viernes, enero 23, 2015

"Te la voy a desentreverar enseguida."

Leyendo Autopsias Rápidas, me encontré la réplica que Jorge Ibargüengoitia le hace a Antonio Alatorre por una crítica/reseña sobre Los pasos de López (acá está el libro Los pasos de López para que los que no lo han leído compongan ya esa situación deplorable). En Autopsias Rápidas no viene ni la crítica ni el revire posterior que hizo Alatorre, así que fuí a la Hemeroteca Nacional en la UNAM a pedir prestados los números 69 y 71 de la Revista Vuelta de agosto y octubre de 1982 (¡qué tiempos!) para tener el cuento completo.

A continuación comparto el intercambio de Alatorre e Ibargüengoitia. Disfruten el agarrón de greñas tan educado (del que el título del post es un bonito ejemplo).

Los pasos de López de Jorge Ibargüengoitia 
por Antonio Alatorre
Diré de una vez que parte de lo que aquí va a leerse no ha salido de mí, sino de otros trece lectores, amigos mios, con bandera de estudiantes universitarios (nivel de maestría) navegan conmigo en un seminario de crítica literaria.
No hago más que resumir o ampliar, sin pretensiones de compte-rendu (másbien con un poco de estilización y aun de novelización) algo de lo que ellos y yo dijimos sobre Los pasos de López durante un par de horas. el viernes 14 de mayo por la tarde, después de dedicar una semana a su lectura. Casi todos ellos son buenos lectores. Algunos están mucho más al día que yo en materia de novela hispánica contemporánea, y, por ejemplo, conocen más cosas de Ibargüengoitia que yo. (Una alumna le oyó, hace tiempo, una conferencia que eila recuerda con mucha vividez: "Duró casi tres horas, y todos queriamos que durara más". A mi no me ha tocado asistir a una conferencia de |bargüengoitia).
No es de extrañar que durante nuestra charla hayan surgido aspectos mejor atendidos/entendidos por otros lectores que por mí; la cosa sucede a menudo en ese seminario. Añadiré que el lenguaje crítico que empleamos no se distingue del román paladino en que se le habla al vecino. Varios de los alumnos son perfectamente capaces de imaginar -quizá mejor que yo- lo que sería meter Los pasos de López en el molinito del análisis semiótico-estructuralista (¡la cantidad de instancias actanciales, de intertextualidades y de ideologemas que resultarían!), pero, afortunadamente,ninguno ellos parece interesarse en ese pasatiempo.
La primero que dije fue: "¿Se han fijado en la cantidad de erratas de imprenta?" Y sí, todos los alumnos se habían fijado en eso. Uno de ellos había anotado un pasaje en que la errata no es boba como "laguien" por "alguien", "llagar" por "llegar", "corniza" por "cornisa", etc., sino que afecta al sentido (y confieso que yo no me había dado cuenta, aunque había leído dos vece el pasaje). Punto malo para ediciones Océano (y un poco también para mí). Otro punto malo para Ediciones Océano es el blurb publicitario de las solapas y de la contratapa. Es buenísimo picar la curiosidad del lector. pero hay que picársela con la verdad. No es verdad eso de que "una pregunta, sobre todo, late en la mente del lector a lo largo de la obra: ¿quién es López?" A nosotros no nos latió en la mente semejante pregunta. Desde las primeras páginas entendimos que Domingo Periñon, cura de Ajetreo, es Miguel Hidalgo y Costilla, cura de Dolores; que los corregidores de de Cañada son los corregidores de Querétaro, etc.; y ya en la página 37 sabíamos que "Periñón es López" . El redactor del blurb debe haber pensado que decir eso era descubrir el paste. Pero si hubiera dicho "A Jorge Ibargüengoitia le gusta convertir en gente de carne y hueso a las estatuas, previo traslado de su pedestal al suelo que todos pisamos, y ahora le ha tocado el turno al cura Hidalgo", habría picado mejor la curiosidad, sin descubrir el verdadero pastel. Y en vez de esa frase tan seria y tan metafísica, "El lector supera lejanías con los personajes al ir leyendo las páginas del presente libro", hubiera podido poner ventajosamente otra también seria, pero mucho más concreta, y muy verídica: "Todos los mexicanos, grandes y chicos, debierna leer este libro, es saludable; invita a pensar. Mejor aún: grandes y chicos lo van a hallar divertido". (Una de las alumnas, profesora de preparatoria, nos contó que el lunes anterior les había leído unas páginas a sus alumnos, y el salón se reía a carcajadas, y que el miércoles le pidieron más, y el éxito fue el mismo.) 
