martes, diciembre 03, 2013

Trifecta


Justo antes de la caída me sentía bien. Cansado pero bien. Había subido y bajado a brincos y tropezones dos cerros, vadeado un río y pasado por una docena de obstáculos sin hacer burpees de castigo. Incluso cuando el paisaje de San Luis Potosí me parecía contemplativo, me detenía y miraba.

Aún las podía. Las semanas previas de distancias de más de 40K y decenas de rondas combinadas de ejercicios de bodyweight en piso y en barras paralelas se estaban notando. No obstante, estaba yo en el terreno más difícil en el que hubiera corrido.

- Pfff, al lado de este terreno, las otras Spartan fueron como en alfombra - iba pensando.

Tenía ante mí otro cerro para subir. No llevaba ni reloj ni cuentakilómetros. Suponía que quedaba un tercio de los 21K por recorrer. La pendiente no era tan accidentada como en los anteriores cerros y dos corredores, ya agotados, caminaban delante de mí. Yo aún corría.

Me salí del sendero para rebasar, y por ir viendo qué tenis traían puestos ellos en lugar de fijarme donde ponía yo los míos, pisé debajo de la maleza una piedra que rodó. La piedra hizo que rodaran más piedras y que rodara yo.

También rodó mi tobillo sobre sí mismo.

Los otros corredores se detuvieron a ver si no me había yo matado. Hicieron la pregunta solidaria más inútil que se le puede hacer a alguien que se tuerce una pata en una carrera y yace desparratado en el suelo.

- ¿Estás bien?

No estaba bien. Tenía espinas enterradas en la mano y en el brazo del cactus en el que aterricé. Ese era el menor de mis problemas. El tobillo me dolía un carajo. No sólo me lo había torcido, de acuerdo a mi experiencia en torceduras, me había desgarrado algunos ligamentos, y además, la piedra que me hizo rodar me lo había machacado. Evalué qué tanto lo podía mover: rotación lenta a la izquierda, rotación aún más lenta a la derecha. Apenas un 40% de movilidad, juzgué. Ya se estaba comenzando a hinchar.

Eché una mentada.

Los demás corredores me dieron consejos contradictorios. Dejé de escucharlos y me levanté.

- Estoy bien - mentí. - Seguiré caminando.

Cuando se fueron intenté trotar. A los cinco metros me detuve y me senté en el suelo a sobarme la pata.

Me acordé que en la Super Spartan de Valle de Bravo oí a un voluntario diciendo por radio a sus compañeros que había que sacar de la carrera a un corredor que iba rengueando. Me pregunté si el primer voluntario que me viera mandaría a la caballería a rescatarme.

Volví a echar mentadas. Sentí que todo el esfuerzo de meses lo acababa yo de mandar directo y sin escalas a la verga. Por torpe y por no fijarme dónde pisaba. Las torceduras que había tenido a lo largo del año habían sido picaduras de mosco al lado de esta.

Entonces, lo que hizo que recomenzara a correr hace meses, que es lo mismo que hizo que siguiera adelante cuando sentía que ya me estaba yo desarmando en las carreras previas y en las nomedalaganacontar horas de entrenamiento, tomó el volante.

- Levántate hijo de puta, que no oí que sonara la campana.

No fue fuerza de voluntad (si tal cosa existe la mía ha de ser como la de un adicto a la heroína). Si le tuviera que poner un nombre a lo que me movió lo llamaría necedad.

Ensayé unas zancadas, me di cuenta que si me esforzaba por aterrizar con la parte media del pie en lugar de usar la punta, como acostumbro, podía ir a velocidad de trote. Así subí el cerro.

Esa fue la parte fácil. Cuando comenzó la bajada ya no pude correr. El terreno estaba muy desnivelado y en una partes parecía que iba uno en un río de cascajo.

Pasé por el pasamanos, las paredes y la tabla de equlibrio con todo el cuidado del que fuí capaz. Cuando el terreno se nivelaba trotaba. Me rebasaron docenas de corredores. El último kilómetro lo recorrí en mutuas porras con otro corredor que daba 50 zancadas y se detenía por calambres.

