jueves, diciembre 22, 2016

Revólver místico para renacer en la maternidad - Expo en El Amate


Antecedentes del lugar para no Cuernavacos

El Amate es un exdelfinario convertido en Centro Cultural / Museo. Las paredes que en este siglo se usan para colgar arte, en los noventas contenían agua y lágrimas de cetáceo. Si se asoman por detrás del Amate aún se pueden apreciar las ruinas de las gradas donde el público se sentaba a aplaudir los brincos de los delfines.

Me gusta imaginarme que el acuario se vació a ritmo de So long and thanks for all the fish.

A su vez, el Amate está en el fondo de una barranca. El nombre oficial es Parque Ecológico Barranca de Chapultepec. Llega uno a la entrada, le esculcan las alforjas para ver que no contengan comida de contrabando y a continuación, hay que caminar 1150 mts (esta cifra puede variar dependiendo de la longitud de las piernas del visitante) entre árboles, río, patos, pavorreales, corredores y poca cosa más para llegar al centro cultural.

El Amate ha sido recinto de exposiciones como la de Darwin (que empezó su itinerario en San Ildefonso) y La vuelta en bici (venida del Franz Mayer). Uno de los defectos que le veía a las decisiones de las autoridades culturales estatales consistía en que dejaban lo expuesto durante tantos meses que se me hacían eternos.

Digo que veía, porque en el caso de la exposición actual que muestra obra de Agustín Santoyo (Morelos, 1985) creo que sí es buena idea que la mantengan de dic 2016 a marzo de 2017.

La expo

Las exposiciones de obra plástica me gusta visitarlas como leo una antología de cuentos: dejando los prólogos al final y sin seguir el orden propuesto por los curadores. Para eso conviene hacer la visita temprano, entresemana, cuando los custodios apenas están quitándose las legañas y no se han puesto en modo de arreo de visitantes. Revólver místico para renacer en la maternidad se disfruta más así.



 

En esta expo es la primera ocasión que veo aprovechadas del todo las paredes -algunas altísimas- del recinto. Alguien tuvo la feliz idea de usarlas como marco de las piezas que se exponen y el combo quedó muy bien. ¿Que con qué las adornaron? Uno de los textos explicatorios (de Zaira Espíritu) dice:

"El artista [...] crea y emplea figuras y colores que remiten a lo prehispánico o patrones que aparecen en objetos artesanales los cuales convergen con materiales industriales e imágenes fabricadas masivamente [...] Incluso los formatos que utiliza nos llevan del pequeño formato -íntimo- hasta la intervención total del espacio público."

Y justo así se percibe la exposición: como una gran intervención.







Otro texto explicatorio (de Citlali Ferrer) dice lo siguiente sobre la obra y su autor:


"Afanoso, trabaja cada pieza no sólo cuidando la forma sino también desde la exploración de su inconsciente. Autobiografía sensorial, bestiarios, particular imaginario, bitácora del camino. Agustín Santoyo encuentra grandilocuencia en lo pequeño. Del vértigo que le causa el vacío y como extensión de su vida, surge la obra. Fractales que obligan a pensar en la multiplicidad realidades. Emotivo diario íntimo, sentido del humor y gusto por los patrones encontrados en el arte popular, son algunos de los elementos que desvelan sus obsesiones."

Aquí meteré mi cuchara para decir que estoy de acuerdo con Citlali excepto en la parte donde menciona la palabra "fractales": yo no vi ninguno. Y no es que a la obra de Agustín Santoyo le falten o los necesite. La cualidad repetitiva de sus patrones (que me encantó por la variedad de texturas que logra) es muy chida, pero no son fractales. Creo que es un error común (ocurre hasta con computitos que deberían dominar el tema) pensar como sinónimo lo iterativo y lo recursivo. Yo no hallé recurrencia en la obra expuesta; no hay una expresión más compleja basada en varias instancias de la propia expresión. O dicho de otra manera: no hay autorreferencia que crezca en complejidad. Lo que sí vi, como ya dije fue un muy buen uso de patrones que se repiten.

( * Ve pasar los estepicursores porque no supe explicar bien el último párrafo * )

La parte que más me gustó de la exposición es el uso que le da Agustín Santoyo a sus moleskines. Yo nomás suelo escribir burradas sobre ellas, antes de perderlas o meterlas a la lavadora donde salen hechas engrudo o confetti. Snif.





Respecto a las piezas de la exposición que la bautizan hay un texto (de Anna Nin) que explica:


"Empecé a sentir miedo y pensé en mi madre. Me pareció ver la vida a través de sus ojos que encarnaban todos los ojos y me sentí reunida con ella. Y con la mamá de mamá, y con la mamá de la mamá de mamá y la mamá de la mamá de la mamá de mamá... hasta encontrarme con todas las madres en medio de un silencio espiritual. Sentí mi cuerpo florecer como corazón de una fuerza que disparó un revólver místico. Morí para renacer en madre.
Agustín Santoyo une origen y presente para hablar sobre la creación. Revólver místico para renacer en la maternidad surge de las 36 horas de trabajo de parto del nacimiento de nuestra hija Nina.
[...]"




Intervención de la expo en mi cabeza


La siguiente vez que ponga mi cara ante una vulva será inevitable la asociación con el cañón de un revólver. No veo problema en eso, al contrario.

Recomendación

Vayan a mirar, estará en El Amate hasta el 5 marzo de 2017. El acceso no está prohibido a menores de edad que vayan acompañados por un adulto.

Actualización Me informa Patricia Godinez (aka la locutora favorita de radio universitaria) que la intervención de las paredes del Amate y que yo pensaba que era ocurrencia de la Secretaría de Cultura fue autoría, también, de Agustín Santoyo. 

Lo que agrega mucha awesomeness a la expo.

martes, diciembre 13, 2016

Basura doble, impresión lectora

¿Qué cosa es?

Es un libro doble, que contiene un texto de Davo Valdés (El silencio de los hipopótamos) y otro de Amaury Colmenares (La furia y los tormentos). Ambos son escritores que viven y trabajan en Cuernavaca. En la confección del libro también participaron dos editoriales y dos ilustradores: Lengua del Diablo y Acalasletras Ediciones, y Pablomorzza (¡merca libretas chidas!) y Guro, respectivamente. La primera vez que se presentó el libro en sociedad (o la primera vez de la que yo me enteré) fue el 20 de febrero de 2016 en el Cine Morelos.



¿Cómo lo obtuve?


El editor de Lengua del Diablo, Efraím Blanco, dio taller de minificción durante el primer semestre del Diplomado en Creación Literaria. En el ejercicio de la última sesión (que acabé con desparpajo de tuitero) hubo oportunidad de recibir de regalo un libro de su editorial y me tocó Basura Doble. Ese mismo día en una borrachera (en la escuela les decimos simposium) perdí el libro.

Moraleja: no me regalen libros si lo que sigue es abrazarse a una chela.

