domingo, septiembre 19, 2010

"Tú no cuestionas tus creencias. O no puedes. Yo debo."

El título de esta bosta es un parlamento que recién escuché salir de la boca de la estupenda Rachel Weisz en su papel de Hipatia de Alejandría en la más reciente película de Amenábar, Ágora. Menciono, además, que me erizó los pelos de todos los recovecos de mi cuerpo.


Platiquemos de algunos antecedentes.

Yo la primera vez que supe de Alejandría, su biblioteca y de Hipatía fue leyendo Cosmos. Carl Sagan, después de explicar la manera en la que Eratóstenes calculó el diametro de la Tierra, hace la siguiente descripción:

Fue en Alejandría, durante los seiscientos años que se iniciaron hacia el 300 a. de C., cuando los seres humanos emprendieron, en un sentido básico, la aventura intelectual que nos ha llevado a las orillas del espacio. Pero no queda nada del paisaje y de las sensaciones de aquella gloriosa ciudad de mármol. La opresión y el miedo al saber han arrasado casi todos los recuerdos de la antigua Alejandría. Su población tenía una maravillosa diversidad. Soldados macedonios y más tarde romanos, sacerdotes egipcios, aristócratas griegos, marineros fenicios, mercaderes judíos, visitantes de la India y del África subsahariana todos ellos, excepto la vasta población de esclavos vivían juntos en armonía y respeto mutuo durante la mayor parte del período que marca la grandeza de Alejandría.

La ciudad fue fundada por Alejandro Magno y construida por su antigua guardia personal. Alejandro estimuló el respeto por las culturas extrañas y una búsqueda sin prejuicios del conocimiento. Según la tradición y no nos importa mucho que esto fuera o no cierto se sumergió debajo del mar Rojo en la primera campana de inmersión del mundo. Animó a sus generales y soldados a que se casaran con mujeres persas e indias. Respetaba los dioses de las demás naciones. Coleccionó formas de vida exóticas, entre ellas un elefante destinado a su maestro Aristóteles. Su ciudad estaba construida a una escala suntuosa, porque tenía que ser el centro mundial del comercio, de la cultura y del saber. Estaba adornada con amplias avenidas de treinta metros de ancho, con una arquitectura y una estatuaria elegante, con la tumba monumental de Alejandro y con un enorme faro, el Faros, una de las siete maravillas del mundo antiguo.

Pero la maravilla mayor de Alejandría era su biblioteca y su correspondiente museo (en sentido literal, una institución dedicada a las especialidades de las Nueve Musas). De esta biblioteca legendaria lo máximo que sobrevive hoy en día es un sótano húmedo y olvidado del Serapeo, el anexo de la biblioteca, primitivamente un templo que fue reconsagrado al conocimiento. Unos pocos estantes enmohecidos pueden ser sus únicos restos físicos. Sin embargo, este lugar fue en su época el cerebro y la gloria de la mayor ciudad del planeta, el primer auténtico instituto de investigación de la historia del mundo. Los eruditos de la biblioteca estudiaban el Cosmos entero. Cosmos es una palabra griega que significa el orden del universo. Es en cierto modo lo opuesto a Caos. Presupone el carácter profundamente interrelacionado de todas las cosas. Inspira admiración ante la intrincada y sutil construcción del universo. Había en la biblioteca una comunidad de eruditos que exploraban la física, la literatura, la medicina, la astronomía, la geografía, la filosofía, las matemáticas, la biología y la ingeniería. La ciencia y la erudición habían llegado a su edad adulta. El genio florecía en aquellas salas: La Biblioteca de Alejandría es el lugar donde los hombres reunieron por primera vez de modo serio y sistemático el conocimiento del mundo.

Además de Eratóstenes, hubo el astrónomo Hiparco, que ordenó el mapa de las constelaciones y estimó el brillo de las estrellas; Euclides, que sistematizó de modo brillante la geometría y que en cierta ocasión dijo a su rey, que luchaba con un difícil problema matemático: no hay un camino real hacia la geometría; Dionisio de Tracia, el hombre que definió las partes del discurso y que hizo en el estudio del lenguaje lo que Euclides hizo en la geometría; Herófilo, el fisiólogo que estableció, de modo seguro, que es el cerebro y no el corazón la sede de la inteligencia; Herón de Alejandría, inventor de cajas de engranajes y de aparatos de vapor, y autor de Autómata, la primera obra sobre robots; Apolonio de Pérgamo, el matemático que demostró las formas de las secciones cónicas: elipse, parábola e hipérbola, las curvas que como sabemos actualmente siguen en sus órbitas los planetas, los cometas y las estrellas; Arquímedes, el mayor genio mecánico hasta Leonardo de Vinc¡; y el astrónomo y geógrafo Tolomeo, que compiló gran parte de lo que es hoy la seudociencia de la astrología: su universo centrado en la Tierra estuvo en boga durante 1500 años, lo que nos recuerda que la capacidad intelectual no constituye una garantía contra los yerros descomunales. Y entre estos grandes hombres hubo una gran mujer, Hipatia, matemática y astrónoma, la última lumbrera de la biblioteca, cuyo martirio estuvo ligado a la destrucción de la biblioteca siete siglos después de su fundación, historia a la cual volveremos.
Sagan más adelante abunda sobre Hipatia, su muerte y la destrucción de la biblioteca de Alejandría, así:
El último científico que trabajó en la Biblioteca fue una matemática, astrónoma, fisica y jefe de la escuela neoplatónica de filosofia: un extraordinario conjunto de logros para cualquier individuo de cualquier época. Su nombre era Hipatia. Nació en el año 370 en Alejandría. Hipatia, en una época en la que las mujeres disponían de pocas opciones y eran tratadas como objetos en propiedad, se movió libremente y sin afectación por los dominios tradicionalmente masculinos. Todas las historias dicen que era una gran belleza. Tuvo muchos pretendientes pero rechazó todas las proposiciones matrimoniales. La Alejandría de la época de Hipatia bajo dominio romano desde hacía ya tiempo era una ciudad que sufría graves tensiones. La esclavitud había agotado la vitalidad de la civilización clásica. La creciente Iglesia cristiana estaba consolidando su poder e intentando extirpar la influencia y la cultura paganas. Hipatia estaba sobre el epicentro de estas poderosas fuerzas sociales.

