viernes, octubre 14, 2016

Sobre plagio

A la fecha de este post, voy en el segundo semestre del diplomado del que platiqué en la entrada previa. Sigue interesante y aún no tiro la toalla porque no me ha aburrido. Aunque los profesores asignados a dar las clases de Novela y Cuento se hayan esforzado en eso.

Uno de los últimos acontecimientos de interés consistió en escribir un ensayo sobre plagio. Un compañero fue expulsado por cometerlo y el resto debimos escamotear tiempo al chinguero de tareas y lecturas que ya tenemos para escribir ese ensayo. El tema del texto no es el chisme, sino nuestra "postura sobre los aspectos legales/burocráticos/humanos/de convivencia/íntimos/públicos/escolares/sociales de un evento de tal magnitud".

Se me dio la gana poner el ensayo aquí para que sea leído por alguien aparte del profesor (suponiendo que aún queden lectores de este espacio, hecho del que yo sería el primer sorprendido)


Mis consideraciones sobre plagio de textos
Héctor Julián Coronado
Dice Jorge Ibargüengoitia: «Yo creo que la idea de plagio en América Latina es más aguda que en otros continentes. Como la idea de la virginidad. Si alguien ya tocó el tema, “inservible lo habéis dejado para vos y para mí”». En la misma columna de septiembre de 1974, abunda: «Yo creo que plagiar es coger el manuscrito del escritorio de alguien y publicarlo con otro nombre.»
Mi postura respecto a coger el manuscrito de otra persona y presentarlo con otro nombre es la siguiente: es algo que procuro no hacer, como matar a alguien o asaltarlo o violarlo. Reconozco que esos son actos prohibidos en el contrato social de la comunidad donde vivo. Sin embargo, no los llevo a cabo porque estén prohibidos o porque me espante que se me segregue de la comunidad, sino porque son actos aburridos por lo facilones. No lo digo sólo por ser un lugar común. En el caso de cualquier plagio, me llama más la atención la incapacidad para generar un texto propio y la prioridad desproporcionada de obtener un grado, o un premio o un aplauso, que las consecuencias administrativas o legales del hecho. No obstante, también reconozco la necesidad del aparato académico de garantizar que los individuos que dice que forma no sean de los que plagian. Pero esa es una necesidad del aparato académico, no es mía. Convivo con esa necesidad porque sus efectos coinciden con lo que yo sí necesito.
Abundaré sobre el acto para explicar la diferencia de ambas necesidades, la de la academia y la personal: supongamos que para la entrega de textos en las materias de la Escuela de escritores Ricardo Garibay, yo recurriera al plagio. Para asegurarme de que docentes y compañeros no se dieran cuenta que estoy plagiando, hackearía los discos duros de los miembros de algún club literario norcoreano y me robaría sus textos. No obstante, todos esos esfuerzos informáticos me provocan bostezos que no me producen sentarme a escribir estas líneas en la madrugada. Considero más divertido buscar en mi mismo, en mis lecturas y en mi procesador de textos la configuración de palabras que me sirva más para presentar mis ideas e imágenes que en el escritorio  (o disco duro) de otra persona.
Repito, lo considero más divertido. Eso es porque una de las respuestas a mi pregunta personal de ¿por qué escribo? es porque me divierte. Es una condición necesaria para mi acción de escribir (compadezco al que no la tenga). Si fuera más interesante efectuar la cosecha de textos ajenos me dedicaría a hacer consultoría sobre seguridad informática y no a aprender a hacer textos literarios.
Ahora bien, lo que considero que hay que hacer si alguien plagia alguno de mis textos fuera del ámbito académico es lo siguiente: primero, hay que invitarle unas cervezas para celebrar que haya podido sustraerlos de mi escritorio (mezcales, si los sustrajo de mi disco duro o de mi cuenta de Google); segundo, le preguntaría cuáles son sus medios de distribución del texto. Si resulta que son peores o iguales a los míos, le haría vomitar la bebida a zapes y luego no me opondría a que se le aplicaran las sanciones correspondientes a todos los robatextos. En cambio, si el plagiador tiene una red de distribución de textos más grande y efectiva que la mía entonces le daría la mano, lo nombraría mi publicista y le desearía la mejor de las suertes. Y me iría a mi casa a escribir más.
Dicho lo anterior, comento que no comulgo con la idea de que sea tratado con igual benevolencia una persona que le plagia a un tercero. Eso no es consideración moral sino aceptación de la realidad: no pretendo que exista algún otro escritor que comparta las ideas que yo tengo respecto a la autoría de textos.
Voy a explorar un poco más esas ideas que tengo de la autoría.
En los concursos literarios se establece el mecanismo de anonimato para que el jurado sea justo o al menos para fabricar la ilusión de justicia. Es decir, se espera que el texto anónimo, por sí solo,  genere un pathos memorable en la cabeza de cada miembro del jurado. La selección de textos ganadores en esos concursos se efectúa con base en consideraciones políticas, fobias, filias y aberraciones de los convocantes que pueden tener o no correspondencia con lo literario. Sin embargo, en el momento preciso de la selección el jurado está imposibilitado a usar la muleta del nombre del autor para elegir. La imagen que se hayan hecho en la cabeza del autor estará tan errada como la imagen de la fisonomía que se hace uno del locutor favorito de radio a quien jamás se ha visto.
El anonimato permite que se concentre la lectura en el texto y no fuera de él. Después se abren las plicas y todo se echa a perder.
Presento otro escenario, ficticio esta vez: se aparece el diablo dispuesto a concretar las fantasías literarias más caras de un escritor de dos maneras distintas y sólo se puede elegir una.  La primera va así: el próximo texto que produzca el escritor será leído en todo el mundo. Le dará fama, fortuna, conferencias, presentaciones, peticiones de autógrafos (en papel y sobre la piel de fans)  y muchos aplausos... pero no podrá escribir otra cosa en toda su vida. Ni la lista del súper. La segunda manera va así: el escritor puede seguir generando todos los textos que pueda y quiera por el largo resto de su vida... pero sólo serán leídos hasta que su autor esté muerto y olvidado. El diablo garantiza al escritor que sus obra será leída por las generaciones como cumbre de la literatura, a cambio de que sea un nombre distinto al suyo el que la firme.
Ahí hay un cuento. O una reflexión filosófica que no me importaría ver titulada “La disyuntiva de Zutano”, en lugar de “El dilema de Coronado” mientras sea leída mucho más de lo que va a ser leída si se queda abandonada en mi partición de Google drive. Soy de los que eligen la segunda alternativa de la ficción que puse.
Por ahora.

