?

CORREGIDORA
¡Ponlos sobre aviso!

CORREGIDOR
¡No puedo comunicarme con ellos! ¡Estoy en peligro! ¡Tengo que desvanecer esta sospecha que hay sobre mí!

CORREGIDORA
¡Por protegerte, los arruinas! ¡Domínguez es más astuto que tú!

CORREGIDOR
¡Basta! ¡No quiero discutir más contigo!

La corregidora lo mira un momento, y sale de la habitación dando un portazo. El corregidor respira agitadamente y bebe un vaso de agua. Entra el mozo y anuncia.

MOZO
El escribano Domínguez.

Entra Domínguez.

CORREGIDOR
Es una consulta amistosa que quiero hacerle, querido escribano; estoy en un aprieto y necesito el consejo de una persona ilustrada y discreta, como usted.

DOMÍNGUEZ
Es un honor.

CORREGIDOR
Se dice que en esta ciudad se han llevado a cabo juntas... sediciosas, en las que se habló de levantamientos..., de independencia. ¡Usted sabe! El caso es que no sé qué actitud tomar, por una parte hay el rumor y por otra... la costumbre del Gobierno de no dar importancia a murmuraciones, de actuar con suma cautela, para evitar que la gente se entere y se intranquilice. Ahora bien, mi celo de representante de la autoridad me aconseja que practique una investigación, pero dada la situación actual, me parece que una indiscreción sería terriblemente perjudicial. Se me ocurrió entonces, llamarlo a usted, que es una persona bien informada, para que me diga si ha oído hablar de una conspiración.

DOMÍNGUEZ
Para nada.

CORREGIDOR
Aliviado.
¿Y qué le parece la idea de que haya una intriga en esta ciudad?

DOMÍNGUEZ
Descabellada.

CORREGIDOR
Entonces, usted es de opinión que este rumor es falso.

DOMÍNGUEZ
Probablemente.

CORREGIDOR
Y por consiguiente, la investigación resultaría...

DOMÍNGUEZ
Peligrosa.

CORREGIDOR
... y fuera de lugar.

DOMÍNGUEZ
Fuera de lugar... no. Me parecería muy pertinente.

CORREGIDOR
Perdiendo su seguridad.
Pero me ha dicho usted que le parece descabellado que esa conjura exista...

DOMÍNGUEZ
Pero usted me ha dicho que su celo profesional le aconseja practicar una investigación. Vamos a practicarla.

CORREGIDOR
Pero estamos de acuerdo en que es peligroso.

DOMÍNGUEZ
Tomaremos precauciones.

CORREGIDOR
Puede resultar perjudicial.

DOMÍNGUEZ
Más perjudicial puede resultar una negligencia de nuestra parte.

CORREGIDOR
Si el rumor es falso y el populacho se da cuenta, nuestra actitud puede sugerirle ideas inconvenientes y podemos encontrarnos al fin de cuentas en la situación que queríamos evitar.

DOMÍNGUEZ
Peor será, si el rumor resulta cierto y el virrey sabe que lo pasamos por alto.

CORREGIDOR
En aprietos.
¿Entonces, usted es de opinión que investiguemos?

DOMÍNGUEZ
Definitivamente.

CORREGIDOR
Hay mucho riesgo.

DOMÍNGUEZ
Dígame, ¿en qué consiste exactamente ese rumor?

Después de una pausa.

CORREGIDOR
Hay unas armas escondidas, dicen..., se celebran juntas en donde se expresan opiniones..., en fin nada muy concreto.

DOMÍNGUEZ
¿En qué lugar es todo eso?

Después de una pausa.

CORREGIDOR
En casa de un tal Epigmenio González.

DOMÍNGUEZ
Seremos discretos. Iremos ahora mismo. Juntemos tres o cuatro hombres de confianza y vayamos a ese lugar. Usted tiene autoridad para ordenar que se nos abra la casa y hacer pesquisas. Las calles están desiertas; nadie nos verá. Si el rumor es falso, la cosa queda entre usted y yo; si es cierto, tomaremos las medidas necesarias y el golpe habrá sido de gran provecho. ¿No está usted de acuerdo?

