Bienvenidos, lectores de El Frasco de uñas



Una de las características de El frasco de uñas es que tiene un gazapo en el colofón: pusieron otro título y otro autor. 

En lugar de echar los libros a una hoguera, imprimí un código QR para intervenir el gazapo. Contiene una liga que conduce a este post, donde había un video en el que yo leía un cuento. Pero no me gustaba, así que lo borré e incluí el siguiente contenido:

a) El texto que leí en la primera presentación.

b) Un cuento que ganó el 3er lugar del concurso 
Varia Arreola convocado por UAM-Iztapalapa y 
Casa Lamm en 2018, y del que sospecho que no verá la publicación que se mencionaba en las bases.

Disfruten y si les late, consideren donar un café:



Texto de la primera presentación de El frasco de uñas, en el Cine Morelos, mayo 2018.

Hola a todos, gracias por venir. Voy a seguir el ejemplo de Ibargüengoitia cuando daba conferencias, es decir imaginar que el público me hace tres preguntas y contestarlas. Las preguntas son estas a) ¿cuál fue el proceso creativo de estos cuentos? b) ¿cuáles son mis impresiones al verlos entre las pastas de un libro? c) ¿qué estoy preparando a continuación?

Va la primera. El proceso creativo. Voy a hacer un preámbulo. Antes de entrar a la escuela de escritores Ricardo Garibay, yo chambeaba de ingeniero en sistemas computacionales. Computitos, nos decimos. En jerga de computito un proceso es un conjunto de tareas definidas que se siguen para obtener un resultado que se va a replicar. En ese sentido la frase "proceso creativo" es un oxímoron. Porque cada texto que se escribe sigue vericuetos que no se recorren de la misma manera.

Ojo, con eso no estoy diciendo que soy de los que apoyan la idea de que nomás se escribe o se crea en arrebato místico-epiléptico: tengo claro cómo escribí estos textos, pero no creo que en cada caso la experiencia sea totalmente repetible. No más allá de requisitos comunes que voy a mencionar. El primero es, como dicen Stephen King y Neil Gaiman, cerrar la puerta y sentarse a juntar palabras, una tras otra y repetir. No hay texto que surja sin una muy personal y comprometida ética de trabajo. El otro día platicaba con Ibán de León y me decía que escribir requiere disciplina. Cerrar la puerta, sentarse, concatenar las palabras. Edith Esquivel lo llama "inversión de horas nalga".

Yo agregaría a eso que también hay que estar dispuesto a borrar y reescribir, un montón de veces, porque la primera versión de cada texto suele tener un porcentaje mayúsculo de paja execrable: divagaciones. Cuando uno ve que lleva dos cuartillas de una persecución y los personajes ya se cansaron de correr o tienen diálogos que parecen extraídos de whatsapp como "Hola ¿qué tal?" "Bien, ¿y tú?" "También muy bien" hay que usar el backspace. El backspace es el mejor amigo al escribir.

Lo malo es que cuando me pasa muy seguido digo: "tengo que pensar esto", me tumbo en un sillón y me quedo dormido.

