jueves, mayo 12, 2016

La historia de las medallas

En el 2005 recibí mi primera medalla por participar en una carrera de 10K. La dejé colgada en un Bárbol parlante donde quedó ochos años solitaria.

En el 2013 y 2014 participé en más carreras y Bárbol quedó sepultado bajo una decena de medallas: siete por Spartan Races, una por la carrera de la Fac. de Química de la UNAM y una San Silvestre.

Poco después, me enteré que los tendones de mi rodilla culeca habían hecho todo lo que tenían que hacer en el ámbito de subir y bajar cerros a brincos y correr kilómetros en calles y avenidas. Desde entonces paré de acumular medallas corriendo y me dispuse a acumular metros nadando en albercas y callos colgándome en aros.

Hace dos mudanzas, a la hora de decidir qué metía en cajas para llevarme y qué le daba al señor de la basura para que se lo llevara, descolgué de Bárbol, entre tintineos, las medallas. Más que provocarme orgullo por cruzar metas o nostalgia por capacidades perdidas, me parecieron una carga y un estorbo que no estaba yo dispuesto a llevar. Metí las medallas en la bolsa de la basura. Ahora imagino al basurero de aquél rumbo enmedallado como campeón.

En mis raros momentos de convivencia, cuando contaba del destino de las medallas, mis interlocutores se sorprendían como si lo que hubiera yo tirado a la basura fueran las joyas de la corona. No entendían que las medallas por correr dejaron de importarme. Tanto desconcierto, me desconcertaba a su vez.

Después reflexioné que lo mismo que pasó con las mentadas medallas pasa con un montón de cosas y un montón de personas. Dejan de importarle a uno.

Y ni modo de vivir lamentando la caducidad de los afectos y las relaciones. Que en mi caso, y para acabarla de chingar, son tan perennes como el yoghurt.

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