Fallé la jabalina y la trepada de cuerda. Maldije esas burpees. Al final pasé el obstáculo de las llamas con más temor por mis tobillos torcidos que por mis tompiates chamuscados. El reloj de la meta decía 3h38m. Casi me abrazo de la guapa que estaba poniendo las medallas a los corredores. Después de ir por mi Trifecta (otra medalla por haber acumulado los tres tipos de Spartan en menos de un año) se me olvidó la torcedura un rato.

El rengueo y el dolor intenso me duraron tres días. El hielo, muchas horas de descanso y probar algo que he aprendido de biomecánica aceleraron la recuperación. Una semana después pude correr de nuevo.

Ahora bien, ¿qué fue lo que aprendí de tanta pinche tortura? Varias cosas. A continuación las enlisto sin orden ni concierto:

1. Ningún tenis con toda la tecnología del mundo (al menos la disponible actualmente), puede sustituir a tus ojos y a tu cerebro. Cuando corras fíjate dónde tienes los pies y dónde los vas a poner. Cuando hagas carreras de trail aumenta esa precaución.

2. Nunca deseches, sin probar antes, un ejercicio que pueda llevarte a mejorar tu equilibrio o tu fuerza o tu flexibilidad o tu coordinación. Pensar de antemano que un movimiento es muy sencillo o que no se ve como un ejercicio badass no es razón para desecharlo.

3. No todo son repeticiones y series. Si descuidas la forma en que te mueves al realizar cualquier ejercicio, importa. E importa mucho. Además procura tener en mente la siguiente pregunta ¿este ejercicio que estoy haciendo me está acercando a mi objetivo? (sí hay que tener uno, si no, sólo te estás haciendo guey). Si la respuesta es no, estás perdiendo el tiempo. Si la respuesta es no lo sé, empieza por averiguarlo.

4. Repetir como perico que tal movimiento va a servir para trabajar tal grupo de músculos, es inútil. También lo es llevar la cuenta de las calorías y las tallas. Lo que importa es cómo te muevas y que comas rico y balanceado, lo demás ya llega como consecuencia.

5. Llenarse de puras lechugas no es rico ni es balanceado.

6. Los períodos de descanso y recuperación son tan importantes como el tiempo de ejercicio.

7. Como todo en la vida, la variedad rifa. Variar tu rutina de ejercicio mejora mucho el desempeño y aparte evita que te aburras y mandes al carajo el progreso que llevas.

8. Hay gente a la que le funciona ejercitarse en grupo para animarse. Yo no soy de esa gente, pero aunque uno vaya por la vida como lobo de las estepas, eso no es excusa para no aprender de otra gente.

9. Martí tiene la peor selección de ropa y tenis para correr.

10. Correr no te hace mejor persona. Ni siquiera te quita un poquito lo hijodeputa que seas. Y tampoco tiene nada de místico ni de espiritual. Nada lo tiene.

11. Entrenar no sirve para que te canses menos. Para lo que sirve es para que cuando llegue el cansancio, no te detengas.

12. El agua es tu amiga. Las bebidas isotónicas, no. Los refrescos ni siquiera los consideres como bebida.

13. Una burbuburguesa o una pizza o unos waffles o unas cervezas o media botella de mezcal (sí, tomo mezcal, porque puedo y quiero) o una orgía de tocino de vez en cuando no van a hacer que se eche a perder tu progreso. No mamar.

14. No a todas las chavas que se van a encontrar en la pista les quedan los leggings. *Se estremece del horror*

15. A la gente le vale pura reata lo que tengas que decir sobre el tema de correr y hacer ejercicio. Lo que tampoco es excusa para que no llenes unas líneas sobre eso. O lo que sea.

pd. ¿Cómo se llamarán 3 trifectas? ¿Tritrifecta? ¿Trifecta inception? ¿Trifecta al cuadrado?

3 comentarios :

Cazador de Tatuajes dijo...

Tres trifectas es una nonofecta.

Me sigue anonadando leer esto.

Anónimo dijo...

Esto sólo prueba mi punto: con cada paso que das al correr, abres una sinapsis. Estás a dos trifectas de distancia de comenzar a ladrar. ¿Cómo se dice nonofecta en el caló de los perros callejeros de Tacuba?

Héctor Coronado dijo...

Se dice "uds corren chistoso, gorditos". Nomás que hay que pronunciarlo despacio para que los lentos como tú entiendan.