Meses más tarde, me enteré que bandas y escritores morelenses irían un sábado a invadir el tianguis del Chopo. Fue un día feliz que sirvió para reponer el libro perdido y que comencé a leer a mi regreso a Cuernavaca.

Bonus point en la experiencia lectora: una de las ilustraciones de La furia y los tormentos consiste en un pene venudo y peludo. En el viaje de regreso, cuando llegué a esa parte del libro, por razones ajenas al contenido, me quedé mirando a lontananza. Después de no sé cuántos minutos, la señora que venía a mi lado me exigió que diera yo vuelta a la página, no porque estuviera ella leyendo sino porque la ilustración la había escandalizado en su velaperpetuismo. Obedecí, avancé unas páginas al azar y aterricé en la que tiene la ilustración de un mojón del tamaño del Popocatépetl. Mi tino para las obscenidades es de campeón.

¿Qué me gustó del libro?

Aquí haré trampa. Lo que me late más del libro no está dentro de él: es un elemento extratextual que se llama Ruina Tropical. Davo y Amaury explican mejor qué es , aquí sólo diré que Ruina Tropical es un proyecto/iniciativa/empresa cultural/club de cuates/convocatoria/hashtag cuyo objetivo es mostrar que se puede crear desde la ruina en la que se ha convertido Cuernavaca. Es una colectividad que también tiene paralelismo con la cantidad de manos que participaron en el libro.

Ahora bien, eso no significa que las interioridades de Basura doble carezcan de interés. En ambos textos hay imágenes muy logradas.

Mi imagen preferida en La furia y los tormentos es el caos que provoca el hombre que corre en pelotas por toda Cuernavaca. Quedó muy bien retratada la incompetencia de las autoridades para resolver cualquier asunto (aunque el hombre que corre sea más fuerza de la naturaleza que individuo). También estuvo chido que el enfrentamiento y solución ocurriera entre ciudadanos comunes puestos ante circunstancias extraordinarias: es lo que suele pasar, no sólo en esta ciudad arruinada sino en todos lados.

En El silencio de los hipopótamos mi imagen favorita fue la que tiene el protagonista (un oficial de policía que chambea dirigiendo el tráfico como si fuera una orquesta) cuando visualiza a su crucero como la vagina de la ciudad. Es algo con lo que también coincido, pero sólo en lo sexual, no en lo geográfico: yo digo que si Cuernavaca tiene recovecos húmedos para explorarle son las profundidades de sus barrancas.

¿Qué fue lo que no me gustó?

Dos cosas. Va la primera y menos importante. Tanto La furia y los tormentos como El silencio de los hipopótamos me los vendieron como novelas, y lo que yo leí fueron cuentos largos. En mi cabeza deformada por una clase ultramaratónica de género literario, una novela requiere que a los personajes les pasen (¿sufran? sí, pero sin que por ello el sufrimiento deba ser solemne) muchas más peripecias que lo que les ocurre a los personajes de ambos textos. Admito que al protagonista de El silencio de los hipopótamos le pasan más cosas que a los de sus contrapartes de La furia y los tormentos, pero no las suficientes para que el texto pase del terreno del cuento al de la novela.

No obstante, reconozco que una discusión de género es tan importante como sentarse a dictaminar la necesidad de no ponerse los calcetines al revés. Entonces olvidémosla.

El otro problema que quiero abordar tiene que ver con el asunto extratextual de la pregunta previa. En ninguna otra parte de los dos textos (excepto por las imágenes que ya mencioné) ocurre que Cuernavaca sea algo más que circunstancia. Es decir, ambas historias creo que pudieron ocurrir en cualquiera otra ciudad distinta a esta ruina tropical. De eso me di cuenta recientemente cuando tuve que leer a un ruso que se llama Boris Pilniak quien escribió Caoba, que es un cuento genial en ese sentido: los hechos narrados sólo pudieron ocurrir en Caoba, un lugar en el que nunca he estado y que en el cuento trasciende lo de ser circunstancia; es un personaje omnipresente en todo lo que hacen o dejan de hacer los personajes. Creo que eso es lo que le falta a los textos de Basura Doble.

¿Lo rolaría?

Sí. Ya lo he hecho. Entiendo que en este canal (en el que sí saben hacer reseñas) habrá próximamente una de Basura Doble. Dense.


¿Lo reelería?

Hace unos años, cuando quería contestar esta pregunta -sobre cualquier libro- veía el espacio vacío que me quedaba en el librero y evaluaba mi disposición a dejar material de relectura.

Ahora, las mudanzas me han vuelto más pragmático, así que para dar respuesta a esta pregunta hago un cálculo para contar los segundos que hay entre este momento y el de mi muerte inminente. El número queda en el orden de 1 x 10 a la 9, entonces me imagino usando algunos de esos momentos para releer un libro y eso me provoca una de dos reacciones. A continuación va la correspondiente a la relectura de Basura Doble.



Si ven el libro cómprenlo y léanlo. Está bara y está bonito. Y cuenten qué les pareció.

lunes, diciembre 05, 2016

Premio Intergaláctico de Poesia Vogsphere.

Gracias a los posts previos, recibí una invitación para participar en el Premio Intergaláctico de Poesía Vogsphere. Para quien se interese pongo aquí las

BASES:

1. Podrán participar poetas de todas las especies y de todos los planetas del espacio conocido que sean capaces de sostener un lápiz con alguno de sus apéndices y no dejen repletas de babas (u otras excrecencias) las hojas de sus poemarios.

2. No podrán participar los ganadores de ediciones anteriores del concurso (sí, esto va para uds Grunthos the flatulent y Paula Nancy Millstone Jennings).

3. Los concursantes deberán hacer llegar al Instituto de Cultura de Vogsphere mediante autoestopista galáctico en horas hábiles tres ejemplares de un libro de poesía de las siguientes características: tema, estilo y forma libres de cualquier forma de vergüenza, con un mínimo de 60 cuartillas, en letra Times New Vogon a 12 puntos, a doble espacio, en tamaño carta y por una sola cara. Las páginas deberán estar numeradas y cada ejemplar, envuelto en una toalla.

4. El plazo de admisión de obras comienza desde la publicación de la presente convocatoria y termina en el momento en que lleguen los vogones a arrasar su planeta.

5.  El ganador del premio recibirá un diploma y la publicación de su obra en la Gaceta Poética de Vogsphere (reconocida y leída en toda la galaxia como instrumento de tortura y pena capital).

6.  El fallo del jurado es inapelable.

Ya me vi. Nomás necesito hacer otras 59 cuartillas llenas de algo como lo siguiente:

El cometa

Una vuelta solar ya revela el portento:
larga cauda dispersa desde Marte a Titán,
dos elipses señala en la oscura región
con órbita ascendente e ímpetu colosal.

Una piedra más grande que antigua cordillera
otra sombra en cada árbol como trompo dibuja,
La atmósfera la enciende y no impide su paso
y deja enceguecido a quien mire la luz.

Arde fuego en el cielo: reacción en cadena
que oleadas de furia y sonido desata.
A edificios y gente rompe como astillas.