Aquí hace falta una aclaración. Salvo en lo relativo a las erratas de imprenta, unánimamente vituperadas, lo dicho en el párrafo anterior no expresa el sentir de todos los miembros del seminario. Somos 11 mexicanos, un puertorriqueño, un venezolano y un argentino. El puertorriqueño, que vive en México desde hace 6 años, tiene acerca de Hidalgo y de la Corregidora nociones suficientes para entender la novela, aunque no tan totalmente como la entendemos los mexicanos: el encontró los dos primeros tercios llenos de humor y de vida, pero de la última parte (la parte bélica) dijo que le había sabido a "coca cola sin gas", mientras que a los mexicanos esta última parte nos pareció ciertamente de tono más grave pero en la misma calidad que el resto, y necesaria además. Lo ocurrido con el venezolano y el argentino, recién llegados ambos a México, es muy distinto. Ellos ni siquiera entendieron nuestra crítica del blurb publicitario. A lo largo de su lectura, ellos sí hicieron suya, ingenuamente, la pregunta "¿quién es Lopez?" (aunque confiesan que la respuesta les llegó poco clara). Salvo cosas como las "mezquiteras" y el "tepetate", entendieron todo lo que se dice en la novela, pero, ígnaros de lo sucedido en México entre julio de 1810 y julio de 1811, lo entendieron de tal forma, que cualquiera de nosotros, sin excluir al puertorriqueño, pudo decirles: "Perdón pero ustedes no han entendido, ustedes no han agarrado el chiste" (y, en efecto, los dos confesaron no haberse divetido gran cosa). Cuando después de oirnos a los demás, vieron de qué se trataba, su reacción fue de desconcierto.
Surgió entonces una hipótesis. Quizá los sudarmericanos tomen más en serio a Bolívar y a San Martín que nosotros a Hidalgo. Se diría que Bolívar y San Martín son más "héroes". Si a alguien se le ocurre echar a andar sus estatuas en una novela, les hará dar pasos heróicos, no pasos "de López". Los mexicanos estamos mejor dispuestos a ver con humor al Padre de la Patria. Por consiguiente, la novela de Ibargüengoitia está destinada al éxito entre nosotros y al fracaso en los demás países de habla española.
La hipótesis nos resultó útil, no por sus posibilidades de llegar a tésis, sino al contrario, porque todos sus elementos son discutibles. No es fácil demostrar que nuestra lectura de Los pasos de López sea mejor que la de los sudamericanos. Esos recién llegados a México, desconocedores de lo que hizo Hidalgo y de lo que es Ibargüengoitia, absolutamente libres de prejuicios (de juicios ya hechos), ¿no están acaso mejor preparados que nosotros para juzgar la novela exclusivamente a base de lo que la novela está dando? El número de representantes del "lector sudamericano" fue notoriamente exiguo, sí, pero ¿quién nos asegura que los 11 mexicanos éramos representativos del "lector mexicano"? Tengo entendido que el Bolívar de Salvador de Madariaga fue poco menos que quemado públicamente en Caracas, sede de una Sociedad Bolivariana con visos de religión; sí, pero ¿quién nos asegura que un guardián de "nuestros valores" como la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística se cruzará de brazos frente a una falta de respeto como la cometida por Ibargüengoitia? (Ojalá ocurriera algo en ese sentido; sería publicidad excelente para una novela que vale la pena). Por otro lado, al final de la segunda solapa se nos notifica que el libro de Ibargüengoitia ha sido "publicado simultáneamente en España, por Argos Vergara, con el título Los conspiradores". En vista del cambio del título dan ganas de ver qué dicen allí las solapas y la contratapa (seguramente no estará la preguntita "¿quién es López?"). Dan ganas de averiguar si también allá la edición es de 12000 ejemplares. Y, sobre todo, dan ganas de saber qué pasa con la profecía de que el libro no podrá tener verdadero éxito sino acá entre nosotros.
De esa hipotética profecía tal vez no va a quedar nada. La novela tiene fuerza de sobra para atraer a muchos lectores españoles (y venezolanos, etc). Pero si un español, buen lector, debidamente enterado, escribe una reseña con deseos de ganar más lectores españoles para el libro hará bien en transmitir algo de información. No mucho, lo equivalente a la información que cualquier mexicano medianamente instruido conserva en la cabeza desde la edad de 10 o 12 años.
La cuestión de la "falta de respeto", indirectamente suscitada por el compañero venezolano, merece un párrafo aparte, puesto que le concedimos buena parte del tiempo. Alguien recordó que "de lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso". Y, en efecto, basta leer con ciertas inflexiones la letra del himno nacional, con su "masiosare" y lo demás para que nos mueva a risa lo que se quiso sublime. Sin embargo, para que la cosa tenga algo más de chiste, generalmente hace falta más de un paso. Los europeos de hacia 1785 sublimaron a Washington, "el Cincinnato de América", y a Franklin, "gloria de la República de de los Filósofos", y en el poema América, (1793) de William Blake aparecen los dos como figuras excelsas que desde este lado del Atlántico le arrojan a Europa vaticinios tremendos, entre relámpagos y furiosas trompetas angélicas. Quince años después (en 1808), John Keats los ve de muy otra manera: Washington, un avaro que vendió hasta el caballo en que hizo sus campañas; Franklin, un cuáquero con mentalidad de tendero. Los pasos que ahí se han dado se deben en parte al tiempo, y en parte a Keats mismo, gran aborrecedor de los Estados Unidos. Pero la "falta de respeto" de Ibargüengoitia es bastante más compleja: no por dejar de ser estatua ha dejado de ser Hidalgo el personaje simpatiquísimo que ciertamente fue: inteligente. buen vividor, generoso, valiente, dueño de sí, loco excepcional. Para creación de Domingo Periñón hacen falta más pasos para que el simple debunking (tal vez sea ésa una razón más para que la novela se llama "Los pasos de López", sugirió alguien). Tiene razón Ibargüengoitia en haberse encariñado con semejante personaje.
