miércoles, mayo 02, 2012

Carlos Monsiváis vs Jorge Ibargüengoitia, sobre un asesino serial y un prohombre de letras

En la más reciente Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería en el stand de la Universidad Autónoma Metropolitana encontré la siguiente joya:





El Libro de oro del teatro mexicano es un volumen que contiene 23 de los 31 artículos que escribió, mensualmente, Jorge Ibargüengoitia en la Revista de la Universidad de México entre 1961 y 1964 (artículos seleccionados, anotados y provistos de introducción por Luis Mario Moncada). Ahora bien, ¿de qué son esos artículos? De crítica teatral: a Jorge Ibargüengoitia le pagaban por ir al teatro y escribir lo que le había parecido la experiencia. Lo interesante es que esa chamba la hizo en un período de desencanto con su carrera como dramaturgo por lo que las críticas no son blanditas. De esas críticas pongo aquí dos, sin más permiso que el que me concede mi afán por divulgar la obra de Ibargüengoitia, para someter a su consideración, avezados lectores, un intercambio de revires entre un veinteañero Carlos Monsiváis y Jorge Ibargüengoitia.

Ahora va un par de antecedentes para que disfruten mejor los revires:

1) La crítica de Jorge Ibargüengoitia es a dos obras de Alfonso Reyes, ¿que quién fue Alfonso Reyes? Borges decía de él que era el mejor prosista en lengua española de todos los tiempos. Cuando don Alfonso era todavía Alfonsito, su padre protagonizó una de las escenas más interesantes de la historia nacional. Después de ocupar cargos diplomáticos, Alfonso Reyes fue director de El Colegio de México y los volúmenes de sus obras completas se podrían usar para dar descalabros y zapes.

2) Una de las obras criticadas es Landrú y está inspirada en un personaje real, Henri Désire Landru, que se dedicó a estafar viudas en París durante la 1era Guerra Mundial. Como sus primeras estafas concluyeron en acusación y encarcelamiento, Landrú razonó que además de estafar a sus víctimas había que matarlas, así que en su siguiente estafa se graduó de asesino serial. Después de la guerra un pariente de una de las viudas desaparecidas lo reconoció, con lo que intervino la policía para detenerlo. Finalizó sus días guillotinado. Chaplin hizo una película basado en Landrú (guión de Orson Welles) que se llamó Monsieur Verdoux y Chabrol hizo otra.

Bueno, ya con esos antecedentes lean y disfruten.


El Landrú degeneradón de Alfonso Reyes


Chabrol y la Sagan, demostraron hace poco, y no sé si con intención, no sólo que asesinar a ocho o diez mujeres puede ser aburrido, sino que es aburrido ver cómo las asesinan. Mientras el público bosteza, un buen actor, con barba, calva y voz formidable, va matando toda una serie de jamonas (incluyendo a Michele Morgan y Danielle Darrieux) para mantener precariamente una familia que no vale la pena y que hubiera sido más sencillo abandonar o meter en el horno de una buena vez y dejarse de cosas. Ese Landrú es, en realidad, una especie de versión masculina de Irma la Douce; ella es tan burocrática en la cama como lo es él en el asesinato. La calidad rutinaria de los actos de esos dos personajes los despoja de toda connotación moral. Landrú no es en realidad un asesino, sino más bien un marido abnegado, que sale de su casa, como se dice vulgarmente, a darse de bofetadas con la vida; su oficio consiste en conseguir seducir, asesinar y robar, destruir los cadáveres de todas esas pobres señoras: es tan virtuoso como el señor aquél de Corazón, Diario de un niño, que se acaba los ojos copiando los legajos a horas inoportunas. ¿Que la señora rezonga porque no tiene con qué pagar al carnicero? Allí va Landrú a matar otra gorda.