El impacto despierta a vetustos volcanes
y a fragmentos tectónicos que quiebran continentes.
El planeta se rasga y en cometa se torna.

sábado, noviembre 12, 2016

Poesía vogona

Gracias a que me dejaron hacer un soneto ahora tengo un nuevo objetivo en la vida: que Sor Juana (que cumple hoy años) y Paz se retuerzan en sus tumbas.

Tengo confianza en conseguirlo gracias a mi poesía vogona de la que pongo aquí una muestra. Léase esta línea como renuncia de responsabilidad en caso de perforaciones urgentes de órbitas oculares.

Voyager 1 

Vuelas por el espacio oscuro entre planetas. 
Júpiter y Saturno, y antes los asteroides, 
te aceleran e impulsan y sales disparada 
con fuerza newtoniana de masas gigantescas 
afuera del imperio de este Sol que agoniza. 
Contigo va el mensaje, doradas estridencias: 
Hola en cincuenta y cinco idiomas y Beethoven, 
Bach, Mozart y mariachi. Rock también añadimos 
con ondas cerebrales de chica enamorada, 
para cantarle al Cosmos: “aquí hay polvo de estrellas”.

martes, octubre 18, 2016

La entrada previa es mierda irredenta

En clase de Géneros literarios el profesor me hizo ver que las líneas sobre mi postura ante el plagio parecían salidas de fábrica de texto prefabricado. Entonces decidí partir de una definición más nueva que la de Ibargüengoitia (quien lleva décadas muerto) para reescribirlo. Esto fue lo que salió:

Yo, plagiador


En la bitácora de Alberto Chimal encontré una frase que define el caso que ocurrió en la comunidad de la EERG: "[...] el plagio es atribuirse el trabajo intelectual de alguien más. Punto." Alberto Chimal señala en la misma publicación en su bitácora: "Hay peores infamias que ser un plagiario, por supuesto, pero se trata de una infamia. Es una acción deshonesta: tampoco hay matices."

Yo he realizado esa infamia y acción deshonesta una ocasión.

El hecho ocurrió durante las últimas semanas de la clase que me dio Oscar de la Borbola en mi 1er y único semestre en la SOGEM, hace 20 años. Ahí entregué un texto que no era mío.

El texto no lo robé de algún escritorio como creía Ibargüengoitia que se realizaban los plagios. Un sobrino (Alguien Jaber Ferretis) de mi jefe (Alejandro Ferretis [sí, el señor que protagonizó la opera prima de Carlos Reygadas]) al enterarse que yo estudiaba un diplomado en creación literaria en la SOGEM me dió a leer una serie de seis cuentos suyos para decirle qué opinaba de ellos.

No me acuerdo si le di mi opinión. Hace 20 años era yo mucho más tonto que ahora así que dudo que le haya servido. Lo que recuerdo que no le di fueron sus textos de vuelta. Cuando Oscar de la Borbolla encargó un cuento corto como trabajo final de su materia y yo no tenía tiempo ni ganas de hacer uno, escogí de los seis cuentos de Jaber Ferretis el que más me gustó y le puse mi nombre.

No siento ningún orgullo por ese acto. Sin embargo, no vaya a pensarse que es el momento que más me apresuraría a cambiar si tuviera una TARDIS a la mano. Hay otros, pero debido a que no tienen que ver con plagios, rebasan el ámbito de este ensayo. Sólo los menciono para dejar claro que en mi bitácora de pecados hay más que plagio.

En la última clase Oscar de la Borbolla me entregó una calificación aprobatoria y una mención a las frases más logradas del cuento de Jaber Ferretis. Era una historia sobre un señor que estaba cansado de no encontrar trabajo y se empleó como perro en una familia que lo adoptó, lo cuidó y lo adoró. Era bueno: plagié un buen texto del que nadie tenía manera de sospechar que no era mío.

El beneficio que obtuve del plagio (una calificación) se echó a perder cuando no asistí al siguiente semestre, ni los que le siguieron, a la SOGEM por causas distintas al plagio. Durante los años que pasaron, cada vez que recordaba mi plagio, percibía más grande la magnitud del autoengaño en que incurrí. Una vez, mencioné el caso en el blog Recolectivo ante el foro más nutrido de lectores que he tenido (y que quizá tenga en toda mi vida, o no ¿quién sabe?) y no hubo los linchamientos que yo esperaba. Esta es la primera vez que lo cuento detallado.

Ahora que menciono el verbo linchar leo el reglamento de la EERG para ver si mi plagio de hace 20 años amerita expulsión. Así como está redactada la regla, no me queda claro si la sanción correspondiente a ese delito-infamia-acción-deshonesta que cometí prescriba con el paso de las estaciones, como lácteo caduco que no se consume.

Creo que sería excesivo que me expulsaran. Aquí manifiesto que prefiero terminar mi diplomado en la EERG pero si eso no ocurriera no alteraría mis afanes por seguir escribiendo y confeccionando el conjunto de la mayor cardinalidad de textos literarios que pueda hacer. En caso de expulsión buscaría al compañero motivo de llevar escritos estas líneas contraensayando y aspirando a ensayar, y convocaría con él un taller de textos furibundos y propios. Sería un taller donde no se expulsaría al plagiario, pues así no se protege a una comunidad de escritores. Al plagiario en esa comunidad se le asignaría la tarea adicional de que cada escrito lo acompañe con una declamación en endecasílabos alejandrinos que analice el género literario al que pertenece su entrega. De esa manera aseguraría que si el plagiario no escribe sus propios textos al menos aprende a rapearles el género.

Había descrito mi plagio en una de las primeras versiones del contraensayo que entregué y luego borré la descripción por temor a que se me considerara infame por mi acto. Ahora no lo hice porque sé esto (gracias, Mauricio): un ensayo tiene que revelar a su autor algo de sí que desconocía -o que no admitía-. Es una característica que procuraré extender a mis textos de otros géneros.
Este es mi nuevo conocimiento:
¿Qué implica para mí ir por la vida como persona infame? ¿No ser acreedor a la fama? Perfecto, no me importa. En la primera entrega de este ensayo ya había manifestado (muy tibio y eso me da más vergüenza que contar mi plagio) que estoy dispuesto a poner nombres distintos al mío en mis textos. O ninguno. Adios fama, vete a dar lata a otros. ¿Que nunca tendré un premio? Mejor aún: después de ver que el "Ku Kux Klan de la literatura" (tuit de Alma Karla Sandoval) convocó a rasgadura de vestidura por lo del Nobel a Dylan, no se me antoja obtener reconocimiento ni del jurado del juego floral del municipio más humilde del planeta. ¿Que ningún editor va a querer publicarme después de leer esto porque dudará que mi material sea mío? Bueno, pues ni que estuviera yo tullido como mi homónimo Cervantes para inventarle un esquema de autopublicación y autodistribución a ese material.

