jueves, mayo 19, 2016

Hombre atrapado en un vagón

En 2009, participé con un texto en Diarios del Fin del Mundo y no volví a ponerle más atención, excepto las ocasiones que regalaba un ejemplar del libro.

En las últimas semanas, en una clase del diplomado de creación literaria de la escuela Ricardo Garibay en Cuernavaca, oí un texto de una compañera que me recordó al mío. Releí mi diario del fin del mundo, y me dieron ganas de reescribirlo como ejercicio. En lo que decido, dejo el que se publicó aquí.

Hombre atrapado en vagón
Héctor Julián Coronado Cervantes

El día en el que se cumplía el plazo de la entrega de mi obra de teatro amaneció frío y lluvioso. Imprimí la versión más acabada del texto, me puse mis pantalones buenos y la única camisa limpia que me quedaba, gasté el dinero del desayuno en engargolar cinco copias de la obra (malditos jurados de concurso literario que no pueden sacar sus propias copias), rescaté del fondo de la cartera un par de boletos de metro y emprendí el viaje hacia el sur de la ciudad. Llamar a una mensajería para que entregara mi obra quedaba descartado pues me iba a cobrar como si lo que transportara fuera un cargamento de diamantes y no unas cuartillas mál pergeñadas. Gracias a mi desempleo de varios meses, había olvidado cómo enfrentar las saturaciones de gente en el metro antes de las nueve de la mañana.

Las hileras de comensales desayunando en los puestos de afuera de la estación estorbaban a burócratas de medio pelo que caminaban con prisa para evitar sus arribos tardíos a sus chambas. Me sumé al río de recién bañados y perfumados que se apretujaban por un lugar en uno de los vagones naranjas que tanto caracterizan a la ciudad de México.

Después de un trayecto de media hora, estaba por llegar a la estación en la que bajaría.

Antes de que el convoy entrara al andén entre silbidos y remolinos, las primeras anormalidades del día se hicieron evidentes. Se apagaron las luces del vagón, lo mismo que los ventiladores y el tren perdió velocidad hasta frenar por completo a la mitad del tunel. Hubo quejas y aspavientos. Al igual que el resto de los pasajeros, supuse que se trataba de algún corte temporal de energía, frecuentes en esta ciudad cuando llueve.

La oscuridad era completa. Las luces de emergencia no encendían. Saqué de la bolsa de mi pantalón el celular. No iba a hablar a nadie, no tenía crédito desde hacía días, pero quería ver la hora. Creí que lo llevaba apagado pero al presionar el botón de encendido no prendió. Por el movimiento a mi alrdedor me dí cuenta que no era el único.

- ¿Alguien me puede prestar su celular? El mío no funciona - dijo una voz femenina.

Más lejos se oyó una voz contestando lo que ya sabíamos. Ningún celular funcionaba.

Algunos llevaban encendedor. El resplandor naranja de las llamas iluminó los rostros de resignación y fastidio. Aún no había caras de alarma. Un señor a mi lado acercó su encendedor para ver su reloj.

- Mi reloj tampoco funciona - lo oí decir.

Transcurrieron varios minutos. Todavía esperábamos que se reanudara la energía cuando escuchamos el estruendo.

Estando en un túnel de una de las líneas de metro más profundas del mundo (ese dato viene a la entrada de cada estación de la línea, para que sus usuarios nos sintamos orgullosos de los ingenieros que la construyeron y no nos quejemos cuando aumentan la tarifa), el estruendo sonó como si la tierra se quejara. Algunos dijeron que estaba temblando pero yo no percibía nada más allá del vaivén de los amortiguadores del convoy que soportaban nuestro peso.

Transcurrieron otros minutos después del estruendo. Entonces, reconocí el olor a butano que le ponen al gas para advertir a la gente de una fuga.

- Apaguen los encendedores - gritamos alarmados los primeros en sentir el olor. Los que se iluminaban con encendedores los apagaron. El olor a gas era evidente.

La resignación e incomodidad que sentíamos pronto cedió paso al miedo. La gente se agitó. Escuché algunos rezos duchos por voces devotas y espantadas. Unos pocos, optimistas, llamaron a la calma. Yo me preguntaba si el escaso oxígeno que se colaba por el sistema de ventilación, apagado, sería suficiente para no sofocarnos con el gas.

Fue en ese momento cuando las preocupaciones respiratorioas dejaron de importar.