Monsieur Verdoux tenía a su mujer paralítica y sus hijos, etcétera, como cualquier señor (que tenga mujer paralítica), y además, veladas aburridísimas con el boticario aquél cuya esposa no puedo recordar si se reía mucho, o era asmática, o demasiado gorda, o las tres cosas; pero tenía una vida aparte, muy emocionante y admirable, que consistía en asesinar señoras, recoger grandes cantidades de dinero (en hermosos billetes de diez mil francos que contaba con la maestría que le daban sus no sé cuántos años de empleado bancario) y colocarlo en las más prometedoras empresas del mercado bursátil; tenía, además, la gran virtud de que sus ṕlanes no siempre tuvieron éxito, como por ejemplo sus intentos de asesinar a Martha Raye, en el laguito y con el venenazo aquel que había puesto en el aperitivo y que acabó quemando el cabello de la criada, gracias a una confusión veneno-agua-oxigenada, aperitivo-zarzaparrilla. Estos intentos frustrados son los que acabaron por atraer su desgracia, puesto que si el asesinato de Martha Raye hubiera tenido efecto, Verdoux no la hubiera encontrado en su boda (de Verdoux) con aquella otra señora (a quien él, por cierto, tenía la extraña tendencia de confundir con el ama de llaves) que indudablemente tenía una fortuna mucho más sólida que la de él y que, por consiguiente le hubiera evitado el desastre del 29 y la miseria. Sin la miseria, él no hubiera encontrado por casualidad a La Que No Mató Por Ternura y a su vez los parientes de la Primera Asesinada no lo hubieran encontrado, también por casualidad, a él en el Salón de Té.


Pero Monsieur Verdoux, con ser lo más interesante que se ha hecho sobre el caso Landrú, deja en el misterio uno de los aspectos más interesantes en un criminal de esa naturaleza: su sexualidad; porque el criminal que asesina por rutina o por deporte es una cosa, y el que asesina por vicio y hace un negocio de ribete es otra muy diferente. Esto ya requiere verdadero genio.


¿Le gustaba a Landrú asesinar señoras?, ¿qué hacía con ellas una vez muertas?, ¿cómo seleccionaba a sus víctimas?, ¿por su dinero?, ¿por cierta cualidad que le resultaba apetitosa?, ¿porque las circunstancias de ellas le prometían impunidad? Según Chabrol, Landrú mataba el conejo más cercano; según Chaplin, el más gordo. ¿Qué opinaba de todo esto don Alfonso?


Los venticuatro años que transcurrieron entre que Reyes comenzó la opereta que nos ocupa y dejó de ocuparse de ella, no fueron bastantes, porque la obra no está terminada, sino apenas comenzada.


El Preludio en la Soledad, que la primera parte de la pieza, es una especie de monólogo de un Segismundo cincuentón e intelectual, que lo mismo puede llegar a ser asesino notable que director de El Colegio de México. A juzgar por la dimensión del Preludio el autor pensaba escribir una obra de no menos de setenta páginas, en vez de las siete u ocho que ha de tener el manuscrito. "Del pliegue de cortinas grises, poco a poco se destaca Landrú, como diferenciado en la célula", etcétera y empieza diciendo:


¿Qué suceder es éste, qué armonia
vibrada entre la rueda y el cuadro?
¿Quién al espacio-tiempo me confía?
¿Quién se burla de mí, pues me ha creado?


que está muy bien para leerse, pero que como cuarteta inicial de una opereta es pedante, confusa y floja.


Pero después viene una cuarteta que es ejemplo notable de lo que los escritores de hace treinta años gustaban de oír dicho en escena:


Y gracias que, de triste, me deslío,
y oceanográficamente me dejo
ir en la barca suelta de mi hastío
hasta el otro hemisferio del espejo.


Pero hagamos una composición de lugar: esto está dicho sin antecedentes (porque precisamente éstos son los antecedentes), por un señor envuelto en una cortina, que no está hablando con el público, sino consigo mismo. Aquí podríamos entrar en una larga disquisición acerca de la posibilidad, o cuando menos, la conveniencia de comenzar una obra con un mónologo tan poco concreto, en resumidas cuentas, como el de "To be or not to be, that is the question", sin que sepamos quién es Hamlet, ni qué es lo que lo trae tan preocupado; o bien, con "Apurad, cielos, pretendo, ¿por qué es que me trataís así?, ¿qué delito cometí contra vosotros naciendo?" sin que haya cadenas, ni el señor esté disfrazado de abominable hombre de las nieves y, sobre todo, sin que haya el antecedentes de "Hipógrifo violento, que corres parejas con el viento". Pero, en fin, cada autor comienza sus obras como le da la gana.