Con las salvedades mencionadas puede decirse que la novela fue aplaudida por un buen grupo de lectores el pasado 14 de mayo. Pero no vaya a creerse que el sonido de los aplausos fue parejo. Además, buena parte del tiempo la dedicamos a hablar de lo que en román paladino recibe el nombre de "defectos". Aquí el terreno es muy movedizo, lo que para unos es defecto, para otros no lo es, y hasta puede ser todo lo contrario. ¿Es defecto o no, por ejemplo, el que Ibargüengoitia haya prescindido del Pípila? Me limito, pues, a indicar sumariamente 3 de las críticas que se escuchan a) quitarle a Periñón el componente "intelectual" (Hidalgo lector de lo prohibido) es empobrecerlo, b) algunos nombres están bien, pero otros desafinan, sugieren farsa cuando la novela no es farsa: están bien Plan de Abajo (= el Bajío) y Chiriguato, y Periñón mismo, pero no el padre Pinole, ni el licenciado Manubrio, ni el convento de Santa Derrengada (aunque eso suene a Santa Radegunda); y c) las canciones de las páginas 21, 70 y 146 son imperdonables: imposible hallarle función a semejante torpeza en la hechura de los octosílabos.
La crítica literario no es una ciencia de lo absoluto, sino una compresión de lo relativo. Pondré dos ejemplos concretos, y con eso terminaré. El primero es el perrito de le Corregidora. A varios de los lectores los fastidió ("Una mención bastaba, dos cuando mucho"): yo les pregunté si la intención de Ibargüengoitia no habrá sido justamente comunicarnos la irritación que producen ciertos perritos latosos. y no supieron qué contestarme. El segundo es lo que ocurre en las páginas 36 y 37. Se ensaya una comedia de mucho sabor 1810 (la dama se llama Rosina y el galán Lindoro). Todos los lectores celebraron la metida de pata de Matías Chandón, pero sólo uno paró mientes en el título de la comedia, La precaución inútil, y en el sentido de una información aparentemente trivial: "Periñón era López, criado de Lindoro y el personaje más interesante de la comedia", puesto que "él enredaba y desenredaba la acción, resolvía todos los problemas y al final recibía todos los castigos". La novela de lbargüengoitia está nutrida de imaginación. de invención muy refinada a veces. Pero los refinamientos no siempre se descubren a primera vista.
Ahora va lo que contestó Ibargüengoitia

Una réplica a Antonio Alatorre
Recibí ayer Vuelta y pude leer por fin tu nota, que ya me habían anunciado Kinos, Octavio Paz y Enrique Krauze. Me gustó y te la agradezco mucho, aunque te confieso que me hubiera interesado más leer la opinión de un lector -siendo tú- que la de 14, sobre todo por ser varios de ellos, o la mayoría, lectores semiprofesionales; gente que no lee por gusto sino por es parte de su trabajo -dar clases de literatura- y que sin embargo carece -por lo general- de experiencia de escritor.
Me halaga saber que una de tus alumnas estuvo en una conferencia mía en la que hablé tres horas y la gente quería que siguiera. Me halaga y me asombra. En mi memoria todas las conferencias que he dado fueron de tormento.
Me gusta que otra alumna -o la misma- haya leido en clase parte del libro y que la lectura haya tenido éxito. Estoy de acuerdo en las observaciones que haces sobre la edición mexicana y me encanta la solapa que propones.
No entiendo por qué dices que seria interesante saber cuál ha sido la reacción en España y de qué tamaño fue la edición. Podías habérmelo preguntado. La reacción de la critica española fue una tercera parte entusiasta, la mitad favorable y el 16.6% tibia: alguien dijo que libro era una obra menor, pero nadie dijo que fuera una mierda. La edición fue de 30,000 ejemplares. No sé cuantos se habrán vendido. Otra cosa: todos los críticos españoles se dieron cuenta de que este libro se refería a un levantamiento fracasado que ocurrió en 1810, pero ninguno se imaginó que el señor fusilado sea el Padre de la Patria.
Respecto a la discusión sobre héroes quiero decirte lo siguiente: si el venezolano o el argentino que asisten a tu seminario dijeron algo en la discusión que pueda reducirse a una alusión a la “falta de respeto" a los héroes, espero que se deba a limitación del individuo y no a una caracteristica nacional. Al considerar a la América del Sur los mexicanos tenemos la tendencia a asombramos de que existan pueblos política y cívicamente mas inmaduros que nosotros. Posiblemente lo sean, pero yo tengo la sospecha de que más bien lo que pasa es que somos diferentes a ellos. Nuestra historia es oscura. sangrienta y en general masoquista. Nuestros héroes predilectos son los que perdieron las guerras y murieron por órdenes del vencedor taimado -como tú dirias, "punto bueno al que le quemen las patas"-. El héroe mexicano de segunda muere a destiempo en su oficina, el de tercera vence, el triunfo se le sube a la cabeza, comete una serie de errores, se desprestigia y es fusilado. Los grandes villanos mueren en su cama: Cortés, Porfirio Díaz y Huerta. Si Maximiliano hubiera logrado escapar sería aborrecido. Murió fusilado y dando propinas, por eso en los corazones de ciertos msxicanos arde una llamita en su honor. Los únicos candidatos a héroes que tiene el PRI -en más de 50 años de ejercicio- son gente que murió en accidentes de aviación inexplicados, Madrazo &; Co. Compara ese cuadro con Bolívar: sobrevivió la época de las conspiraciones, ganó la guerra, dividió geográficamente Sudamérica e inauguró una casta militar que en varios países sigue en el poder. His is a success history. En el Sur es el número uno de los héroes, en México sería el peor de los villanos.
