martes, octubre 18, 2016

La entrada previa es mierda irredenta

En clase de Géneros literarios el profesor me hizo ver que las líneas sobre mi postura ante el plagio parecían salidas de fábrica de texto prefabricado. Entonces decidí partir de una definición más nueva que la de Ibargüengoitia (quien lleva décadas muerto) para reescribirlo. Esto fue lo que salió:

Yo, plagiador


En la bitácora de Alberto Chimal encontré una frase que define el caso que ocurrió en la comunidad de la EERG: "[...] el plagio es atribuirse el trabajo intelectual de alguien más. Punto." Alberto Chimal señala en la misma publicación en su bitácora: "Hay peores infamias que ser un plagiario, por supuesto, pero se trata de una infamia. Es una acción deshonesta: tampoco hay matices."

Yo he realizado esa infamia y acción deshonesta una ocasión.

El hecho ocurrió durante las últimas semanas de la clase que me dio Oscar de la Borbola en mi 1er y único semestre en la SOGEM, hace 20 años. Ahí entregué un texto que no era mío.

El texto no lo robé de algún escritorio como creía Ibargüengoitia que se realizaban los plagios. Un sobrino (Alguien Jaber Ferretis) de mi jefe (Alejandro Ferretis [sí, el señor que protagonizó la opera prima de Carlos Reygadas]) al enterarse que yo estudiaba un diplomado en creación literaria en la SOGEM me dió a leer una serie de seis cuentos suyos para decirle qué opinaba de ellos.

No me acuerdo si le di mi opinión. Hace 20 años era yo mucho más tonto que ahora así que dudo que le haya servido. Lo que recuerdo que no le di fueron sus textos de vuelta. Cuando Oscar de la Borbolla encargó un cuento corto como trabajo final de su materia y yo no tenía tiempo ni ganas de hacer uno, escogí de los seis cuentos de Jaber Ferretis el que más me gustó y le puse mi nombre.

No siento ningún orgullo por ese acto. Sin embargo, no vaya a pensarse que es el momento que más me apresuraría a cambiar si tuviera una TARDIS a la mano. Hay otros, pero debido a que no tienen que ver con plagios, rebasan el ámbito de este ensayo. Sólo los menciono para dejar claro que en mi bitácora de pecados hay más que plagio.

En la última clase Oscar de la Borbolla me entregó una calificación aprobatoria y una mención a las frases más logradas del cuento de Jaber Ferretis. Era una historia sobre un señor que estaba cansado de no encontrar trabajo y se empleó como perro en una familia que lo adoptó, lo cuidó y lo adoró. Era bueno: plagié un buen texto del que nadie tenía manera de sospechar que no era mío.

El beneficio que obtuve del plagio (una calificación) se echó a perder cuando no asistí al siguiente semestre, ni los que le siguieron, a la SOGEM por causas distintas al plagio. Durante los años que pasaron, cada vez que recordaba mi plagio, percibía más grande la magnitud del autoengaño en que incurrí. Una vez, mencioné el caso en el blog Recolectivo ante el foro más nutrido de lectores que he tenido (y que quizá tenga en toda mi vida, o no ¿quién sabe?) y no hubo los linchamientos que yo esperaba. Esta es la primera vez que lo cuento detallado.

Ahora que menciono el verbo linchar leo el reglamento de la EERG para ver si mi plagio de hace 20 años amerita expulsión. Así como está redactada la regla, no me queda claro si la sanción correspondiente a ese delito-infamia-acción-deshonesta que cometí prescriba con el paso de las estaciones, como lácteo caduco que no se consume.

Creo que sería excesivo que me expulsaran. Aquí manifiesto que prefiero terminar mi diplomado en la EERG pero si eso no ocurriera no alteraría mis afanes por seguir escribiendo y confeccionando el conjunto de la mayor cardinalidad de textos literarios que pueda hacer. En caso de expulsión buscaría al compañero motivo de llevar escritos estas líneas contraensayando y aspirando a ensayar, y convocaría con él un taller de textos furibundos y propios. Sería un taller donde no se expulsaría al plagiario, pues así no se protege a una comunidad de escritores. Al plagiario en esa comunidad se le asignaría la tarea adicional de que cada escrito lo acompañe con una declamación en endecasílabos alejandrinos que analice el género literario al que pertenece su entrega. De esa manera aseguraría que si el plagiario no escribe sus propios textos al menos aprende a rapearles el género.

Había descrito mi plagio en una de las primeras versiones del contraensayo que entregué y luego borré la descripción por temor a que se me considerara infame por mi acto. Ahora no lo hice porque sé esto (gracias, Mauricio): un ensayo tiene que revelar a su autor algo de sí que desconocía -o que no admitía-. Es una característica que procuraré extender a mis textos de otros géneros.
Este es mi nuevo conocimiento:
¿Qué implica para mí ir por la vida como persona infame? ¿No ser acreedor a la fama? Perfecto, no me importa. En la primera entrega de este ensayo ya había manifestado (muy tibio y eso me da más vergüenza que contar mi plagio) que estoy dispuesto a poner nombres distintos al mío en mis textos. O ninguno. Adios fama, vete a dar lata a otros. ¿Que nunca tendré un premio? Mejor aún: después de ver que el "Ku Kux Klan de la literatura" (tuit de Alma Karla Sandoval) convocó a rasgadura de vestidura por lo del Nobel a Dylan, no se me antoja obtener reconocimiento ni del jurado del juego floral del municipio más humilde del planeta. ¿Que ningún editor va a querer publicarme después de leer esto porque dudará que mi material sea mío? Bueno, pues ni que estuviera yo tullido como mi homónimo Cervantes para inventarle un esquema de autopublicación y autodistribución a ese material.

¿Qué tan importante es para mí la idea de autor que puedan tener sobre mis textos mis compañeros? ¿Otros lectores? ¿Incluso el estimable profesor a quien van dirigidas en primera instancia estas líneas? Muy importante, pero sólo en función de que es algo que me gustaría evitar: la idea de autor me desconcierta por los trabajos contraproducentes que veo que pasan otros autores para fabricarse una.

Sí, plagié hace 20 años. Lo hice de manera menos torpe que mi compañero o que el presidente en turno, pero no fue menos infame ni menos deshonesta.

Puedo vivir con eso. Puedo escribir con eso.

Eso ya es bastante.

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