lunes, noviembre 03, 2014

#yosiquierofoodtrucks

Mi experiencia comiendo en foodtruck no es mucha pero eso es algo que planeo componer. Como comensal sólo me he zampado una hamburguesa durante los días del Corona Capital más reciente (las otras veces que me dio hambre en el Corona preferí hacer fila en el puesto de dorilocos porque avanzaba más rápido), y el sábado pasado comí un ceviche negro, costra con camarón y agua de coco en uno de los foodtrucks estacionados en la entrada de la Feria de Chapultepec. La hamburguesa costó 40 pesos y el menú marisquero 99 pesos. Con la hamburguesa aguanté hasta que Beck terminó de cantar, y con los mariscos pude ver, sin hambrearme, El Juez, película que dura lo mismo que una cuaresma.

Antes de eso mi experiencia foodtruckera se limitaba a ver los camioncitos con cocina cuando caminaba por la Roma. Había identificado a dos que se habían vuelto parte permanente del paisaje. Uno en la esquina de San Luis Potosí y Medellín y el otro a un costado de la Parroquia del Verbo Encarnado y Sagrada Familia. Ninguno de esos ofrecía algo que me gustara así que nunca me apersoné a comer ahí. Supongo que si ahora voy por esos rumbos no me los voy a encontrar, debido a los esfuerzos del jefe delegacional de la Cuauhtemoc por retirar foodtrucks en la Roma y la Condesa.

Me enteré la semana pasada del retiro de foodtrucks parqueados permanentemente por parte de la delegación Cuauhtemoc gracias a un artículo de un Carlos Mota en El Financiero. Para llegar a la información relevante sobre el retiro de foodtrucks y sobre la ausencia de regulación que hay en la ciudad de México en ese ámbito de comida callejera, tuve que chutarme párrafos escritos con más nostalgia que oficio describiendo o la comida de las mocedades del autor u otro tipo de comida callejera más tradicional. Cuando llegué a la parte donde dice que los foodtruckeros son "en alguna medida, capricho de algunos niños ricos" (Carlos Mota ha de pensar que la oferta gastronómica en la Condesa y la Roma lo hace la UNESCO), comprendí que estaba leyendo a alguien al que no le gustan los foodtrucks, no por la comida sino por emputamiento inexplicable con sus dueños.

Después de algún troleo dedicado a @SOYCarlosMota y a su artículo mal escrito, dos días después reviró en El Financiero. Esta vez diciendo que los foodtruckeros tienen la piel delgada y que por eso no se los imagina haciendo los mismos esfuerzos pedaleros que un tamalero de triciclo. Después de citar a más emputados con los foodtrukeros, por fin Carlos Mota explica porqué no le gustan. Dice: "la pretensión de transformar la Condesa en Tribeca no me apetece mucho."

La imaginación de Carlos Mota trabaja muy raro: no se puede imaginar a un foodtrukero pedaleando un triciclo pero sí se puede imaginar a media docena de foodtruckeros transformando la Roma y la Condesa en NY. Por otro lado, en la Condesa y la Roma hay problemas más críticos, urgentes y reales que resolver que la imaginada manhattanización de sus calles, como se puede ver en este caso de un portero de un edificio de la Roma Norte asesinado por franeleros.

La Condesa como Manhattan no es la única analogía pendeja que se puede apreciar en este foodtruckergate. Por ejemplo, uno de los lectores de Carlos Mota se aventó la siguiente joyita en tuiter.
Me sumo a la posición de @SOYCarlosMota Los #FoodTrucks son a la gastronomía, lo que los discos piratas son a la música.
No sabía yo que los foodtruckeros se metieran a las cocinas de los restaurantes fijos a robarse recetas e ingredientes para malcocinarlos y ofrecerlos a 10 pesos.

Carlos Mota remata su texto con una predicción, realizada más al estilo de Walter Mercado que de periodista especializado en negocios, economía y finanzas: que los foodtrucks "serán llamarada de petate."

Mientras ese petate arde, yo lo que haré será revisar los avisos de la Asociación Mexicana de Foodtrucks vía @foodtrucksmx, para ver en qué evento me los puedo encontrar y así ampliar la variedad de comida que me zampo. Comer en un restaurante, o en un puesto de lámina, o ante un foodtruck para mí es circunstancial. Si el lugar donde como me etiqueta como hipster, o foodie, o el anglicismo que sea el más sobado ahora, me vale reata. Comer es de esas actividades democráticas que todos tenemos que hacer, de preferencia más de una vez al día. La variedad para satisfacer esa necesidad se agradece y es bievenida. Si por embrutecimiento ideológico a Carlos Mota y cia nomás les entra un tamal de triciclo cuando tienen que comer en la calle, pues que se lo coman y que les aproveche.




#yosiquierofoodtrucks

pd. Si así está el mame con los foodtrucks imaginen cuando en esta ciudad haya fucktrucks sin mafia de trata.

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