Las formas del libro

I

Mira la certeza del árbol

y su danza sin prisa con el aire.

Tronco y ramas son frases en busca del Sol.



Piensa en el bosque, en su lenguaje primitivo:

oraciones ascendentes de lluvia

y cascabeles de viento y fronda.



(Esta es una elipsis abrupta

como furor de Gutenberg).



Ahora considera a la savia y a su invocación

aceleradas por la máquina:

vueltas pulpa, vueltas pliego,

marcadas con los arabescos de la prensa.



El libro es un acto urgente

dirigido con engranajes a ritmos humanos.

Su artificio sólo conoce la repetición

del rectángulo en la estantería.



II

“Preñamos con colores papiros” lee el autor el anuncio de la editorial e imagina la apertura de su libro y el olor de 2700 años a Odisea.


Los poemas hacen la misma pantomima que los cuentos. Se inhuman sucesivamente: primero en márgenes, luego en librerías, en presentaciones, en ferias. Al final, forman torres tsundokus.


El libro es más que un soporte: es un cronómetro con un tictac de polvo. Y un librero es un cementerio donde las portadas se marchitan.


La lectura es un rito fúnebre.



III

—Felicidades por tu poemario.

—Es un fracaso im-preso en páginas: no me atrevo a tatuarme versos y que se arruguen conmigo. No tengo coraje para andar desnudo y que se lean los circuitos de mis várices.

—Serías como un hombre ilustrado.

—Temo que las frases me asfixien si engordo, o que me enjute y los poemas arrastren como harapos. La frontera de mi cuerpo y mi escritura da pesadillas.

—¿Si quisieras ir dentro de tu piel, de tu superficie, recurrirías al palimpsesto?

—No sobreviviría al raspado de mis textos.

—¿Qué ocurre a las personas libros al morir?

—Las momifican y las exhiben en librerías de viejo.



IV

En la ciudad futura, las bibliotecas no tienen paredes, tampoco techo.

Los lectores forman grupos en las plazas.

Cuando ven a un bibliotecario le piden: danos versos.

Él agita con su índice a las nubes: la atmósfera se densifica eléctricamente y los libros relampaguean hacia los lectores.

En las ventanas de los edificios quedan reverberando los poemas.



V

La última actualización al diccionario fue un añadido a la palabra apocalipsis:

El lenguaje se agotó antes de explicar su misterio.



VI

El vendaval tórrido reconfigura las dunas blancas.

Sólo queda un mar de papel.

Las volutas hacen gestos aéreos como coreografía bolígrafa de hace doscientos años.

El giro de las fibras se repite sin público que lo mire.



VII

Las madres de la civilización no quisieron dejar el planeta sin marcarlo.

No usaron pozos ni edificios ni luces ni caminos. Utilizaron barrancas. Inverosímiles. Inmarchitables. Canales labrados como palabras en una carta abandonada.

El sol oblicuo lame vespertinamente los bordes de los cañones que se inundan con sombras y ecos.

Desde el cráter más viejo de la Luna, los niños aprenden a leer por sus telescopios.



Anexo

(Después de sellar el libro.)

Agregué esta línea al pie de un oyamel que huye del suelo para ensayar una segunda gravedad.

Entendí que los árboles son los cohetes de la savia y un bosque es otra migración a las estrellas.


Una que no lleva prisa.