La nave eterna de Efraím Blanco

¿Que nos presenta Efraím Blanco en 27 cuentos repartidos en 111 páginas?

Sus obsesiones (así les dice él), pero si tuviera que señalar con una sola palabra la más recurrente usaría: “éxodo”. Eso está bien claro en el epígrafe de Douglas Adams que abre la antología: "Vámonos. Larguémonos de este podrido agujero. Creamos lo increíble. Hagamos lo imposible."

¿Por qué se largan los personajes? En unos cuentos no se sabe, en otros hay pistas escuetas. En el primer cuento, por ejemplo, están estas líneas rumbo al desenlace: "Entran por el zagüán desordenando todo. Gritan, bufan, estiran los brazos. Son muchos pero pasaremos a través de, ellos." ¿Importa que sean zombies? Yo digo que poco, pues lo notable está en los efectos no en las causas. Para hacer énfasis en ello, el autor emplea uno de los puntos fuertes de su narrativa: la enumeración. Enlista todas las preocupaciones con las que rellena el protagonista su coche antes de que su familia y él huyan.

El empleo de enumeraciones destaca en los textos de Efraím. En otro cuento que narra un éxodo marciano (buen homenaje a Bradbury, por cierto), el motivo del abandono del planeta no se menciona; en cambio, el desfile de pueblos marcianos que empacan bosques y océanos en sus naves gigantescas es épico y lo que ocupa la mayor parte del texto.

No vayan a pensar que las enumeraciones de Efraím son larguísimas series de sustantivos divididos con comas. Nada de eso. Son construcciones paralelas complejas y sabrosas de leer. En La noche más oscura, Lo que dura la eternidad, A la orilla del universo y Vendrán con flores que les crecen de los brazos se concatenan paisajes y situaciones de un viajero del tiempo, un señor con alas que hojea un catálogo de vidas, otro viajero del tiempo (este usa nave, el anterior daba saltos en el tiempo a parpadeos) y un niño en un orfanato que encuentra casa en un mundo al que se llega en cohete.

He tenido oportunidad de participar en los talleres que imparte Efraím y es un descubrimiento feliz leer que varios de sus cuentos son la culminación de los disparadores que proponía de ejercicios. El que encuentro más logrado fue la amalgama en Un agujero en la pared de Etgar Keret y Un suicida risueño de Andrés Neuman: Erasmo estuvo aquí es de mis cuentos favoritos porque tiene a los personajes más desarrollados y a los que les ocurren más peripecias. Me encantaría ver más de Erasmo en otros textos.

No es el único cuento del que se abreva de Keret: Volar a ras del suelo y Un botón multicolor son textos que si no los hubiera visto yo firmados por Efraím hubiera pensado que los hizo el narrador israelita.

Hay un filamento conductor que es una nave y que le da el título a la antología: una embarcación que parte y que no termina de llegar a destino. De nuevo, las razones de la retirada no importan, sino los pasajeros que la abordan, la tripulación que la navega y las paradas que hacen. Había un mar me la hizo imaginar un poco como la Rama de Clarke. El punto bajo de ese conjunto creo que es su cardinalidad: seis cuentos es un hilo muy corto. Me habría gustado ver más de la nave. Mi preferido de la serie es Frente a galaxias en la ventana porque a sus protagonistas no les interesa abordar y ven el éxodo desde lejos.

Ahora hablemos del soporte al que le encuentro una falla y dos aplausos. Primero, la falla: el libro no tiene solapas y después de un rato de lectura los forros se deforman, pero eso se compone con unos días de librero. Segundo, el aplauso: hemos hablado de Keret a quien también admiro y me gustó reencontrar la paleta de colores que usa Sexto piso para sus forros. Tercero, el uberaplauso: ¡nomás hallé dos erratas! (pág. 56, línea 23 y pág. 65, última línea). Bien ahí, Acá las letras, se nota el cuidado en su edición.




En conclusión, es un libro que se lee bien. Tiene cuentos que admiten relecturas para descubrirles más cosas; y sólo uno que admite un repaso (La hoja en blanco creo que se puede mejorar cambiando el anacronismo de la hoja en blanco por una pantalla de procesador de textos). Adquiéranlo y dense una interpretación poética y nostálgica de ciencia ficción suave + weird fiction.

pd1. Olvidé mencionar lo más importante sobre la lectura y relectura que le hice al libro. En la cuarta de forros vienen las porras del editor Ricardo Arce y de un amigo y colega del autor, Roberto Abad. Se menciona el género en el que se mueve Efraím: la literatura de imaginación. Esa nomenclatura acuñada por Alberto Chimal le va bien a La nave eterna. No lo digo sólo como lector que busca entretenimiento en las páginas de un libro (o evasión o pronósticos sobre el futuro como cacarean los más despistados cuando quieren hacer comentarios acerca de ciencia ficción). Lo digo como un fulano que escribe. En las páginas de Efraím, como en sus clases, he hallado más disparadores para avanzar mis propias historias que en convenciones de cerillos y pirotecnia. Y eso es algo que aprecio.

pd2. Me da la curiosidad lo que reseñe la poemtubera de este libro.