CORREGIDOR
Acorralado.
En efecto. Pero iremos usted, yo, mi cochero y un mozo.

DOMÍNGUEZ
De acuerdo.

CORREGIDOR
Ahora mismo.

DOMÍNGUEZ
Urge salir de la duda.

CORREGIDOR
Vamos, pues.

DOMÍNGUEZ
Pasaré a mi casa por una pistola. Conviene ir preparados. Disponiéndose a salir. Encuéntreme ahí.

CORREGIDOR
No tardaré más de cinco minutos.

Sale Domínguez. El corregidor se mesa los cabellos. Entra la corregidora.

CORREGIDORA
¿Qué sucedió?

CORREGIDOR
Habrá que hacer una investigación.

CORREGIDORA
¿Cuándo? ¿Dónde?

CORREGIDOR
En este momento. En casa de Epigmenio González.

La corregidora se dispone a salir.

CORREGIDOR
¿A dónde vas?

CORREGIDORA
A darle aviso.

CORREGIDOR
¡Quieres dejar el asunto en mis manos, por el amor de Dios!

CORREGIDORA
Estás llevándolo con mucha torpeza.

El corregidor va caminando a la puerta mientras habla.

CORREGIDOR
No harás más que empeorar las cosas. Todo será muy sencillo: iremos Domínguez y yo, con dos mozos... míos. Sé dónde está lo que puede comprometernos, esa ventaja tengo sobre Domínguez. Él no lo sabe; desviaré su atención a cosas sin importancia. Él, por su parte, no está muy interesado en el asunto... te aseguro que hallará nada.

Ha llegado ante la puerta e impide la salida de su mujer.

CORREGIDORA
Déjame salir.

El corregidor, con rápido movimiento, sale y cierra la puerta. Su mujer trata de abrirla inútilmente.

VI


Una calle, frente a casa de Epigmenio González. Entra un piquete de soldados.

SARGENTO
Alto.

Los solados hacen alto. Entra un carruaje, se detiene, se apean el corregidor, Domínguez y un mozo. El corregidor se detiene bruscamente cuando ve a los soldados.

CORREGIDOR
¿Y estos soldados?

DOMÍNGUEZ
Me tomé la libertad de llamarlos.

CORREGIDOR
Le dije, señor Domínguez, que quería discreción en este asunto.

DOMÍNGUEZ
La tendremos, la calle está desierta. Cuando iba a mi casa reflexioné y llegué a la conclusión de que no tenía objeto correr ningún riesgo. Si la casa está llena de conspiradores y caemos en sus manos, estaremos en un grave aprieto, ¿no le parece?

CORREGIDOR
Debió usted consultarme antes de llamarlos. Ordenaré que se retiren.

DOMÍNGUEZ
Me parece absurdo.

El sargento se acerca y saluda.

SARGENTO
A sus órdenes, señor corregidor.

DOMÍNGUEZ
¿No le parece que más vale aprovecharlos?

CORREGIDOR
Al sargento. Vencido.
Coloque a sus hombres en la esquina, sargento. Vamos a investigar esta casa.

SARGENTO
Muy bien, señor.

DOMÍNGUEZ
¿No sería mejor que rodearan la manzana?

CORREGIDOR
¿Con qué objeto?

DOMÍNGUEZ
Entre que llamamos a la puerta y nos abren, podrían escapársenos por las azoteas de las casas vecinas.

CORREGIDOR
Está usted actuando como si de veras hubiera una conspiración, señor Domínguez. Recuerde que se trata sólo de un rumor, probablemente infundado.

DOMÍNGUEZ
No tiene sentido venir a investigar y darles oportunidad de que se nos escapen,

CORREGIDOR
A regañadientes.
Sargento, ordene a sus hombres que rodeen la manzana.

