martes, octubre 21, 2014

El elevador

El departamento a donde recién me mudé está en un sexto piso. Las escaleras del edificio tienen la característica de provocarle a quien las usa las mismas sensaciones que le provocaba a Ibargüengoitia bajarse de un puente peatonal cuando cruzaba Churubusco: sentir que uno ha escapado de una muerte horrible. Por lo tanto, procuro usar el elevador.

Quien haya programado ese elevador es un bromista. Para abordarlo hay que estar atento a cuando se abra la puerta para lanzarse de un brinco a su interior; si uno se tarda tantito para meterse, la puerta se cierra en las narices de uno. O en un hombro. O en la cadera.

Hoy que ya estaba metido en el elevador, en uno de los pisos inferiores, ví a una pareja de vecinos formada por vecino y vecina cuando se abrieron las puertas del elevador en su piso. En lugar de brincar para adentro, el señor vecino se hizo a un lado para que pasara la señora vecina. La señora vecina comenzó a dar un paso y el elevador al que le vale madres la caballerosidad y esas cosas le cerró la puerta en la nariz y continuó su trayecto hasta la planta baja.

Mientras bajaba iba yo buscando alguna ventaja evolutiva consistente en que una persona con pito se haga a un lado para que pase antes, en un umbral, una persona con vagina. Elucubré que en el pasado remoto, los homínidos que dejaban pasar antes a su compañera a la cueva donde había riesgo de ser devorada por un tigre dientes de sable podían sobrevivir para ir a reproducirse a otro lado más seguro. Pero eso no es consecuente con el comportamiento de los homínidos actuales así que llegué a la planta baja con más dudas.

Ya caminando por la calle se me ocurrió que la ventaja evolutiva quizá consistiera en que las homínidas se sientan atraídas por los homínidos que les ceden el paso, y así se va pasando de generación en generación el comportamiento.

Pero después de comparar eso con mi propia experiencia, me negué a aceptar que a las homínidas actuales les prenda que les cedan el paso. Al menos no a las que trato.

Por lo tanto, concluyo provisionalmente que eso de ceder el paso es una de esas imbecilidades micromachistas que por repetirlas hasta la naúsea por tradición uno no nota que son eso, purititas imbecilidades.

Se me ocurrió la idea de hackear los elevadores de la ciudad para que más gente lo note.

pd. No se me escapa que pude haber detenido la puerta del elevador para que mis vecinos, menos ágiles que yo, pudieran abordarlo. Pero no lo hice para hacerles el favor de que se dieran cuenta que son unas plastas lentas a las que más les vale ponerse a hacer ejercicio. Por lo que considero que me merezco un monumento al buen vecino.

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