Eliot, por ejemplo, tiene como frases iniciales de una opereta también inconclusa, las siguientes:


And how about Pereira?
- What about Pereira?



que podrían servir de modelo a las generaciones.


Pero volvamos a Landrú. El Coro de las Amas de Llaves viene después del preludio. "En este alegre mercado, / hemos venido a escuchar / la nostalgia del pescado: / la que hace que suene el mar", etcétera. Esta ya está mucho mejor, pero desgraciadamente la acción se vuelve vertiginosa, porque dieciséis líneas exactamente después de la última citada arriba, ya vienen estas otras: "Yo de las medias de lana / la sacerdotisa soy... / ¡Landrú, no me da la gana! / ¡Landrú, que no, que no voy! / ¡Saca esa garra sutil / de debajo del mandil!"


Y como quien dice... al horno.


"Mientras cunde por el ambiente un fuerte olor de carne asada, Landrú, a solas, descoyuntado de placer, jadeante de emoción, gesticula y canta, llevando el ritmo con dos canillas, glorioso en bata y en pantuflas". Y canta Ven, Himeneo. Esto, según yo, es lo más espeluznante que se ha escrito nunca acerca de Landrú: significa que nuestro héroe no sólo era necrófilo, sino "roasbeefilo", que sería como para poner a vomitar a medio público, si se diera cuenta de lo que está viendo. Después de echar cuentas y hacer metafísica, viene la policía (agolpada en la reja) y canta: "Somos la policia / siempre llegamos tarde: / el crimen es cobarde, / ni aviso nos envía", etcétera. Y después de otro monólogo del jefe, telón. ¡A qué se reduce la opereta?, a tres monólogos de Landrú, otro final del jefe de la policía, un coro de la policía y otro de las amas de llaves.


Es decir, no es opereta, sino cuatro monólogos y dos coros de Alfonso Reyes.


Lo más triste del caso es que Reyes fue el primer escritor que vio las posibilidades dramáticas de Landrú y que además lo vio a él, no como héroe cómico, ni como mártir de la domesticidad, sino como lo que muy probablemente ha de haber sido, un señor mediocre y vagamente degeneradón.


El espectáculo de la Casa del Lago está formado por dos obras: La mano del comandante Aranda y Landrú. La primera es una obra extraordinaria, que podría llamarse Cómo matar de tedio en ocho páginas, escrita por un señor (Alfonso Reyes) que no tenía nada que decir y que estaba emṕeñado en escribir ocho páginas. Al final del cuento, el protagonista, que es la mano del comandante Aranda, descubre que después de todo, ha sido pretexto literario infinidad de veces y decide suicidarse, que lo que debieron hacer las ocho cuartillas de Alfonso Reyes, desgraciadamente o lo hicieron y se las tiene uno que soplar para ver Landrú, dichas lo mejor posible por Claudio Obregón y Marta Verduzco, que tratan de hacer parecer ingenioso un texto que de una estupidez y una densidad verdaderamente lamentables. El público de la Casa del Lago se ríe cuando se lo mandan, que es cada vez que la mano hace un signo procaz. Esto es más lamentable todavía que la obra, porque ocho cuartillas malas cualquiera las escribe, pero que el público no tenga alientos para protestar ante un fraude, es signo nefasto del tiempo y la sociedad en que vivimos.


Landrú en cambio es un éxito y, en mi opinión, un acontecimiento dramático más importante que las Obras Completas del Seguro Social, en donde después de todo, no se ha descubierto nada nuevo.


A primera vista el espectáculo no es más que una comedia musical pequeñísima, pero meditando, veremos que tiene grandes virtudes: en primer lugar, no hay un momento romántico, que es la plaga y muerte del teatro lírico; en segundo, gracias a lo reducido del elenco y a lo inconcluso del texto, se logran unos efectos surrealistas que son muy interesantes; por ejemplo: el mismo actor que hace Landrú, hace el Jefe de la Policía y, además, se parece muchísimo a don Alfonso Reyes, así que nunca se sabe muy bien quién está hablando, con lo que la obra adquiere una dimensión misteriosa y absurda; por otra parte, las mismas mujeres que Landrú ha asesinado entran después disfrazadas de policías, pero son unos policías maricones y horripilantes.