¿Qué tan importante es para mí la idea de autor que puedan tener sobre mis textos mis compañeros? ¿Otros lectores? ¿Incluso el estimable profesor a quien van dirigidas en primera instancia estas líneas? Muy importante, pero sólo en función de que es algo que me gustaría evitar: la idea de autor me desconcierta por los trabajos contraproducentes que veo que pasan otros autores para fabricarse una.

Sí, plagié hace 20 años. Lo hice de manera menos torpe que mi compañero o que el presidente en turno, pero no fue menos infame ni menos deshonesta.

Puedo vivir con eso. Puedo escribir con eso.

Eso ya es bastante.

viernes, octubre 14, 2016

Sobre plagio

A la fecha de este post, voy en el segundo semestre del diplomado del que platiqué en la entrada previa. Sigue interesante y aún no tiro la toalla porque no me ha aburrido. Aunque los profesores asignados a dar las clases de Novela y Cuento se hayan esforzado en eso.

Uno de los últimos acontecimientos de interés consistió en escribir un ensayo sobre plagio. Un compañero fue expulsado por cometerlo y el resto debimos escamotear tiempo al chinguero de tareas y lecturas que ya tenemos para escribir ese ensayo. El tema del texto no es el chisme, sino nuestra "postura sobre los aspectos legales/burocráticos/humanos/de convivencia/íntimos/públicos/escolares/sociales de un evento de tal magnitud".

Se me dio la gana poner el ensayo aquí para que sea leído por alguien aparte del profesor (suponiendo que aún queden lectores de este espacio, hecho del que yo sería el primer sorprendido)


Mis consideraciones sobre plagio de textos
Héctor Julián Coronado
Dice Jorge Ibargüengoitia: «Yo creo que la idea de plagio en América Latina es más aguda que en otros continentes. Como la idea de la virginidad. Si alguien ya tocó el tema, “inservible lo habéis dejado para vos y para mí”». En la misma columna de septiembre de 1974, abunda: «Yo creo que plagiar es coger el manuscrito del escritorio de alguien y publicarlo con otro nombre.»
Mi postura respecto a coger el manuscrito de otra persona y presentarlo con otro nombre es la siguiente: es algo que procuro no hacer, como matar a alguien o asaltarlo o violarlo. Reconozco que esos son actos prohibidos en el contrato social de la comunidad donde vivo. Sin embargo, no los llevo a cabo porque estén prohibidos o porque me espante que se me segregue de la comunidad, sino porque son actos aburridos por lo facilones. No lo digo sólo por ser un lugar común. En el caso de cualquier plagio, me llama más la atención la incapacidad para generar un texto propio y la prioridad desproporcionada de obtener un grado, o un premio o un aplauso, que las consecuencias administrativas o legales del hecho. No obstante, también reconozco la necesidad del aparato académico de garantizar que los individuos que dice que forma no sean de los que plagian. Pero esa es una necesidad del aparato académico, no es mía. Convivo con esa necesidad porque sus efectos coinciden con lo que yo sí necesito.
Abundaré sobre el acto para explicar la diferencia de ambas necesidades, la de la academia y la personal: supongamos que para la entrega de textos en las materias de la Escuela de escritores Ricardo Garibay, yo recurriera al plagio. Para asegurarme de que docentes y compañeros no se dieran cuenta que estoy plagiando, hackearía los discos duros de los miembros de algún club literario norcoreano y me robaría sus textos. No obstante, todos esos esfuerzos informáticos me provocan bostezos que no me producen sentarme a escribir estas líneas en la madrugada. Considero más divertido buscar en mi mismo, en mis lecturas y en mi procesador de textos la configuración de palabras que me sirva más para presentar mis ideas e imágenes que en el escritorio  (o disco duro) de otra persona.
Repito, lo considero más divertido. Eso es porque una de las respuestas a mi pregunta personal de ¿por qué escribo? es porque me divierte. Es una condición necesaria para mi acción de escribir (compadezco al que no la tenga). Si fuera más interesante efectuar la cosecha de textos ajenos me dedicaría a hacer consultoría sobre seguridad informática y no a aprender a hacer textos literarios.
Ahora bien, lo que considero que hay que hacer si alguien plagia alguno de mis textos fuera del ámbito académico es lo siguiente: primero, hay que invitarle unas cervezas para celebrar que haya podido sustraerlos de mi escritorio (mezcales, si los sustrajo de mi disco duro o de mi cuenta de Google); segundo, le preguntaría cuáles son sus medios de distribución del texto. Si resulta que son peores o iguales a los míos, le haría vomitar la bebida a zapes y luego no me opondría a que se le aplicaran las sanciones correspondientes a todos los robatextos. En cambio, si el plagiador tiene una red de distribución de textos más grande y efectiva que la mía entonces le daría la mano, lo nombraría mi publicista y le desearía la mejor de las suertes. Y me iría a mi casa a escribir más.
Dicho lo anterior, comento que no comulgo con la idea de que sea tratado con igual benevolencia una persona que le plagia a un tercero. Eso no es consideración moral sino aceptación de la realidad: no pretendo que exista algún otro escritor que comparta las ideas que yo tengo respecto a la autoría de textos.
Voy a explorar un poco más esas ideas que tengo de la autoría.
En los concursos literarios se establece el mecanismo de anonimato para que el jurado sea justo o al menos para fabricar la ilusión de justicia. Es decir, se espera que el texto anónimo, por sí solo,  genere un pathos memorable en la cabeza de cada miembro del jurado. La selección de textos ganadores en esos concursos se efectúa con base en consideraciones políticas, fobias, filias y aberraciones de los convocantes que pueden tener o no correspondencia con lo literario. Sin embargo, en el momento preciso de la selección el jurado está imposibilitado a usar la muleta del nombre del autor para elegir. La imagen que se hayan hecho en la cabeza del autor estará tan errada como la imagen de la fisonomía que se hace uno del locutor favorito de radio a quien jamás se ha visto.
El anonimato permite que se concentre la lectura en el texto y no fuera de él. Después se abren las plicas y todo se echa a perder.
Presento otro escenario, ficticio esta vez: se aparece el diablo dispuesto a concretar las fantasías literarias más caras de un escritor de dos maneras distintas y sólo se puede elegir una.  La primera va así: el próximo texto que produzca el escritor será leído en todo el mundo. Le dará fama, fortuna, conferencias, presentaciones, peticiones de autógrafos (en papel y sobre la piel de fans)  y muchos aplausos... pero no podrá escribir otra cosa en toda su vida. Ni la lista del súper. La segunda manera va así: el escritor puede seguir generando todos los textos que pueda y quiera por el largo resto de su vida... pero sólo serán leídos hasta que su autor esté muerto y olvidado. El diablo garantiza al escritor que sus obra será leída por las generaciones como cumbre de la literatura, a cambio de que sea un nombre distinto al suyo el que la firme.
Ahí hay un cuento. O una reflexión filosófica que no me importaría ver titulada “La disyuntiva de Zutano”, en lugar de “El dilema de Coronado” mientras sea leída mucho más de lo que va a ser leída si se queda abandonada en mi partición de Google drive. Soy de los que eligen la segunda alternativa de la ficción que puse.
Por ahora.