Pero no hay que envanecerse por nuestra simpatía hacia los caídos. Lo que he dicho se refiere solamente al culto de los muertos: el que triunfa tiene una cola de lambiscones; en cambio, "el que se equivoca -como dijo un amigo mío, antes burócrata y ahora político- se va". Se puede agregar: a gozar de sus millones en la intimidad.
Sobre los defectos de la novela.
No admito la observación que hizo alguien: que prescindir del Pípila sea un defecto de la novela. Ésta trata la toma de Cuévano y la Troje de la Requinta, no la toma de Guanajuato y de Granaditas. Son dos batallas diferentes, y la que yo inventé la escribo como me da la gana. El episodio del Pípila siempre me ha parecido una tontería piadosa: el minero humilde arriesga la vida y vence al Imperio español. Si lo hubiera incluido en la novela empezaría asi:
"Al ver la calle llena de muertos, Periñón llama a un hombre que está parado en una esquina y le dice:
-¿Cómo te llamas, muchacho?
-Me dicen al Pípila, señor cura.
-Bueno, mira, Pípila: coge esa piedra y póntela en la cabeza, coge esa tea, ve a aquella puerta y préndele fuego".
Prefiero el "Niño" y el cañonazo. El Pípila histórico, si es que existió, requiere una docena de Pípilas, que son los que llevan la leña y la dejan contra la puerta, y es la fogata lo que incendia la puerta. Con una tea no se quema una puerta de alhóndiga.
La idea de que ciertos nombres son de farsa y otros no, puede ser aristotélica pero no es interesante. Si uno de mis curas se llamara el Abate Melcachote admitiría que el nombre estaria fuera de lugar en la novela, pero Pinole y Manubrio me parecen tan sobrios como Chandón y Periñón -que son marcas de champaña.
Que hago omisión del Hidalgo lector de libros prohibidos ¿Cuáles serían los libros prohibidos? ¿Voltaire? ¿The Federalist? Me lo imagino leyendo a Ariosto. Para el lector moderno “libro prohibido" es un concepto muy vago.
Tu reproche sobre los octosílabos "imperdobables" de Periñón me parece también injusto. Ningún personaje tiene obligación de ser mejor versificador que su autor. Ni Periñón pretende en el libro ni yo he pretendido en la vida ser poeta. La noticia de que lo que escribí son octosilabos me deja tan asombrado como la de que sabia hablar en prosa dejó al burgués gentilhombre. I didn't mean them to be octosyllabic.
No tomes estas respuestas por altanería o como rechazo. Sé que el libro tiene defectos y limitaciones. Mas que tener limitaciones es un libro limitado. Un libro, como tú dices, para México. Deapués de escribirlo me di cuenta de una cosa que lo hubiera enriquecido. Pero no vuelvo a escribirlo ni loco. Lo que se me ocurrió se quedó fuera. Ni modo.
Quiero agradecerte a ti por hacer la nota y a los catorce por haber leído el libro y discutirlo, con indulgencia plenaria especial a los que les gustó.
Jorge Ibargüengoitia
A lo que Alatorre contrarreplica (el énfasis en negritas es mío).

Ya Kinos me había anunciado tu carta, que encuentro hoy en mi casa, al regresar de un viaje por la región de Huetamaro. Tenía cierta curiosidad por ver qué querías decirme y en qué tono me lo ibas a decir. Curiosidad normal (¡quién hubiera dicho que tú y yo íbamos a "escribirnos" alguna vez!), salpicada con un poco de paranoia (siento, muy en el fondo, que tú, muy en e| fondo, me sientes como el profesorcito aburridón que sin duda fui para ti, en efecto, hace muchísimos años). Y bueno, tu carta dice cosas normales y muy claras, y el tono es el justo. Espero no salirme de él en mi respuesta.
No es muy distinto el tono en que nos hablamos o tratamos de hablarnos los miembros de ese seminario de crítica que tú me ninguneas al comienzo de tu carta. Tu descalificación de mis alumnos, "gente que no lee por gusto sino porque es parte de su trabajo, y que sin embargo carece de experiencia de escritor" (el "sin embargo" se me escapa un poco). me hace ver que tu idea del estudiante de letras está medio estereotipada y pide algo de mise au point. No hablo de culpa tuya, claro. Tú hiciste muy bien de huir precipitadamente de las clases de Filosofía y Letras (suelo mencionarte a tí y a Carlos Monsiváis como módelos del buen jucio), y me imagino que más tarde cuando llegó tu etapa de profesor de literatura, echaste un profundo suspiro de alivio, pero la idea que pareces haber guardado adolece de elementalidad. Yo, aquí, te llevo una fuerte ventaja: hace 30 años que doy clases en Filosofía y Letras (con esto, además que quizá ignoras: las doy por amor al arte: lo que gano como "profesor por horas" ha sido siempre una ridiculez). 