La gran virtud de Gurrola como director es que deja tantas cosas al azar, que de repente logra unos efectos que serían imposibles de planear. ¿Quién hubiera imaginado, por ejemplo, que Marta Verduzco, una muchaca tan apetitosa haría un policía tan siniestro? ¿Quién hubiera creído que unas frases poco dramáticas como "La mano que apuñala / la mano que sujeta / el crimen policía / el completo hermafrodita", harían un buen final dichas por Jordán? ¿Quién hubiera inventado un personaje como el de Maria Antonieta Dominguez, que parece que va a tirar el teatro de pura intensidad?


El héroe de la Casa del LAgo, sin embargo, no fue, para mi modo de ver, Gurrola, sino Elizondo, que escribió la música y la interpreta cada domingo, con su cannotier y su camisa rayada. Este joven ya había escrito música para el teatro bastante mala, pero esta vez logró algo verdaderamente importante: una música ligera en el mejor sentido de la palabra, que sirve para bailar y para cantar, que produce un efecto y se le queda a uno en la cabeza. El tango y el himno al amor son magníficos y el coro de la policía, sin ser tan bueno, es adecuado.


Carlos Jordán, que interpreta a Landrú, al Jefe de Policía, a Don Alfonso Reyes y en general a todo el mundo, porque la obra demuesta que todos podemos ser cualquier cosa, es astracanado, grotesco y excelente. Hay dos momentos que son sendas cumbres de nuestro raquítico teatro lírico: Jordán cantando Ven, Himeneo a la vera de un cadáver y Jordán cantando "¡Las mataba por dinero! / ¡Qué barbaridad!"


A esto que escribió Jorge Ibargüengoitia lo responde, casi regañando, Carlos Monsiváis en otro artículo publicado en el mismo número de la Revista de la Universidad (no se sabe si por encargo de la dirección de la revista o por defensa espontánea a Alfonso Reyes). A continuación lean a un Carlos Monsiváis muy, muy distinto al Monsiváis irónico que escribiría décadas después Por mi madre bohemios:


Landrú o crítica de la crítica humorística o cómo iniciar una polémica sin previo aviso


A propósito de un gran experimento de la Casa del Lago: Landrú -dirección de Juan José Gurrola y música de Rafael Elizondo-, Jorge Ibargüengoitia intenta demoler la validez literaria de dos textos de don Alfonso Reyes. Y a propósito de Jorge Ibargüengoitia, intentaré, a la vez que señalo mi radical discrepancia con sus opiniones, atisbar algunos de los escollos más evidentes de la crítica en México.


Pero hay que exponer el caso con mayor detalle. Como ustedes ya habrán advertido, Ibargüengoitia - a quien no citaré por gratitud sino por el afán de contradecir - se lanza sobre un mito, el de Henri Desiré Landrú (1869-1922) a quien vuelve a enjuiciar y a quien, por supuesto, vuelve a condenar. Desde el punto de vista de la moral criminal, del asesinato como una de las bellas artes, lo que a JI le resulta intolerable en los exégetas de Landrú, es que no adviertan el burocratismo, la baja artesanía, la sexualidad oportunista de su héroe. Chabrol sería el caso del homenaje que deviene en el aburrimiento de ver morir mujeres. Reyes en cambio, acertaría al desenmascarar el conformismo de Landrú, sus enormes convenciones. Pero Reyes también mostraría el fracaso de las resurrecciones literarias del industrial de la cacería de viudas.