Cirilo, el arzobispo de Alejandría, la despreciaba por la estrecha amistad que ella mantenía con el gobernador romano y porque era un símbolo de cultura y de ciencia, que la primitiva Iglesia identificaba en gran parte con el paganismo. A pesar del grave riesgo personal que ello suponía, continuó enseñando y publicando, hasta que en el año 415, cuando iba a trabajar, cayó en manos de una turba fanática de feligreses de Cirilo. La arrancaron del carruaje, rompieron sus vestidos y, armados con conchas marinas, la desollaron arrancándole la carne de los huesos. Sus restos fueron quemados, sus obras destruidas, su nombre olvidado. Cirilo fue proclamado santo.

La gloria de la Biblioteca de Alejandría es un recuerdo lejano. Sus últimos restos fueron destruidos poco depués de la muerte de Hipatia. Era como si toda la civilización hubiese sufrido una operación cerebral infligida por propia mano, de modo que quedaron extinguidos irrevocablemente la mayoría de sus memorias, descubrimientos, ideas y pasiones. La pérdida fue incalculable. En algunos casos sólo conocemos los atormentadores títulos de las obras que quedaron destruidas. En la mayoría de los casos no conocemos ni los títulos ni los autores. Sabemos que de las 123 obras teatrales de Sófocles existentes en la Biblioteca sólo sobrevivieron siete. Una de las siete es Edipo rey. Cifras similares son válidas para las obras de Esquilo y de Eurípides. Es un poco como si las únicas obras supervivientes de un hombre llamado William Shakespeare fueran Coriolano y Un cuento de invierno, pero supiéramos que había escrito algunas obras más, desconocidas por nosotros pero al parecer apreciadas en su época, obras tituladas Hamlet, Macbeth, Julio César, El rey Lear, Romeo y Julieta.
Ahora sí, continuemos con la película.

La película de Amenábar retrata muy bien la Alejandría antigua que describe Sagan; cosmopolita, vital y, lamentablemente, carente de una serie de reglas que garantizaran la convivencia en paz entre paganos, cristianos y judíos, lo que culminó en fanatismo religioso y conflictos a espadazos y pedradas entre ciudadanos por la más idiota de todas las causas: el nombre del fulano imaginario al que le van a rendir culto.

Ágora rifa por varias razónes, una de ellas por señalar las broncas del fanatismo religioso en una sociedad plural y diversa como la de la Alejandría de hace dos milenios. Hay varias escenas de ese tipo que destacan, como el dizque milagro del predicador cristiano que camina sobre brasas ardiendo, ileso y el fracaso del pagano que no pudo repetir la misma hazaña por la sencilla razón de que lo echaron rodando sobre el fuego. O la escena de destrucción de la biblioteca consistente en una toma a gran altura y a alta velocidad de tal manera que los cristianos que invaden la biblioteca y queman sus obras se mueven como hormigas, irreflexiva e instintivamente.

Pero no toda la película es para indignar sus afanes librepensadores y laicos, avezados lectores, también hay escenas para aplaudir. Por ejemplo, a lo largo de la película Hipatia reflexiona sobre un problema científico cuya solución, ahora, es bien conocida por la mayoría de la gente: el movimiento de los planetas. En tiempos de Hipatia la cosmología "oficial" era la que se pueden encontrar en las páginas del Almagesto de Ptolomeo, la del modelo geocéntrico: planetas, sol y estrellas moviéndose alrededor de la Tierra, siendo ésta el centro del Cosmos. Una idea monumentalmente equivocada pero que la Hipatia de la película, a pesar de haberla enseñado por años, pone en tela de juicio gracias a una discusión sobre el modelo ptolemáico y las ideas de Aristarco (quien fue el primero en proponer el modelo heliocéntrico).

