martes, enero 01, 2013

Mi quinto metatarsiano roto

Hace unas semanas, comiendo comida con una amiga, abordamos el tema de roturas de huesos. Al llegar mi turno de abrir la boca, no para rellenarla con más comida, sino para contar lo que me había pasado dije cómo había sido mi rotura de hueso más antigua. Fue así, mutatis mutandis:

Cuando estaba en sexto de primaria, durante el periodo de exámenes finales, me avisaron que había yo exentado de no me acuerdo qué examen (español, supongo, por mi habilidad preternatural conjugando en antecopretérito). Para celebrar, salí corriendo al patio de la escuela que a esa hora estaba libre para mí solito. Para seguir celebrando pegué un brinco descomunal desde lo alto de las escaleras al patio. Y para cerrar la celebración caí con mi pie derecho de canto.

El dolor que sentí fue intenso pero soportable, creía que me había yo torcido el tobillo nada más (suceso frecuente hasta la fecha gracias a otra habilidad preternatural que tengo: la de ignorar la orografía del suelo que piso). Pero pasaron las horas y no se iba el dolor, al contrario, iba en pertinaz aumento, hasta que decidí que debía yo mirarme el pie. Cuando quise sacarme el zapato no pude, de tan hinchado que ya tenía el pie. Alarmado, le dije a algún adulto quien con muchos trabajos y un alicate rompió mi zapato y me quitó el calcetín con lo descubrí que el pie que había yo metido esa mañana en el zapato se había metamorfoseado en una bola de carne morada.

Lo que sigue es una lista: llamada a mis padres, llegada de mi madre, regaño, visita a urgencias, visita a rayos x, visita a ortopedia, espera de horas para que alguien me mirara el pie, examen de las placas, diagnóstico de "fractura del quinto metatarsiano derecho" (el dedo chiquito, pues) y tratamiento de 200 vueltas de vendas y yeso que me llegaba hasta la rodilla.

(Paréntesis para tranquilizar lectores: ya mero llego a la parte culminante de la historia y a exponer la razón de poner este larguísimo preámbulo).

Al otro día, en la mañana, llego brincando en mi pata buena a la escuela y después de responder medio centenar de veces a la pregunta "¿qué te pasó?", me ve la directora y me echa un fervorín que hasta la fecha no se me olvida:

- Te rompiste el pie - dijo como si lo que llevara rotos fueran todos los 26 huesos del pie y no nada más uno como lo señalaban claramente las placas del día anterior. - Ya echaste a perder tu baile de graduación y tus vacaciones - remató.

Eso último lo dijo como si lo que se me hubiera echado a perder fuera la vida entera.

Pues bien, ese fue el punto culminante de mi rotura de hueso: el drama que me hizo la directora de la escuela. Han pasado d-é-c-a-d-a-s desde entonces y es de lo que más me acuerdo, del "echaste a perder..." etcétera.

Ahora viene la razón de por qué cuento esto: en mis casi 40 años me he echado una buena cuota de brincos sin fijarme si voy a caer o no bien. Unos han sido literales (y en dos de esos casi me he matado), y otros, la mayoría, han sido metafóricos. Ha habido de los que me han dejado cicatrices y traumas al grado de que me despierto de madrugada pensando "por la gran chingada, ¿qué hice?" y otros, también la mayoría, nomás me dan risa.

Y lo voy a seguir haciendo.

Y al final, seré yo quien los entierre a todos uds para mear en sus tumbas.

Porque puedo y quiero.

Listo. Fin de anécdota larguísima y fin de manifiesto.

1 comentario :

El Corsario Negro dijo...

No de todos, mi amigo, no de todos.

Al final siempre hay alguien mas que patea la tierra sobre nuestra tumba.