"Gente que no lee por gusto sino porque es parte de su trabajo" la sigue habiendo, desde luego. ¿Dónde no? ¿Cuándo no? Pero hay variedades que quizá tú no conoces. En mi semanario suele haber uno o dos estudiantes que no figuran en la lista: han completado ya sus "créditos", y si asisten es justamente por gusto. Además, entre los que asisten para apuntarse un "crédito" nunca faltan los que tienen -o los que recuperan- el gusto de leer y de decir lo que verdaderamente sienten acerca de lo leído, ni más ni menos que como a Kinos y a mí nos da a veces por hablar de música o de cine (también de libros incluyendo los tuyos, aunque nuestra conversación sobre Los pasos de López ha sido más bien parcial. Lo único que hay de obligación es la lectura -una lectura lo más lectura posible- de la obra que se comenta. Ese viernes 14 de mayo todos habíamos cumplido la obligación de leer tu novela. Fui yo quien la propuso como tarea, pero en general las propuestas vienen de los alumnos, de manera que si en este semestre que acaba de pasar ellos leyeron tu novela por obligación y no por gusto (puesto que no salió de ellos la idea), también yo leí por obligación lo que ellos propusieron, por ejemplo, la siempre fresca Muerte sin fin y dos cosas que para mí fueron descubrimiento, porque de tan "conocidas", nunca las había leído: El hombre invisible de H. G. Wells y el Frankenstein de Mary Shelley. -Por supuesto, el grado de madurez de los estudiantes no es uniforme. Pero nunca me han faltado los dos, tres o más buenos lectores que bastan para fermentar la masa. Al final del semestre la calificación es pareja y significa: "Fulano(a) asistió y participó en la medida de sus fuerzas". 
Me he detenido en todo esto porque das la impresión de no haber tomado en serio lo que digo en mi reseña: "Algunos de los miembros del seminario están mucho más al día que yo en materia de novela hispánica contemporánea, y, por ejemplo, conocen más cosas de Ibargüengoitia que yo". Para probarte que no es un truco retórico, te diré que yo no he leído Las muertas (Kinos ha prometido prestarme su ejemplar, pero se ha ido pasando el tiempo, y tampoco he insistido; en fin, ya llegará el día). Si callé ese dato concreto en mi reseña fue por no meterme en lo excesivamente autobiográfico, y también por cierta vergüenza (no mucha, puesto que no estoy dando un curso magisterial sobre "la novelística de Ibargüengoitia), pero ahora viene al caso porque varios de los alumnos, creo recordad que unos 4 o 5, sí habían leído Las muertas (no por obligación que yo sepa, ¡por gusto!), y uno de ellos sostuvo que Las muertas es una novela más fluida, más redonda, más plenamente satisfactoria que Los pasos de López a pesar de todos los atractivos de esta última. Yo, claro, me abstuve de meter cuchara, y me limité a tratar de suscitar un agarrón entre él y los otros 3 o 4 lectores de Las muertas (pero, que yo recuerde, no se llegó a gran cosa, seguramente porque esos otros 3 o 4 leyeron Los pasos sin afán comparatista). 
Se me ocurre comentar también tu exnpicación de lo que hacen mis alumnos: su trabajo, dices, es "dar clases de literatura". Yo menciono en mi reseña a una alumna que hace eso (la que las llevó a sus alumnos, por gusto, ciertos trozos de tu libro; distinta, por cierto, de la que aguantó con gusto les tres horas de tu conferencia). Pero no todos dan clases. Algunos piensen en su tesis, y hasta la están escribiendo. Y no faltan los metidos en la aventura de une revista literaria. 
En cuanto a tu observación de que esta gente “carece -por lo general- de experiencia de escritor", si lo que quieres decir es que para juzgar a un escritor hay que ser escritor, sencillamente no estoy de acuerdo. El lector es consumidor, no productor de literatura, y el buen crítico no es más qua un buen lector que hace explícita su reacción. Perdón si esta definición te parece muy radical (o muy pendeja), pero es lo que siento. Hay buenos críticos que ni siquiera ponen por escrito su reacción: se limitan e platicarla (Kinos - por ejemplo). Y, desde luego, no hace falta ser poeta nerudiano para hablar en serio sobre Neruda. (Añadiré que en este semestre pasado había en el grupo por lo menos dos autores de libros publicados: un cuentista y una novela, dignos los dos de ser tomados en cuenta, sobre todo la novelista. Por suerte, nunca me han faltado alumnos de este tipo.)Me meto en tanto detalle porque creo que en México se escribe poco acerca de lo que significa "enseñar literatura", y eso poco no suele calar muy hondo (excepción notable Gabriel Zaid). Se pueden enseñar montones de cosas acerca de la literatura, pero la literatur en sí no es cosa que se enseñe y se aprenda: nadie enseña novela, nadie aprende poesía. Los sistemas, en este terreno de la enseñanza universitaria de la literatura, siempre causan más mal que bien, y por eso mi único sistema es el asistematicismo, o de plano el antisistematicismo. Una parte de mi tarea en el seminario de crítica, consiste en "desenseñar", lo más sutilmente que puedo, cosas que los estudiantes creen haber aprendido, por ejemplo métodos de análisis. Lo que en mi reseña digo del "análisis semiótico-estructuralista" está cargado de intención. (Puede ser que te interese el trabajo que te mando junto con esta carta publicado en la Revista de la Universidad en diciembre del año pasado. He tenido ganas de que alguien me replique, pero Tomás Segovia ya profetizó que me voy a quedar con ellas.) 