Actualización medio minuto después de la publicación de esto: Recordé que en tiempos recolectiveros, Daniel Salinas presentó a los integrantes de Recolectivo una variante de "La disyuntiva de Zutano". Para que vean que yo también plagio.

Y tú también.

Actualización después de pasar por la regadera:

Agregué lo siguiente a mi ensayo.
Adenda
Además de este ensayo, me llamaron la atención dos consecuencias del episodio de plagio que ocurrió en la comunidad de la EERG. Una se manifestó en la forma de advertencia y la otra, de chiste. La advertencia la emitió la Coordinación Académica (mutatis mutandis): “El plagio es un crimen que se persigue de oficio. Por eso deben registrar sus textos.” El chiste ocurrió durante una lectura de un texto en otra materia: hubo compañeros que pidieron quedarse con la copia, a lo que no me opuse. Entonces una compañera dijo (también mutatis mutandis): “¿Ya registraste tu texto? No te lo vayan a plagiar.” La advertencia y el chiste demuestran que se considera método de blindaje contra el plagio al registro de los textos. Es decir, protegerlos con derechos de autor. Considero que ese blindaje es contraproducente, pues antepone lo personal a lo cultural. Si la intención de hacer literatura es su lectura y su inserción en la esfera comunicativa (como de las que hablaba Bajtin) cualquier contrato legal que limite su difusión es un obstáculo a ese proceso.
Actualización después de pasar un fin de semana:
Segunda adenda
Ya que abordé los derechos de autor como manía contra el plagio, mencionaré que también considero que las reacciones ante casos de plagio de textos literarios son tan desgarravestiduras que concuerdan con la cita de Ibargüengoitia en el primer párrafo de este documento.
En el mundo animista en el que vivimos el plagio me parece el sobrino rudo y torpe de la piratería. Si el plagio tiene muchas aristas, la piratería tiene muchas más, y una de las maneras de combatirla (por ejemplo, en el ámbito del desarrollo de software) es mediante la creación de licencias que no representen un autoestrangulamiento a la creación (como es el copyright) ni el establecimiento de una ley de la selva donde el más gandalla (o el que tenga más dinero para comprar a los mejores abogados) se salga con la suya.
Es en el desarrollo de software y no en la producción literaria donde encuentro mayor madurez y esfuerzos más productivos para generar un justo medio entre distribución de contenido libre con la comunidad y la mitigación de los efectos de la piratería y el plagio, Escritores, editores y distribuidores de textos harían bien en estudiar la historia de los esquemas de licenciamiento de software para aplicar los correspondientes a su obra.
Desde mi perspectiva, veo más útil contra el plagio publicar el texto en un blog y pegarle un logo de dominio público que ir a hacer un trámite al INDAUTOR.

Y entonces decidí quitarle la licencia de Creative Commons a este blog. Todo el contenido aquí es de Dominio Público.

lunes, julio 04, 2016

Lecciones del primer semestre del diplomado

En noviembre del 2015 vi la convocatoria para ingresar al Diplomado de la escuela de escritores Ricardo Garibay en Cuernavaca y se me dio la gana inscribirme. El proceso, más simple que en la SOGEM, consistió en mandar un texto de 2 cuartillas y esperar a que le gustara a quiénsabe qué comité dictaminador. En la segunda semana de febrero, cuando ya me preguntaba si no sería mejor ponerme una corbata y escribir casos de uso y escenarios de prueba, me llamaron diciendo que había sido aceptado.

A los pocos días de iniciado el semestre, me dieron mi hoja de aceptación oficial al diplomado. El dictamen contenía la siguiente frase críptica: "Tendrá que trabajar mucho para mejorar su proceso creativo."

- ¿Se habrán dado cuenta que soy un vulgar robatuits? - pensé.



El texto que entregué lo escribí para la ocasión. Trata sobre una palmera que se quiere comer a un niño. El niño logra escapar y cuando es adulto va con una motosierra a tumbar a la palmera. Al final, después de una gran tormenta, no queda ni protagonista ni palmera, sólo queda un diario: muy Poltergeist pues, aunque yo me inspiré en la sombra que proyecta una palmera vecina sobre la pared de mi cuarto. Nací sin pudor y no cierro las cortinas, entonces en las noches de viento y relámpagos veo las palmas, largas y flexibles, que se mueven como falanges dispuestas a atrapar al despistado más a la mano.

Este semestre que terminó en junio pasado, cursé junto con una veintena de alumnos las siguientes materias: Literatura infantil, Autobiografía, Novela, Filosofía de la literatura, Lectura comentada, Narrativa visual y Microficción. De esas la más instructiva fue Autobiografía, la que fue una total pérdida de tiempo fue Novela y las que más me gustaron fueron Microficción y Literatura infantil.

"Trabajar mucho para mejorar mi proceso creativo" se tradujo en varias tareas que hice sin gran pena, sin ninguna gloria, con cierto esfuerzo y que me enseñaron mucho. Menciono algunas de las más notables. Las 2+ cuartillas por clase de autobiografía aplicando los biografemas que les aprendíamos en sus respectivas autobiografías a los premios Nobel hispanos, más la retórica que nos enseñaba la maestra sudaca, fueron un buen ejercicio de resistencia. El libro álbum para la clase final de Literatura Infantil fue un reto de claridad y narrativa visual que debo corregir aún mucho (gracias libro de Narrativa Gráfica de Will Eisner comprado hace décadas en Comicastle). Añado que en esa clase me quedó claro que la literatura infantil no es subgénero ni es ejercicio literario menor. También fueron muy instructivas las discusiones para aprender a comentar textos usando análisis literario en la materia de lectura comentada. Los ejercicios hechos en casa y en clase del taller de microficción a partir de otros microrelatos fueron un desafío chido de concisión.

Este semestre hasta aprendí a reconciliarme con Platón en filosofía de la literatura. ¿Quihúbole?

Además, hubo varias actividades extracurriculares: conferencias e invitaciones para ir a leer nuestros textos. De las conferencias las más chidas fueron una con Juan Gregorio Regino, en la que oímos poesía en mazateco y español; otra con Zaira Espíritu, en la que aprendí a distinguir arte moderno y contemporáneo, y finalmente una con Ana Clavel, donde en 90 minutos aprendí más sobre escribir novelas que en las 10 sesiones de 3 horas de pura anécdota bleh de la clase de Novela.

De las invitaciones para ir a leer textos y a platicar sobre escribir, la que me gustó más fue la que me hicieron a la Biblioteca Vagabunda. La Vagabunda es un proyecto que lleva ochos años realizándose y consiste en llevar a todos los municipios de Morelos un remolque que se convierte en una sala de lectura muy cómoda para estar. A mí me tocó ir a Huitchila en Tepalcingo, en el ombligo del Estado, a platicar con niños de primara. Conocí a gente chida (aplausos muchos y sonoros al coordinador y a las talleristas que hacen funcionar la Vagabunda y a los anfitriones en la Feria Cultural de Huitchila). Fue genial ver a niños participar en un cadáver exquisito que incluía dinosaurios, perros y zombies. Participar en La Vagabunda es una experiencia que repetiría gustoso.