Otro requisito del proceso creativo, es el disparador o el detonante: en mi caso sólo me interesa escribir especulativo: literatura de la imaginación, en específico weird fiction y ciencia ficción. Los disparadores los encuentro en la cotidianeidad: por ejemplo, cada vez que veo las filas de conductores malviajados ante un verificentro, me imagino la burocracia que se crearía si en lugar de transportarnos en cajas con ruedas por el suelo lo hiciéramos con jetpacks por el cielo. O me imagino los primeros accidentes por electrocutamiento al chocar con los cables de luz. También hay otra clase de disparadores: los que encuentra uno en otras obras. Esos me parecen interesantes por los acentos de más autores que pueden servir para nutrir la que uno intenta hacer. Por ejemplo, aquí hay un cuento que partió de pensar ¿cómo habrá sido de joven la mamá de Mersault, el protagonista de El extranjero?
Es indispensable hacerse de un círculo de lectores de prueba. Lectores que le digan a uno la neta porque que te digan puros "me gusta" o "escribes bien" no sirve para un carajo. Es importantísimo el aluvión de comentarios críticos que puede uno recibir para enriquecer el texto, tanto para las partes que funcionan como para las que no. En mi caso, las sesiones de lectura en la escuela, los tallereos, los compañeros escritores han sido recursos esenciales. Soy afortunadísimo al contar con los comentarios críticos de Jimena, etc (dependiendo de los que vea).
Va la respuesta a la segunda pregunta: mis impresiones al ver el texto en este soporte. Más allá del ejercicio de satisfacción del ego de leer mi nombre en la primera de forros, me planteo problemáticas que creo que son las mismas a las que se enfrentan más autores y editores de fondo público en el país. ¿Cómo hacer que el libro salga de las bodegas o de las mesas donde se expone? ¿Cómo hacer que el texto trascienda las pastas en las que lo confinamos? ¿Cómo justificar el dinero público con el que se pagaron estas ediciones? ¿Cómo hacer que los lectores critiquen o comenten la pertinencia de los libros?

Creo que la respuesta de cada una de esas preguntas está relacionada con los desafíos permanentes de promoción y apropiación cultural a los que nos enfrentamos, tanto creadores como lectores.

En términos de proceso editorial, creo que el FEDEM ha hecho un buen trabajo con el libro, pero eso no exenta que se pueda mejorar para que no se les vayan gazapos. En la escuela nos enseñaron que el trabajo de la editorial es notable para el público sólo hasta que brota un error ortotipográfico.

Hay que reconocer, no obstante que en El frasco de uñas, los gazapos quedaron al fondo.

Ahora, respecto a la tercera pregunta hipotética: ¿qué estoy escribiendo? Más ciencia ficción. Durante unas semanas tomé un taller de poesía con Ibán de León, Jimena Jurado y y Nico de Anda, para tener más herramientas con las que abordar el lenguaje poético (algo que antes de entrar a la escuela de escritores jamás se me habría ocurrido hacer). Después de varias sesiones de tallereo y otras de muchas horas con el backspace ya tengo unos versos que hablan de un vuelo en jetpack y no suenan tan prosaicos. Creo que es importante preguntarse cuando uno escribe la pertinencia del género que se elige. ¿por qué escribo esto en una narrativa? ¿porqué estoy escribiendo un poema y no un cuento? O viceversa.

Entonces, ahora estoy trabajando en poemas de un mundo en el que la gente se transporta en jetpack, y en narrativa estoy haciendo relatos sobre relaciones de humanos con IA junto con una serie de textos sobre viajes en el tiempo que surgió a partir del último de los cuentos que está en este libro.

Adolescente H.P.

Lectoescritura de Baby H.P. de Juan José Arreola y La abuela de Stephen King.

Mauricio deseaba que la tierra se abriera y por el abismo se precipitara la silla de ruedas de su padre. De preferencia, ocupada. A sus 11 años tenía claro el motivo de su frustración.

-¡No voy a pasar el sábado encerrado en la casa!

Su padre trataba de razonar con él.

-Cuando traigan del hospital a tu abuela Jovita, alguien debe electropedalear su respirador. Yo no puedo hacerlo.

-Electropedaleo toda la semana en la escuela mientras repito las conjugaciones del subjuntivo.
-Sólo será hasta que impriman en 3D mis piernas, entonces podré ayudarte.

Eso no ofrecía consuelo a Mauricio.

-Eres el veterano de guerra que dejaron al final en la lista de reemplazo de miembros perdidos. Y encima de todo, ya no quieren mantener a Jovita en el hospital.

-Es por la crisis de energía.

-Me has dicho la misma cantaleta de la crisis desde que entiendo español. Que llegaron a invadir los Burbuloides. Que cubrieron con nubes oscuras la Tierra. Que se zamparon los cables de alta tensión en todo el mundo. Que agotaron los yacimientos de cobre. Que la Guerra de Expulsión costó las reservas de combustible. Que la electricidad doméstica hay que generarla con nuestras patas. Que hay que electropedalear. Ya estoy harto: no voy a tener días libres de la maldita bici.