Vuelvo a tu carta. Eso que dices al comienzo: "me hubiera interesado más leer la opinión de un lector -siendo tú- que la de 14", me hace sentirme (¡ejem!) un Edmund Wilson, pero no es justo. La forma que le di a la reseña (resumen estilizado de una charla entre 14 individuos) no sólo te ha suministrado esas dos alegrías concretas que mencionas en los párrafos 2 y 3 de tu carta, sino que te ha movido a escribir todo el resto. Tu carta es la mejor prueba de que el intercambio de opiniones sobre tu libro fue jugoso. Mi opinión personal está fundida o entreverada en la opinión colectiva, y no siento que por eso valga menos. Te la voy a desentreverar en seguida, para que veas que no estoy escurriendo el bulto, pero es casi como si me obligaras a empobrecerla, a hacerla todavía más contingente. Al final de la reseña digo que la crítica no es una ciencia de lo absoluto, sino una comprensión de lo relativo. Podría estar mejor dicho, pero no importa. Lo que quiero decir es que la crítica está más en su negocio cuando suscita preguntas que cuando sentencia que algo es así o asado y no de otra manera. 
En mi opinión personal sobre Los pasos de López entran dos elementos previos, y básicos. El primero es tu fama, Jorge; o, mejor dicho, lo que tengo yo de representante o testigo de tu fama. Soy uno de los que te han leído desde que comenzaste. Cuando escribías en Universidad de México, en Excélsior, ahora en Vuelta, lo primero que yo leía era tu colaboración, y estoy seguro que eso les ha pasado a muchos. Tus cosas traen, además, una marca de fábrica que tú mismo tendrás que reconocer como tal: un humor, un mordant especial, una causticidad típicamente tuya. Esta marca de fábrica, que yo llamaría por short, "realismo ibargüengoitiano" (a lo mejor algún crítico ya se me adelantó), siempre me ha fascinado. Eres en verdad, un caso rather unique "en nuestro medio". (Jamás olvidaré el shock formidable de aquella crónica teatral que hiciste sobre el Landrú de Don Alfonso.) 
El segundo elemento, ya más concreto, es la impresión de verdor, de salud que dejó en mi la lectura de Los relámpagos de agosto. Me llegó el libro directamente de la Habana, aún oloroso a tinta, y fue una fiesta. Lo que había leído de tí -y aquí tengo que decir que nunca leí Susana y los jóvenes ni varias otras cosas cuyo título ni siquiera tengo presente- se me presentaba como introducción al gran camino que habías hallado. A fines de ese mismo año 1964, di en la embajada de México en la India (el embajador era Octavio Paz) una de esas conferencias que se hacen en inglés por cierto, para comunicar a extranjeros y desconocidos alguna que otra idea o noticia de actualidad sobre la cultura en México; una de esas conferencias que luego se arrojan al cesto. En ella hablé de un autor joven (no mencioné tu nombre, pues ¿qué les iba a decir tu nombre a esos hindúes?) cuya divertidísima novela The lightnings of august trataba el mito de la Revolución de tal manera, que constituía por sí sola todo un augurio o señal de que la novela estaba llegando en México a un buen grado de salud, de madurez, de autenticidad. No recuerdo que tan pedantemente lo dije. Y, además, ni siquiera recordaría haberlo dicho de no ser por lo que ocurrió al terminar la conferencia. Hubo preguntas y respuestas, y uno de esos hindúes se declaró interesado en lo que yo decía de The lightnings of august, y me pidió que le dijera el nombre del autor (estaba preparado para anotarlo en un papel en que evidentemente había ya escrito el título). Yo lo previne de que el nombre no iba a ser fácil de anotar, y a continuación lo dije, muy despacio. Lo que mejor recuerdo es la risa que provocó tu apellido en los circunstantes. 
Ahora veo que tengo que mencionar un tercer elemento previo: mi interés personal por Hidalgo & Co. Ahí te van estos datos: a) Hidalgo en la historia de México platicada por la maestra, en mi pueblo (no existía libro de texto); b) la misma historia, explicada desde el ángulo más hispano-católico imaginable, en cierta institución religiosa; c) la "Oda de Hidalgo" en verso libre que Juan José Arreola y yo escribimos al alimón, un lejanísimo 16 de septiembre, en una servilleta de café tapatío (en un verso llamaba yo a Hidalgo "anciano un poco ridículo"); d) el Proceso de Hidalgo que muchos años después me obligó Juan Rulfo a comprar en El Ágora, porque ya se estaba haciendo libro raro (y se lo agradezco porque vale la pena leerlo); y, por último, e) la serie normal de lecturas, conversaciones, reflexiones, etc. que a lo largo del tiempo, sin buscarlas, he tenido de Hidalgo y su loca empresa (aquí entran, por ejemplo, otros dos amigos míos: Luis González y Luis Villoro). 