El último día de clases del semestre hicimos un simposium de pisco, cerveza, palomitas y tacos. Platiqué con una alumna lista y otro compañero y discutimos sobre lo que nos parecieron las materias. Coincido con alumna lista en que en un extremo estuvo Autobiografía y en el otro Novela. Si tuviera que hacer un simil diría que la diferencia es la misma que hay entre una manguera para extinguir incendios en rascacielos y un gotero sin agujero. En ese simposium también expuse mi hipótesis de que los dictámenes que nos entregaron este semestre a los de nuevo ingreso, los sacó el "comité dictaminador" de una tómbola.

En conclusión, el diplomado de la Escuela de escritores Ricardo Garibay ha de ser la única experiencia curricular de toda mi chingada vida que sí quiero concluir. Faltan otros tres semestres.

pd. "Trabajar mucho en el proceso creativo" no fue la frase más críptica que recibí este semestre: esa distinción la tiene la frase "Sálganse del cuadrito". Hasta la fecha, los que la oímos ignoramos si es consejo sobre pintura, decoración, arquitectura, coloreado, autoayuda, control de plagas, todas las anteriores o qué.

jueves, mayo 19, 2016

Hombre atrapado en un vagón

En 2009, participé con un texto en Diarios del Fin del Mundo y no volví a ponerle más atención, excepto las ocasiones que regalaba un ejemplar del libro.

En las últimas semanas, en una clase del diplomado de creación literaria de la escuela Ricardo Garibay en Cuernavaca, oí un texto de una compañera que me recordó al mío. Releí mi diario del fin del mundo, y me dieron ganas de reescribirlo como ejercicio. En lo que decido, dejo el que se publicó aquí.

Hombre atrapado en vagón
Héctor Julián Coronado Cervantes

El día en el que se cumplía el plazo de la entrega de mi obra de teatro amaneció frío y lluvioso. Imprimí la versión más acabada del texto, me puse mis pantalones buenos y la única camisa limpia que me quedaba, gasté el dinero del desayuno en engargolar cinco copias de la obra (malditos jurados de concurso literario que no pueden sacar sus propias copias), rescaté del fondo de la cartera un par de boletos de metro y emprendí el viaje hacia el sur de la ciudad. Llamar a una mensajería para que entregara mi obra quedaba descartado pues me iba a cobrar como si lo que transportara fuera un cargamento de diamantes y no unas cuartillas mál pergeñadas. Gracias a mi desempleo de varios meses, había olvidado cómo enfrentar las saturaciones de gente en el metro antes de las nueve de la mañana.

Las hileras de comensales desayunando en los puestos de afuera de la estación estorbaban a burócratas de medio pelo que caminaban con prisa para evitar sus arribos tardíos a sus chambas. Me sumé al río de recién bañados y perfumados que se apretujaban por un lugar en uno de los vagones naranjas que tanto caracterizan a la ciudad de México.

Después de un trayecto de media hora, estaba por llegar a la estación en la que bajaría.

Antes de que el convoy entrara al andén entre silbidos y remolinos, las primeras anormalidades del día se hicieron evidentes. Se apagaron las luces del vagón, lo mismo que los ventiladores y el tren perdió velocidad hasta frenar por completo a la mitad del tunel. Hubo quejas y aspavientos. Al igual que el resto de los pasajeros, supuse que se trataba de algún corte temporal de energía, frecuentes en esta ciudad cuando llueve.

La oscuridad era completa. Las luces de emergencia no encendían. Saqué de la bolsa de mi pantalón el celular. No iba a hablar a nadie, no tenía crédito desde hacía días, pero quería ver la hora. Creí que lo llevaba apagado pero al presionar el botón de encendido no prendió. Por el movimiento a mi alrdedor me dí cuenta que no era el único.

- ¿Alguien me puede prestar su celular? El mío no funciona - dijo una voz femenina.

Más lejos se oyó una voz contestando lo que ya sabíamos. Ningún celular funcionaba.

Algunos llevaban encendedor. El resplandor naranja de las llamas iluminó los rostros de resignación y fastidio. Aún no había caras de alarma. Un señor a mi lado acercó su encendedor para ver su reloj.

- Mi reloj tampoco funciona - lo oí decir.

Transcurrieron varios minutos. Todavía esperábamos que se reanudara la energía cuando escuchamos el estruendo.

Estando en un túnel de una de las líneas de metro más profundas del mundo (ese dato viene a la entrada de cada estación de la línea, para que sus usuarios nos sintamos orgullosos de los ingenieros que la construyeron y no nos quejemos cuando aumentan la tarifa), el estruendo sonó como si la tierra se quejara. Algunos dijeron que estaba temblando pero yo no percibía nada más allá del vaivén de los amortiguadores del convoy que soportaban nuestro peso.

Transcurrieron otros minutos después del estruendo. Entonces, reconocí el olor a butano que le ponen al gas para advertir a la gente de una fuga.

- Apaguen los encendedores - gritamos alarmados los primeros en sentir el olor. Los que se iluminaban con encendedores los apagaron. El olor a gas era evidente.

La resignación e incomodidad que sentíamos pronto cedió paso al miedo. La gente se agitó. Escuché algunos rezos duchos por voces devotas y espantadas. Unos pocos, optimistas, llamaron a la calma. Yo me preguntaba si el escaso oxígeno que se colaba por el sistema de ventilación, apagado, sería suficiente para no sofocarnos con el gas.

Fue en ese momento cuando las preocupaciones respiratorioas dejaron de importar.

La explosión la sentí antes de oirla. Por un instante ví el interior del vagón como si estuviera en el exterior bajo la luz del sol de mediodía. Luego, sentí mucho calor. Me arrojé al suelo, un poco por instinto y un mucho por que la multitud se replegó a los lados del convoy al ver la inmensa bola de fuego que avanzaba por el interior del tren.

Alguien cayó sobre mí. Y luego otro y después otro. Me axfixiaban. Intenté respirar pero nada entraba en mis pulmones. El fuego se consumió tan rápido como vino y se llevó el precioso oxígeno consigo. Antes de aterrorizarme, me desmayé.

Cuando volví a abrir los ojos, noté una claridad que antes no estaba. Podía ver las siluetas de mis compañeros de viaje en el convoy. Desperté boca abajo y a mis espaldas aún yacían las tres personas que me habían caído encima. No obstante, podía respirar. Me deslicé como pude de debajo de los que me habían caído y examiné a la escasa luz lo que quedaba del vagón en el que viajaba.

La luz provenía de un boquete que se había abierto en el techo del tunel. La explosión abrió una grieta inmensa al nivel de la calle por la que entraban luz y aire fresco. También había tumbado toneladas de escombros sobre el extremo contrario del vagón que se había convertido en charamusca junto con todos los que viajaban de ese lado. Sentí pena por ellos.