Ahora bien, hay que reconocer que es más lo que ignoramos que lo que sabemos sobre la Hipatia histórica (está más documentada su muerte que lo que hizo en vida, snif) y, a mi parecer, creo que el problema de la elíptica de los planetas no es uno que abordara y solucionara -aunque podría estar yo equivocado-. Sin embargo, creo que esta licencia fue muy atinada para mostrar al público en general un hecho científico con el que es más probable que esté familizarizado. Si hubieran puesto a Rachel Weisz a discutir aritmética diofantina creo que no hubiera tenido el mismo efecto.

¿Y qué efecto es ese? quizá pregunte alguno. La respuesta está en el título de esta bosta: mientras paganos, cristianos y judíos de Alejandría se mataban por sus creencias religiosas y ridículas, había una persona, una mujer, una matemática, astrónoma y filósofa que entendió algo sobre el funcionamiento del universo gracias a que cuestionaba sus propias creencias.

Y eso, amigos y vecinos, es lo que hace un escéptico: cuestionar lo que se piensa para indagar por mejores explicaciones, usando evidencias.

Vayan corriendo a verla.

pd1. Leyendo un post que Martín Bonfil le dedica a Ágora, me enteré de una reacción histérica que califica a la película de anticristiana. Yo no creo que sea anticristiana, es más bien irreligiosa: una crítica al fundamentalismo e hijoputismo religioso que son defectos de los que ni católicos, judios, cristianos ni musulmanes pueden presumir que sus religiones no tienen. Inclusive en la actualidad.

pd2. Se me aguaron los ojos cuando Hipatia trata de elegir qué libros salvar de la biblioteca. Como menciona Sagan, es atormentador suponer que en esos pergaminos, que tan alegremente destruyó la turba cristiana, bien pudieron estar descritos problemas de geometría analítica y cálculo por predecesores de Descartes y Newton. Quizá algún griego anónimo se preguntara (como Hipatia al principio de la película): "¿Qué es esto que nos mantiene pegados a la Tierra? Averigüemos."

8 comentarios :

KrizalidX1 dijo...

Vi la pelicula y no me gusto, no me transmitio nada la verdad, pero no es mala.

Argénida Romero dijo...

A mí la película me gustó mucho. No es una joya, pero es una historia bien contada, y con algunas escenas a destacar como la de la invasión a la biblioteca y su posterior destrucción.

Quizás el elemento más flojo, según percibí, fue la historia de "amor" que giró alrededor de Hipatia, pero entendible desde el punto de vista de lo comercial para la película.

Gracias por el texto de Sagan que citas en este post.

Lacerta dijo...

Genial el post...

Yo también me enteré de la existencia de Hipatia gracias a Sagan.

Creo que la película es un grito de advertencia sobre lo que ocurre cuando dejamos que la religión se inmiscuya en campos que no le pertenecen.

La verdad es que a mi si me pareció deliciosamente crítica al cristianismo y a como sus "hombres santos" eran tan h de p como cualquiera que desea que sus intereses prevalezcan sobre los demás... Cada vez que aparecía el tal Cirilo en mi mente resonaban los versos de la canción "dios es amor".

Ironías fuera, felicidades por el blog

Saludos

Rox dijo...

Yo lloré cuando Sagan describe la escena de los libros. Iré a ver la película esta semana!

Saludos :)

La Lupe dijo...

A mí me gustó mucho la peli y em hizo admirar mucho a Hipatia :)

Ribozyme dijo...

A ver si la exhiben pronto en este rancho (si es que) olvidado de Dios (más bien del FSM) y recuperado por el PRI. Reproduzco abajo una parte de lo que comenté en el blog de Bonfil (lo demás tú lo expones mejor que yo):

La muerte de Hipatia se debió en buena parte a la búsqueda del poder secular por parte de los jerarcas eclesiásticos de entonces y su deseo de imponer al cristianismo como única creencia válida (donde la disensión se llegó a castigar con tortura y la muerte, y así duró la cosa por siglos):

Su asesinato se produjo en el marco de la hostilidad cristiana contra el declinante paganismo y las luchas políticas entre las distintas facciones de la Iglesia, el patriarcado alejandrino y el poder imperial, representado en Egipto por el prefecto Orestes, ex alumno de la filósofa.

Orestes,
Praefectus augustalis of the Diocese of Egypt, steadfastly resisted Cyril's agenda of ecclesiastical encroachment onto secular prerogatives.

Alberto Luquín dijo...

Estupendo post, magnífica historia. Sólo una precisión: tengo entendido que la quema definitiva de la Biblioteca corrió a cargo de los musulmanes, quienes consideraron que los libros o eran inútiles, por repetir al Corán y su "verdad", o eran perjudiciales por contradecirlo.

Barbarie pura... Sin embargo, a lo que se rescató debemos el esplendor medieval musulmán. Paradojas...

vino tinto dijo...

todo el tiempo en la película estuve pensando en la fuerza centrífuga.....