Dados esos tres elementos previos, ¿cómo respondí a Los pasos de López? Respondí con entusiasmo. Sentí y siento que es tu libro más maduro, más sólido. Y al mismo tiempo sentí y siento que no es perfecto. (Tú dices: "es un libro limitado", cosa que yo no diría, porque puede malinterpretarse la palabra "limitado", y si se interpreta bien, como equivalente de "que tiene límites", ¿qué libro no es limitado? Prefiero, por más inequívoca, la expresión "no perfecto".) Pero fíjate en esas palabras que he subrayado: sentí al mismo tiempo las dos cosas. 
Aquí voy a ir un poco más despacio. Este libro, Los pasos de Lopez. es el primero que deja atrás el maldito deslumbramiento causado en 1964 por Los relámpagos, -y lo llamo "maldito" porque a lo mejor me impidió apreciar debidamente esa novela intermedia, Maten al león, que me divirtió enormidades, por supuesto, pero que no me arrancó sino un "Qué bien. Jorge se mantiene en forma" (como si estuvieras viviendo de la renta de Los relámpagos). No sé si hice una lectura especialmente atenta de Los pasos por la "obligación" del seminario. El caso es que ya en las 4 primeras páginas, de la 7 a la 10, me sentí agarrado, y mi juicio estaba básicamente hecho. El material, la época, el enfoque, todo es aquí más complejo que en Los relámpagos. Y todo lo conduces con mano maestra: los antecedentes de la vida de Periñón (la sotana revolcada), lo tres primeros encuentros del narrador con el cura, la gradual entrada de los personajes, y el lenguaje, y todo. En la pág. 10 me hice, por así decir, la promesa de una lectura placentera, bien satifactoria; y, aunque hubo rasposidades, la promesa nunca me salió fallida. Si el papel del novelista consiste esencialmente en no aflojar su fuerza de invención, el del lector consiste en no aflojar sus ganas de seguir leyendo. Y estas dos cosas, que para mí no tienen vuelta de hoja, funcionaron de cabo a rabo. El "realismo ibargüengoitiano", tu marca de fábrica, está ahí echando chispas. Pero al mismo tiempo hay el descubrimiento de las rasposidades. Sin salirme de las 4 primeras páginas, aquí están esos nombres, Pinole y Manubrio, que siguen atorándoseme aunque tú los defiendas y hasta me insultes llamándome aristotélico. Para mí, están justamente "en serie" con Melcachote. (Pinole, Menubrio y Melcachote son nombres de títeres, y tu novela no es guiñol; a Santa Derrengada no la menciono para no salirme de las cuatro páginas.) Espero que veas, primero, lo irracional de la frontera entre nombres que están en su lugar y nombres que están fuere de lugar, y segundo, lo inútil de nuestro pleito, que sólo podría ser dirimido por un plebiscito o por un concilio ecuménico de lectores. El caso es que si te jodo con estos datallitos (y añado otro aún más pendejo: ¿por qué el padre Pinole" pero "el presbítero Concha", si "padre" y "presbítero" dan lo mismo?) es porque, según yo, me estás fallando, aunque sea, digamos, en un 0.1%. La calidad del 99.99%, su justeza de tono, etc., me vuelven exigente v me hacen pedirte la misma calidad, la misma justeza en todo. Tú eres el causante de mis exigencias. Y me atrevo a lanzar esta paradojita: el lector que pasa por encima de las rasposidades, el que ni siquiera las nota, es un lector menos entusiasta que yo: no está tan comprometido con la lectura; probablemente no la está gozando tanto. 
He hecho esta especie de anatomía y fisiología de mi reacción a las 4 primeras páginas para darte idea de lo que ocurrió con el resto. Voy a detenerme en 3 o 4 cosas. 
Tu defensa de los versos cojos me deja impertérrito. Ni Periñón ni tú necesitaban ser poetas para hacer versos un poco más presentables. Decir "Hay muertos que no hacen ruido / y es más grande su penar", o "Por un cabo doy dos reales, / por un sargento un tostón", etc., no es un hecho de poesía, sino un simple hecho de lenguaje, y a nadie le hace falta saber qué cosa es octosílabo para reírse del yucateco que compuso esta bomba: "Me subí al palo más alto / por ver si te divisaba; / pero como no venías, / pos me bajé". 
En mi reseña me limito a preguntar si "es defecto o no" la omisión del Pípila. Es una pregunta honrada, tan abierta al "sí" como al "no". Pero ahora, por joder, decido contestar "sí". Eso de que el novelista escribe como le da la gana es una verdad como un templo. También estoy totalmente de acuerdo en que el "Niño" y el cañonazo son hallazgos espléndidos, pero no veo porqué con eso quedas dispensado de haberle dado su buena vuelta de tuerca al mito del Pípila, como se la das a lo demás. Y fíjate que digo mito y no anécdota (la tontería piadosa surgió de un sueño colectivo: al lado de esos gallardos capitanes criollos, bien comidos y bien trabajados, dueños de nombres y títulos, había que poner, con su atuendo propio y con su nombre adecuado, a un representante de la indiada y del peladaje). Naturalmente, la anécdota misma estaria transformada. En todo caso, encuentro tramposo el diálogo que inventas entre Periñón y el Pípila. Claro que es malo. puesto que adrede lo has hecho malo. No pones ni un centavo de invención: ni siquiera haces la operación elemental de cambiarle nombre al Pípila. Yo sugería "el Zanate", o "el Ticuz" (¿hay esos pájaros en Guanajuato?). No se me ocurre qué es lo que hace, pero oigo claritas las voces de la chusma: "¡Tú le das, Ticuz! ¡Órale Ticuz, tú no te rajas!" 