SARGENTO
Muy bien, señor.

DOMÍNGUEZ
Convendrá que deje a dos con nosotros por si hay que derribar la puerta.

CORREGIDOR
Deje dos con nosotros, sargento.

SARGENTO
Muy bien, señor.

El sargento da algunas órdenes. Dos soldados se acercan a donde está el corregidor.

CORREGIDOR
Vamos, pues. Va hacia la casa.

DOMÍNGUEZ
Conviene esperar, señor, hay que dar tiempo a que rodeen la manzana.

El corregidor se detiene, con un mohín de enfado. Viene el sargento.

SARGENTO
La orden está cumplida, señor.

CORREGIDOR
Vamos, pues.

El grupo llega a la casa.

CORREGIDOR
Llame usted a la puerta, sargento.

El sargento llama.

CORREGIDOR
Diga que venimos en nombre del rey.

DOMÍNGUEZ
Que no diga nada. No hay que prevenirlos.

CORREGIDOR
No diga usted nada, sargento.

Pasa un tiempo.

DOMÍNGUEZ
Que llame otra vez.

CORREGIDOR
Llame otra vez, sargento.

El sargento llama. Pasa un tiempo.

DOMÍNGUEZ
Que derribe la puerta.

CORREGIDOR
Derriben la puerta.

Los soldados, con las culatas, golpean la puerta rítmicamente. Aparece Epigmenio González vestido de noche en un balcón.

GONZÁLEZ
¿Quién es?

DOMÍNGUEZ
El gobierno, señor.

Los soldados derriban la puerta.

Sótano en casa de Epigmenio González.

Aparecen, bajando por la escalera, Domínguez, el corregidor, González y el sargento. La habitación tiene aspecto inocente. El pupitre y la mesa de trabajo con los cartuchos, ha sido retirados, el armario de las guarniciones oculta el arsenal.

CORREGIDOR
No veo nada sospechoso.

DOMÍNGUEZ
Nada, en efecto. Tendremos que pedirle disculpas al señor González.

GONZÁLEZ
Han hecho pedazos mi puerta.

CORREGIDOR
Se le pagará, Don Epigmenio.

DOMÍNGUEZ
Llamamos dos veces.

GONZÁLEZ
Tengo sueño pesado.

DOMÍNGUEZ
Es un incoveniente.

GONZÁLEZ
Pero no un delito.

DOMÍNGUEZ
Riendo.
Tiene usted muchísima razón, señor González. Acepte usted mis disculpas dos veces.

GONZÁLEZ
Están aceptadas.

CORREGIDOR
Con cierta premura.
Señor Domínguez, si no tiene usted inconveniente, será bueno dar por terminada la pesquisa.

DOMÍNGUEZ
No lo tengo, señor corregidor. Demósla por terminada.

CORREGIDOR
El señor escribano y yo no hicimos esta indagación sólo por molestarlo, sino porque hubo un rumor y consideramos nuestro deber venir a cerciorarnos.

GONZÁLEZ
Más vale así, para el bien de todos.

CORREGIDOR
Con su permiso, nos retiramos.

GONZÁLEZ
Ustedes lo tienen, señores.

Van a la escalera. Domínguez se detiene y observa el estante.

DOMÍNGUEZ
Dígame, señor González, ¿por qué tiene aquí las guarniciones de los caballos y no junto a la caballeriza, como es costumbre?

El corregidor y González lo miran llenos de angustia.

GONZÁLEZ
Lo he puesto aquí, porque así me acomoda.

DOMÍNGUEZ
Sonriendo.
No es delito, ¿verdad?

GONZÁLEZ
No lo creo, señor.

DOMÍNGUEZ
¿Y detrás de él, qué hay?

GONZÁLEZ
El muro, señor.

DOMÍNGUEZ
Al sargento.
Haga usted bajar a sus dos hombres, sargento. El sargento mira al corregidor, esperando órdenes.

CORREGIDOR
¿Qué pretende, señor escribano?