Si no fuera porque Jorge Ibargüengoitia es uno de nuestros mejores críticos teatrales (y el más agudo y regocijante), sus juicios no me importarían. Y antes de decidir si esta observación revela o no mi solidaridad con la estulticia, permítaseme mi defensa. Conviene primero acudir a la campaña de desprestigio por derrumbe que JI desata en relación a Landrú y observar la congruencia aparente de sus argumentos. Y después, promover no la defensa de quien ("primer hombre de letras de Hispanoamérica") por sí solo establece su categoría, sino el recuento de los daños que nos causa la crítica o la reseña impresionista. Porque es muy peligroso que lo pintoresco haga las veces de razonamiento y que se pueda, en nombre del sentido del humor, legalizar la arbitrariedad. Desde luego, fundándose en impresiones -muy eficaces algunas-, en honestidad implacable y en chistes de la mejor ley, se pueden obtener notas convincentes y divertidas. pero estaremos frente a una nueva exaltación del sofisma. Se parte de un chantaje cultural: "el ingenio es elogiable", y se concluye: "luego, el ingenio es verdadero". Y de allí a convertir cada artículo en una picota, linchamiento o paredón, sólo hay un paso.


Ibargüengoitia, después de poner en su sitio a Landrú, afirma que Reyes, entre las muchas cosas que hizo bien, guardó su texto por silenciosos 24 años; 24 años que no le bastaron para dar término a su empresa. Así pues, publicarlo, "exhumarlo", pertenece como acto, más al Vampirismo que al reconocimiento público. En este momento, solicito un paréntesis: estoy seguro que Doña Manuelita, la admirable viuda de Don Alfonso, al confiar a La Casa del Lago el Landrú, no traicionó en modo alguno a su esposo, y sí en cambio se mostró como su fiel albacea literaria. Y quiero también, en la disgresión, declarar, aprovechándome de la atmósfera de frases definitivas, que Landrú es una incursión genial en el calambur, en el lenguaje vivo del pueblo, que nos muestra a un Reyes irónico, ambiguo, muy jovial y que, también no desmerece en el contexto de la obra del autor de El deslinde.


Pero volvamos a Ibargüengoitia en el instante en que, alucinado por la indignación, define sin misericordia a Landrú: "una especia de monólogo de un Segismundo cincuentón o intelectual que lo mismo puede llegar a ser asesino notable que director del Colegio de México". Bella incursión, en efecto, en el terreno de las alusiones finas. ¿Se identifica aquí entonces a Landrú con los anhelos incumplidos de quien el no ser asesino notable, si fue director del Colegio de México? ¿O, simplemente, se ha caído de nuevo en la crítica en bloques, en las descripciones tajantes, de una vez y para siempre de las cosas? Y ahora observemos cómo demuestra JI sus definiciones.


Con anécdotas. O sea, lo que los paremiológicos calificarían como "tomar al rábano por las hojas". Entusiasmado con mi método comparativo, declaro también que a este tipo de crítica los árboles le niegan la posibilidad visual del bosque. JI estipula: Así no se empieza una obra. Un monólogo tan de sopetón, desconcierta, pues nada informa sobre el personaje. Es como sí... (siguen ejemplos clásicos). Pero ocurre que no es como sí... (de nuevo van ejemplos clásicos). Porque el Preludio en la Soledad parte de un hecho criminológico: la realidad de Landrú, y de una certeza: la nota roja es la historia sentimental de Occidente. Por ello, Segismundo puede cometer delitos naciendo, pero si no lo consignan en gacetillas policiales está realmente perdido. Con el solo nombre de la opereta, Reyes nos proporciona una atmósfera criminal y un personaje establecido. No se requería que empezara diciendo: "En enero de 1915, Landrú asesina a Madame Cuchet y a su hijo. Trágico incidente que inicia una carrera de..." aunque esto en rigor exija Ibargüengoitia, quien de inmediato lanza otra objeción: el material de Reyes es muy pobre como para integrar una opereta. Aunque me parece una ortodoxia de JI bastante inesperada y exigente, en este punto es posible admitir que si de géneros se trata no importa que Landrú no sea una opereta sino un crime-for-money-show.


