domingo, marzo 06, 2011

Manitas de ángel

Hace unos años, en este blog dediqué una bosta al texto Lucha Desigual de Jorge Ibargüengoitia del libro Sálvese quien pueda para aderezar con algo de antisolemnidad algunos de los discursos sobre equidad de género que se suelen escuchar por estos días.

En previsión al próximo Día de Internacional de la Mujer va otro texto del mismo libro.

Lean y aprendan.

Manitas de ángel


Una de las acusaciones más serias que pesan sobre nosotros los hombres, es la de haber explotado y seguir explotando económicamente a las mujeres.

En efecto. En la mayoría de los oficios una mujer gana menos que un hombre por igual cantidad de trabajo producido -esto no lo estoy inventando, es un dato aceptado y ocurre hasta en países civilizados-, muchos sindicatos están cerrados a las mujeres -no hay albañilas, ni macheteras, ni choferas de camión materialista-, y aún en las carreras que están aparentemente abiertas, cuesta mucho más trabajo y se necesita ser más listo para llegar a la cúspide si se es mujer que siendo hombre.

Sin embargo, esta inferioridad aparente tiene sus compensaciones, que voy a tratar de ilustrar con un ejemplo tomado de mi experiencia.

Hace muchos años, en la región de Irapuato, en un rancho que tenía mi familia, las mujeres servían para prender la lumbre, echar tortillas, hacer tacos y ponerlos en una canasta envueltos en un mantelito bordado. En las listas de raya aparecía cada semana una partida que decía "gordero". Éste era un personaje que tenía por misión pasar por las casas de los peones que estaban haciendo cualquier trabajo y recoger en cada una de ellas una canasta con el almuerzo del dueño.

El trabajo de gordero era mal visto y se encomendaba por lo general a un tullido con burro, a un anciano, a alguien que le daban ataques epilépticos, a un niño o a alguien tan bruto que no se le pudiera encomendar ni hacer un agujero en el suelo. Nunca, nótese bien, se le encomendó este trabajo tan humilde a una mujer, por que se consideraba que una de dos: ésas ni para eso servían, o bien que una mujer sola, por los campos, cargando canastas de gordas, se encuentra con una parranda de vagos, la tumban al suelo, le quitan las gordas y de paso la violan.

Esta era la situación allá en los cuarentas. Después vino el auge de la fresa y no sé quién fue el que hizo el descubrimiento que estaba destinado a transformar la estructura social de la región.

Alguien observó que las mujeres también tienen uñas y por consiguiente, pueden cortar fresas con la misma facilidad que los hombres. No sólo eso, como son más chaparras y este es un trabajo que se hace agachado, se cansan menos que los hombres. Peor todavía, como son más tontas que los hombres, cobran medio sueldo. En pocos meses desplazaron por completo a los pizcadores.

No sé que habrá pasado en los últimos años, pero no me cuesta ningún trabajo pensar que varios de mis antiguos peones acabaron mantenidos por sus mujeres o por sus hijas.

Este episodio de la batalla de los sexos puede ser interpretado de varias maneras. Las feministas dirán: nos dan trabajo, pero nos pagan a la mitad. Los hombres, en cambio, podemos decir: ¿para qué se meten? ¿quién las mandó llamar? ¿no estaban contentas en su casa prendiendo el fogón? Querían ganar dinero y lo único que hicieron fue inundar el mercado de mano de obra y abaratarla.

Pero el problema real no es que las mujeres vayan inflitrando todas la profesiones hasta que sea casi imposible conseguir trabajo nomás porque uno es hombre. Lo de menos sería dejar que nuestras mujeres nos mantengan.

Pero una vez que se ha llegado a la situación de mantenido, quién se atreve a destapar una cerveza delante de la señora y arriesgarse a que ésta diga: "yo, que trabajo de sol a sol para conservar un hogar feliz y tú nomás piensas en beber cerveza y emborracharte".

Porque otro dato compobado y observable es que las mujeres nacieron quejumbrosas y rara vez están contentas. Si no les dan trabajo se quejan, que se lo dan, se quejan también, porque además de todas las cruces que tiene que cargar una mujer ya de por sí, tiene que trabajar. Sí, como el caso de las cortadoras de fresa, el marido pierde el trabajo por culpa de ellas, acaban diciendo:

- Yo, en esta casa, soy la mujer y el hombre y tú no sirves para nada.

2 comentarios :

El Contador Ilustrado dijo...

innegable es que nacieron quejumbrosas y rara vez esten contentas

ronkontekil@ dijo...

Los hombres tambien hacemos quehacer en casa, de modo que no semos mantenidos que no se olvide!