Ya ves con qué poca solidez y objetividad manejo el concepto de "defecto". 
Lo que estoy diciendo es hasta descortés, porque equivale a: me gustaría que me dieras más de lo que me das. Bueno, pues en ese sentido afirmo que el defecto más grande de tu libro es la eliminación del "componente intelectual" del cura Hidalgo. "Para la creación de Domingo Periñón -digo en la reseña- hacen falta más pasos que para el simple "debunkíng" (y corrijo aquí una errata que desfigura mi frase). La estatua que está de patitas en su pedestal es tan inmóvil e inerte como la que ha sufrido debunking. Tu Periñón, en cambio, ¡cómo se mueve! Es un personaje coherente en sus muchas dimensiones, vivo, incomparablemente más cercano al Hidalgo de carne y hueso que el unidimensional Hidalgo heroico. No te veo documentándote pera componer Los pasos de López: leyendo lápiz en mano, por ejemplo, a Lucas Alamán. Tampoco yo hice nada de eso al escribir mi reseña ni lo estoy haciendo ahorita). Trabajaste evidentemente, como yo, a base de lo va ya sabido y de lo ya pensado. Inventaste cuando y como te convino, pero también aceptaste la historia cuando y como te convino, y así Periñón (pág. 8), igual que Hidalgo, cría gusanos de seda y cultiva la vid. Y ocurre que en lo ya sabido y pensado por mí acerca de Hidalgo entra muy poderosamente ese componente intelectual que digo, y que ejemplifico con la lectura de "lo prohibido". Tú te zafas diciendo que "para el lector moderno, ‘libro prohibido’ es un concepto muy vago". Claro, pero entonces digo que obligación tuya era volvérselo preciso y significativo. 
¿De qué manera? Eso. allá tú. Me gusta tu intuición de que Hidalgo leía a Ariosto (y yo añado: en italiano); pero Hidalgo estuvo también en contacto con productos Iiterarios "modernos" que para el establishment español, político y religioso, eran lo diabólico. Hidalgo, para mí, está "en serie" con esos abates del siglo XVIII que abundan en Francia e Italia y escasean en el mundo ibérico: deístas, agnósticos, masones, escudriñadores de ideas, críticos mordaces de los saberes y los abusos tradicionales, lectores activos, interesados en las ciencias, cultivadores de la vid y la morera, y además "libertinos", o sea amigos de vivir bien. Eran clérigos, pero se pasaban por el culo todas las ordenanzas y constituciones eclesiásticas. (Es decir, no todas: tampoco tenían vocación de mártires.) ¡Y a un hombre así le tocó dar el Grito de Dolores que dentro de unos días vamos a conmemorar! ¡Cómo me hubiera gustado encontrar en tu Periñón algo equivalente o correspondiente a esa dimensión de mi Hidalgo! Pero, repito: nada de lo que estoy diciendo tiene fuerza probatoria. No quiero convencerte de nada, sino decirte lo que siento, y de ninguna manera te estoy invitando a preparar una edición corregida y aumentada de tu libro. (Me gustaría, eso sí, saber que es la "cosa que lo hubiera enriquecido", y que se te ocurrió demasiado tarde.) 
En cuanto al debunking del héroe, se me ocurre una pequeñísima aclaración. Todo lo que digo de la "falta de respeto" está en forma de pregunta. Obviamente mi venezolano y mi argentino constituyen un muestreo insignificante, pero resultaron útiles suscitadores de una hipótesis que se refiere, en apariencia, a algo ajeno a la bondad de tu libro, pero que sin embargo no es frívola, pues no es lo mismo tener 50,000 lectores que sólo 500. De ahí la curiosidad por la suerte de la edición española. (Dices que eso podría habértelo preguntado. La verdad no me veo telegrafiándote: "Para fines de estudio comparativo pasos López úrgenme datos".) La pequeñísima aclaración se refiere a una de las últimas frases de tu carta: "(Los pasos de López) es un libro, como tú dices, para México". No, yo no lo digo: yo lo pregunto nomás. Por otra parte, lo que me cuentas de la reacción española no es como para concluir semejante cosa. Finalmente, es cuanto a la reacción de mi venezolano y mi argentino, tu "sospecha" de que los mexicanos seamos diferentes de los sudamericanos ¿no equivale a postular "características nacionales"? Dejo la pregunta al aire, y prefiero atenerme a esa observación capital que haces. Bolívar tuvo éxito donde el pintoresco cura Hidalgo fracasó. Por eso no hay en México un "órgano" como el increíble Boletín de la Sociedad Bolivariana de Venezuela, trimestral, gordo, nutrido durante años y años de exaltaciones y loores del Prócer.
Antonio Alatorre
Fin de este larguísimo post. Al menos lo que se dijeron Ibargüengoitia y Alatorre sobre Los pasos de Lópes no excede la extensión de la novela.
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pd. A mí sí se me hace "más novela" Las Muertas que Los pasos de López, pero eso es porque cuentos de Hidalgo me los tuve que zampar desde el primer Grito de Independencia que me acuerdo. Por lo tanto, la historia de unas proxenetas-entierra-empleadas del Bajío fue más novel que la historia de un viejito levantándose en armas contra los gachupines.

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