DOMÍNGUEZ
Poner a prueba la veracidad del señor González. Será el final de la pesquisa.

CORREGIDOR
Al sargento.
Hágalos bajar.

El sargento sale, subiendo por la escalera.

DOMÍNGUEZ
En caso de que me equivoque, le daré disculpas por tercera vez.

GONZÁLEZ
Las acepto por anticipado, señor.

Bajan el sargento y los dos soldados.

DOMÍNGUEZ
Quisiera ver si es cierto que hay un muro tras el estante de las guarniciones. Ordene que lo corran, sargento.

El sargento mira de nuevo al corregidor.

CORREGIDOR
Ante lo peor.
Ordénelo.

SARGENTO
Corran el estante.

Los soldados toman el estante de los extremos y lo mueven dejando a descubierto el arsenal.

DOMÍNGUEZ
Las disculpas, señor González, es usted quien me las debe. Señor corregidor, nuestra pesquisa ha tenido éxito. Debemos estar satisfechos. Sargento, ordene a sus hombres que prendan al señor González.

El sargento interroga con la mirada al corregidor, quien después de una vacilación inclina la cabeza. Los soldados prenden a Epigmenio González.

CORREGIDOR
Bien. Hemos hallado el cuerpo del delito. Vámonos.

DOMÍNGUEZ
Me gustaría, señor, investigar más de cerca el arsenal.

CORREGIDOR
¿Para qué?

DOMÍNGUEZ
Podríamos encontrar un papel importante.

CORREGIDOR
Hay pólvora, podríamos provocar una explosión con las velas.

DOMÍNGUEZ
Tomaremos precauciones. Yo mismo lo haré. ¿Cuento con su anuencia?

CORREGIDOR
Hágalo, pues.

Domínguez toma una linterna de manos de un soldado, entra al arsenal y regresa un momento después llevando el cofrecillo bajo el brazo.

DOMÍNGUEZ
Se lo decía, señor. Aquí puede haber un documento que nos ilumine; alguna lista de nombres, cartas, actas, ¿qué se yo?

CORREGIDOR
Tiene usted mucha razón. Lo felicito por su descubrimiento. Sargento, tome el cofre que lleva el señor escribano.

DOMÍNGUEZ
Azorado por primera vez.
Puedo llevarlo yo, señor.

CORREGIDOR
No quiero que se moleste. Sargento, tome el cofre.

Domínguez, furioso, entrega el cofre al sargento.

CORREGIDOR
Ahora entréguemelo.

El sargento entrega el cofre al sargento.

CORREGIDOR
Le prometo, señor Domínguez, estudiar lo que contenga este cofre con todo cuidado. A todos. Señores, la pesquisa ha terminado. Vámonos.

VII


Sala del Palacio del corregidor. La corregidora escucha pegada a la puerta. Se retira apresuradamente y adopta una actitud indiferente. Se abren cerrojos. Entra el corregidor con ropa de calle, el cofre bajo el brazo y expresión de triunfo.

CORREGIDOR
Mientras cierra la puerta.
¿Conque estaba yo conduciéndome con torpeza? Deja el cofre sobre la mesa. ¿Conque Dominguez era demasiado listo para mí? Se despoja de sombrero y capote. Cayó González, pero la conspiración se ha salvado. Aquí están las pruebas y yo sigo siendo corregidor. Espero, querida mía, que me concederás el triunfo y aceptarás que tuve razón en proceder como lo hice. Aunque fue violento encerrarte de esa manera. Abriendo el cofre y sacando varios papeles.Toma asiento y empieza a revisarlos. Hay que destruir estos papeles.

La corregidora lo mira indecisa.

CORREGIDORA
Miguel.

CORREGIDOR
Alza la cabeza. ¿Sí?

CORREGIDORA
Hice algo mientras estuviste afuera.

CORREGIDOR
¿Algo?