En el extremo en el que yo estaba había muchos calcinados. El olor a carne quemada no era desagradable. Lo que sí me estaba provocando naúseas era el olor a cabello chamuscado. Muchos yacían inmóviles en el suelo. Los pocos que se movían eran los que habían resultado ilesos a la explosión y al derrumbe como yo.

Consulté de nuevo mi celular para llamar a un número de emergencias. Comprobé que continuaba sin encender.

El derrumbe había provocado que el vagón quedara deformado. Una de las puertas más próximas había quedado entreabierta. Asomé la cabeza y recibí una bocanada de aire fresco.

Miré hacía arriba y ví que con relativa dificultad se podía trepar por los escombros y alcanzar la calle. sólo había que hacerlo con cuidado para no resbalar y matarse.

Otro de los sobrevivientes me ayudó a abrir más la puerta y salimos. Todos los pasajeros a esa hora eran trabajadores y burócratas. Si había ancianos y niños, no los ví.

El foso de escombros no tenía paredes regulares. Algunos de los trepadores, por las prisas, no se fijaban a donde ponían los pies y manos y cáian. En pocos casos, eran resbalones que sólo les provocaban raspones. En muchos, eran caídas de varios metros que los dejaban exánimes. No había nada que pudiéramos hacer por ellos excepto lamentar su suerte.

Al cabo de lo que me parecieron horas, alcancé el nivel de la calle. Exahusto, me di cuenta que durante la ascención, cuando gritábamos por auxilio, habíamos cometido una tontería. Nadie nos hubiera oido.

En la calle no había nadie. Los camiones y vehículos que circulaban a todas horas por la avenida que tenía en frente estaban detenidos. Muchos, incrustados contra otros en impactos horribles. Todos los edificios de más de tres pisos se hallaban desparramados sobre los solares que habían ocupado. Miré hacia el centro de la ciudad. Las arquiitecturas que antes formaban parte del paisaje habían desaparecido. En donde habían estado las más grandes, el WTC en Insurgentes y las moles lejanas de la Torre Mayor en Reforma y la Torre de Pemex en Marina Nacional, estaban ahora puras volutas de humo.

Recordé las fotos del sismo de 1985, los testimonios y las crónicas. Nada de lo que había ocurrido aquel septiembre se le acercaba a lo que ahora estaba yo contemplando. En aquellos días un reportero histérico había salido a las calles y había podido transmitir por radio lo que veía. Ahora, si lo que empezaba a sospechar por los celulares y relojes apagados era cierto, no habría más que silencio. No había comunicaciones y no había electricidad.

El olor acre del concreto pulverizado flotaba en el aire. Me senté y saqué de la mochila, que aún cargaba a mis espaldas, una de las copias de mi obra que ahora no tenía a quien entregar, y comencé a escribir por el anverso de las horas estas líneas. A medida que avanzaba, una ceniza muy pálida cayó a mi alrededor. Tardé un tiempo en darme cuenta que era lo que quedaba de los habitantes de la ciudad.

jueves, mayo 12, 2016

La historia de las medallas

En el 2005 recibí mi primera medalla por participar en una carrera de 10K. La dejé colgada en un Bárbol parlante donde quedó ochos años solitaria.

En el 2013 y 2014 participé en más carreras y Bárbol quedó sepultado bajo una decena de medallas: siete por Spartan Races, una por la carrera de la Fac. de Química de la UNAM y una San Silvestre.

Poco después, me enteré que los tendones de mi rodilla culeca habían hecho todo lo que tenían que hacer en el ámbito de subir y bajar cerros a brincos y correr kilómetros en calles y avenidas. Desde entonces paré de acumular medallas corriendo y me dispuse a acumular metros nadando en albercas y callos colgándome en aros.

Hace dos mudanzas, a la hora de decidir qué metía en cajas para llevarme y qué le daba al señor de la basura para que se lo llevara, descolgué de Bárbol, entre tintineos, las medallas. Más que provocarme orgullo por cruzar metas o nostalgia por capacidades perdidas, me parecieron una carga y un estorbo que no estaba yo dispuesto a llevar. Metí las medallas en la bolsa de la basura. Ahora imagino al basurero de aquél rumbo enmedallado como campeón.

En mis raros momentos de convivencia, cuando contaba del destino de las medallas, mis interlocutores se sorprendían como si lo que hubiera yo tirado a la basura fueran las joyas de la corona. No entendían que las medallas por correr dejaron de importarme. Tanto desconcierto, me desconcertaba a su vez.

Después reflexioné que lo mismo que pasó con las mentadas medallas pasa con un montón de cosas y un montón de personas. Dejan de importarle a uno.

Y ni modo de vivir lamentando la caducidad de los afectos y las relaciones. Que en mi caso, y para acabarla de chingar, son tan perennes como el yoghurt.

jueves, febrero 18, 2016

La Universidad

Este post está dedicado a la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM), una institución en la que no estudié, pero con la que he tenido experiencias puntuales y significativas a lo largo de las décadas, algunas de las cuales voy a describir aquí.


La UAEM en los 60. Foto compartida en la página de fb El viejo Cuernavaca

La Venada

Un señor que creyó que yo corría como el viento en mis mocedades, fue a tocar a mi casa un viernes en la noche para invitarme a ser parte de su equipo de atletismo consistente en 2 corredores y participar en una competencia que se iba a celebrar al día siguiente, sábado en la mañana. En ese momento la invitación no me pareció insensata, y al otro día fui al estadio Centenario, hice mi calentamiento, corrí y después de ser descartado en la primera ronda de eliminatorias de carreras de 100 mts me fui a sentar a las gradas a mirar el resto de las competencias. Me acuerdo que la mayoría las ganó gente que portaba el uniforme azul de la UAEM. La chica que ganó más competencias sí corría como el viento. Además de ser guapísima, era de la UAEM. Entre otras cosas, por ella me enteré que el animal totémico del alumnado de la UAEM era el venado.

A veces sueño con esa chica y sus piernas de zancadas prodigiosas.

Primeras visitas al campus Chamilpa

Una vecina me gustaba y como estudiaba en la UAEM la iba yo a stalkear a la universidad. Ella estudiaba biología así que había que subir un montón de escalones porque el campus está trepado en un cerro al norte de Cuernavaca. Era como ir de peregrino a Teotihuacán. Después de hacer ese trayecto varias veces, descubrí que transportarse de Jiutepec a la UAEM y trepar un cerro era un esfuerzo que rebasaba al de mi ganas de coger.

La pasión por la vecina se acabó, pero lo que sí perdura hasta la fecha es la idea de que el campus universitario es buen lugar para ir de visita a mirar desde ahí la ciudad. Recientemente le leí por twitter a mi conductora favorita de la radio de la UAEM que Cuernavaca se ve susceptible desde ahí. Estoy de acuerdo.