Y ahora un breve recorrido por las técnicas críticas de JI y lo que revelan. El tono de este artículo es el índice de un dramita mexicano: se puede, al prescindir de la oquedad del elogio infinito y del calificar todo como "el experimento que revela nuestra madurez teatral", caer en lo opuesto y resolver problemas de análisis de una obra con un chiste ("Hamlet: sólo un insignificante prontuario policial") o evitar la indagación formal con la ironía, el sarcasmo o la cuchufleta. Nos hace todavía mucha falta el ánimo de expresar con ideas -esas vulgarizaciones organizadas de los chistes- el sentido y las posibilidades dramáticas de una obra, el apremio de juzgarla como un todo y no como una serie de oportunidades para la "puntada". Si se actúa con frivolidad graciosa frente al objeto del examen, se reniega de un principio esencial de la crítica: partir de un respeto elemental hacia lo que se juzga, para concluir, por un proceso orgánico, en la pérdida o en el enriquecimiento de ese respeto. El choteo tiene sus desventajas: una de ellas es que se decide ignorar la lucidez en beneficio de la agilidad circense, y la frase usurpa el lugar de la convicción.


Vayamos al ejemplo. A JI le parece que la cuarteta con que se inicia la obra:


¿Qué suceder es éste, qué armonia
vibrada entre la rueda y el cuadro?
¿Quién al espacio-tiempo me confía?
¿Quién se burla de mí, pues me ha creado?


es "pedante, confusa y floja". A lo cual cabe preguntar: ¿Cuál es el valor de este procedimiento que aisla una cuarteta para mejor enjuiciarla y fusilarla por separado, sin darle la garantía del contexto? Y también, ¿cómo demuesta JI sus sentencias? De igual modo yo podría decir que esa cuarteta me resulta "vivida, teológica y espléndida". Con lo cual, el debate descendería hasta el pugilato de adjetivos o la esgrima de slogans (¡Una obra siniestra! ¡Lo mejor desde Romeo y Julieta!). Otro ejemplo; dice JI que una cuarteta


Y gracias que, de triste, me deslío,
y oceanográficamente me dejo
ir en la barca suelta de mi hastío
hasta el otro hemisferio del espejo.


nos habla de una moda poética periclitada, insoportable. Yo no la advierto así. Me resulta de una sorprendente eficacia estética y encuentro actual, vigente esta poesía. Con lo cual me encuentro en el mero enfrentamiento de juicios, en el careo de opiniones. Y esa actitud de exigir la fe y no la razón en los posibles lectores, ha producido ese ingenuo personaje que confía o recela, pero que tiene, como único argumento de convicción, el nombre que ampara las cuartillas "Lo dice Fulano". ¿Y por qué lo dice? "Porque sabe su cuento". Creo que JI, al atender a la obra de Reyes y juzgarla como el relato sobre "un señor mediocre y vagamente degeneradón", cayó en la trampa de su facilidad humorística: es muy gracioso, pero apartado de un análisis coherente, el afirmar, digamos, que Landrú "no era necrófilo, sino roasbeefilo". Con chistes se puede alejar al lector del desarrollo lógico de un punto de vista.


De esa actitud de resolver de una plumada su compromisos críticos, son testigos implacables los párrafos que JI dedica a otro texto de Reyes, La mano del Comandante Aranda. Sin más trámites le dedica el remalazo de un chiste que podría funcionar referido a un discurso político, pero que al adjudicarse a un escrito con la amenidad de Don Alfonso, se vuelve francamente torpe. Según esto, La mano se podría llamar Cómo matar de tedio en ocho páginas y además "es de una estupidez y densidad verdaderamente lamentables". ¿De qué modo Ibargüengoitia pretende demostrar sus asertos? De ninguno, ya que de la condena abrupta pasa a la sedición, al disgustarse y afligirse porque el público no proteste y silbe ante la majadería que presencia y porque sólo la celebra por inercia y por los disimulados gestos pornográficos de quienes están leyendo.


Y si se relee La mano del Comandante Aranda uno puede, en este desafío de criterio, decidir que Ibargüengoitia sencillamente no entendió el texto. Porque es difícil resumir las aventuras de una mano -como tema y como símbolo contemporáneos- con la riqueza idiomática, la maestría, la erudición sonriente, el humor puro, la cultura afable de Don Alfonso. No hay, ni por asomo, "estupidez y densidad". Y aquí ni siquiera solicito la credulidad para mis afirmaciones.