CORREGIDORA
El alcalde de la cárcel y yo habíamos acordado que en caso de que la conspiración fuera descubierta, o hubiera alguna urgencia, daría yo tres golpes en el piso que da sobre su casa.

CORREGIDOR
No debiste hacerlo sin consultarme.

CORREGIDORA
Sin embargo, lo hice.

CORREGIDOR
Después hablaremos de eso. Vuelve a los papeles.

CORREGIDORA
Esta noche dí los tres golpes.

CORREGIDOR
Mirándola, furioso.
¿No te ordené que dejaras el asunto en mis manos?

CORREGIDORA
Te desobedecí: dí los tres golpes, él me contestó con otros tres, salió a la calle y yo le hablé desde el balcón.

CORREGIDOR
¿Y qué le dijiste?

CORREGIDORA
Le ordené que fuera a San Miguel el Grande y que avisara al capitán Allende que la conspiración había sido descubierta y tomara providencias.

CORREGIDOR
¿Y no te das cuenta, grandísima tonta, que la única providencia que puede tomar el capitán Allende es levantarse en armas?

CORREGIDORA
Por eso le avisé.

CORREGIDOR
Pues has cometido un desacato a la autoridad marital, porque te ordené que no hicieras nada, y además una torpeza enorme, porque un levantamiento en San Miguel no significa nada si no va unido a un levantamiento en Querétaro.

CORREGIDORA
Lo sé, y para evitarlo, mandé avisar al capitán Arias que dé el golpe hoy mismo.

CORREGIDOR
¿Así que de buenas a primeras te convertiste en directora de la revolución?

CORREGIDORA
Nada de eso, quise avisarles que estaban en peligro.

CORREGIDOR
¿Quisiste salvarlos, entonces?

CORREGIDORA
Eso es, quise salvarlos.

CORREGIDOR
Pues lo único que conseguirás es que mañana esté Allende colgado de un árbol, y el capitán Arias en otro. Y tú serás la única culpable.

La corregidora se deja caer en un asiento, desolada.

CORREGIDOR
Nos has puesto en un aprieto y ahora lo único que queda es salvarme yo solo.

Toma el primer papel y empieza a destruirlo.

VIII


Una calle. De noche.

Entran Ochoa y Domínguez por un extremo del escenario. Por el otro entra Arias.

OCHOA
¡Capitán Arias!

ARIAS
Señor alcalde, ¿hicieron la pesquisa?

DOMÍNGUEZ
Fue un fracaso.

ARIAS
¿Cómo un fracaso? ¿No dieron con el arsenal?

DOMÍNGUEZ
El arsenal, sí, donde usted dijo y los papeles.

OCHOA
... pero el corregidor se apoderó de ellos y para estas horas los habrá destruido.

DOMÍNGUEZ
No tenemos pruebas en su contra y la investigación no puede progresar mientras él la dirija.

ARIAS
Pues señores, no sé qué hacer: la corregidora me ha mandado aviso de que me levante en armas esta misma noche.

OCHOA
No hay más que un camino, capitán. ¿Nos decía que usted tiene en su poder una carta que compromete al corregidor?

ARIAS
Sí, la tengo.

OCHOA
Entréguenosla.

ARIAS
¿Para qué?

OCHOA
Para que yo convoque al Ayuntamiento de la ciudad, se la muestre, y todos de acuerdo, aunque somos una autoridad inferior, depongamos al corregidor de su cargo.

ARIAS
Señor Ochoa, hace unas horas me prometió usted que se guardaría discreción respecto a mi denuncia.

OCHOA
Pero las cosas han cambiado. Entonces parecía que encontraríamos otras pruebas.

ARIAS
Si ha habido cambios, señor, no es por mi culpa.

OCHOA
Piense usted en la paz pública, capitán.

ARIAS
Primero he de pensar en la de mi pellejo.

OCHOA
Me decepciona usted.

ARIAS
Y usted a mí. Estas son horas de que el viejo estuviera preso.