La conferencia

Hace menos años, cuando participaba echando posts en los afanes divulgatorios de Cafe Conciencia fuí a dar dos pláticas, primero a un auditorio de la Facultad de Ciencias de la UAEM, y luego a una secundaria en el pueblo vecino de Chamilpa. Antes de suicidarme con remedios para dormir homeopáticos para el gran aburrimiento de las audiencias (si no hubiera yo nacido con la glándula de las vergüenzas muerta, me daría pena haber hecho bostezar al Doctor Mochán), fui convocado por la locutora de Despertar Con Ciencia -programa de Radio UAEM que se sigue emitiendo- quien también participaba en ese proyecto de divulgación científica. La radio estaba en uno de los pisos de la Rectoría y es la única vez que he estado en una radio universitaria. Estaba yo como niño en parque de diversiones porque soy fan.

La radio

Ya que mencioné la radio universitaria y que dije que soy fan voy a echar más líneas al respecto. El cuadrante radial de Cuernavaca apesta. Apestaba cuando vivía aquí en mi adolescencia y sigue apestando ahora. Sólo hay dos estaciones que hacen que no tire yo la radio a la basura y una de ellas es Radio UAEM.

Radio UAEM no es la primera radio pública y universitaria que había yo oído. Hace diez años, cuando se blogueaba más de lo que se tuiteaba, vía su blog, descubrí el programa que tenía un cuate bloguero en la radio de la Universidad de Yucatán. Esa experiencia de radioescucha de un programa hecho con inteligencia y pasión me volvió exigente a lo que meto a mis oidos cuando prendo la radio. Si no oigo música chida y si no platican con voz crítica y divertida sobre lo que está pasando donde viven y más allá, lo más probable es que diga yo "pinche locución chafa" y le cambie a la Hora Nacional.

Cuando me mudé a Cuernavaca hace unos meses, llegué un sábado y mientras sacaba libros y sartenes de cajas, lo primero que hice fue sintonizar Radio UAEM. Las rolas que oí estaban bien pero me hacía falta oir a alguien que platicara de lo que estaba pasando en la ciudad, de preferencia con más enjundia que la repetición llanera de noticias, así que apagué la radio y puse mi playlist de mudanza. Pasaron los días y agradezco al dios de la radio bien hecha que haya yo apretado el botoncito de On de la radio un martes a las 17 hrs, pues así descubrí Ecos y a su locutora y me reconcilié con la humanidad y con Cuernavaca.

Háganse un favor y oigan Ecos (17-18 hrs de Lu-Vi). Gracias a internet no tienen que estar por estas zonas postales para componer lo que oyen.

La hortaliza fina

Tengo una tía que cultiva orquídeas y que le gusta comer rico. No le sé más virtudes, pero gracias a la segunda conocí una hortaliza que está dentro de la UAEM y que pone a la venta a precio justo lo que produce. Además de que puede uno encontrar ahí las verduras y yerbas de las más ricas en la ciudad (*pausa para limpiar el teclado de la baba al acordarme de las manzanas y los ejotes que compré ahí*), se puede uno sentar a mirar los huertos, la carretera a lo lejos, los cerros más lejos y comerse una pizza o un pan relleno al horno muy sabroso. Sus combos de aguas calman cualquier sed.

Me falta probar el pollo al horno que preparan pero ya lo he olido cuando lo... chale, no estoy seguro de que este teclado sea a prueba de babeo por comida deliciosa.

Eventos variopintos

La UAEM organiza conciertos, simposia (¿simposiums? ¿simposiumses?), coloquios, conversatorios y un montón de cosas más. La mayoría de los que me he enterado son de entrada libre y para todo público. Los que no son de entrada libre cuestan pocos pesos y no por ello desmerecen en calidad. Desde mi última mudanza hasta la fecha he asistido a varios; primero a un Congreso Internacional de Cómputo en Optimización y Software en donde le bebí las palabras a unos del Barcelona Supercomputing Center y así pude conocer sus esfuerzos para que computitos de todo el mundo accedan a sus herramientas de supercomputación paralela. Me interesó mucho su pyCOMPSs -sí en python, ¿quihubo?-.

En otra ocasión me enteré que la UAEM organizaba una serie de pláticas con los personajes del quehacer artístico y cultural del estado. Las pláticas estaban organizadas por disciplina y consistían en poner a un académico de la universidad, un alumno y a uno o varios artistas con trayectoria. Durante la inauguración de Espacio Congreso de Arte y Cultura en Morelos (así le pusieron) alguien mencionó que esos dos días de "intercambio de propuestas entre especialistas de disciplinas artísticas" pudiera servir como primer paso para un festival de las artes en Morelos. Las pláticas a las que asistí se merecen un post aparte.

En el rubro de eventos denominados "chale debí haber ido", la UAEM organizó el Primer Festival Cuexcomate. No fui por andar acá, pero me enteré de cómo estuvo gracias a los programas especiales que estuvieron pasando por RadioUAEM y sólo puedo decir ¡qué chingonas rolas! y qué bueno que lo repetirán este año.

Y finalmente, en el rubro de "eventos a los que quiero asistir", el siguiente jueves habrá en la UAEM una Noche Estelar para que la gente se congregue en miles en guateque astronómico.

La resistencia y el compromiso social

Hay simplones que piensan que el modelo de una institución de educación superior consiste en edificios de aulas, de cubículos para profesores y de baños para que todos caguen, y ya (jo, acabo de describir el lugar del que me negué a graduarme).

La UAEM como ya lo he intentado expresar en estas líneas es una institución que influye bien en el tejido social del estado. Es de esos lugares donde se hacen muchas y buenas cosas con lo que se tiene. En la reciente Marcha por la Dignidad y posterior Planton de la Dignidad que se puso en el Zócalo de Cuernavaca, la comunidad de la UAEM demostró esa influencia, su capacidad de convocatoria y de solidaridad por una causa (en este caso que el Gobierno del Estado cumpliera con varios compromisos atrasados con la Universidad). Además, ha servido para inclinar la balanza en el Congreso del Estado para que se discuta y concrete la Ley de Participación Ciudadana que lleva años en el tintero y que ya urge que sea una realidad. Esa urgencia es porque Morelos más que una eterna primavera, parece ruina tropical.

pd1. Denle click al último link que puse, es una revista digital de dos talentos morelenses cuyos textos dejan claro esa capacidad de resiliencia de la comunidad ante los dislates de la autoridades que han arruinado la ciudad y el estado.

pd2. ¿Por qué está tan sucio mi teclado? Ah, es mi piel muerta que se cae por participar en la marcha de la universidad sin usar bloqueador. Una amiga me preguntaba si había ido por convivir pues sabe que no soy Venado universitario. Le contesté que no porque no conocía a nadie, pero la causa me parecía justa y además me gusta caminar por las calles de Cuernavaca. Para la próxima uso sombrero zapatista.


pd3. Si aún quedan lectores de este blog ¿qué impresiones tienen de la universidad estatal de sus correspondientes terruños?