Por último, y aunque no corresponde a las intenciones de esta nota, quiero sumarme con entusiasmo que sucita la puesta en escena de Juan José Gurrola y la música de Rafael Elizondo, "como en los roaringtwenties". Y no está de más mencionar a esos magníficos actores. Carlos Jordán, Tamra Garina, Marta Verduzco, Pixie Hopkin, María Antonieta Domínguez, y citar la excelente, comprensiva lectura que de la La mano del Comandante Aranda realizan Marta Verduzco y Claudio Obregón.

A lo que Jorge Ibargüengoitia, recontrarevira





y de paso anuncia que el teatro ya lo tiene harto. Téngase en cuenta que esto pasaba a mediados de 1964, cuando ya estaba escrita y enviada (y apuesto que seleccionada ganadora) al premio Casa de las Américas, Relámpagos de Agosto.


Oración fúnebre en honor de Jorge Ibargüengoita


Escribo este artículo nomás para que no digan que me retiré de la crítica porque Monsiváis me puso como Dios al perico (ver el número de junio de esta revista) o porque me corrieron de aquí por mal crítico. No me voy ni arrepentido, ni cesante, ni, mucho menos, a leer las obras completas de Alfonso Reyes. Me voy porque ya me cansé de tener que ir al teatro (actividad que he llegado a detestar), escribir artículos de seis páginas y entregarlos el día 20 de cada mes. Los artículos que escribí, buenos o malos, son los únicos que puedo escribir. Si son ingeniosos (Monsiváis, loc. cit.) es porque tengo ingenio, si son arbitrarios es porque soy arbitrario, y si son humorísticos es porque así veo las cosas, que esto no es virtud, ni defecto, sino peculiaridad. Ni modo. Quien creyó que todo lo que dije fue en serio, es un cándido, y quien creyó que todo fue broma, es un imbécil.


Antes de hacer algún comentario a lo que dijo Monsiváis, quiero advertirle al mismo que no habrá la polémica que creyó iniciar "sin previo aviso", porque si él quiere que la crítica se haga "[partiendo]... de un respeto elemental hacia lo que se juzga, para concluir por un proceso orgánico en la pérdida o en el enriquecimiento de ese respeto", que la haga él, porque para mí, el respeto mismo debe tener una base orgánica y en general puedo decir que respeto mucho más al teatro que a las obras que montan en él y, en particular, que respeto mucho más a Landrú que a Alfonso Reyes.


En cuanto a la acusación de que me hace objeto Monsiváis de "tomar el rábano por las hojas" (expresión que nunca me atervería a usar porque no sé si "tomar" equivale a "coger" o a "confundir") y de emplear frecuentemente expresiones tales como "es como si tal cosa" o "es como si tal otra", debo decir que el recurso aludido me parece perfectamente válido, aunque, claro, requiere cierta pericia en el uso y una habilidad natural para encontrar equivalencias. Acepto los riesgos del procedimiento y por eso lo uso. Monsiváis, en cambio, a pesar de considerarlo ilícito, lo usa para criticarme a mí. Dice, por ejemplo, refiriéndose a mis objeciones al comienzo de Landrú: "No se requería que [la obra] empezara diciendo 'En enero de 1915, Landrú asesina a Madame Cuchet y a su hijo. Trágico incidente que inicia una carrera de...' aunque esto en rigor exija Ibargüengoitia" En las frases contenidas en esa cita hay un "es como si" oculto, porque yo nunca exigí tal cosa. La cita puede redactarse de la siguiente manera: "es como si Ibargüengoitia exigiera que la obra comenzara diciendo, etcétera." "Es como si" yo fuera tan tonto para exigir tal cosa. Porque aunque, como dice Monsiváis, el monólogo parte de la realidad de Landrú, lo único que sabemos de él es eso, precisamente: que, en enero de 1915, asesinó a Madame Cuchet. Pero ¿por qué la asesinó? Monsiváis tiene la certeza de que "la nota roja es la historia sentimental de Occidente". Pero la nota roja sólo nos informa quién mató a quién y dónde y cuándo, el por qué es materia de conjetura y asunto precisamente del cine, del teatro, de la novela, etcétera. Así que ¿por qué asesinó Landrú a Madame Cuchet? Vaya usted a saber, porque el Landrú de don Alfonso Reyes nos responde con otra pregunta:


¿Qué suceder es éste, qué armonia
vibrada entre la rueda y el cuadro?
¿Quién al espacio-tiempo me confía?
¿Quién se burla de mí, pues me ha creado?