DOMÍNGUEZ
Tiene razón, Ochoa. No podemos comprometerlo.

ARIAS
Usted me entiende, señor Domínguez, es usted un caballero. A Ochoa. Comprenda mi situación, estoy entre dos fuegos.

OCHOA
Capitán, hago un llamado a sus sentimientos cívicos: entréguenos esa carta.

ARIAS
¿Y quién le ha dicho, señor alcalde, que yo tengo sentimientos cívicos?

OCHOA
Es usted un canalla.

ARIAS
Si yo soy un canalla, usted es un inepto.

OCHOA
Lo reto a duelo.

ARIAS
No asistiré.

OCHOA
Lo arresto entonces.

DOMÍNGUEZ
No se ponga así, Ochoa.

ARIAS
Le digo a usted, señor escribano, el señor alcalde es un inepto. ¿Quiere la carta? Arrésteme, y búsquela, a ver si la encuentra.

OCHOA
¿Estamos en sus manos, entonces?

ARIAS
Exactamente, están en mis manos: o prende usted al corregidor esta noche o yo me levanto en armas por la mañana.

OCHOA
¡Qué desfachatez!

DOMÍNGUEZ
Calma. Tengo un plan.

Ambos lo miran en silencio.

DOMÍNGUEZ
Primero, hacer las pases; dénse la mano.

Ochoa y Arias se dan la mano.

DOMÍNGUEZ
Ahora, vamos caminando. Capitán, le prometo dejarlo muy bien parado: fuera de peligro, gane quien gane, pero necesitaré su colaboración y su confianza.

ARIAS
Cuente con ellas.

Van saliendo.

IX


Sala en el Palacio del corregidor. La corregidora sigue desalentada. El corregidor entra con algunos papeles en la mano.

CORREGIDOR
Este es un legajo inocuo, que conservaré para evitar sospechas. Guarda el legajo en el cofre. Los sucesos de esta noche, querida, encierran una gran enseñanza: las mujeres nunca deben intervenir en asuntos en que la discreción es importante. Despúes de una pausa. En realidad, la culpa es mía por permitirte participar en la conspiración. Me arrepiento de haberlo hecho. Pero la cosa ya no tiene remedio. Lo único que queda ahora por hacer es procurar echarle tierra al asunto. No será difícil, mientras conserve mi puesto. Después de todo, corrí con buena suerte.

Llaman al zaguán.

CORREGIDOR
¿Qué puede ser?

La corregidora va al balcón y regresa.

CORREGIDORA
Es el capitán Arias.

CORREGIDOR
¡Qué imprudencia!

Sale. Regresa un poco después con el capitán Arias.

CORREGIDOR
... le advertí muy claramente, capitán, que no pusiera un pie en mi casa, ¿no ve que puede comprometernos a todos? ¡Y peor esta noche!

ARIAS
Es que estoy en dificultades, recibí un recado de la señora... Señora, buenas noches, a los pies de usted. Va hasta ella y le besa la mano. Le decía, señor corregidor que recibí recado de la señora ordenándome que me levante esta misma noche. ¿A qué se debe este cambio de planes?

CORREGIDORA
A que la conspiración ha sido descubierta...

CORREGIDOR
Mi vida, por favor, déjame hablar a mí. A Arias. La conspiración no ha sido descubierta. Hubo una denuncia, me ví obligado a practicar una investigación y, por mala suerte, el escribano Dominguez encontró el arsenal, eso es todo.

ARIAS
¿Y esta orden?

CORREGIDOR
Ignórela.

CORREGIDORA
¿Y van a dejar al capitán Allende librado a sus medios?

CORREGIDOR
¿Usted qué opina, capitán?

ARIAS
A un compañero de armas nunca se le abandona. Sin embargo, señor, estoy a sus órdenes.

CORREGIDOR
No lo está. Usted es el ejecutor en esta ciudad.

ARIAS
Pero usted es el corregidor. Me repito a sus órdenes.

CORREGIDOR
Y yo dejo el asunto a su discreción, capitán.