La explosión la sentí antes de oirla. Por un instante ví el interior del vagón como si estuviera en el exterior bajo la luz del sol de mediodía. Luego, sentí mucho calor. Me arrojé al suelo, un poco por instinto y un mucho por que la multitud se replegó a los lados del convoy al ver la inmensa bola de fuego que avanzaba por el interior del tren.

Alguien cayó sobre mí. Y luego otro y después otro. Me axfixiaban. Intenté respirar pero nada entraba en mis pulmones. El fuego se consumió tan rápido como vino y se llevó el precioso oxígeno consigo. Antes de aterrorizarme, me desmayé.

Cuando volví a abrir los ojos, noté una claridad que antes no estaba. Podía ver las siluetas de mis compañeros de viaje en el convoy. Desperté boca abajo y a mis espaldas aún yacían las tres personas que me habían caído encima. No obstante, podía respirar. Me deslicé como pude de debajo de los que me habían caído y examiné a la escasa luz lo que quedaba del vagón en el que viajaba.

La luz provenía de un boquete que se había abierto en el techo del tunel. La explosión abrió una grieta inmensa al nivel de la calle por la que entraban luz y aire fresco. También había tumbado toneladas de escombros sobre el extremo contrario del vagón que se había convertido en charamusca junto con todos los que viajaban de ese lado. Sentí pena por ellos.

En el extremo en el que yo estaba había muchos calcinados. El olor a carne quemada no era desagradable. Lo que sí me estaba provocando naúseas era el olor a cabello chamuscado. Muchos yacían inmóviles en el suelo. Los pocos que se movían eran los que habían resultado ilesos a la explosión y al derrumbe como yo.

Consulté de nuevo mi celular para llamar a un número de emergencias. Comprobé que continuaba sin encender.

El derrumbe había provocado que el vagón quedara deformado. Una de las puertas más próximas había quedado entreabierta. Asomé la cabeza y recibí una bocanada de aire fresco.

Miré hacía arriba y ví que con relativa dificultad se podía trepar por los escombros y alcanzar la calle. sólo había que hacerlo con cuidado para no resbalar y matarse.

Otro de los sobrevivientes me ayudó a abrir más la puerta y salimos. Todos los pasajeros a esa hora eran trabajadores y burócratas. Si había ancianos y niños, no los ví.

El foso de escombros no tenía paredes regulares. Algunos de los trepadores, por las prisas, no se fijaban a donde ponían los pies y manos y cáian. En pocos casos, eran resbalones que sólo les provocaban raspones. En muchos, eran caídas de varios metros que los dejaban exánimes. No había nada que pudiéramos hacer por ellos excepto lamentar su suerte.

Al cabo de lo que me parecieron horas, alcancé el nivel de la calle. Exahusto, me di cuenta que durante la ascención, cuando gritábamos por auxilio, habíamos cometido una tontería. Nadie nos hubiera oido.

En la calle no había nadie. Los camiones y vehículos que circulaban a todas horas por la avenida que tenía en frente estaban detenidos. Muchos, incrustados contra otros en impactos horribles. Todos los edificios de más de tres pisos se hallaban desparramados sobre los solares que habían ocupado. Miré hacia el centro de la ciudad. Las arquiitecturas que antes formaban parte del paisaje habían desaparecido. En donde habían estado las más grandes, el WTC en Insurgentes y las moles lejanas de la Torre Mayor en Reforma y la Torre de Pemex en Marina Nacional, estaban ahora puras volutas de humo.

Recordé las fotos del sismo de 1985, los testimonios y las crónicas. Nada de lo que había ocurrido aquel septiembre se le acercaba a lo que ahora estaba yo contemplando. En aquellos días un reportero histérico había salido a las calles y había podido transmitir por radio lo que veía. Ahora, si lo que empezaba a sospechar por los celulares y relojes apagados era cierto, no habría más que silencio. No había comunicaciones y no había electricidad.

El olor acre del concreto pulverizado flotaba en el aire. Me senté y saqué de la mochila, que aún cargaba a mis espaldas, una de las copias de mi obra que ahora no tenía a quien entregar, y comencé a escribir por el anverso de las horas estas líneas. A medida que avanzaba, una ceniza muy pálida cayó a mi alrededor. Tardé un tiempo en darme cuenta que era lo que quedaba de los habitantes de la ciudad.

1 comentario :

Anónimo dijo...

Tome su laik.