Ahora bien, yo pido a mis lectores que se sienten en el teatro a ver a un señor que sale a decir esta cuarteta y verán si entienden a qué rueda y a qué cuadro se refiere don Alfonso, con lo erudito que era. Por eso dije que me parecía "pedante, confusa y floja". En cuanto a mi "Bella incursión... en el terreno de las alusiones finas" (nótese el sarcasmo) "¿Se identifica aquí entonces a Landrú con los anhelos incumplidos de quien al no ser asesino notables, sí fue director de El Colegio de México?" Pues sí. Precisamente. Sólo que la identificación no la hice yo, sino Gurrola. Esto puede comprobarse fácilmente comparando una foto del verdadero Landrú, con las de Alfonso Reyes y Carlos Jordán, para que se vea quién se parece a quién.


Se me acusa de ortodoxia porque dije que la obra no era opereta, pero no es sino otra vez el mismo recurso: "es como si" yo hubiera dicho que no era opereta sino sainete, cuando dije que no era opereta, sino cuatro monólogos y dos coros. El recurso está otra vez mal usado, porque no estaba yo aludiendo al género, sino a lo incompleto de la pieza, y al hecho de que no tiene diálogo, recurso inventado hace dos mil quinientos años.


De La mano del comandante Aranda dije que era tediosa, porque me mató (metafóricamente) de tedio. Si es como afirma Monsiváis, "un resumen de las aventuras de una mano, como tema y como símbolo contemporáneo", cabe advertir que en el resumen faltó hacer mención de la masturbación, omisión que me parece imperdonable en una obra tan ambiciosa.


Por último, quiero hacer notar que Monsiváis también cae en el error del que me acusa, de hacer afirmaciones rotundas al decir: "una certeza: la nota roja es la historia sentimental del Occidente", o bien "la defensa de quien ('primer hombre de letras de Hispanoamérica') por sí solo establece su categoría". ¿Ah, sí? Lo que pasa es que cada quien tiene su cañoncito, unos grandote y otros, chiquito, y cada quien lo usa como puede, pero venirme con la reclamación de que estoy destruyendo prestigios por amor al malabarismo, sale sobrando, porque con otros me he metido y nadie dijo nada. El caso es que decir que Alfonso Reyes escribió dos obras malas (una de las cuales, por cierto, él no se atrevió a publicar) sigue siendo aquí un pecado tan grande "como si" alguien dijera, hace cincuenta años, que Angela Peralta cantaba muy feo, o hace veinticuatro que Francisco Sarabia era un mal piloto. Así que: ¡Viva México! ¡Gloria a los héroes es que nos dieron libertad!

No hallé referencias que indicaran que Monsiváis continuara este duelo de revires. Luis Moncada en un pie de página, comenta: "Era intención de los editores incluir en este volumen el artículo de Carlos Monsiváis titulado Landrú, o crítica de la crítica humorística o cómo iniciar una polémica sin previo aviso. Sin embargo, al no conceder el autor su autorización para publicarlo, remitimos al lector interesado en conocerlo integramente a la Revista de la Universidad..." etcétera.

2 comentarios :

Isaac Parra dijo...

Extraordinarias maneras de revirar, elocuentes, fluidas, ingeniosas e inteligentes.

Héctor Coronado dijo...

Estaba releyendo Viajes en la América ignota. Ahí en Revolución en el jardín, Ibargüengoitia escribe la crónica de su visita de dos semanas a Cuba cuando fue a recibir el premio Casa de las Américas por Relámpagos de Agosto, su primera novela:

"Esto fue en 1964. Era un domingo de cuaresma..."

Por lo que cuando escribió su artículo del Landrú de Alfonso Reyes y el revire a Monsivais ya había recibido el premio y (vuelvo a apostar) comprendido que hacer de dramaturgo no era lo suyo.