ARIAS
Bien, entonces me levantaré en armas.

CORREGIDORA
Es usted un valiente, capitán.

ARIAS
Estoy para servirla, señora.

CORREGIDOR
Considéreme, entonces, fuera de la conspiración. No participaré en ella.

ARIAS
¿Por qué, señor?

CORREGIDOR
Me parece una locura.

ARIAS
Lo sé. Pero el capitán Allende es mi amigo y tengo que apoyarlo.

CORREGIDOR
Sus sentimientos me parecen admirables, pero no los comparto.

ARIAS
¿Me ordena entonces que no me levante en armas?

CORREGIDOR
No le ordeno nada. Le digo que el asunto está en sus manos.

CORREGIDORA
Miguel, me das vergüenza.

CORREGIDOR
Señora, hágame el favor de salir de la habitación, No tiene usted derecho de sentirse avergonzada de mí ni de nadie.

La corregidora se dispone a salir.

Llaman al zaguán.

CORREGIDOR
A Arias.
¡Pronto, escóndase! Nadie debe verlo en mi casa. Arias se esconde tras una cortina.

CORREGIDORA
Allí lo verán, capitán, venga usted a otro cuarto.

ARIAS
No hay tiempo.

CORREGIDORA
Sí lo hay, venga.

El capitán Arias pierde tiempo. Se oyen voces fuera. El capitán regresa a la cortina y se oculta. Entran Ochoa y Domínguez.

OCHOA
Ha habido una denuncia, señor: recibí una carta anónima en la que se dice que el capitán Arias está complicado en la conjura.

El corregidor se mesa los cabellos.

DOMÍNGUEZ
Buenas noches, señora.

OCHOA
Buenas noches.

Le besan la mano. La corregidora sale.

Ochoa entrega un papel al corregidor.

OCHOA
No podemos confiar ni siquiera en el ejército.

CORREGIDOR
Así parece.

DOMÍNGUEZ
¿Revisó ústed los papeles que encontramos, señor?

CORREGIDOR
Sí, lo hice.

DOMÍNGUEZ
¿Serán de utilidad?

CORREGIDOR
De poca.

DOMÍNGUEZ
¿No se mencionan nombres?

CORREGIDOR
Ninguno.

DOMÍNGUEZ
Es extraño, ¿no le parece?

CORREGIDOR
Muy extraño.

OCHOA
¿Qué haremos con Arias?

CORREGIDOR
Iremos a su casa... y lo apresaremos... para interrogarlo.

OCHOA
Como quien se dispone a sailr.
Vamos, pues.

DOMÍNGUEZ
¿Y esas botas que están debajo de la cortina? Señala las botas de Arias.

CORREGIDOR
Aterrado.
Es verdad. Son botas.

Domínguez corre la cortina y Arias queda al descubierto.

DOMÍNGUEZ
Fingiendo sorpresa.
¡El capitán Arias! Saca un pistolón. Dése preso, capitán.

El capitán sale de su escondite con las manos alzadas. Ochoa ha sacado otra pistola y se coloca junto a la puerta, cubriendo discretamente al corregidor, quien no sabe qué hacer.

DOMÍNGUEZ
¿Qué hace usted en casa del señor corregidor?

ARIAS
Nada.

DOMÍNGUEZ
Su espada, capitán.

El capitán le entrega su espada.

OCHOA
Regístrelo, señor escribano.

Domínguez registra a Arias y saca una cartera del bolsillo.

DOMÍNGUEZ
Hay una cartera.

OCHOA
Revísela.

Domínguez revisa la cartera. Saca de ella dos papeles.

DOMINGUEZ
Leyendo.
"Todo ha sido descubierto. Levántese en armas a la mayor brevedad posible..."

OCHOA
¿Qué más dice?

DOMÍNGUEZ
Una firma.

OCHOA
Léala usted en voz alta.

DOMÍNGUEZ
Mirando al corregidor.
No me atrevo.