-Es por la mamá de tu mamá.

La discusión paró ahí. Cada vez que oía alguna mención a su madre, Mauricio tenía una obstrucción en la garganta.

El siguiente sábado, los del hospital llevaron a Jovita. La acostaron e instalaron el respirador neumático al pie. Un técnico explicó a Mauricio y a su padre cómo interpretar los indicadores del aparato.

-Tiene una batería que dura una semana. No había quien la electropedaleara antes del traslado, así que está debajo del diez por ciento. Recomiendo que comiencen la carga: cuando marca cinco emite una alerta como si viniera un sismo.

-¿Con cuántas horas de electropedaleo queda al 100?

-Doce a esfuerzo moderado.

Mauricio maldijo, conectó la batería a la bici fija y comenzó a electropedalear.

Durante un mes la rutina funcionó. Mauricio llenaba la batería del respirador el sábado y no volvía a pensar en el trasto hasta el siguiente fin de semana. En el electropedaleo sabatino, el chico extrañaba sus sesiones de breakdance. Para mitigar el aburrimiento, platicaba con Jovita.

En su última sesión descubrió que la abuela también breakdanceaba.

-¿Neta? No te creo.

-Bailábamos todo el día. En ese entonces había electricidad en cada toma de corriente de la ciudad. Conectábamos los reproductores de música a una bocinota que se oía a cuadras de distancia y dábamos saltos, giros y maromas por turnos.

-¿Bailaban y escuchaban rolas? ¿Rolas rolas?

-Sí, ¿cómo hacen ahora?

-Pues formamos un círculo. El que baila pasa al centro y los demás marcamos el ritmo con las palmas...

Los interrumpió la alarma de batería baja.

-He electropedaleado toda la mañana, debería estar a la mitad al menos -vociferó Mauricio.

Verificó el indicador. Marcaba cinco por ciento. Su padre entró a la habitación y rodó a su lado.

-Revisa el generador.

El chico quitó las cubiertas inferiores de la bici. El dínamo estaba ardiendo: ya no servía para generar electricidad.

-¿Tenemos un repuesto?

-No, preguntaré a los vecinos -dijo su padre mientras rodaba rumbo a la puerta. -Quita la pieza estropeada en lo que regreso.

Mauricio buscó la caja de herramientas al fondo del clóset. No la halló pero encontró un estuche viejo. La etiqueta decía “BABY H.P. versión 2.7”. La letra era de su madre. Nunca antes había visto la caja. ¿Sería un prototipo de los primeros días sin electricidad? ¿De cuando los Burbuloides? ¿De antes de que a su madre la devoraran?

Abrió la caja y leyó el texto del interior de la tapa:

“¡Convierta en fuerza motriz la vitalidad de sus niños! El traje unitalla de látex convierte la energía cinética en eléctrica y el acumulador sin límite es acoplable a cualquier aparato.”

Mauricio vació el contenido. Vistió el traje. Se sentía cómodo. Dio dos pasos laterales, a izquierda y a derecha, luego un salto y un doble giro. Hizo una vuelta de carro que lo dejó de cabeza, sobre una mano. Se puso de pie y miró el acumulador: era un vial de vidrio. Resplandecía como un fósforo recién apagado. Según el manual eso indicaba una carga mínima. Decidió cargar más el acumulador antes de conectarlo al respirador. Continuó moviéndose.
Jovita gritaba. No se distinguía su voz por el escándalo de la alarma. El chico detuvo su baile para acercarse a su abuela.

-Lo estás haciendo mal -dijo ella.

-Enséñame, pues.

Más tarde, el padre de Mauricio regresó con las manos vacías: nadie tenía un dínamo de repuesto. La alarma había dejado de sonar. Al abrir la puerta de la habitación, se cubrió los ojos con un brazo. Del interior brotaba un fulgor. Cuando sus pupilas se acostumbraron, pudo ver: Mauricio y su abuela hacían acrobacias encima del respirador inerte.

Y el vial resplandecía como el Sol.