Actualización medio minuto después de la publicación de esto: Recordé que en tiempos recolectiveros, Daniel Salinas presentó a los integrantes de Recolectivo una variante de "La disyuntiva de Zutano". Para que vean que yo también plagio.

Y tú también.

Actualización después de pasar por la regadera:

Agregué lo siguiente a mi ensayo.
Adenda
Además de este ensayo, me llamaron la atención dos consecuencias del episodio de plagio que ocurrió en la comunidad de la EERG. Una se manifestó en la forma de advertencia y la otra, de chiste. La advertencia la emitió la Coordinación Académica (mutatis mutandis): “El plagio es un crimen que se persigue de oficio. Por eso deben registrar sus textos.” El chiste ocurrió durante una lectura de un texto en otra materia: hubo compañeros que pidieron quedarse con la copia, a lo que no me opuse. Entonces una compañera dijo (también mutatis mutandis): “¿Ya registraste tu texto? No te lo vayan a plagiar.” La advertencia y el chiste demuestran que se considera método de blindaje contra el plagio al registro de los textos. Es decir, protegerlos con derechos de autor. Considero que ese blindaje es contraproducente, pues antepone lo personal a lo cultural. Si la intención de hacer literatura es su lectura y su inserción en la esfera comunicativa (como de las que hablaba Bajtin) cualquier contrato legal que limite su difusión es un obstáculo a ese proceso.
Actualización después de pasar un fin de semana:
Segunda adenda
Ya que abordé los derechos de autor como manía contra el plagio, mencionaré que también considero que las reacciones ante casos de plagio de textos literarios son tan desgarravestiduras que concuerdan con la cita de Ibargüengoitia en el primer párrafo de este documento.
En el mundo animista en el que vivimos el plagio me parece el sobrino rudo y torpe de la piratería. Si el plagio tiene muchas aristas, la piratería tiene muchas más, y una de las maneras de combatirla (por ejemplo, en el ámbito del desarrollo de software) es mediante la creación de licencias que no representen un autoestrangulamiento a la creación (como es el copyright) ni el establecimiento de una ley de la selva donde el más gandalla (o el que tenga más dinero para comprar a los mejores abogados) se salga con la suya.
Es en el desarrollo de software y no en la producción literaria donde encuentro mayor madurez y esfuerzos más productivos para generar un justo medio entre distribución de contenido libre con la comunidad y la mitigación de los efectos de la piratería y el plagio, Escritores, editores y distribuidores de textos harían bien en estudiar la historia de los esquemas de licenciamiento de software para aplicar los correspondientes a su obra.
Desde mi perspectiva, veo más útil contra el plagio publicar el texto en un blog y pegarle un logo de dominio público que ir a hacer un trámite al INDAUTOR.

Y entonces decidí quitarle la licencia de Creative Commons a este blog. Todo el contenido aquí es de Dominio Público.

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