OCHOA
Le ordeno, como alcalde de la ciudad, que lea esa firma.

CORREGIDOR
No la lea, Domínguez.

DOMÍNGUEZ
Desdoblando la otra carta.
Como usted diga, señor corregidor. Leyendo. "Estimado capitán, como quedó acordado en la última junta que tuvimos en esa ciudad y a la cual asistió el señor corregidor... Pasa uno o dos párrafos creo, entonces, conveniente que el movimiento revolucionario comience a principios de octubre..." Firmada por Ignacio Allende.

OCHOA
¿Ha oído usted, señor corregidor?

CORREGIDOR
Perfectamente.

OCHOA
¿Sabe usted lo que eso significa?

CORREGIDOR
Con claridad pristina, señor Ochoa.

OCHOA
Lo acuso de conspiración contra el gobierno virreinal. ¿Niega usted el cargo?

Hay una pausa.

CORREGIDOR
No lo niego.

OCHOA
A nombre del Ayuntamiento de esta ciudad, con el escribano Domínguez como testigo, lo depongo de su cargo como corregidor y, usando mi autoridad de alcalde, lo arresto por conspiración contra el rey de España. ¿Tiene usted qué alegar algo en su defensa?

CORREGIDOR
Nada, señor Ochoa, estoy a su disposición.

OCHOA
Dése preso.

Nota final


Los corregidores fueron juzgados y recibieron sentencias benignas comparadas con las que más tarde habían de recibir sus compañeros de conspiración. A su muerte, la corregidora pasó a la historia y a la numismática, como heroína, y el corregidor, como héroe consorte. El alcalde Ochoa y el escribano Domínguez, en cambio, que descubrieron y destruyeron la conspiración de Querétaro -y precipitaron la rebelión- se pierden en la noche de los tiempos y las familias.


El capitán Arias no fue juzgado por conspiración. Siguió cambiando de bando. Se unió al ejército insurgente cuando este pasó por Querétaro, en su marcha que parecía triunfal hacia la ciudad de México. Después de la derrota en el puente de Calderones, se pasó del lado de los españoles. Formaba parte del piquete que aprehendió a los jefes insurgentes en las Norias de Baján. Cuando éstos estaban apeándose de los coches, alguien, en una furia torpe, sacó una pistola y disparó contra Allende. Tuvo la mala suerte de errar el tiro y la bala fue a pegar en la frente del capitán Arias, matándolo.

De la conspiración de Querétaro hubo una tercera denuncia. Según parece, Allende trató de conquistar al tambor mayor del Batallón de Guanajuato, y le reveló la existencia de la conspiración, que el tambor mayor denunció inmediatamente a sus superiores. Estos presionaron al intendente Riaño para que ordenara el arresto de Hidalgo, Allende y Aldama, pero Riaño se negó a hacerlo por motivos de amistad -era gran amigo de Hidalgo, y fue él quien le prestó a Hidalgo el tomo de la Enciclopedia que contenía la "C", para que el otro leyera "cañones: su fabricación" y prefirió una carta al subdelegado en San Miguel, pidiéndole que dictara él, el subdelegado, orden de formal prisión, etc. Esta carta nunca llegó a manos de su destinatario porque el mensajero que la llevaba sabía lo que decía y fue a entregársela a Allende.

3 comentarios :

Vagancianet dijo...

Oh... Esto lo acaabo de ver en Facebook y apenas lo iba a compartir.

La Lupe dijo...

Una cita del Sr.Jorge Ibargüengoitia, que te va muy bien y a este blog también:
"Creo en muchas cosas. Que estamos aquí, en mi casa, en Coyoacán: que falta un cuarto para las seis. Creo en lo que veo y oigo. Mire, si usted me pregunta: '¿Tiene fe'?, pues no, no tengo fe y estoy encantado. Hay gente que necesita tenerla, yo no"

Besos Loco

vino tinto dijo...

y todavía dicen que la historia no es interesante.....